Segun son sus disparates,

Principe de los orates.

Con la letra rieron todos cuantos sabian las cosas de don Quixote, el cual venia armado de todas pieças, trayendo hasta su morrion en la cabeça. Entró con gentil continente sobre Rocinante, y en la punta del lançon traia con un cordel atado un pergamino grande tendido escrita en él con letras goticas, el Ave Maria, y sobre los motes y pinturas que traia en su adarga habia añadido á ellas este cuartete, en explicacion del pergamino que traia pendiente de la lança:

Soy muy más que Garcilaso,

Pues quité de un turco cruel

El Ave que le honra á él.

Maravillabase mucho el vulgo de ver aquel hombre armado para jugar la sortija, sin saber á que proposito traia aquel pergamino atado en la lança; si bien de solo ver su figura, flaqueza de Rocinante y grande adarga llena de pinturas y figuras de bellaquisima mano, se reian todos y le silbaban. No causaba esta admiracion su vista á la gente principal, pues ya todos los que entraban en este numero sabian de don Alvaro Tarfe y demas caballeros amigos suyos, quien era don Quixote, su estraña locura y el fin para que salia á la plaça, pues era para regocijarla con alguna disparatada aventura; y no es cosa nueva en semejantes regocijos sacar los caballeros á la plaça, locos vestidos y adereçados y con humos en la cabeça de que han de hazer suerte, tornear, justar y llevarse premios, como se ha visto algunas vezes en ciudades principales y en la misma Çaragoça. Con presupuesto pues de regocijar la plaça, pasaron todos aquellos caballeros delante de sus damas, haziendoles la debida cortesia: cual hazia hincar al enseñado caballo de rodillas delante de aquella que era señora de su libertad; cual le hazia dar saltos y corcovos con mucha ligereza; cual le hazia hazer caracoles; y finalmente, todos hazian todo lo que con ellos podian para parecer bien. Solo el de don Quixote iba pacifico y manso, el cual llegando con don Alvaro á emparejar con el balcon donde estaban los jueces, haziendo una cumplida cortesia los dos al titulo y á los demas, uno dellos, que era el de mejor humor, se echó sobre el antepecho del tablado y habló á don Quixote desta manera en voz alta, con risa de los circunstantes: Famoso principe, espejo y flor de la caballeria andantesca, yo y toda esta ciudad estamos en extremo agradecidos de que v. m. haya tenido por bien el habernosla querido honrar con su valerosa persona: ello es verdad que algunos destos señores caballeros estan tristes porque tienen por cosa cierta que v. m. les ha de ganar en esta sortija las más preciosas joyas; pero yo he determinado, aunque v. m. las merezca y gane todas, no darle sino solamente una de las más preciosas para mejor poder asi satisfacer á todos estos principes y caballeros. Don Quixote con mucho sosiego y gravedad le respondió, diziendo: Por cierto, ilustrisimo juez, más recto que Rodamonte, espejo de los jueces, que estoy tan pesaroso en no haberme hallado en las justas pasadas, que estoy para reventar; mas la causa fue el estar ocupado en no sé que aventuras de no pequeña importancia; pero ya que en ellas no pude por mi ausencia mostrar el valor que hay en mi persona, quiero que en esta sortija, aunque ello es cosa de juguete para mis exorbitantes brios, v. m. vea con sus ojos si todo lo que ha oido dezir de mí y de mis cosas son tan firmes y verdaderas como las de Amadis y las de los demas caballeros antiguos que tanta honra ganaron por el mundo; aunque bien se echará de ver mi valor, pues ya esta mañana al asomar por los balcones de nuestro horizonte el ardiente enamorado de la esquiva Dafnes, me coroné con el Ave de la fortaleça de Dios, que es dezir de la que traxo á la Virgen el angel san Gabriel, habiendola quitado, como muestra la letra de mi adarga, á un desaforado turco que la traia colgando de la cola de un soberbio frison, con quien pasó delante de mi balcon, irritando mi cristiana paciencia. Pero topó en mí otro manchego Garcilaso, con mas brios y años que el primero, que vengó tal insolencia. Con esto tomó el juez que hablaba con don Quixote su pergamino y adarga, y enseñandolo todo á los otros dos jueces y demas caballeros que los acompañaban, despues de haberlo mirado y bien reido, se lo volvió todo. Pasó adelante don Quixote, tomadas sus prendas pomponeandose y mirando muy hueco á todas partes; y llegado al cabo de la calle donde los demas que habian de jugar la sortija estaban parados, començaron á sonar las chirimias y trompetas en señal de que los primeros caballeros querian ya empezar á correrla. Habian ordenado los jueces que despues de haber corrido todos la sortija, se darian cada vez cuatro joyas á los cuatro caballeros que mejor lo hubiesen hecho; asi, desta vez se las dieron á cuatro, aunque solo el uno dellos se llevó el anillo en la lança, que fue don Alvaro Tarfe, que quiso correr con los primeros; el cual, por orden de los jueces, dixo á don Quixote que no corriese hasta la postre, porque asi convenia. Llevaron aquellos caballeros los precios que habian ganado, cada uno á su dama; y don Alvaro, que tenia el sugeto de sus pasiones en Granada, dió el suyo, que era unos guantes de ambar ricamente bordados, á una donzella harto hermosa, hermana de un titular de aquel reino, la cual le recebió con muestras de gran cortesia y agradecimiento. Corrieron segunda vez, y fueles dado el premio á otros cuatro, de los cuales los dos se llevaron el anillo, y estos, como los primeros, les presentaron á sus damas; de suerte que muy pocos ó ningun caballero hubo que no presentase joyas á la dama que mejor le parecia. Pues como ya se hiziese tarde, y don Quixote diese prisa á don Alvaro que le dexase correr su lança, si no, que á pesar de cuantos jueces habia en la Europa correria; advertida su locura de los jueces, hizieron señas á don Alvaro para que le dexase correr dos carreras; y asi, tomandole él por la mano, le puso en medio de la calle, frontero del anillo, aguardando la seña de las trompetas; al son de las cuales partió nuestro caballero solo con su adarga en el braço izquierdo, espoleando muy aprisa á Rocinante, que con toda la que él le daba, corria poco más de á medio galope; pero fue tan desgraciado, que llegando á la sortija, echó el lançon cosa de dos palmos más arriba della por encima de la cuerda y acabando la carrera, baxó muy aprisa la lança, mirando con mucha atencion si llevaba en ella el anillo; lo cual causó notable risa en toda la gente, y más viendo que, como él no la halló en ella, començó con gran colera á volver el caballo al principio de la carrera, adonde estaba don Alvaro, que le dixo con disimulacion: V. m., señor don Quixote, dé luego al punto segunda carrera, porque el caballo no se le resfrie; que aunque v. m. no llevó la sortija, el golpe ha sido extremado, pues fue por arriba no más de media vara. Don Quixote, sin responderle palabra, volvió la rienda á Rocinante, y començó á correr, no con poca risa de los que le miraban, yendo don Alvaro á medio galope tras él: llegó pues don Quixote á la sortija segunda vez, y con la colera y turbacion que llevaba, errola por parte de abaxo otra media vara; pero el discreto don Alvaro, viendo cuan desgraciadamente lo habia hecho su compañero, puesto de pies sobre los estribos, alargó cuanto pudo la mano desde el caballo, y asiendo la sortija y llegandose á don Quixote con mucha sutileza, se la puso en el hierro de la lança; que lo pudo hazer sin que él lo echase de ver, por llevarla puesta sobre el hombro desque hizo el golpe en señal de gala, y dixole: ¡Ay mi señor don Quixote, lustre de la Mancha! ¡vitoria, vitoria! que la sortija lleva v. m. en la lança, si no me engaño. Miró arriba don Quixote, el cual no pensaba haber topado en ella, como era la verdad, y dixo: Ya yo me maravillaba, señor don Alvaro, de que dos vezes la hubiese errado; pero la culpa de la primer carrera la tuvo Rocinante, que mala pascua le dé Dios, pues que no pasó con la velocidad que yo quisiera. Todo se ha hecho muy bien, dixo don Alvaro, y asi vamos á los jueces, y pidales v. m. la justicia que tiene. Iba el buen hidalgo tan ancho y vanaglorioso, que no cabia en toda la calle; y puesto delante de los jueces, dixo, levantando la lança con la sortija puesta en ella: Miren vuesas señorias lo que pide esta lança y el anillo que della cuelga, y adviertan que ella mesma por sí demanda el premio que justamente se me debe. El juez que al entrar en la plaça habia hablado con él, habia hecho traer á un paje dos dozenas de agujetas grandes de cuero, que valdrian hasta medio real, y tomandolas en la mano, llamando primero á todos los caballeros para que oyesen lo que dezia á don Quixote, se las ató en el lançon, diziendole en voz alta: Yo, segundo rey Fernando, os doy con mi propria mano, á vos el invicto caballero andante, flor de la andantesca caballeria, esta insigne joya, que son unas cintas traidas de la India, hechas de pellejo del ave fenix, para que las deis, pues sois caballero desamorado, á la dama que os pareciere que tiene menos amor de cuantas ocupan esos balcones; y fuera deso os mando, so pena de mi desgracia, que vos y don Alvaro Tarfe ceneis conmigo en mi propria casa esta noche, juntamente con un escudero vuestro, de quien sé que es fidelisimo y digno de servir á persona de vuestras prendas. Tocaron luego las chirimias, y don Quixote, al son dellas, fue mirando á todos los balcones y ventanas, y vió en una que estaba algo baxa á una honrada vieja, que debia saber más de la propriedad de la ruda y verbena, que de recebir joyas; la cual estaba con dos donzellas afeitadas de las que se usan en Çaragoça: á esta pues llegó nuestro caballero, y poniendo las agujetas en el poyo de la ventana con el lançon, la dixo en voz que todos lo pudieron oir: Sapientisima Urganda la desconocida, este vuestro caballero, á quien tanto siempre vos habeis favorecido en todas las ocasiones, os suplica le perdoneis el atrevimiento, y recebais estas peregrinas cintas, hechas, segun estoy informado, del mismo ave fenix, y tenedlas en mucho, porque valen una ciudad. Las dos mugeres, que semejantes razones oyeron dezir á aquel hombre armado, y veian que todo el mundo se estaba riendo de verle presentar las agujetas de cuero á una vieja tal cual la que las acompañaba, que pasaba de los sesenta, corridas y medio riendose, le dieron con la ventana en los ojos, cerrandola y entrandose dentro sin hablarle palabra. Quedó algo corrido don Quixote del suceso; pero Sancho Pança, que desde el principio de las justas habia estado con dos moços de cocina á ver la sortija y los premios que su amo habia de ganar, como vió que daba las agujetas á aquella vieja, y no las habia querido recebir, antes le habia cerrado la ventana, levantó la voz, diziendo: ¡Cuerpo de quien la parió á la muy puta vieja del tiempo de Mari-Castaña, muger del gran judio y más puto viejo de los dos de santa Susana! ¿Asi ha de cerrar la ventana á uno de los mejores caballeros de todo mi lugar, y no ha de querer recebir las agujetas que le dan, y mal provecho le hagan si buena no ha de ser? Pero ¿que ha de ser quien, como mi señor dize, se llama Urganda? Y siendolo, mal puede merecer tales agujetas, que segun son ellas de grandes y buenas, sin duda deben de ser de perro. Pues á fe que si agarro un medio ladrillo, que yo las haga á todas que abran, aunque les pese. Y volviendose á don Quixote, le dixo: Echelas acá v. m., pues no las quieren ni merecen; que yo las guardaré, y eso nos ahorraremos; y más, que yo he menester una como el pan de la boca para mis çaragüelles; que ya tengo esta de delante llena de ñudos: muese acá digo, ¡cuerpo non de Dios! pues servirán para esta mejor ocasion. Don Quixote abaxó la lança, diziendo: Toma, Sancho, guarda estas preciosas cintas, y metelas en nuestra maleta hasta su tiempo. Sancho las tomó, diziendo: ¡Miren, cuerpo de Barrabas, lo que no quiso la muy hechicera! Pues en buena fe que no me las saquen de las uñas ahora por menos de veinte maravedis, aunque no los valgan; que por el menorete, son de liebre ó trucha ó no sé de que diablos. Llegaronse diez ó doze personas á ver las joyas de las agujetas que aquel labrador tenia en la mano: y fue el caso que entre aquella gente que se juntó, llegó un moço de harta poca ropa, no menos ligero de pies que sutil de manos, el cual con suma presteza asió de dichas agujetas, y tomando las armas del conejo, en cuatro brincos se puso fuera de la calle del Coso. Esto no lo vió don Quixote; que á verlo, la mayor tajada del moço fuera la oreja. Pero el bueno de Sancho Pança, que estaba seguro, á su parecer, de caso tan repentino, començó á dar vozes, diziendo: Tenganle, señores, tenganle, pecador de mí; que me lleva hurtada la mejor joya del torneo. Mas cuando el pobre vió las esperanças perdidas de poderle alcançar, començó á llorar amargamente, mesandose las espesas barbas, juntando una mano con otra y diziendo: ¡Oh desventurada de la madre que me parió! ¡Oh dia aciago para mí, pues en él he perdido unas agujetas tan preciosas y las mejores de toda la Lombardia! ¡Ay de mí! ¿Que haré, y que cuenta daré á mi señor de la joya que me encomendó? ¿Que excusa tendré para huir de su andantesca colera, para que no me sacuda con ella las costillas con algun ñudoso roble? Si le digo que las he perdido, tendrame por escudero desmazalado; y si le digo que me las hurtó un picaro, tomará tanto enojo, que desafiará luego á batalla campal, no solamente al que las hurtó, sino á cuantos picaros se puedan hallar en toda la picardia. ¡No vendria ya la muerte á llevarme para sí antes que pasar tan gran dolor! Yo digo que de muy buena gana me mataria, si no fuera porque temo hazerme mal: alto, manos á la labor; yo quiero ir luego al cocinero coxo de don Alvaro, y pedirle dos cuartos prestados para comprar una soga y ahorcarme con ella; que despues se los tornaré doblados; y si acaso hallo algun arbol, como sea tal que desde él pueda llegar los pies al suelo, echaré el cordel en la primera rama, y aguardaré á que pase algun hombre caritativo, á quien rogaré con muchas lagrimas me haga la limosna y caridad de ayudarme á ahorcar por amor de Dios; que soy un pobre hombre, huerfano de padre y madre. Y asi, alto, quedate con Cristo, don Quixote de la Mancha, el más valiente caballero de cuantos andantes cria el cierzo y la tramontana; quedate en paz tambien, Rocinante de mi alma, y acuerdate de mí, pues yo me acordaba de tí todas las vezes que te iba á echar de comer; y acuerdate tambien de aquel dia en que pasando descuidado por junto tu postigo trasero, diziendo: ¿Amigo Rocinante, como va? Y tú, que no sabias aun hablar romance, me respondiste con dos pares de castañetas, disparando por el puerto muladar un arcabuzazo con tanta gracia, que si no le recebiera entre hocicos y narizes, no sé que fuera de mí. Quedate pues, rocin de mis ojos, con la bendicion de todos los rocines de Roncesvalles; que si supieses la tribulacion en que estoy puesto, yo fio me enviaras algun consuelo para alivio de mi gran dolor. Ahora sus, yo voy á contar mi desgracia, como digo, á mi amigo el cocinero, de quien espero algun remedio, pues más vale que lo que se ha de hazer temprano se haga tarde; que al que Dios madruga, mucho se ayuda: en fin, allá darás, sayo, en casa el rayo, pues más vale buitre volando que pajaro en mano:—y á este compas se fue ensartando más de cuarenta refranes á desproposito.


CAPITULO XII

Como don Quixote y don Alvaro Tarfe fueron convidados á cenar con el juez que en la sortija les convidó, y de la estraña y jamas pensada aventura que en la sala se ofreció aquella noche á nuestro valeroso hidalgo.