Val. ¡Oh Dios, y qué agradables me han sido, hija, tus razones! que, así Dios me dé buena postrimería, muchas veces he pensado quien en esta ciudad te convenia más por esposo, y cierto otro no hallaba sino el que me has dicho, y su compañero y grande amigo Flerinardo; mas resta que me digas si eres tú dél amada, porque siendo así, con poco trabajo vendria todo á buen fin.

Isab. Sabe, madre, que si esto así fuera, que por la más dichosa que todas las nacidas me pudiera contar; mas no sé yo si él ama en otro lugar, que esto me hace vivir en grave tormento.

Val. Hija hermosa, en eso no tengas cuidado, que yo te prometo de te dar cosa, con que desde la primera vez que te vea, padezca por tu causa mayor pena que tú por él puedes agora tener.

Isab. ¡Oh mi buena señora y piadosa madre! sabe que si lo que de palabra dices por obra se cumple, que te seré en más cargo que á la madre que me parió, porque ella me dió sér, ó fué á lo ménos causa, y tú me redimes de cruda y trabajosa muerte.

Val. Hija y señora, lo que yo digo yo lo cumpliré; resta que á mi casilla, á lo poner en obra, me llegue, donde ántes de una hora me profiero dar la vuelta.

Isab. Madre mia, para eso será menester alguna cosa.

Val. No puede ser ménos.

Isab. Con me lo decir será luégo remediado.

Val. Segun de una grande amiga mia he sabido, que en otros tales casos se ha exercitado, será menester lo que agora diré. Primeramente, una saya blanca, con su cuerpo y mangas, de tu persona, para cierto conjuro necesaria.

Isab. Y qué tal, madre, te la daré; mas agora me acuerdo que no sé si podrá servir, porque es de grana y está guarnecida de brocado de raso.