De como el buen hidalgo don Quixote llegó á la ciudad de Çaragoça, y de la estraña aventura que á la entrada della le sucedió con un hombre que llevaban açotando.
Tan buena maña se dieron á caminar el buen don Quixote y Sancho, que á otro dia á las onze se hallaron una milla de Çaragoça. Toparon por el camino mucha gente de pie y de á caballo, la cual venia de las justas que en ella se habian hecho; que como don Quixote se detuvo en Ateca ocho dias curandose de sus palos, se hizieron sin que él las honrase con su presencia, como deseaba; de lo cual informado en el camino, de los pasageros, estaba como desesperado; y asi iba maldiziendo su fortuna por ello, y echaba la culpa al sabio encantador su contrario, diziendo que él habia hecho por donde las justas se hubiesen hecho con tanta presteça para quitarle la honra y gloria que en ellas era forçoso ganar, dando la vitoria, á él debida, á quien él maliciosamente favorecia. Con esto iba tan mohino y melancolico, que á nadie queria hablar por el camino, hasta tanto que llegó cerca de la Aljaferia, adonde, como se le llegasen por verle de cerca algunas personas con deseo de saber quien era y á que fin entraba armado de todas pieças en la ciudad, les dixo en voz alta: Dezidme, caballeros, ¿cuantos dias ha que se acabaron las justas que en esta ciudad se han hecho, en las cuales no he merecido poderme hallar? Cosa de que estoy tan desesperado cuanto descubre mi rostro; pero la causa ha sido el estar yo ocupado en cierta aventura y encuentro que con el furioso Roldan he tenido (¡nunca yo con él topara!), pero no seré yo Bernardo del Carpio, si ya que no tuve ventura de hallarme en ellas, no hiziere un público desafio á todos los caballeros que en esta ciudad se hallaren enamorados, de suerte que venga por él á cobrar la honra que no he podido ganar por no haberme hallado en tan celebres fiestas; y será mañana el dia dél; y ¡desdichado aquel que yo encontrare con mi lança ó arrebataren los filos de mi espada! que en él, por ellos, pienso quebrar la colera y enojo con que á esta ciudad vengo. Y si hay aqui alguno de vosotros, ó estan algunos en este vuestro fuerte castillo, que sean enamorados, yo los desafio y reto luego á la hora por cobardes y fementidos, y se lo haré confesar á vozes en este llano; y salga el Justicia que dizen hay en esta ciudad, con todos los jurados y caballeros de ella; que todos son follones y para poco, pues un solo caballero los reta, y no salen como buenos caballeros á hazer batalla conmigo solo; y porque sé que son tales, que no tendran atrevimiento de aguardarme en el campo, me entro luego en la ciudad, donde fixaré mis carteles por todas sus plaças y cantones, pues de miedo de mi persona y de envidia de que no llevase el premio y honras de las justas, las han hecho con toda brevedad. Salid, salid, malandrines çaragoçanos; que yo vos faré confesar vuestra sandez y descortesia. Dezia esto volviendo y revolviendo acá y acullá su caballo, de suerte que todos los que le estaban mirando, siendo más de cincuenta los que se habian juntado á hazello, estaban maravillados y no sabian á que atribuirlo. Unos dezian: ¡Voto á tal, que este hombre se ha vuelto loco y que es lunatico! Otros: No, sino que es algun grandisimo bellaco; y á fe que si le coge la justicia, que se le ha de acordar para todos los dias de su vida. Mientras él andaba haziendo dar saltos á Rocinante, que quisiera más medio celemin de cebada, dixo Sancho á todos los que estaban hablando de su amo: Señores, no tienen que dezir de mi señor; porque es uno de los mejores caballeros que se hallan en todo mi lugar; y le he visto con estos ojos hazer tantas garreaciones en la Mancha y Sierra Morena, que si las hubiese de contar, seria menester la pluma del gigante Golias: ello es verdad que no todas vezes nos salian las aventuras como nosotros quisieramos; porque cuatro ó cinco vezes nos santiguaron las costillas con unas raxas; mas con su pan se lo coman; que á fe que tiene jurado mi señor que en topándolos otra vez, como les cojamos solos y dormidos, atados de pies y manos, que les hemos de quitar los pellejos y hazer dellos una adarga muy linda para mi amo. Començaron todos con esto á reir, y uno dellos le preguntó que de donde era, á lo cual respondió Sancho: Yo, señores, hablando con debido acatamiento de las barbas honradas, soy natural de mi lugar, que con perdon se llama Argamesilla de la Mancha. Por Dios, dixo otro, que entendia que vuestro lugar se llamaba otra cosa, segun hablastes de cortesmente al nombralle; pero ¿que lugar es la Argamesilla, que yo nunca le oido dezir? ¡Oh cuerpo de quien me comadreó al nacer! dixo Sancho: un lugar es harto mejor que esta Çaragoça: ello es verdad que no tiene tantas torres como esta; que no hay en mi lugar más de una sola; ni tiene esta tapia grande de tierra que la cerca al derredor; pero tiene las casas, ya que no son muchas, con lindísimos corrales, que caben en cada uno dos mil cabeças de ganado: tenemos un lindisimo herrero que aguza las rejas, que es para dar mil gracias á Dios. Ahora cuando salimos dél, trataban los alcaldes de enviar al Toboso que no le hay en mi lugar[16] tenemos tambien una iglesia, que aunque es chica, tiene muy lindo altar mayor, y otro de nuestra señora del Rosario, con una Madre de Dios que tiene dos varas en alto, con un gran rosario alrededor, con los padres nuestros de oro, tan gordos como este puño: ello es verdad que no tenemos relox; pero á fe que ha jurado el Cura que el primer año santo que venga, tenemos de her unos riquísimos órganos. Con esto el buen Sancho queria irse adonde estaba su amo cercado de otra tanta gente; mas asiéndole uno del braço, le dixo: Amigo, dezidnos como se llama aquel caballero, para que sepamos su nombre. Señores, para dezilles la verdad, dixo Sancho, él se llama don Quixote de la Mancha, y agora un año se llamaba el de la Triste Figura, cuando hizo penitencia en la Sierra Morena, como ya deben de saber por acá; y ahora se llama el Caballero Desamorado; yo me llamo Sancho Pança, su fiel escudero, hombre de bien, segun dizen los de mi pueblo, y mi muger se llama Mari-Gutierrez, tan buena y honrada, que puede con su persona dar satisfaccion á toda una comunidad. Con esto baxó del asno, dexando riendo á todos los que presentes estaban, y caminó para donde estaba su amo cercado de más de cien personas, y los más dellos caballeros que habian salido á tomar el fresco; y como habian visto tanta gente junta en corrillo, y un hombre armado en medio, llegaron con los caballos á ver lo que era: á los cuales, como viese don Quixote, les començó á dezir, puesto el cuento de la lança en tierra: Valerosos príncipes y caballeros griegos, cuyo nombre y cuya fama del uno hasta el otro polo, del Artico al Antartico, del oriente al poniente, del setentrion al mediodia, del blanco aleman hasta el adusto scita, está esparcida, floreciendo en vuestro grande imperio de Grecia no solamente aquel grande emperador Trebacio y don Belianis de Grecia, pero los dos valerosos y nunca vencidos hermanos el caballero del Febo y Rosicler; ya veis el porfiado cerco que sobre esta ciudad famosa de Troya por tantos años habemos tenido, y que en cuantas escaramuças habemos trabado con estos troyanos y Hector, mi contrario, á quien, siendo yo como soy Aquiles, vuestro capitan general, nunca he podido coger solo para pelear con él cuerpo á cuerpo y hazerle dar, á pesar de toda su fuerte ciudad, á Elena, con la cual se nos han alçado por fuerça. Conviene pues ¡oh valerosos heroes! que tomeis agora mi consejo (si es que deseais salgamos con cumplida vitoria destos troyanos, acabandolos todos á fuego y á sangre, sin que dellos se escape sino el piadoso Eneas, que por disposicion de los cielos, sacando del incendio á su padre Anquises en los hombros, ha de ir con cierta gente y naves á Cartago, y de alli á Italia á poblar aquella fertil provincia con toda aquella noble gente que llevará en su compañia), el cual es que hagamos un paladion ó un caballo grande de bronce, y que metamos en él todos los hombres armados que pudieremos, y le dexemos en este campo con solo Sinon, á quien los más conoceis, atado de pies y manos, y que nosotros finjamos retirarnos del cerco, para que ellos, saliendo de la ciudad, informados de Sinon y engañados por él con sus fingidas lágrimas, á persuasion suya metan dentro della nuestro gran caballo á fin de sacrificarle á sus dioses; que lo haran sin duda rompiendo para su entrada un lienzo de la muralla; y despues que todos se sosieguen, seguros saldran á la media noche de su preñado vientre los caballeros armados que estaran en él, y pegarán fuego á su salvo á toda la ciudad, acudiendo despues nosotros de improviso, como acudiremos, á aumentar su fiero incendio, levantando los gritos al cielo al compas de las llamas, que se cebarán en torres, chapiteles, almenas y balcones diziendo: «Fuego suena, fuego suena; que se nos alza Troya con Elena.» Y con esto dió de espuelas á Rocinante, dexandolos á todos maravillados de su estraña locura. Sancho tambien començó á arrear su asno, y fuese tras su amo, el cual, en entrando por la puerta del Portillo, començó á detener su rocin é ir la calle adelante muy poco á poco, mirando las calles y ventanas con mucha pausa. Iba Sancho detras dél con el asno del cabestro, aguardando ver en que meson paraba su amo, porque Rocinante á cada tablilla de meson que veia, se paraba y no queria pasar; pero don Quixote lo espoleaba hasta que á pesar suyo le hazia ir adelante, lo cual sentia Sancho á par de muerte, porque rabiaba de cansancio y de hambre. Sucedio pues, que yendo don Quixote la calle adelante, dando harto que dezir á toda la gente que le veia ir de aquella manera, traia la justicia por ella á un hombre caballero en un asno, desnudo de la cintura arriba, con una soga al cuello, dandole docientos açotes por ladron, al cual acompañaban tres ó cuatro alguaciles y escribanos, con más de docientos muchachos detras. Visto este espectaculo por nuestro caballero, deteniendo á Rocinante y puesto en mitad de la calle con gentil continente, la lança baxa, començó á dezir en alta voz desta manera: ¡Oh vosotros, infames y atrevidos caballeros, indignos deste nombre! dexad luego al punto libre, sano y salvo á este caballero que injustamente con traicion habeis prendido, usando, como villanos, inauditas estratagemas y enredos para cogerle descuidado; porque él estaba durmiendo cerca de una clara fuente, á la sombra de unos frondosos alisos, por el dolor que le debia de causar el ausencia ó el rigor de su dama; y vosotros, follones y malandrines, le quitastes sin hazer rumor su caballo, espada y lança y las demas armas, y le habeis desnudado sus preciosas vestiduras, llevandole atado de pies y manos á vuestro fuerte castillo, para metelle con los demas caballeros y princesas que alli sin razon teneis en vuestras tan oscuras cuanto humedas mazmorras: por tanto, dadle luego aqui sus armas, y suba en su poderoso caballo; que él es tal por su persona, que en breve espacio dara cuenta de vuestra vil canalla gigantea: soltadle, soltadle presto, bellacos, ó venios todos juntos, como es vuestra costumbre, para mí solo; que yo os daré á entender á vosotros y á quien con él os envia, que todos sois infames y vil canalla. Los que llevaban el açotado, que semejantes razones oyeron dezir á un hombre armado con espada y lança, no supieron que le responder; pero un escribano de los que iban á caballo, viendo que estaban detenidos en medio de la calle, y que aquel hombre no dexaba pasar adelante la execucion de la justicia, dando de espuelas al rocin en que iba, se llegó á don Quixote, y asiendo de la rienda á Rocinante, le dixo: ¿Que diablos dezis, hombre de Satanas? Tiraos afuera: ¿estais loco? ¡Oh santo Dios, y quien pudiera pintar la encendida colera que del coraçon de nuestro caballero se apoderó en este punto! El cual, haziendose un poco atras, arremetió con su lançon para el pobre del escribano, de suerte que si no se dexara caer por las ancas del rocin, sin duda le escondiera don Quixote en el estomago el hierro mohoso del lançon: mas esto fue causa de que nuestro caballero errase el golpe. Los alguaciles y demas ministros de justicia que alli venian, viendo un caso tan no pensado, sospechando que aquel hombre era pariente del que iban açotando, y que se les queria quitar por fuerça, començaron á gritar: ¡Favor á la justicia, favor á la justicia! La gente que alli se halló, que no era poca, y algunos de á caballo que al rumor llegaron, procuraban con toda instancia de ayudar á la justicia y prender á don Quixote, el cual, viendo toda aquella gente sobre si con las espadas desnudas, començó á dezir á grandes vozes: ¡Guerra, guerra, á ellos, Santiago, san Dionis, cierra, cierra, mueran! Y arrojó tras las vozes la lança á un alguacil con tal fuerça, que si no le acertara á pasar por debaxo del braço izquierdo, lo pasara harto mal: soltó luego la adarga en tierra, y metiendo mano á la espada, de tal manera la revolvia entre todos con tanta braveza y colera, que si el caballo le ayudara, que á duras penas se queria mover, segun estaba cansado y muerto de hambre, pudiera ser no pasarlo tan mal como lo pasó. Pero como la gente era mucha, y la grita que todos daban siempre de ¡favor á la justicia! allegase siempre más, las espadas que sobre don Quixote caian eran infinitas: con lo cual y con la pereça de Rocinante, junto con el cansancio con que nuestro caballero andaba, pudieron todos en breve rato ganarle la espada, y quitandosela de la mano, le abaxaron de Rocinante, y á pesar suyo se las ataron ambas atras, y agarrandole cinco ó seis corchetes, le llevaron á empellones á la carcel: el cual, viendose llevar de aquella manera, daba vozes, diziendo: ¡Oh sabio Alquife! ¡Oh mi Urganda astuta! ahora es tiempo que mostreis contra este falso hechicero si sois verdaderos amigos. Y con esto hazia toda resistencia que podia para soltarse; pero era en vano. El açotado prosiguió adelante su procesion; y á nuestro caballero, por las mismas calles que él la habia empeçado, le llevaron á la carcel y le metieron los pies en un cepo, con unas esposas en las manos, habiendole primero quitado todas sus armas. En esto, llegando un hijo del carcelero cerca dél para dezir á un corchete que le echase una cadena al cuerpo, oyendolo, alçó en alto las manos con las esposas, y le dió con ellas al pobre moço tan terrible golpe sobre la cabeça, que no valiendole el sombrero, que era nuevo, le hizo una muy buena herida; y segundara con otra, si el padre del moço, que estaba presente, no levantara el puño y le diera media dozena de moxicones en la cara, haziendole saltar la sangre por las narizes y boca, dexando con esto al pobre caballero, que aun no se podia limpiar, hecho un retablo de duelos. Las cosas que dezia y hazia en el cepo, no habra historiador, por diligente que sea, que baste á contarlas. El bueno de Sancho, que se habia hallado presente á todo lo pasado con su asno del cabestro, como vió llevar á su amo de aquella manera, començó á llorar amargamente, prosiguiendo el camino por donde le llevaban, sin dezir que era su criado: maldezia su fortuna y la hora en que á don Quixote habia conocido, diziendo: ¡Oh, reniego de quien mal me quiere y de quien no se duele de mí en tan triste trance! ¿Quien demonios me mandó á mí volver con este hombre, habiendo pasado la otra vez tantos desafortunios, siendo ya apaleado, ya amanteado, y puesto otras vezes á peligro de que si me cogiera la Santa Hermandad me pusiera en cuatro caminos para que despues no pudiera ser rey ni Roque? ¿Que haré, ¡pobre de mí! que estoy por irme desesperado por esos mundos y por esas Indias, y meterme por esos mares, entre montes y valles, comiendo aves del cielo y alimañas de la tierra, haziendo grandisima penitencia y tornandome otro fray Juan Guarismas, andando á gachas como un oso selvatico hasta tanto que un niño de sesenta años me diga: Levantate, Sancho; que ya don Quixote esta fuera de la carcel? Con estas endechas y mesandose las espesas barbas, llegó á la puerta de la carcel, en que vió meter á su amo, y él se quedó arrimado á una pared con su asno del cabestro hasta ver en que paraba el negocio. Lloraba de rato en rato, particularmente cuando oia dezian los que baxaban de la cárcel á cuantos pasaban por delante della, como ya querian sacar á açotar al hombre armado; de quien unos dezian que merecia la horca por su atrevimiento, otros le condenaban solo, movidos de más piedad, á docientos y galeras por el breve rato que con su buena platica detuvo la execucion de la justicia. Otros dezian: No quisiera yo estar en su pellejo, aunque ponga por excusa de su insolencia que estaba borracho ó loco. Todo esto sentia Sancho á par de muerte; pero callaba como un santo. Sucedió pues que los dos alguaciles, el carcelero y su hijo se fueron juntos á la justicia, ante quien acriminaron de suerte el caso, que el Justicia mandó que luego en fragante, sin más informacion, le sacasen á la vergüença por las calles, y le volviesen despues otra vez á la carcel hasta saber juridicamente la verdad del delicto. Cuando los alguaciles venian de vuelta á executar la dicha repentina sentencia, acababa de volver el açotado en su asno á la puerta de la carcel, con el acompañamiento de muchachos que los tales suelen; y al punto que le vió uno de los alguaciles, dixo, á vista de Sancho, al verdugo: Ea, baxad ese hombre, y no volvais el asno; porque en él habeis de subir luego á pasear por las mismas calles aquel medio loco que ha pretendido estorbar la justicia; que esto manda la mayor de la ciudad se le dé luego como por principio de las galeras y açotes que se le esperan. Infinita fue la tristeza que en el coraçon del pobre Sancho entró cuando oyó semejantes palabras al alguacil, y más cuando vió que todo se aparejaba para sacar á la vergüença á su amo, y que toda aquella gente estaba á la puerta de la carcel diziendo: Bien se merece el pobre caballero armado los açotes que le esperan, pues fue tan necio que metió mano sin para qué contra la justicia; y sin eso, en la misma carcel ha descalabrado al hijo del carcelero. Estas y otras semejantes razones tenian á Sancho hecho loco y sin saber qué hazer ni dezir; y asi no hazia otra cosa sino escuchar aqui y preguntar alli; pero en todas partes oia malas nuevas de las cosas de su amo, al cual començaban ya de hecho á desherrar del cepo para sacarle á la vergüença.
CAPITULO IX
De como don Quixote, por una estraña aventura, fué libre de la carcel y de la vergüença á que estaba condenado.
Estando el pobre de Sancho llorando lagrimas vivas, y esperando, hecho ojos, cuando habia de ver á su señor desnudo de medio arriba y caballero en su asno para darle los docientos açotes que habia oido le habian de dar de presente, pasaron siete ó ocho caballeros de los principales de la ciudad por alli á caballo, y como vieron tanta gente á la puerta de la carcel á hora tan extraordinaria, pues eran más de las cuatro, preguntaron la ocasion de la junta, y un mancebo les contó lo que aquel hombre armado que dezian habian de baxar para açotarle por las calles, habia hecho y dicho dentro y fuera de la ciudad y en la carcel, y como habia querido quitar un açotado á la justicia en medio de la calle; de lo cual se maravillaron, y mucho más cuando supieron que no habia hombre ni muger en toda la ciudad que le conociese. Tras este llegó otro y les dixo todo lo que antes de entrar en la ciudad habia dicho á una tropa de caballeros, los cuales alli nombró, con lo cual rieron mucho; pero maravillandose de que no hubiese persona que les dixese á que proposito iba armado con adarga y lança. Estando en esto, quiso la suerte que Sancho se llegase á escuchar lo que alli se dezia de su amo; y mirando bien á los caballeros, conoció entre ellos á don Alvaro Tarfe, el cual, aunque habia seis dias que las justas se habian hecho, él no se habia ido, por aguardar una sortija que unos caballeros de la ciudad de los mas principales y él tenian ordenada para el domingo siguiente. Soltó Sancho el asno del cabestro en viendole, y puesto de rodillas en mitad de la calle, delante de los caballeros, con su caperuça en la mano, llorando amargamente, començó á dezir: ¡Ah señor don Alvaro Tarfe! Por los evangelios del señor san Lucas, que v. m. tenga compasion de mí y de mi señor don Quixote, el cual está en esta carcel y le quieren sacar á açotar cuando menos, si el señor san Anton y v. m. no lo remedian; porque dizen que ha hecho aqui á la justicia no sé que sin justicia y desaguisado, y por ello le quieren echar á galeras por treinta ó cuarenta años. Don Alvaro Tarfe luego conoció á Sancho Pança, y sospechó todo lo que podia ser; y asi, maravillado de verle, le dixo: ¡Oh Sancho! ¿que es esto? ¿Que vuestro señor es para quien se apareja todo este carruage? Pero de su locura y vana fantasia y de vuestra necedad todo se puede presumir; pero no lo acabo de creer, aunque me lo afirmais con los extremos con que me lo habeis representado. El es, señor, ¡pecador de mí! dixo Sancho: entre v. m. allá, y hagale una visita de mi parte, diziendo que le beso las manos, y que le advierto que si le han de sacar en aquel asnillo que metieron ahora, que de ninguna manera suba en él, porque yo le tengo aparejado aqui el rucio, en que podrá ir como un patriarca; el cual, como ya sabe, anda llano, de tal manera que el que va encima puede llevar una taza de vino en la mano, vacia, sin que se le derrame gota. Don Alvaro Tarfe, riendose de lo que el simple de Sancho le habia dicho, le mandó que no se fuese de alli hasta que él volviese á salir; y hablando con dos caballeros de aquellos, se entró con ellos en la carcel, donde hallaron al buen hidalgo don Quixote, que le estaban desherrando para sacarle á la vergüença; al cual como vió don Alvaro tan mal parado, llena de sangre la cara y manos, y con unas esposas en ellas, le dixo: ¿Que es esto, señor Quijada? ¿Y que aventura ó desventura ha sido la presente? ¿Parecele á v. m. que es ahora bueno tener amigos en la corte? Pues yo lo seré esta vez tal de v. m., como verá por la experiencia. Pero digame, ¿que desgracia ha sido esta? Don Quixote le miró en la cara, y luego le conoció; y con una risa grave le dixo: ¡Oh mi señor don Alvaro Tarfe! V. m. sea bien venido. Maravillome en extremo de la estraña aventura que v. m. ha acabado: digame luego por Dios de que suerte ha entrado en este inexpugnable castillo, adonde yo por arte de encantamiento he sido preso con todos estos principes, caballeros, donzellas y escuderos que en estas duras prisiones hemos estado tan largo tiempo; de que manera ha muerto los dos fieros gigantes que á la puerta estan, levantados los braços, con dos maças de fino acero, para estorbar la entrada á los que á pesar suyo quisieren entrar dentro; como ó de que suerte mató aquel ferocisimo grifo que en el primer patio del castillo está, el cual con sus rapantes garras coge un hombre armado de todas pieças, y le sube á los vientos, y alli le despedaza. Envidia tengo, sin duda, á tan soberana hazaña, pues por manos de v. m. todos seremos libres. Ese sabio encantador mi contrario será cruelisimamente muerto, y la maga su muger, que tantos males ha causado en el mundo, ha de ser luego sin misericordia açotada con publica vergüença. Sacaranle á ella á v. m., dixo don Alvaro, sin duda, si su buena fortuna ó por mejor dezir, Dios que dispone todas las cosas con suavidad, no hubiera ordenado mi venida; pero, como quiera que sea, yo he muerto todos esos gigantes que dize, y dado la libertad deseada á esos caballeros que le acompañan; pero conviene por agora, pues yo he sido su libertador, que v. m., obedeciendome, como lo pide el agradecimiento que me debe, se esté solo aqui en esta sala con esas esposas en las manos hasta que yo ordene lo contrario; que asi importa para el buen remate de mi feliz aventura. Mi señor don Alvaro, dixo don Quixote, será v. m. obedecido en eso puntualmente; y quiero, por hazer algun nuevo servicio á v. m., permitirle que de aqui adelante se acompañe conmigo, cosa que jamas pensé hazer con caballero del mundo; pero quien ha dado cabo y cima á una tan peligrosa hazaña como esta, justamente merece mi amistad y compañia, porque vaya viendo en mí, como en un espejo, lo que por todos los reinos del mundo, insulas y peninsulas he hecho y pienso hazer hasta ganar el grandisimo imperio de Trapisonda, y ser casado alli con una hermosa reina de Inglaterra, y tener en ella dos hijos, habidos por muchas lagrimas, promesas y oraciones: el primero de los cuales, porque nacerá con una señal de una espada de fuego en los pechos, se llamará el de la Ardiente Espada; el otro, porque en el lado derecho tendrá otra señal parda de color de acero, significadora de las terribles maçadas que ha de dar en este mundo, se llamará Mazimbruno de Trapisonda. Dieron todos una gran risada, mas don Alvaro Tarfe, disimulando, los mandó salir á todos fuera, y rogó á uno de los dos caballeros que con él habian entrado, se quedase alli para que ninguno hiziese mal á don Quixote, mientras el con el otro, que era deudo muy cercano del Justicia mayor, iban á negociar su libertad, pues seria cosa facil el alcançarsela, constando tan publicamente á todos de su locura. En salir de la carcel subieron en sus caballos, y dixo don Alvaro á un paje suyo que llevase á Sancho Pança, pues ya le conocia, á su casa, y le diese luego en ella muy bien de comer, sin permitirle saliese della un punto hasta su vuelta. Replicó Sancho á vozes: Mi señor don Alvaro, advierta v. m. que mi rucio está tan melancolico por no ver á Rocinante, su buen amigo y fiel compañero, como yo por no ver ya por esas calles á mi señor don Quixote; y asi v. m. pida cuenta á los fariseos que prendieron á mi amo, de dicho noble Rocinante; porque ellos se lo llevaron, sin que el pobre en la pendencia hubiese dicho á ninguno ninguna mala palabra; y sepa v. m. tambien nuevas, que ellos se las daran, de la insigne lança y preciosa adarga de mi señor; que á fe que nos costó treze reales de hazerla pintar toda al olio á un pintor viejo que tenia una gran barriga en las espaldas, y vivia en no se que calle de las de Ariza; que mi amo me daria á la landre si no le diese cuenta dello. Andad, Sancho, dixo don Alvaro: comed y reposad, y descuidad de lo demas, que todo tendrá buen recado. Fuese Sancho con el paje, tirando del cabestro á su jumento poco á poco; y llegados á casa, le pusieron en la caballeriza con bastante comida, y á Sancho se la dieron tan buena en cantidad cuanto él la dió graciosa con mil simplicidades á los pajes y gente de casa, á todos los cuales contó cuanto por el camino les habia sucedido á él y á su amo, asi con el ventero como con el melonero, y en Ateca: lo cual todo refirieron ellos despues á don Alvaro, que á estas horas estaba con el otro caballero, informado al Justicia mayor de lo que era don Quixote, y de cuanto le habia sucedido, asi con el açotado, como con el carcelero y con ellos en la carcel. El Justicia mandó luego con mucho gusto á un portero fuese á la carcel y mandase de su parte, asi al carcelero como á los alguaciles, entregasen aquel preso libre y sin costas, con el caballo y todo lo demas que le habian quitado, al señor don Alvaro Tarfe; lo cual todo fue hecho asi. Llegó don Alvaro á la carcel, á la que volvian á armar á don Quixote, ya libre de las prisiones; y á la que le entregaron la adarga, rieron mucho cuando la vieron con la letra del Caballero Desamorado y figuras de Cupido y damas; y aguardando que anocheciese para que no fuese visto, le hizo llevar á su posada con un paje, á caballo en Rocinante. Cenaron en ella con él los caballeros amigos de don Alvaro con mucho gusto, haziendo dezir á Sancho Pança sobre cena todo lo que por el camino les habia sucedido; y cuando Sancho dixo que habia burlado á su amo en no haber querido dar á la gallega los docientos ducados, sino solo cuatro cuartos, se metió don Quixote en colera diziendo: ¡Oh infame vil y de vil casta! Bien parece que no eres caballero noble, pues á una princesa como aquella, á quien tan injustamente hazes moça de venta, diste cuatro cuartos: yo juro por el orden de caballeria que recebí, que la primera provincia, insula ó peninsula que gane, ha de ser suya á pesar tuyo y de cuantos villanos como tú hay en el mundo. Maravillaronse todos aquellos caballeros de la colera de don Quixote; y Sancho, viendo enojado á su amo, le respondió: ¡Oh pesia á los viejos de Santa Susana! ¿Y no conocia v. m. en la filomia y andrajos de aquella moça, que no era infanta ni almiranta? Y más, que le juro á v. m. que si no fuera por mí, se la llevara un mercadante de trapos viejos para her della papel de estraza, y la muy sucia no me lo agradece agora; pues á fe que si no fuera porque le tuve miedo, que la hubiera hecho á moxicones que se acordara de Sancho Pança, flor de cuantos escuderos andantes ha habido en el mundo; pero vaya en hora buena; que si una vez me dió una bofetada y dos cozes en estas espaldas, buen pedazo de queso le comí que tenia escondido en el vasar. Levantose don Alvaro riendo de lo que Sancho Pança habia dicho, y con él los demas; y dió orden que llevasen á don Quixote á un buen aposento, donde le hizieron una honrada cama, en la cual estuvo reposando y rehaziendose dos ó tres dias, y á Sancho se le llevaron los pajes á su cuarto; con el cual tuvieron donosisima conversacion.
CAPITULO X
Como don Alvaro Tarfe convidó ciertos amigos suyos á comer para dar con ellos orden que libreas habian de sacar en la sortija.
Venida la mañana, entró don Alvaro Tarfe en el aposento de don Quixote, y sentandose junto á su cama en una silla, le dixo: ¿Como le va á v. m., mi señor don Quixote, flor de la caballeria manchega, en esta tierra? ¿Hay alguna aventura de nuevo en que los amigos podamos ayudar á v. m.? Porque en este reino de Aragon se ofrecen muchas y muy peligrosas cada dia á los caballeros andantes; y en los dias pasados, en las justas que aqui se hizieron, vinieron de diversas provincias muchos y muy membrudos gigantes y descomunales jayanes, y hubo aqui algunos caballeros á quien dieron bien en que entender; y solo faltó que v. m. se hallase aqui para que diera á semejante gente el castigo que por sus malas obras merecen; pero ya podrá ser que v. m. los tope por el mundo, y les haga pagar lo de antaño y lo de hogaño. Mi señor don Alvaro, respondió don Quixote, yo estoy y he estado con grandisima pena por no haberme hallado en esas reales justas; pues si en ellas me hallara, creo que ni esos gigantazos se fueran riendo, ni algunos de los caballeros llevaran las preciosas joyas que á falta mia llevaron; pero yo sospecho que nondum sunt completa peccata Amorreorum: quiero dezir, que no debe de ser cumplido aun el numero de sus pecados, y que Dios querrá que cuando lo sea, yo los castigue. Pues, señor don Quixote, dixo don Alvaro, v. m. ha de saber que para despues de mañana, que es domingo, tenemos concertada una famosa sortija entre los caballeros desta ciudad y yo, en la cual ha de haber muy ricas joyas y premios de importancia. Han de ser jueces délla los mismos que lo fueron de las justas, que son tres caballeros de los más principales deste reino, un titular y dos de encomienda. Asistiran tambien á ellas muchas y muy hermosas infantas, princesas y camareras de peregrina belleza, volviendo en cielo las ventanas y balcones de la famosa calle del Coso, adonde podrá v. m. hallar á manos llenas dos mil aventuras. Todos habemos de salir en ella de librea, echando al entrar de la calle sus motes volantes ó escritos en las tarjetas de los escudos, que contengan dichos de risa y de pasatiempo: si v. m. se dispone y esfuerça para entrar en ella, yo me ofrezco de acompañarle y darle librea, para que quede con su lado participante de su buena fortuna, y para que entienda esta ciudad y reino que tengo un amigo tal y tan buen caballero, que basta por sí solo á ganar todos los precios de la sortija. Yo soy dello muy contento, dixo don Quixote sentandose en la cama, solo porque v. m. vea por vista de ojos las cosas que ha oido de mi esfuerço; que aunque es verdad, como dize el refran latino, que la alabança pierde, dicha por la boca del sugeto á quien se encamina, con todo, puedo y quiero dezir de mí lo que digo, por ser tan publico. Yo lo creo asi, dixo don Alvaro; pero v. m. se esté quedo en la cama y repose, para que lo haga con más comodidad. Aqui delante della pondremos la mesa, y comeremos yo y algunos caballeros de mi cuadrilla, y sobre mesa trataremos de lo que se ha de hazer, guiandonos todos en todo por el discreto voto de quien tanta experiencia tiene de semejantes juegos, como v. m. Fuese don Alvaro, y quedó el buen hidalgo con la fantasia llena de quimeras; y sin poder reposar, se levantó y començó á vestirse, imaginando ahincadamente en su negra sortija; y con la vehemente imaginacion se quedó mirando al suelo sin pestañear, con las bragas á medio poner; y de alli á un buen rato arremetió con el braço muy derecho hazia la pared, dando una carrera y diziendo: De la primera vez he llevado el anillo metido en la lança; y asi, vuesas excelencias, rectisimos jueces, me manden dar el mejor premio, pues de justicia se me debe, á pesar de la invidia de los circunstantes aventureros y miradores. A la voz grande que dió, subieron un paje y Sancho Pança; y entrando dentro del aposento, hallaron á don Quixote, las bragas caidas, hablando con los jueces, mirando al techo; y como la camisa era un poco corta por delante, no dexaba de descubrir alguna fealdad: lo cual visto por Sancho Pança, le dixo: Cubra, señor Desamorado, ¡pecador de mí! el etcetera; que aqui no hay jueces que le pretendan echar otra vez preso, ni dar docientos açotes, ni sacar á la vergüença, aunque harto saca v. m. á ella las suyas sin para que; que bien puede estar seguro. Volvió la cabeça don Quixote, y alçando las bragas de espaldas para ponerselas, baxose un poco y descubrió de la trasera lo que de la delantera habia descubierto y algo más asqueroso. Sancho, que lo vió, le dixo: Pesia á mi sayo: Señor, ¿que haze? que peor está que estaba: eso es querer saludarnos con todas las inmundicias que Dios le ha dado. Riose mucho el paje; y don Quixote, componiendose lo mejor que pudo, se volvió á él diziendo: Digo que soy muy contento, señor caballero, que la vuestra batalla se haga de la suerte que á vos os parece, sea á pie ó sea á caballo, con armas ó sin ellas; que á todo me hallareis dispuesto; que aunque estoy seguro de la vitoria, con todo, me huelgo en extremo de hazer batalla con un tan nombrado caballero y delante de tanta gente, que veran por vista de ojos el valor de persona tan desamorada como yo soy. Señor caballero, respondió el paje, aqui no hay alguno que pretenda hazer batalla con v. m.; y si alguna habemos de hazer, ha de ser de aqui á dos horas con un gentil pavo que está aguardandonos para ser nuestro convidado á la mesa. Ese caballero, replicó don Quixote, que llamais pavo, ¿es natural deste reino, ó extrangero? Porque no querria por todas las cosas del mundo que fuese pariente ni paniaguado del señor don Alvaro. Oyendo esto, salió de través Sancho, diziendo: Por vida del soguero que hizo el lazo con que se ahorcó Judas, que no lo entiende v. m. con todos sus libros que ha leido y latines ó letanias que ha estudiado: baxe acá abaxo, y verá la cocina llena de asadores, con dos ó tres ollas como medias tinajillas de las que usamos en el Toboso, tanto pastel en bote, pelota de carne y empanadas, que parece toda ella un paraiso terrenal; y aun á fe que si me pidiese un poco de saliva en ayunas, que no se la podria dar; que tengo en el cuerpo tres de malvasia, que llaman en esta tierra, y á fe con razon, porque está mal la taza cuando está vacia della; y es mejor que el de Yepes, que v. m. tambien conoce; y este señor, porque el beber no me hiziese mal, me dió un panecillo blanco de casi dos libras y media; y dos pescuezos el cocinero coxo, que no sé si eran de avestruzes; y si serian, porque yo me comia las manos tras ellos; con todo lo cual en un instante hize la cama á la bebida y refocilé el estomago. Estas me parecen á mi, señor, que son las verdaderas aventuras, pues las topo yo en la cocina, dispensa y boticaria, ó como la llaman, muy á mi gusto; y le perdonaria á v. m. el salario que me da cada mes, si nos quedasemos aqui sin andar buscando meloneros que nos santigüen el espinazo; y creame v. m. que esto es lo más acertado; que alli está el cocinero coxo que me adora, y todas las vezes que entro á velle, que no son pocas, me hinche un gran plato de carne friatica, que en her asi, me la espeto como quien se sorbe un huevo; y él no haze sino reir de ver la gracia y liberalidad con que como, que es para dar mil gracias á Dios. Ello es verdad que anoche uno destos señores pajes ó pajaros, ó que son, me dixo que sorbiese una escudilla de caldo que traia en la mano, porque me daria la vida, despues de Dios; y yo, no cayendo en la bellaqueria, la agarré con ambas manos, y por helle servicio, dí tres ó cuatro sorbiscones, que no debiera, porque el grandisimo... (y tengaselo por dicho) del paje, habia puesto la escudilla sobre las brasas, de manera que me iba zorriando por el estomago abaxo, y me hizo saltar de los ojos otro tanto caldo como el que sorbí; y el cocinero y él y este señorete se reían que se desquixaraban; mas á fe que no me burlen otra vez de aquella manera; porque, como quedé escarmentado, denantes me dió el cocinero una gentil rebanada de melon, y la tenté poco á poco por ver si estaba abrasando. ¡Oh gran bestia! dixo don Quixote: ¿y la rebanada habia de abrasar? Por ahi se echa de ver que eres goloso, y que no es tu principal intento buscar la verdadera honra de los caballeros andantes; sino, como Epicuro, henchir la pança. Hago en eso como quien soy, dixo Sancho. Estando en esto, sintieron que venia á comer don Alvaro con cinco ó seis caballeros principales, de los que habian de salir á la sortija, á los cuales habia convidado para dar orden en las libreas que cada una habia de sacar en ella, y para que gustasen de don Quixote como de unica pieça; y asi se subieron derechos á su aposento, y hallandole medio vestido y con la figura que queda dicho, rieron mucho; pero riñole don Alvaro porque se habia levantado contra su orden, y mandole se volviese á acostar luego, porque no comerian de otra suerte. Hizolo á puras porfias, tras lo cual se puso la mesa y traxo la comida, llamandole siempre todos ellos soberano principe á don Quixote. Pasaron en el discurso della graciosos cuentos, haziendole todos estrañas preguntas de sus aventuras, á las cuales respondia él con mucha gravedad y reposo, olvidándose muchas vezes de comer por contar lo que pensaba hazer en Constantinopla y Trapisonda, ya con tal infanta, y ya con tal gigante, diziendo unos nombres tan extraordinarios, que con cada uno de ellos daban mil arqueadas de risa los convidados; y si no fuera por don Alvaro, que volvia siempre por don Quixote, abonando sus cosas con discreto artificio y disimulacion, algunas vezes se enojara muy de veras. Con todo, les dezia que no era de valientes caballeros reirse sin proposito de las cosas que cada dia suceden á los caballeros andantes, cual él era; y don Alvaro les dixo: Bien parece, señores, que vs. ms. son noveles y que no conocen el valor del señor don Quixote de la Mancha como yo; pues si no saben quien es, pregúntenselo á aquellos caballeros que llevaban açotando por las calles el otro dia á aquel soldado; que ellos diran lo que hizo y dixo en su presencia y en defensa del açotado, á fin de deshazer el tuerto que le hazian, como verdadero caballero andante. Acabose en estas platicas la comida, y alçaronse las mesas, y començaron á tratar de las libreas que cada uno tenia para la sortija, y las cifras y motes que habian de llevar. Despues dixo el uno: Y el señor don Quixote ¿que librea ha de sacar? No dexemos al mejor jugador sin cartas; porque á mí me parece que la saque de verde, de color de alcacel, que es esperança, pues él la tiene de alcançar y ganar todos los premios de la sortija. Otro dixo que no, sino, pues se llamaba el Caballero Desamorado, saliese de morado, con algun mote con que picase á las damas. Antes por ser desamorado, dixo otro caballero, ha de llevar la librea blanca en señal de su gran castidad; que no es poco un caballero de tantas prendas estar sin amor, si ya no es que dexe de amar por no haber en el mundo quien le merezca. El ultimo caballero replicó diziendo: Pues mi voto, señores, es que, pues el señor don Quixote es hombre que ha muerto y mata tantos gigantes y jayanes, haziendo viudas á sus mugeres, que salga con librea negra; que asi dará á entender á todos los que con él pretendieren entrar en batalla, que han de tener negra la ventura. Ahora sus, dixo don Alvaro, que con licencia de vs. ms. tengo de dar mi parecer, y ha de ser singular, como lo es el señor don Quixote; y asi me parece que su merced no saque librea alguna; antes, como verdadero caballero andante, es bien salga en la plaça armado de todas pieças y armas; y porque sean proprias las que sacare, le hago donacion de las que trae, que son las famosas de Milan que en el Argamesilla le dexé en guarda, pues solo estan honradas en su poder, como en el mio ociosas; y porque estan algo deslustradas del polvo del camino y de la sangre que ha derramado de diversos gigantes en diferentes batallas, daré orden se le limpien y acicalen para que salga más lucido. Por empresa bastale la que trae en el campo de su adarga; que pues nadie la ha visto en Çaragoça, y desde Ariza, donde la pintó, hasta aqui la ha traido cubierta de un cendal todo el camino porque no se le deslustrase, nueva será y bien mirada, sirviendole de arma el lançon proprio, que llevará; siendo ella, su gallardo talle y la ligereza del famoso Rocinante señas bastantes para que por ellas entiendan todos que su merced es el ilustre caballero andante que el otro dia volvió publicamente por la honra de aquel honrado açotado, y quien ha hecho las aventuras del melonero, con las demas que muchos ignoran. Dixeron todos que era muy acertado lo que el señor don Alvaro habia pensado; y á don Quixote le pareció de perlas; y asi dixo: Lo que el señor don Alvaro ha dicho es verdaderamente lo que importa; porque suele suceder en semejantes fiestas venir algun famoso gigante ó descomunal jayan rey de alguna isla estrangera, y hazer algunos descomedidos desafios contra la honra del rey ó principes de la ciudad; y para abatir semejante soberbia, es bien que yo esté armado de todas pieças y armas; y beso al señor don Alvaro mil vezes las manos por la liberalidad con que me haze merced de las que venia á restituille en esta ocasion y tierra; pero yo aseguro que con ellas haga que el traidor alevoso de cierto gigantazo que va haziendo grandes desaguisados por el mundo, no se alabe que en este famoso reino de Aragon no hay quien se atreva á hazer singular batalla con él. Y saltando en un brinco de la cama con una repentina y no pensada furia, se salió del aposento y cama á la sala, con su camisa corta como estaba, y metió mano á la espada, que tenia en el mismo aposento, y començó á dezir á vozes, sin que los circunstantes tuviesen tiempo de reconocerse ni detenerle: Pero aqui estoy yo, ¡oh soberbio gigante! contra quien no valen arrogantes palabras ni valerosas obras;—y dando seis ó siete cuchilladas en los tapices que estaban colgados por las paredes, dezia: ¡Oh pobre rey, si lo eres! llegado es el tiempo en que Dios está ya cansado de tus malas obras. Los caballeros y don Alvaro, que semejante accidente vieron, se levantaron y retiraron todos á una parte, pensando que don Quixote daria tambien tras ellos, y los tendria por jayanes de allá de allende la insula Maleandritica. Con todo, don Alvaro le asió del braço, con notable pasion de reir él y los demas, de ver la infernal vision del manchego, diziendo: Ea, flor de la caballeria de la Mancha, meta v. m. la espada en la vaina, y vuelvase á acostar; que el gigante ha huido por la escalera abaxo, y no ha osado aguardar los filos de su cortadora espada. Asi lo creo yo, dixo don Quixote; que estos y otros semejantes más temen de vozes y palabras á vezes, que de obras; yo por amor de v. m. no le he querido seguir; pero viva; que para mayor mal suyo será. Pero yo fio que él se guarde de encontrar otra vez conmigo. Quedó con esto, como estaba tan flaco y debilitado, hijadeando de suerte, que no le alcançaba una respiracion á otra; y dexandole puesto en la cama, con orden de que no se moviese della hasta el dia de la sortija, mandó don Alvaro subir á Sancho para que le hiziese compañia; y el con los demas caballeros se despidieron dél, diziendo iban á ver á los otros sus amigos granadinos en la posada de cierto caballero principal, donde posaban, para saber dellos como pensaban salir á la sortija; á lo cual fueron de hecho, y á dar parte á mucha gente principal y de humor del extraordinario que gastaba don Quixote, y de lo que con él pensaban holgarse y dar que reir á toda la plaça el dia de la sortija.