Valera. Enhorabuena vea yo la cara de oro y perlas preciosas, fresca como las flores de Mayo. Hija Isabela, en Dios y en mi conciencia, que de cada dia más te vas tornando una emperatriz en fermosura. Santa Pascua fué en domingo si no me pareces una Verónica y retrato de San Miguel, el ángel que está en mi perrochia en unas andas de oro.
Isab. Téngote en merced la visitacion, que bien creo me quieres bien, pues la crianza que en mí hiciste con el tiempo áun no has olvidado; mas en lo que dices que estoy hermosa, sabe que no es oro todo lo que reluce, que qualquiera pasa trabajos.
Val. ¿Y qué trabajos pasais, hija mia? ¿por ventura será el cuidado de la familia, ó de los muchos hijos? Cierto, como las malas venturas que yo padezco deben ser; sola, triste y en laceria entre cuatro paredes, sin haber quien á mi triste vejez me haga algun refrigerio ó regalo: ¡ay, hija mia! éstos debes de llamar trabajos, que los que tú puedes pasar tortas son y pan pintado.
Isab. No sé: cada qual siente sus duelos.
Val. En forma me debria reir si tuviese gana de pensar qué son los que, hija, llamas duelos, que cierto de esto no puede faltar; que pedistes la ropa de seda, no os puso el sastre la guarnicion á vuestro contento, ó que enviastes á comprar cintas de una color y truxeron de otra, ó que la criada no vino tan presto á vuestro llamado, y otras cosas á ésta semejantes: ¿es esto, hija? dilo, no hayas vergüenza. Ya dolor, hija mia, si te vieses vieja, sola y amarga, llena de mil enfermedades y sin un cornado que gastar, ni ménos qué poder vender; de dia en el verano al resestero y en el invierno al helada, querer comer y no tener qué, y ya que se halle, no poder; despues en la noche, para aliviar el afan del dia, echaros en unas atochuelas sin otra cobertura: éste me podés vos con razon llamar afan, que lo demas no hay por qué se haga caso dello.
Isab. Madre señora, los tuyos no quiero que iguales con los mios, porque ésos el cuerpo lastiman, mas estos otros atormentan el ánima.
Val. Ya, ya, mal lograda muera yo, que bien salva estoy dello, si te entendia; agora digo que tienes razon, algun gentilhombre ha llamado á tu puerta, ¿qué me dices? ¿es esto? Pues, hija, si así es, no me lo debes negar, que sábete que hasta la muerte me hallarás aparejada en tu servicio, con tal que ames á quien te convenga y debaxo de yugo matrimonial, que lo demas á Dios es enojoso y á las gentes aborrecible.
Isab. Madre señora, sabe que á ese blanco asiesto mis tiros, que no me tengas por tal que otra cosa en mí hubiese.
Val. Pues así es y tus pensamientos son tan buenos, dime el negocio por entero, que mi madura edad te dará en ello el consejo más conveniente, y no quiero que tengas en poco lo que te prometo, que de cierto es más que puedes pensar, por tanto no cumple que se me encubra.
Isab. Madre mia, digo que en afortunado tiempo mis ojos miraron á Selvago, hermano de mi gran amiga Rosiana.