Esc. ¿Qué es esto, puta? ¿de quándo acá os nacieron alas? ¿por ventura ha andado Hetorino al oreja, que os igualais y teneis tanto rallo? Pues requiéroos que luégo me deis lo sobredicho; si no, por los bipereos caballos de la gorgona Medusa, cien pasadas en derredor de esta casa haga temblar la tierra, en fin de lo qual tu persona con la de todas tus vecinas sin redencion cruelmente se trague y consuma; por tanto, porque desto seas libre, dame, vida, lo que pido, que en tu servicio se ha de poner, y gastándolo yo, haz cuenta que tú lo gastas.

Lesb. ¿Con qué? mala rabia me diese que me quitase la vida si yo tal hiciere; y ¿por qué, malos años, por tus ojos los bellidos, has de tener en mí cambio para que tú gastes con bellacas donde te se antoja?

Esc. ¡Oh pesar de la terrible chimera, y que tal tengo de oir y que no tome venganza de quien me ha causado tal enojo! mas, espera.

Lesb. Señores, señores, que me mata este rufianazo en mi casa.

Esc. ¿Rufianazo? bellaca, toma.

Lesb. ¡Ay, ay, ay! justicia de Dios sobre mí venga si no hiciera que te carguen de leña, don cobardazo, que para mí tienes tú manos.

Hetorino. ¿Qué es esto, señor Escalion, y qué voces son éstas, Lesbia, que das que decir á todo el barrio?

Esc. ¡Oh, señor Hetorino, sabed que me ha tratado muy mal de palabras, que yo ántes me quebrára el ojo que poner manos en ella!

Lesb. ¿Así que esto ha de pasar con este desuellacaras?

Het. Calla, calla, Lesbia; no des cuenta á muchos, que te están escuchando: vos, señor Escalion, íos de aquí, no se recrezca más mal de lo pasado si viniere algun alguacil, al instante.