Cec. Si tú, madre, lo que dices hicieses, no sé con qué te lo podria satisfacer, porque de otra cosa al presente no tengo temor.
Val. A mí no quiero que paga alguna me des, sino que proveas lo en el caso necesario.
Cec. Si mi posibilidad en ello es bastante, yo estoy muy aparejada.
Val. Agora lo puedes ver. Lo primero son necesarias dos palomas de color de ñeve para sacarles la hiel, que es cosa en esto muy aprobada; ansimesmo un cabrito tierno y de buen tamaño, dos gallinas prietas cresticoloradas, dos quesos de los de Mallorca ó Pinto, dos docenas de huevos de ánsar con algunas madrecillas, dos cangiloncillos de hasta cuatro ó seis azumbres de lo de San Martin ó Monviedre, y ansí, finalmente, dos monedillas de oro bermejo; que si tú desto me provees, verás maravillas.
Cec. Entiende agora en lo necesario, que despues darémos un córte en esto.
Val. Mira, hija, que aunque se te haga dificultoso, que el provecho que dello resulta lo ha de hacer fácil, que bien sabes que mucho no ha de costar poco, y que á buen bocado buen grito; quanto más que lo dicho, en una vuelta de ojo que des en la despensa de tu señor lo puedes á tu salvo cantusar y enviármelo.
Cec. Ansí es, madre; mas lo que has dicho más tira á bastecida cena que á remedio en casos de amores.
Val. Poco sabes de achaques de mastuerzo; pues yo te digo que quien esto te aconseja no te quiere ver muerta.
Cec. Madre, si puede ser, darme has traslado de lo sobredicho, y tendrémos cuenta en la bolsa, que tal puede ser, que al fin sea todo aire.
Val. Ya pensé que te tenía convertida; mas pues lo veo contrario, espérate aquí baxo un poco, que allá arriba quiero concluir con el negocio de Isabela; avísote que por cosa que oigas no te alteres, porque ningun daño te puede venir.