Lel. ¿Dióte alguna cosa?
Dol. ¿Y qué me habia de dar, Lelia? ¿No soy más obligada á la amistad que tiene con mi marido Hetorino, que á interes alguno?
Lel. No lo digo porque recibas pena, madre, sino que pensamos Claudia y yo, quando llamó á la puerta, que fuese alguno de nuestros huéspedes, y cayó la suerte á Libina, que dello estaba bien descuidada.
Dol. Andá, locas, íos acostar, que vuestro san Martin os vendrá otro dia.
Lel. Ya vamos, madre, quédate á buenas noches.
Claud. Por tu fe, Lelia, que nos lleguemos callando al aposento donde sus mercedes están; veamos las razones que entre sí pasan, pues él es tan taimado y ella no peca de necia.
Lel. En Dios y en mi conciencia que me lo quitaste de la boca, que, como dicen, si bebo, en la taberna, si no, huélgome en ella; ya que esta noche estamos vacantes, tomarémos un rato de pasatiempo oyendo las bravosidades que entre sí tendrán.
Claud. Pues sea con mucho tiento, no sientan la celada que les tenemos puesta.
Lel. ¿No le oyes, Claudia? ¿no le oyes al necio cómo se lamenta?
Claud. Óyete, no lo sientan, que al cabo estoy.