Selv. Pues, señor, hacelde llamar, si pensais ser ése buen camino.

Fler. ¡Escalion, Escalion!

Esc. ¿Qué me mandas, señor, que aparejado como siempre estoy en tu servicio?

Fler. Buen amigo, es menester que en presencia del señor Selvago cuentes lo que estotro dia de aquella buena vieja me comenzaste á decir, porque al caso nos sería al presente necesaria.

Esc. ¡Cómo! ¿y ansí pensais que tan manualmente los hechos no pensados de aquella famosa hechicera se han de relatar? Pues yo juro por lo que á ley de quien soy debo, que si Livio otra vez al mundo volviera, con su arpada lengua y limada policía, mayor materia en la vida desta hallára para escrebir que quando los hechos de todo el pueblo romano por décadas relató; mas por ser á vuestro mandamiento obediente, bien en suma quién ella sea y sus manuales tratos demostraré. Habeis, pues, de notar que quando la famosa Claudina vivió, tuvo una hija por nombre llamada Parmenia, que, despues de la muerte de su madre, ni gualtería dexó por correr, ni meson por arrastrar, ni áun muladar ni establo que no probase; pasando, pues, su bellaca vida desta forma, una hija le dió la ventura más abundosa de padres propios que mozo de convento apelativos. Ésta, pues, es la que entre manos tenemos, que siendo nacida, su madre la baptizó con nombre de Dolosina, conveniéndola para la vejez tanto quanto sus obras dan por testimonio; dexo de contar que la madre, viéndose algun tanto en dias, procuró de mudar el oficio y volverse al que de generacion y avolorio le viene, en el qual se dió tan buena industria como en el pasado habia tenido maña, aprovechándose de la inocente hija en lo que le salia á pelo, que, como asaz de fermosura tuviese, no poco de necios era requestada, donde, con industria de su madre, ella hacia para sí mangas y para la vieja faldillas. Pues como ninguna cosa en su sér permanezca, no se haciendo ya tanta cuenta della, acordó la buena madre de sacar á la pequeña hija á volar, trayéndola por diversas partes y regiones, hasta que teniendo su asiento en Milan, la buena vieja dió fin á sus dias, quedando la hija huérfana y en estraña tierra, aunque no por eso perdió la realeza de su ánimo, que con lo que al presente de hacienda tenía, dió consigo en París, abriendo su tienda y mostrando sus mercaderías á la córte francesa. Tomando, pues, allí conocimiento con cierto nigromántico, su arte muy por entero la enseñó, saliendo en él tan famosa maestra, quanto el delicado entendimiento de una mujer es bastante. No contenta mucho con tal nacion, en España pretende tornar, y visitando las principales ciudades della, aquí en su propia tierra fué tornada; donde habiendo salido muy niña y fermosa, vieja y disforme volvió. Fué, pues, desde poco aquí casada con un panfarron llamado Hetorino, mi amigo especial, con quien agora bien contenta y gozosa vive. Tienen allá cerca el rio una casa con dos puertas y dos moradas, donde él enseña á esgrimir algunos gentiles hombres en la una, y ella á labrar mozas en la otra, ordenándose entre las dos casas de discípulos, no pocos (ántes muchos y muy grandes) malos recaudos entre dia. Es asimesmo la vieja la más subtil y taimada alcagüeta hechicera que en nuestros tiempos, ni áun creo que en los pasados, se hallára; porque, no sólo con sus palabras y conjuros ablanda los muy duros corazones, mas áun con su meneo y visaje os hace venir las manos atadas á conceder su propósito y voluntad; muchas veces, como su marido (de quien yo he sabido) me ha dicho, que con el arte de nigromancia que aprendió, delante dellos se torna invisible, y desde algun tiempo da señas verdaderas de lo que pasa en muy diversas tierras; tiene tambien poder de convertirse en animales y aves, con que no sólo hace sus hechos, mas áun se defiende de quien su mal procura, porque, como dicen, o demo á los suyos quiere. Es fama que tiene muy gran tesoro, aunque el lugar está celado, mas por ello la insaciable hambre de la codicia nunca olvida, ántes siempre, confesándose por pobre, por una moneda de plata hará, como dicen, ciribones. Tiene á la contínua en su casa dos mozas de buen parecer para alivio de cuitados que sus aventuras buscan, que tan bien amaestradas la dueña honrada las tiene, aunque de pocos dias, que al triste que en sus manos cae, no sólo con sus fingidos halagos lo que encima tiene les da, mas áun la palabra por prenda de más les dexa empeñada. Ésta, pues, de quien, señores, habeis oido, es la dueña por quien me habeis preguntado, de quien con razon se podria decir que lo que en la leche mamó, en la mortaja mostrará; por tanto ved si en algun caso á su oficio tocante la habeis menester, que yo salgo fiador, si morralla bulle en ella, halleis muy cierto remedio y refugio apacible.

Selv. Señor Flerinardo, en dubda estoy de poner este negocio en manos de mujer tan nefanda, que cierto, por sólo ella ser en él participante, qualquier infortunio que acaezca tenemos bien merecido.

Fler. No mirés, señor, eso, que tambien hemos visto por mano de personas indignas haberse obras excelentes efectuado; por tanto, si á vos os parece, pues agora es ya noche, hacelda venir en la mañana ante vos, que si muy á vuestro propósito no se profiere concluir este hecho, poco se habrá perdido.

Selv. Pues, señor, así os parece, así se haga; no resta sino quién será el mensajero.

Esc. Señor Selvago, por vuestro amor, yo lo quiero ser; mas hágovos saber que si alguna cosa de paga no ve, no la sacarán de casa con garabatos, fundándose en que dicen que, lodo seco mal se pega.

Selv. Por eso no quede, que ves aquí diez escudos que le puedes dar de mi parte, prometiéndole grandes mercedes si en ella halláre remedio mi fatiga.