Acabada de jugar la sortija y de haber corrido en ella los caballeros de dos en dos delante de toda la ciudad, desocuparon todos sus puestos, volviendose á sus casas, por venir la noche. Para hazer pues lo mesmo, don Alvaro asió de la mano á don Quixote, diziendole: Vamos, mi señor don Quixote, á dar un par de vueltas por esas calles mientras se haze hora de acudir á cenar con el señor que v. m. sabe que como juez liberalisimo nos ha convidado esta noche. Vamos, dixo don Quixote, donde v. m. mandare. Y sin que hubiese remedio con él de que diera la adarga y lançon á un paje, para que, como don Alvaro queria, lo llevase á su casa, se fue con todo este carruage acompañandole. Llegaron á muy buena hora á la noble casa del huesped que los habia convidado á cenar; y tomando en el çaguan un paje suyo la lança y adarga de don Quixote, se apearon y subieron al punto al aposento de don Carlos, que asi se llamaba el juez, el cual se levantó, con otros caballeros amigos que tenia tambien convidados, para ir á abraçar á don Quixote, como lo hizo, diziendole: Bien sea venido el señor caballero andante, y con la salud que todos deseamos, como lo hazemos tambien que para mayor alivio del trabajo pasado, se quite v. m. las armas, pues está en parte segura y entre amigos que desean servir á v. m. y aprender de su valor todo buen orden de milicia; que creo lo habemos bien menester, segun lo mal que los caballeros lo han hecho en la sortija; que si v. m. no remediara sus faltas, quedaran las fiestas harto frias. Don Quixote le respondió: Señor don Carlos, yo no tengo por costumbre, en ninguna parte que vaya, sea de amigos ó enemigos, quitarme las armas, por dos razones. La primera, porque trayendolas siempre puestas, se haze el hombre á ellas; que como dizen los filosofos, ab assuetis non fit passio; pues la costumbre, como v. m. sabe, convierte las cosas en naturaleza, con que ningun trabajo hay que dé pesadumbre. La segunda, porque no sabe el hombre de quien se ha de fiar ni lo que le puede acontecer, por ser varios los sucesos de la guerra; y me acuerdo haber leido en el autentico libro de las hazañas de don Belianis de Grecia, que yendo él y otro caballero armados de todas pieças, perdidos por un bosque, llegaron á cierto prado donde hallaron diez ó doze salvages que estaban asando un venado, los cuales por señas les convidaron á comer dél. Los caballeros, que llevaban no poca necesidad y hambre, viendo la humanidad que mostraban aquellos barbaros, baxaron de los caballos, quitandoles los frenos para que paciesen; pero ellos no se quisieron quitar las celadas, sino, levantadas un poco las viseras, sentados en las yerbas, comieron de una pierna del venado que los salvages les pusieron delante; y apenas hubieron comido media dozena de bocados, cuando, concertados entre si, en lenguage que no entendieron los forasteros, llegando pasito por detras dos de ellos con dos maças, á un tiempo les dieron tan fuertemente sobre las cabeças, que á no llevar puestas las celadas, fueran sin duda fatal sustento de aquellos barbaros: con todo, cayeron en tierra aturdidos, y ellos con grande algazara començaron á desarmarlos; pero como no sabian de aquel menester, no hazian sino revolverlos por aquel prado acá y acullá: de suerte que dandoles un poco el viento, y viendo el triste estado en que sus cosas estaban, se levantaron muy ligeramente, y metiendo mano en sus ricas espadas, començaron á dar tras los salvages como en real de enemigos, sin dar reves con que no hiziesen de un salvage dos, por estar desnudos. Dezia esto don Quixote con tanta colera, que metiendo él tambien mano en su espada, prosiguió diziendo: Dando aqui tajos, acullá cuchilladas, aqui partian uno hasta los pechos, alli dexaban otro en un pie como grulla, hasta que mataron la mayor parte dellos. Don Carlos le hizo envainar, riendo con aquellos caballeros de la colera que habia tomado contra los salvages, pues parecia que los tenia delante; y asiendole por la mano y entrandole en otra sala, hallaron puestas las mesas para cenar; donde volviendo la cabeça don Carlos, dixo á un paje suyo de los que alli estaban: Id volando á la posada del señor don Alvaro, pues ya sabeis, y llamad al escudero del señor don Quixote, Sancho Pança, diziendole que su amo le manda se venga luego con vos, que tambien está convidado; y no vengais sin él de ninguna suerte. Tomó el paje la capa, fue por él al momento, y hallandole en la cocina con el cocinero, á quien con mucha melancolia estaba contando la desgracia del hurto de las preciosas agujetas, le dixo: Señor Sancho, v. m. se venga conmigo al instante, porque el señor don Quixote le llama, viendo que mi señor don Carlos no se quiere asentar á la mesa con los convidados hasta verle á v. m. en la sala. Señor paje, respondió con mucha flema Sancho, v. m. podrá dezir á esos señores que les beso las manos, y que no estoy en casa, y que por esto no voy, y porque ando por la plaça buscando un cierto negocio de importancia que se me ha perdido; pero que si Dios me alumbra con bien para que lo halle, les doy palabra de ir luego. Eso no, dixo el paje: v. m. ha de venir conmigo; que asi me lo han mandado, porque es tambien convidado á la cena. Hablara yo para mañana, respondió Sancho; que siendo asi, claro está que iré de muy rebuena gana al punto; y á fe que me coge en tiempo que no tengo muy mala disposicion, porque há más de tres horas que no ha entrado en mi cuerpo cosa alguna, sino es un platillo de carne fiambre y un panecillo que me dió aqui el señor cocinero, que Dios guarde, con que me tornó el alma al cuerpo. Pero vamos; que no quiero hazer falta ni que me tengan por descuidado. Fueronse ambos en diziendo esto, despidiendose primero del cocinero. Llegaron á la sala donde estaban ya cenando, don Carlos á la cabeçera con don Quixote á su lado, y los demas caballeros por su orden, que serian más de veinte. Llegó Sancho junto á su amo, y quitandose la caperuça con entrambas manos, haziendo una gran reverencia, dixo: Buenas noches dé Dios á vs. ms. y los tenga en su santa gloria. ¡Oh Sancho, dixo don Carlos, seais bien venido! Pero, ¿como dezis que Dios nos tenga en su santa gloria, pues aun no somos muertos, si no es que estos caballeros lo estén de hambre, segun es la cena poca? aunque si es asi, su falta suplirá mi voluntad, que es mucha. Mi señor, dixo Sancho, como para mí no hay otra gloria sino cuando está la mesa puesta, tengola grande viendo sobre esta tantos platos llenos de avestruzes y carne y de pastel en botes, que no puedo tragar la saliva de contento. Tomó don Alvaro Tarfe en esto un melon que estaba en la mesa, y le dió á Sancho diziendo: Probad, Sancho, este melon, y si sale bueno, yo os daré su peso de carne de la deste plato. Dabale con él un cuchillo para que le hiziese la cala, y él dixo que no le habia ido bien en el melonar de Ateca en partir con cuchillo los melones, y que asi le partiria, con su licencia, como los partia en su tierra; y diziendo esto le dexó caer de golpe en el suelo, y luego le levantó hecho cuatro pieças diziendo: Hele aqui partido de una vez á v. m., sin andar hendo rebanadicas con el cuchillo. A fe, Sancho, dixo don Carlos, que sois curioso, y me huelgo de vuestra discrecion pues hazeis de una vez lo que otros no hizieran de ocho. Tomad; que por mi os habeis de comer este capon (esto dixo dandole uno famoso que habia en un plato), que me dizen que para hazello os ha dado Dios particular gracia. La santa Trinidad se lo pague á v. m., replicó Sancho, cuando deste mundo vaya. Tomó el capon, el cual estaba ya partido por sus junturas, y espetosele casi invisiblemente. Viendo la sutileza de sus dientes, los pajes dieron en vaziarle en la caperuça cuantos platos alcançaban de la mesa, con lo cual se puso en breve rato Sancho hecho una trompa de Paris; pero don Carlos, tomando un gran plato de albondiguillas, dixo: ¿Atreveros heis, Sancho, á comer dos dozenas de albondiguillas si estuviesen bien guisadas? No sé, respondió Sancho, que cosas son alhondiguillas; alhondigas sí, que las hay en mi pueblo; pero no son esas de comer, sino el trigo que está dentro, despues de amasado. No son sino estas pelotillas de carne, dixo don Carlos dandole el plato, el cual tomó Sancho, y una á una, como quien come un racimo de uvas, se las metió entre pecho y espalda, con harta maravilla de los que su buena disposicion veian; y en acabando de comerlas dixo: ¡Oh hi de puta, traidores, y que bien me han sabido! Pardiez que pueden ser pelotillas con que juegen los niños del limbo: á fe que si torno á mi lugar, que en un huerto que tengo junto á mi casa he de sembrar por lo menos un celemin dellas, porque sé que no se siembran en todo el Argamesilla; y aun podrá ser, si el año se acierta, que los regidores me las pongan á ocho maravedis la libra; y si es asi, no seran oidas ni vistas. Dezia esto Sancho tan sencillamente, como si en realidad de verdad fuera cosa que se pudiera sembrar; y viendo que todos se reian, dixo: Solo un desconveniente hallo yo en sembrar estas, y es, que como soy de mi naturaleza aficionado á ellas, me las comeria antes que llegasen á madurar, si no es que mi muger me pusiese algun espantajo para que no llegase á ellas, y aun Dios y ayuda que bastase. ¿Casado sois, Sancho, dixo don Carlos, segun eso? Para servir á v. m., con mi muger lo soy, replicó Sancho, la cual le besa muchas vezes las manos por la merced que me haze. Rieron todos de la respuesta, y preguntole de nuevo don Carlos si era hermosa; á lo cual respondió: ¡Y como, cuerpo de san Ciruelo, si es hermosa! Ello es verdad que, si bien me acuerdo, hará por estas yerbas que vienen cincuenta y tres años, y está un poco la cara prieta de andar al sol, con tres dientes que le faltan arriba y dos muelas abaxo; más con todo eso no hay Aristoteles que le llegue al çapato; solo tiene que en llegando á su poder los dos ó tres cuartos, luego los deposita en casa de Juan Perez, tabernero de mi lugar, para llevallos despues de agua de cepas en un jarro grande que tenemos, desbocado de puro boquearle ella con la boca. Vuestra muger buena bebedora, dixo don Carlos, y vos siempre con buena disposicion de comer, hareis muy buenos casados. Y alargando la mano tras esto á un plato grande que tenia seis pellas de manjar blanco, le dixo: ¿Habeis dexado, Sancho, algun rincon desembarazado para comer estas seis pellas? que segun habeis comido, no tendreis apetito dellas. Beso á v. m. las manos, dixo Sancho alargando las suyas y tomandolas, por la que me haze; y fie de mí que me las comeré, siendo Dios servido y su bendita Madre. Y apartandose á un lado, se comió las cuatro con tanta prisa y gusto, como dieron señales dello las barbas, que quedaron no poco enjalbegadas del manjar blanco: las otras dos que dél le quedaban se las metió en el seno con intencion de guardarlas para la mañana. Acabada la cena, se sentaron todos, quitadas las mesas, por su orden alrededor de la sala, y don Alvaro Tarfe y don Quixote á la mano izquierda de don Carlos, que hizo sentar á sus pies á Sancho Pança. A la que platicaban don Alvaro con don Quixote (haziendole dezir mil dislates, por lo que en la cena habia estado mudo, parte por dar lugar á que gustasen de Sancho los convidados, y parte por las quimeras que revolvia en su entendimiento sobre la vengança que seria bien tomase de la sabia Urganda, que tan en publico le habia desfavorecido, cerrandole la ventana sin aceptar las preciosas agujetas que le presentaba), y don Carlos con Sancho Pança, y los demas caballeros entre sí, entraron por la sala dos extremados musicos con sus instrumentos, y un moço que traian los representantes, gallardo çapateador. Cantaron muchas muy buenas letras y tonos los musicos, y despues çapateó y volteó el moço por extremo; y mientras lo iba haziendo, baxó don Carlos la cabeça y preguntó á Sancho de manera que todos lo pudieron oir, si se atreveria á dar algunas vueltas de las que aquel moço daba; el cual respondió bosteçando y haziendose la cruz con el dedo pulgar en la boca, porque le cargaba el sueño con la mucha cena: Pardiobre, señor, que voltearia yo lindisimamente, recostado ahora sobre dos ó tres jalmas: este diablo de hombre no debe de tener tripas ni asadura, pues tan ligero salta; y si está hueco de por dentro, no hay más que meterle una candela encendida por el organo trasero y servirá de linterna. En esto llamó don Carlos á un paje, y le habló al oido, diziendo: Andad y dezid al secretario que ya es hora. Hase de advertir que entre don Alvaro Tarfe, don Carlos y el mismo secretario habia concierto hecho de traer aquella noche á la sala uno de los gigantes que sacan en Çaragoça el dia de Corpus en la procesion, que son de más de tres varas en alto; y con serlo tanto, con cierta invencion los trae un hombre solo sobre los hombros. Pues estando la gente, como he dicho, en la sala, en recebiendo el recado de don Carlos el secretario, entró con el gigante por un cabo della, que de proposito estaba ya sin luz, y encima de la puerta por donde entró estaba en lo alto, junto al techo, una ventana pequeña á modo de claraboya, que venia á dar en la cabeça del mismo gigante, por ser de su misma altura, y por la cual, arrimado á ella, habia, sin ser visto, de hablar el secretario, que en sacando y poniendo en dicho puesto al que traia sobre sus hombros dicho gigante, se volvió á entrar para ponerse en dicha ventanilla. A la vista primera que todos tuvieron del gigante, hizieron de industria como que se alborotaban, poniendo las manos sobre las guarniciones de las espadas; mas don Quixote se levantó diciendo: Las vs. ms. se sosieguen; que esto no es nada, y yo solo sé que cosa puede ser; que destas aventuras cada dia sucedian en casa de los emperadores antiguos: sientense todos, digo, y veremos lo que este gigante quiere, y conforme á ello se le dará la respuesta. Todos se asentaron; y el secretario, que era un hombre muy discreto y estaba bien enseñado de lo que habia de hazer, cuando vió toda la gente sosegada, començó á dezir en voz alta: ¿Quien de vosotros aqui es el Caballero Desamorado? Todos callaron, y don Quixote con una voz muy reposada le respondió, diziendo: Soberbio y descomunal gigante, yo soy ese por quien preguntas. Gracias doy, dixo el secretario, hablando desde lo alto, metida la cabeça dentro del hueco de la del gigante, á los dioses inmortales, y principalmente al gran Marte, que lo es de las batallas, pues al cabo de tan largo camino y de tantos trabajos he venido á hallar en esta ciudad lo que con tanta solicitud mil dias ha que ando buscando, que es el Caballero Desamorado. Sabed, principes y caballeros que en este vuestro real palacio os habeis juntado, que soy yo, si nunca le oistes dezir, Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre, el cual reino gané por sola mi persona, quitandosele á su legitimo señor y aplicandomele á mí, como quien mejor que él le merecia; y llegando en dicho mi reino á mis oidos las nuevas de las inauditas fazañas y estrañas aventuras del principe don Quixote de la Mancha, llamado por otro nombre el de la Triste Figura ó Desamorado; sintiendo por gran mengua mia que haya en toda la redondez de la tierra quien á mi valor y fortaleça iguale, he dexado mi reino, pasando por otros muchos estraños á pesar de los que los gobernaban, buscando, inquiriendo y preguntando, con asombro y miedo de cuantos me veian, adonde ó en que reino ó provincia estaria dicho caballero, que tanta fama tenia por todo el mundo; porque, como es verdad y no lo puedo negar, por do quiera que he pasado no se trata ni se habla otra cosa en las plaças, templos, calles, hornos, tabernas y caballerizas, hoy, sino de don Quixote de la Mancha. Yo pues, como digo, estimulado de la invidia de tantas hazañas tuyas, ¡oh gran don Quixote! he venido á buscarte solamente para dos cosas: la primera, para hazer batalla contigo, y quitarte la cabeça y llevarla á Chipre para ponerla en la puerta de mi real palacio, haziendome con esto señor de todas las vitorias que has habido con tantos gigantes y jayanes, para que acabe el mundo de entender que yo solo soy sin segundo y solo quien merece ser alabado, estimado, honrado y nombrado en todos los reinos del universo por más bravo, más valiente y de mayor fama que tú y cuantos antes de ti fueron y despues de ti seran. Por tanto, si te quieres excusar del trabajo de entrar conmigo en batalla, manda luego á la hora, sin excusa ninguna, darme tu cabeça para que la lleve en mi lança, y quedate á la buena ventura. La segunda cosa á que vengo es, que tambien he oido dezir como tiene don Carlos, dueño deste fuerte alcazar, una hermana de quinze años, de peregrina hermosura y gracia, la cual quiero y es mi voluntad que juntamente con tu cabeça se me dé al punto, para que me la lleve á Chipre y la tenga por mi amiga todo el tiempo que me pareciere, pues dello le resultará sobrada honra; y si no lo quisiere hazer, le desafio y reto á él y á todo el reino de Aragon junto, y á cuantos aragoneses, catalanes y valencianos hay en su corona, que salgan contra mí á pie ó á caballo; que á la puerta deste gran palacio tengo mis fortisimas y encantadas armas, las cuales tiran de un carro seis pares de robustisimos bueyes de Palestina; porque mi lança es una entena de un navio, mi celada iguala en grandeza al chapitel del campanario del gran templo de Santa Sofia de Constantinopla, y mi escudo á una rueda de molino. Responde pues luego á todo, tú, el Desamorado Caballero; porque estoy de prisa y tengo mucho que hazer, y hago falta en mi reino. Calló en esto el gigante, y todos los que la maraña sabian disimularon cuanto pudieron, aguardando á ver lo que don Quixote responderia al gigante. El cual, levantandose de su asiento, hincó las rodillas en tierra delante de don Carlos, diziendole: Soberano emperador Trebacio de Grecia, la vuestra magestad sea servida, pues me habeis acetado en este vuestro imperio por hijo, de me dar licencia de hablar y responder por todos á esta endiablada bestia, particularmente por vos y por todo este nobilisimo reino, para que asi pueda mejor despues darle el castigo que sus blasfemias y sacrilegas palabras merecen. Don Carlos, mordiendose los labios de risa y disimulando cuanto pudo, le echó los braços al cuello y le levantó diziendo: Soberano principe de la Mancha, esta causa no solamente es mia, sino tambien vuestra; pero yo he cobrado tan gran temor al gigante Bramidan de Tajayunque, que el coraçon se me quiere saltar del cuerpo; y asi digo que, si á vos os parece, será bueno, para librarnos de la universal perdicion que nos amenaza, concederle las dos cosas que nos pide; y es que vos le deis vuestra cabeça: que ya yo de mi parte estoy dispuesto, más por fuerça que por grado, de darle tambien á mi bella hermana Lucrecia; y que se vaya con todos los diablos antes que haga mayores males; y aunque este es mi voto, con todo dexo al vuestro la resolucion del caso; y asi, conforme á él dadle, amado principe, la respuesta que os pareciere, pues será la más acertada. Sancho, que habia cobrado grandisimo temor al gigante, como oyó lo que don Carlos habia dicho á su amo, le dixo hecho ojos: Ea, mi señor don Quixote, por los quinze auxiliadores, de quien es Miguel Aguileldo, sacristan de la Argamesilla, que es muy devoto, le suplico haga lo que el señor don Carlos le dize. ¿Para que quiere hazer batalla con este gigante? que dizen dél que parte por medio una yunque mayor que la del herrero de nuestro lugar; que por eso refieren graves autores se llama Tajayunque; y más, que, segun él dize, y lo creo (porque tan gran hombre de bien no dirá una cosa por otra), trae una rueda de molino por escudo: délo, pues esto es asi, á los satanases, y despachemosle con lo que pide de una vez, y no perdamos más tiempo con él ni demos que reir al diablo. Don Quixote le dió un puntillon terrible en las nalgas, diziendo: ¡Oh villano, sandio y soez, harto de ajos desde la cuna! ¿y quien te mete á tí en lo que no te va ni te viene? Y poniendose en medio de la sala frontero del gigante, le dixo con voz grave desta manera: Soberbio gigante Bramidan de Tajayunque, con atencion he escuchado tus arrogantes palabras, de las cuales entiendo tus locos y desvariados deseos; y ya hubieras llevado el pago dellas y dellos antes que desta real sala salieras, si no fuera porque guardo el debido respeto al emperador y principes que presentes estan, y porque quiero darte el castigo merecido en publica plaça delante de todo el mundo, y porque sirva de escarmiento para que otros tales como tú no se atrevan de aqui adelante á semejantes disparates y locuras: con que respondiendo ahora á tus demandas, digo que aceto la batalla que pides, señalando por puesto della, para mañana despues de comer, la ancha plaça que en esta ciudad llaman del Pilar, por estar en ella el sacro templo y dichoso santuario que es felicisimo deposito del pilar divino sobre quien la Virgen benditisima habló y consoló en vida á su sobrino y gran patron de nuestra España el apostol Santiago. Era esta plaça pues podras salir con las armas que quisieres, seguro de que si tú tienes por escudo una rueda de molino, yo tengo una adarga de Fez que no le haze ventaja la mesma rueda de la fortuna; y en cambio de la cabeça que me pides, juro y prometo de no comer pan en manteles ni holgarme con la reina (y en suma juro todos los demas juramentos que en semejantes trances suelen jurar los verdaderos caballeros andantes, cuya lista hallaras en la historia que refiere el amargo llanto que se hizo sobre el malogrado Baldovinos) hasta cortarte la tuya y ponerla sobre la puerta deste gran palacio del Emperador mi señor y padre. ¡Oh dioses immortales! dixo el secretario con voz gruesa y tremenda, ¿y como consentis que semejantes afrentas me diga un hombre solo, sin que le haga y convierta luego mi colera en albondiguillas? Yo juro por el orden de secretario que recebí, de no comer pan en el suelo ni folgar con la reina de espadas, copas, bastos ni oros, ni dormir sobre la punta de mi espada, hasta tomar tan sanguinolenta vengança del principe don Quixote de la Mancha, que los braços le queden colgados de los hombros, y las piernas y muslos asidos á las caderas, y la cabeça se le ande á todas partes, y la boca, á pesar de cuantos ni han nacido ni han de nacer, le ha de quedar debaxo de las narizes. Aturdido Sancho del tropel de tan graves amenazas y execraciones, se levantó del suelo donde estaba asentado, y poniendose entre don Quixote y el gigante, quitandose primero la caperuça con ambas manos, le dixo con mucha cortesia. ¡Ah señor Bramidan de Parteyunques! no, por la pasion que Dios pasó, no le haga tanto mal á mi amo, que es hombre de bien y no quiere her batalla con v. m., porque no está hecho á hazerla con semejantes Comeyunques: traigale v. m. media dozena de meloneros; que á fe que con ellos se entienda él lindisimamente; y aun con todo es menester el favor del señor san Roque, abogado de la pestilencia. El gigante, sin hazer caso de lo que Sancho dezia, sacó un guante de dos pellejos de cabrito, que traia ya hecho para aquel efeto, y dixo arrojandole á don Quixote: Levanta caballero cobarde, ese mi estrecho y pequeño guante en señal y gaje de que mañana te espero en la plaça que dixiste, despues de comer. Y con esto volvió las espaldas por la puerta que habia entrado. Don Quixote alçó el guante, que era sin duda de tres palmos, y diosele á Sancho, diziendo: Toma, Sancho, guarda ese guante de Bramidan hasta mañana despues de comer; que verás maravillas. Tomole Sancho, y santiguandose dixo: ¡Valgate el diablo por Balandran de Tragayunques ó como es tu gracia, y que terribles manos que tienes! ¡Oh hi de puta, traidor, el bellaco que le esperase un bofeton! A fe, señor, que tenemos bien en que entender con este demonio, segun es de grande y despavorido; y acuerdese lleva jurado le ha de hazer como aquellas albondiguillas que comimos esta noche. Pero v. m., antes que llegue ese tiempo, hagale á él pellas de manjar blanco; que tambien las hemos cenado, y me saben bien, y aun yo tengo dos dellas en el seno para un menester. En esto se levantó don Carlos de la silla, mandando encender hachas para acompañar con ellas aquellos caballeros á sus casas, y por ser tarde, se despidió dellos y de don Quixote y de don Alvaro, que asiendole de la mano, se le llevó, juntamente con Sancho Pança, á su casa, adonde el buen hidalgo pasó una de las peores noches que jamas habia pasado, pensando en la peligrosa batalla en que otro dia habia de entrar con aquel desproporcionado gigante, que él imaginaba ser verdadero rey de Chipre, como él mismo habia dicho.

Aqui da fin la quinta parte del ingenioso hidalgo
don Quixote de la Mancha


SEXTA PARTE DEL INGENIOSO
HIDALGO DON QUIXOTE DE LA MANCHA


CAPITULO XIII

Como don Quixote salió de Çaragoça para ir á la corte del rey Catolico de España á hazer la batalla con el rey de Chipre.

Atormentaron tanto las traças de la desvanecida fantasia del desamorado manchego su triste juizio y desvelado sosiego, que cuando empeçaban sus ojos á tomar alguno á la madrugada, tocaron al arma de tal suerte las fantasmas de los dislates quimereados en el sentido comun, que siendolo en todos sus miembros la alteracion que por esta causa, y la que dió con ella un sueño que tuvo de que habia entrado por traicion en aquel castillo el soberbio Bramidan para matarle con ella más á su salvo, cogiendolo descuidado, se levantó furiosisimo en su busca, como si realmente supiera que estaba en casa, y con la vehemente aprension y colera desto iba diziendo: Espera, traidor; que no te valdran traças, estratagemas, embustes ni encantamientos para librarte de mis manos. En esto se puso la celada, peto y espaldar, y tomando la adarga y lançon, iba mirando por todas partes. Salió luego á la sala, en la cual vió claridad que salia por la puerta de un aposentillo; que por amanecer ya y estar la ventanilla dél entreabierta, entraba la primera luz de la clara aurora por ella. Entrose ciego de rabia en el dicho aposento, y quiso la desgracia que era el en que dormia el triste Sancho; y como se habia acostado cansado y tarde, habiase dormido medio cubierta la cabeça, junto á la cual se habia dexado el grande guante que le habia él mesmo encomendado, y era el gaje del desafio que el rey de Chipre Tajayunque habia hecho con él la noche antes. Antojosele á don Quixote, en viendo el guante, que era el compañero del que él habia dado en guarda á Sancho, y que el que dormia era el mismo gigante, que, de cansado de escalar el castillo por la ventana, se habia echado á reposar hasta hallar ocasion de poder executar lo que pensaba, á su salvo, con muerte del mismo don Quixote. Con esta quimera, pues, le dió luego con el lançon un terrible porrazo en las costillas, diziendo: Asi pagan los traidores y alevosos las traiciones que urden. Muere, vil Tajayunque, pues lo merece hazer quien, teniendo tales enemigos como tú en mi tienes, duerme descuidado. Despertó Sancho á las vozes y golpe, medio aturdido, y apenas se sentó en la cama para levantarse y ver quien le daba tan buenos dias, cuando ya don Quixote, que habia arrojado el lançon, le dió una grande puñada en los hocicos, diziendo: No hay que levantarte, traidor; que aqui morirás. Empeçó Sancho á vozear, saltando de la cama lo mejor que pudo; y saliendo á la sala, dezia: ¿Que haze, señor? que ni yo he escalado el castillo ni soy sino su escudero Sancho. No eres sino Bramidan, traidor, dixo don Quixote; que bien se echa de ver en el guante con que te he hallado, compañero del que ayer me arrojaste cuando aplaçaste el desafio. Estaban los dos en camisa; porque don Quixote, con la imaginacion vehemente con que se levantó, no se puso más de celada, peto y espaldar, como queda dicho, olvidandose de las partes que por mil razones piden mayor cuidado de guardarse. Sancho tambien salió en camisa, y no tan entera como lo era su madre el dia que nació: la sala estaba algo escura; y como con esto y con la colera no acabase don Quixote de conocer á Sancho, más porfiaba en que le habia de matar; y estaba tan terco en esto, cuanto Sancho lo estaba en invocar santos en su ayuda, en vozear y pedir socorro. Alborotose la casa á las vozes de ambos, que eran tantas, que bien se podia llamar casa de locos, pues lo eran los principales que la regocijaban; y saliendo de sus aposentos en camisa algunos criados para apaciguar la cuestion y ver quien la movia, fue su salida echar leña al fuego; porque en viendolos don Quixote á todos de una librea, antojosele que eran gigantes de nuevo venidos alli por arte de encantamiento para ayudar al encantado Bramidan; y con esta quimera empezó á jugar del lançon por todas partes con tanto desatino, que aqui derribaba al uno, acullá descalabraba al otro, y todo tan á su salvo, por haber salido sin ningunas armas, que eran un juizio oir los gritos y maldiziones de los heridos; y lo peor fue que para asegurarse de ellos cerró tras sí el aposento de Sancho, y se puso con un lançon en la puerta de los criados, diziendo: Veamos si todos juntos ¡oh viles malandrines! me ganareis la famosa puente deste inexpugnable baluarte. Levantaba Sancho las vozes al cielo, llamando á don Alvaro, el cual, sospechando todo lo que podia ser, abriendo las ventanas de su aposento y tomando la espada en la mano, vestido de una ropa larga de damasco, salió con chinelas á la sala; y pasmado de las figuras que vió, y del miedo y llanto de tres ó cuatro pajes suyos, y de ver que don Quixote estaba echando bravatas con el guante en la mano, se puso para apaciguar aquella tragedia al lado de Sancho, diziendo: Ea, señor don Quixote, mueran los bellacos; que aqui estamos Sancho y yo prestos para dar la vida en servicio de v. m. y en defensa de su honra y en vengança de sus agravios; pero para que lo podamos hazer todo como deseamos, refieranos v. m. luego los que ha recebido y de qué gente; que por vida de cuanto puedo jurar, juro de tomar vengança exemplar de sus contrarios al punto. ¿Quienes han de ser los mios, dixo don Quixote, sino los descomunales jayanes, insolentes gigantes, que tienen por ofizio ir por el mundo haciendo tuertos, forjando desaguisados, agraviando princesas, ofendiendo dueñas de honor, y finalmente traçando otras traiciones iguales á la que contra mi persona y valor habia traçado esta noche el insolente Bramidan de Tajayunque, que por arte de encantamiento, acompañado desos malandrines que v. m. ahi ve, habia escalado este fuerte castillo para darme muerte á traicion, medroso de la que tenia por cierto le daria yo esta tarde en la plaça del Pilar si conmigo salia en la aplaçada batalla? Pero no se le han logrado sus intentos; que por secreto aviso del sabio Lirgando, en cuyo castillo estuve en Ateca, y por cuyas manos recebí la salud y fuerças que las del furioso Orlando con mil desaforadas feridas me habian quitado, he sabido que habia escalado esta fortaleça para cogerme á su salvo y descuidado; pero estandolo él, mi buena diligencia le ha cogido con el hurto[18] en las manos y con este guante, adorno de las suyas y compañero del que tiene Sancho; y por ello las mias se han dado la debida priesa y diligencia en acabar con él; y hizieralo presto si v. m. no saliera á enfrenar mi furia en compañia de Sancho; pero debo al uno por mercedes recebidas, y al otro por fidelisimos servicios, toda buena correspondencia y paga. ¡A fe que me la dió, dixo Sancho, bonisima! Tal se la dé Dios á v. m. y á sus huesos. ¿Que le deben los mios, señor, para molermelos á palos al amanecer? que ni soy yo Bramidan ni Parteyunques; bramidos sí que los dan todos mis miembros al cielo, cansados de verse molidos, ya en castillos, ya por caminos y ya en melonares. Esa es mi quexa, dixo don Quixote, hijo Sancho: ¿que es posible que á tí te ha ahora aporreado el desaforado Bramidan? ¡Oh perro, vil, soez y de ruin ralea, que en mi fidelisimo escudero has puesto las manos! Por todos los doze signos del zodiaco te juro que me lo has de pagar al momento. Iba en esto á segondar los palos en los pajes con una furia infernal; pero baxandose por la escalera ellos, y deteniendole don Alvaro á él, hubo de dar los golpes en vazio; y asi, con esto y con la impaciencia de Sancho, que se daba á treinta mil diablos de ver que su amo, despues de haberle muy bien aporreado, echaba la culpa á Bramidan, vino á dezir á don Alvaro con mucha humildad don Quixote: En trance tan preciso, negocio tan arduo, peligro tan grave y suceso tan estraño, déme v. m. el consejo que le pareciere será bien siga: que no saldré dél un punto. Más de espacio, dixo don Alvaro, se ha de hazer la consulta de tan inaudito caso; y asi, hasta el debido tiempo; y hasta saber con resolucion deste mal gigante, y la que ha tomado acerca de si saldrá ó no á la plaça, me pareze debe v. m. recogerse en su aposento, sin mostrarse en publico, para más asegurarle; que en lo demas yo haré los ofizios que debo en buscarle y espiarle, y lo mismo hará Sancho por su parte; que harto por contento se debe v. m. tener por ahora de haberle ahuyentado y obligado á que se dexase en su poder ese guante, que será perpetuo testigo asi de su cobardia como del valor dese braço. Pareciole bien á don Quixote el consejo; y sin mas replicar se entró en su aposento, adonde volviendose á desarmar, se acostó muy satisfecho de la vitoria alcançada. Cerrole la puerta don Alvaro para más asegurarle; y estandolo de que no podia salir, llamó á los pajes, que estaban no poco desatinados de la pesada burla; y consolandolos lo mejor que pudo, con representacion de que no habia que hazer caso ni que quexarse de cosas de un loco, sino guardarse dél y dellas, les mandó se vistiesen para acompañarle fuera de la casa los que estaban menos descalabrados para poderlo hazer. Entrose, hecho esto, en un aposento á vestirse, y mandó á Sancho trujese en él su ropa, de aquel en que habia dormido, porque queria le hiziese compañia y le entretuviese en él mientras se vestia, pues podria hazer él alli lo proprio; pero estaba Sancho tan medroso, que le dixo: V. m. perdone; que por las encias, barbas y huesos de mi rucio le juro de no entrar más en ese aposento ni tomar la ropa que tengo en él en todos los dias de mi vida, aunque sepa andarme en cueros; que más valia nuestro padre Adan, y lo andaba. ¡Cuerpo de mi sayo! Habiendome sucedido dentro lo que me ha sucedido, ¿quiere v. m. que en entrando vuelva otra vez mi amo hecho un Roldan, y me acabe de moler por el lado derecho, como ha hecho por el izquierdo, para igualar la sangre, pensando que otra vez ha vuelto á revestirse en mí Parteyunques? Bonita ha sido la burla: yo se la daré á v. m. de cuatro la una, que se ponga en mi lugar en mi cama, y sufra de mi amo lo que yo he sufrido: harto hago en no salirme luego de casa y dexarle; pero no quiero perder lo que tengo ganado por mi buena lança (ó por la mala de mi amo, que mala se la dé Dios), que es el gobierno de la primera peninsula que conquistará, que tantos dias há me ha ofrecido. Riose don Alvaro infinito de su simplicidad y miedo; y entrando él mismo en el aposento, le arrojó afuera la ropa, la cual tomandola Sancho baxo el sobaco, se entró con don Alvaro en su aposento, siguiendole y vistiendose dentro con la misma sorna que lo iba haziendo don Alvaro; pero iba diziendo tantas simplicidades todo el dicho tiempo, que aunque duró más de hora y media detenerse ambos dentro, se le hizo un instante á don Alvaro. Apenas se habia acabado de vestir y salir del aposento para tratar de hazerlo de casa, con fin de ir á la de don Carlos á darle cuenta de la sucedida aventura y á reir della con él, tomando ocasion para nuevos entretenimientos del desvanecimiento de don Quixote, en materia de tener ojeriza con Bramidan, cuando vió subir por la escalera de su casa al secretario de don Carlos, autor de la burla primera, que venia de parte de su amo, bien ageno desta, á tratar con él de una ida que á la corte se le ofrecia de repente, para concluir el casamiento de su hermana con un titular de la Camara, deudo suyo, por cartas que para emprenderla acababa de recebir con un proprio. Holgose don Alvaro con la nueva por ser de tanto gusto para su amigo, y tambien porque se le ofrecia la mejor compañia que podia desear para su vuelta hasta la corte, que pensaba hacer luego; y despues de haber hablado en este negocio y de cosas concernientes á él, le dixo: El mayor inconveniente que hallo para efectuar mi partida, es el no saber como desembaraçarme de don Quixote; porque es imposible yendo con él ir con la diligencia necesaria, pues á cada paso se les ofreceran aventuras y historias que habran menester muchos dias para reirlas y apaciguarlas, como la que ahora se le acaba de ofrecer, la más donosa del mundo, con que me ha dado tanto que reir á mi como á otros que llorar:—y contandosela muy por extenso, se hizo cruzes el secretario del disparate, y eso mismo le dió pie para dezirle: Antes es de importancia que demos orden, si á v. m. le parece, que pieça tan singular y que es tan de rey, entre por nuestra industria en la corte para regocijarla; y eso habemos de procurar todos. No holgaria yo poco, dixo don Alvaro, de que él allá llegase, como fuese yendo por diferente camino, y no con nosotros, sino de suerte que hiziese el viage á su modo con Sancho, de manera que cuando llegasemos allá, ó dentro de breves dias, topasemos con él para darle á conozer. Traça se me ofrece á mi luego, dixo el secretario, para hazer se haga todo muy á nuestro gusto, y más ahora que él está con la quimera de que Bramidan se le ha escapado de miedo por los pies; y para efectuarla, dexeme v. m. disfraçar y poner en trage de negro; que con él entraré delante de todos los de casa á darle un recado, como criado del mismo Bramidan, desafiandole con él de su parte, para que dentro de cuarenta dias, so pena de cobarde, se presente en la corte á ejecutar en ella la batalla y desafio aplaçado, atento que no tiene para él por seguro este lugar, donde tiene tantos amigos, padrinos y aficionados. Pareció tan aguda la invencion á don Alvaro, que alabando por ella al secretario, le rogó se entrase luego en su aposento para hazer el disfraz de la suerte que mejor le pareciese. Hizolo asi en un instante, porque halló muy á mano en él cuanto podia desear para el efeto. Disfrazado pues y salido á la sala, llamó don Alvaro á todos sus criados, con uno de los cuales envió á sacar de la cocina tambien á Sancho, que ya estaba en ella dando buenos dias á sus tripas con lo que le habia ofrecido el cocinero coxo, compadecido en parte de la lastima con que le habia contado los palos que su amo le habia dado porque por ilusion del demonio le habia topado en su cama en figura de Bramidan; y subido él y puesto al lado dellos, que no sabiendo el misterio, estaban pasmados de ver aquel hombre vestido con una ropa de terciopelo negro, y debaxo della una calça de color de obra, con bonete muy adereçado de camafeos y plumas, cargado el cuello de cadenas y joyas, con dorados tiros y espada, grande cuello, y el rostro tiznado todo, y lo mesmo las manos, llenos sus dedos de sortijas y anillos, y estaba en fin tal, que parecia un rey negro de los que pintan en los retablos de la Adoracion, dixo don Alvaro: Ahora que hay testigos, y tan abonados, podreis, noble mensagero, dezir quien sois y lo que quereis. Al invicto principe manchego don Quixote, replicó el secretario, busco, á quien traigo una importante embaxada, y sé que posa en este gran palacio. Si posa, añadió don Alvaro, y en este cuarto le podreis hablar. Y abriendo luego la puerta del aposento de don Quixote, le entró en él con todos los demas, diziendo: Aqui tiene v. m., señor don Quixote, un embaxador de no sé que principe:—y dicho esto, levantó don Quixote la cabeça, y visto el negro, le preguntó que embaxada tenia y de parte de quien, diziendo todo esto con voz desentonada. El secretario respondió: ¿Eres tu por ventura el Caballero Desamorado? Ese soy yo, replicó don Quixote: ¿que es lo que quieres? Caballero Desamorado, dixo luego con grande boato el secretario, Bramidan de Tajayunque, rey potentisimo de Chipre y señor mio, me envia á tí, principe, para que te haga saber como se le ha ofrecido cierta aventura de ayer acá en la corte del rey de España, á la cual no puede dexar de acudir luego; y en parte huelga dello, por sacarte para el desafio en la plaça mayor de Europa, y donde tengas menos padrinos que tendrias en la desta ciudad; para aquella pues te desafia y reta, con plaço de que vayas de comparecer en ella armado de todas armas dentro de cuarenta dias; que alli quiere probar si todas las cosas que el mundo publica y dize de tí son verdaderas, pues confirmará tu opinion el animo que mostrares en no faltar á tan precisa obligacion y justo reto: donde no, irá por todos los reinos y provincias del orbe publicando tu cobardia y la poca opinion que mereces por eso: ocasion se te ofrece de aumentarla, lo que no creo que hagas, peleando con un principe de las fuerças que tiene mi rey, y en puesto en que, saliendo con vitoria, seran la nobleza de España testigos de como quedas por legitimo rey y señor por la fuerça de tu invencible espada, del ilustre y ameno reino de Chipre, en el cual podrás hacer gobernador de Famagusta ó Belgrado, que son las dos principales ciudades suyas, á un fiel escudero que me dizen tienes, llamado Sancho Pança, proprio por su buen natural y escuderil vigilancia, para regirlas, pues en ellas se crian los fertiles arboles que producen las sabrosas albondiguillas y dulces pellas de manjar blanco. Sancho, que habia estado escuchando al mensagero, haziendosele la boca agua de oir nombrar albondiguillas y manjar blanco, le dixo: Digame, señor negro (¡asi tales pascuas le dé Dios como él tiene la cara!), esas dos benditas ciudades de Buen grado y Fambre ajusta ¿estan pasado más allá de Sevilla y Barcelona ó desta otra parte hazia Roma y Constantinopla? que daria un ojo de la cara porque nos partiesemos luego para ellas. ¿Por ventura, dixo el secretario, sois vos el escudero del Caballero Desamorado? El entonzes, poniendose muy derecho, haziendo piernas y adereçandose los bigotes, le dixo con voz arrogante, soñandose ya por gobernador de Chipre: Soberbio y descomunal escudero, yo soy ese por quien preguntas, como se echa de de ver en mi filosomococia. Aqui se le agotó á don Alvaro todo el sufrimiento de disimulacion que habia tenido, y hubo de volver el rostro diziendo: ¡Oh mi don Carlos, y que paso te pierdes! Disimuló cuanto pudo con todo eso la risa, y prosiguió el secretario diziendo: Respondeme con brevedad, Caballero Desamorado, porque tengo de alcançar al gigante mi señor, que va ya camino de Madrid con mucha prisa. Tal se la han dado mis manos, dixo don Quixote, para no ir por la posta; pero decidle que vaya seguro de que acudiré dentro del aplaçado tiempo; que las mismas manos y brios me terné alli que he tenido aqui esta madrugada; pero bien haze de dilatar la batalla cuarenta dias, para tener siquiera esos de vida quien la ha tenido tan jugada poco ha. Id con esto en paz, y agradeced sois mensagero, y por serlo teneis salvoconducto, segun buenas leyes, en todas las naciones, por más contrarias que sean; que si no, sobre mi que pagarades la traicion de vuestro amo y el mal tratamiento que ha hecho á mi fiel escudero cogiendole durmiendo. El secretario se despidió medio riendo, y á la que llegaba á la puerta del aposento, le llamó Sancho, diziendo: ¡Ah señor negro! por los palos que dize mi amo que el suyo me dió, lo cual no creo, que me diga si el gobernador de esas ciudades, que tengo de ser yo, es señor disoluto de todas esas albondiguillas que dize. Sí, hermano, respondió el secretario. Pues andad con Dios, dixo Sancho; que presto iremos allá mi señor y yo con Mari-Gutierrez, que es mi muger, como saben Dios y todo el mundo. Bien podeis, dixo el secretario; que tambien ha de gobernar con el que rige la tierra, la muger suya á las mugeres de Chipre. Par diez, dixo Sancho, mi muger no sabrá gobernar más que mi rucio; y más, que si yo me empiezo á entretener entre aquellas alhondiguillas, no se me acordará más de la gobernaduria, que si no naciera para ello. Fuese el secretario, y volviendose al aposento de don Alvaro, se desnudó y lavó y volvió á vestir sus vestidos sin que los criados lo echasen de ver; porque de industria su amo los habia entretenido con Sancho y don Quixote, hablando de la embaxada y haziendo mil disparatados discursos y traças sobre ella, hasta que le pareció habria tenido tiempo el secretario de hazer lo que habemos dicho hizo, y de volverse á su casa á dar cuenta de todo á don Carlos, como realmente lo habia ya hecho. Desde este dia siempre daba Sancho prisa á su amo que fuesen á Chipre, y cada mañana se levantaba con esta oracion, hasta que le dixo don Quixote que no podia ir allá sin matar primero en publica batalla, en la plaça de Madrid, al gran Tajayunque, rey de aquel reino. Don Alvaro se fue á ver con don Carlos, y á tratar asi de la partida como de los dislates de don Quixote, y de la determinacion con que quedaba por la embaxada del negro escudero de Tajayunque; y concertados de que se partirian ambos con los demas caballeros granadinos amigos suyos dentro de dos dias, se volvió á casa á dar calor á la partida de don Quixote, para desembaraçarse dél. Llegó de vuelta á casa y habló en ella á don Quixote, y aprestaron su viage con tanta diligencia, que poca necesidad tuvo de valerse de la suya don Alvaro para despedirle; porque en viendole, le dixo don Quixote: No permite mi reputacion, señor don Alvaro, que me detenga más de un dia en esta ciudad; sino que me es forçoso salir luego della, y ir á los alcançes de mi soberbio contrario: v. m. me tenga por excusado, si con tan pocos cumplimientos agradezco las mercedes recebidas; pero viva seguro de que por ellas tendrá en mí un alquitran de sus enemigos, un rayo de sus emulos, y mil Hercules, Hectores y Aquiles en este braço invencible, para castigar las injurias que solo con el pensamiento le hizieron los que mal le procuraren, aunque sean los mesmos gigantes que fundaron la torre de Babilonia, si de nuevo volviesen á resucitar solo para ello. Y volviendose á Sancho, le dixo: Ea, Sancho, ensilla presto á Rocinante, pues te va tanto á tí en la brevedad del negocio como á mí, por la feliz gobernacion que esperas. Sí espero, dixo Sancho; pero tambien nos espera abaxo una muy buena comida, y no es razon perderla, ni hacer agravio de no comerla al cocinero coxo, mi grande amigo, que por mi respeto me dixo denantes la ha adereçado con la mayor elegancia y policia que pueden imaginar cuantas imagenes hay en las boticas y tiendas de todos los pintores del nuevo mundo; y á fe que por ello le he ya ofrecido llevar á Chipre, y helle allá rey de los cocineros y adelantado de las cazuelas, pues es más sabio en cosas de platos, que lo fue Platon ó Pluton, ó como diablos le llaman los boticarios. Alabó mucho don Alvaro el parecer de Sancho, y asi, mandó poner las mesas por su voto; que si aguardaran el de don Quixote en esta parte, jamas se tratara de comer. Hizieronlo todos juntos con gusto luego, dandoles una muy buena comida el cocinero, que estaba prevenido de que lo hiziese, porque aguardaba don Alvaro nuevos convidados y de consideracion, si bien despues se le quedó con ellos don Carlos cuando fue á visitarle, porque ya los halló con él tratando de su partida, cuya nueva se iba publicando. Acabado de comer, ensilló Sancho á Rocinante y armó á su amo, el cual subiendo con lança y adarga luego á caballo, se salió de casa con una presteza increible, despedido de don Alvaro con esperanças de verle en la corte, adonde le habia ofrecido acudir para apadrinarle sin falta en el desafio. Enalbardó tambien Sancho á su jumento, y echando en sus alforjas, por mandado de don Alvaro, los relieves de pan y carne que de la mesa habian sobrado, que no eran pocos, envueltos en una toalla, se despidió con mil aleluyas, disparates y promesas de su gobernacion de Chipre, de amo y criados, y tras esto cargó al rucio de las alforjas y maleta y de sus repolludos cuartos, arreandole á prisa para ir, como él dezia, en busca de su señor don Quixote y en alcançe del soberbio Bramidan.


CAPITULO XIV