Es infalible que se llegue al cabo de adonde se saca algo (como dize el refran) y no se echa. Digolo, señores, porque, como dieron tanta prisa las libertades de don Gregorio y sus juegos, y las galas de su doña Luisa y sus saraos, á desembolsar los dineros que habian traido de su tierra, sin que de ninguna parte ni de ningun modo les viniese ganancia, començaron al cabo de los dos años dichos á echar de ver ambos se iban empobreziendo; y hizieronlo tan por la posta, que en breve les fue forçoso vender las colgaduras y aun muchas ó todas las joyas de casa, tras lo cual vendió él tres ó cuatro caballos que tenia; pero remediose poco con su venta, porque con el dinero que sacó della, codicioso de ganar ó picado de lo perdido, se fue á una casa de juego, do tras perderle todo, vino á perder hasta un famoso ferreruelo que traia, siendole necesario detenerse hasta la noche sin volver á su casa, porque no le viesen los que le conocian, ir (como de hecho fue) en cuerpo por las calles; y llegando apesarado, corrido, pobre y sin capa á los ojos de su doña Luisa, que le aguardaba con harta necesidad, no tuvo animo la triste dama de reprenderle su inconsideracion, temerosa de no darle materia para que la dexase ó hiziese alguna baxeza; antes consolandole, dió orden de que vendiesen los negros, como lo hizieron; pero acabaronse presto los dineros que sacaron dellos, parte con el gasto ordinario, y parte con los escesos del juego de don Gregorio, que eran grandes (quiçá por permision divina, para reducirlos á su conocimiento, mediante la necesidad), y llegaron al cabo á verse tales, que ni prenda que empeñar, ni pieça que vender tuvieron: con que el dueño de la casa, conociendo el peligro que corria la cobranza de sus alquileres, dió orden de executarlos por ellos si no le daban por seguro algun abonado fiador: fueles imposible hallarle; y asi, hubo el galan de rematar con los vestidos de su doña Luisa, á la cual viendo llorosa, desnuda, corrida y medio desesperada, dixo el prodigo moço un dia: Ya veis, mi bien, lo que pasa y cuan imposible nos es vivir en esta ciudad sin notable nota della y vergüença nuestra, por ser tan conocidos de la gente principal, de quien no tengo cara para ampararme. Muy sin consideracion hemos andado en gastar tan sin tino lo que de nuestras tierras sacamos, y sin mirar en lo que adelante nos podia suceder; pero pues para lo hecho no hay remedio, pareceme que lo que agora debemos hazer, previniendo mayores daños, es, que pues nos vemos tales, nos salgamos una noche, sin ser vistos, de Lisboa, y vamos á dar cabo á la primer ciudad de Castilla, que es Badajoz, do, por no conocernos ni habernos visto con la pompa y fausto que los de Lisboa, podremos pasarlo mejor y con menos gasto; que pues vos teneis tan buenas manos para cosas de labor, facil será el ganar con ellas con que moderadamente vivamos, ya enseñando á labrar á algunas niñas, y ya labrando para otros. Respondiole con no pocas lagrimas y sentimiento la triste dama que hiziese della cuanto fuese de su gusto, pues estaba ya dispuesta á seguirle en todo sin contradizion alguna. Salieronse, cual pueden pensar vs. ms., de la gran Lisboa, haziendo su viage á pie y sin más provision ni ropa que la que llevaban á cuestas, yendo sin espada y en cuerpo don Gregorio, por la perdida que habia hecho de su capa en el juego; pero lo que él más sentia era verse imposibilitado de poder llevar á caballo á su doña Luisa, que por la aspereza de los caminos y delgadeza de sus pies, los llevaba abiertos y cribillados, por ir, como iba, con pobrisimo calçado, y necesitada, en fin, de pedir limosna por las puertas de las casas de los pueblos por donde pasaba, como tambien lo iba haziendo él, llenas sus plantas de vejigas. Llegaron al cabo de algunos dias á Badajoz despeados, do llegando, les fue forçoso irse á alojar por su gran pobreza al hospital; que era tanta, que si algunos compasivos pobres dél no les dieran de los mendrugos que por las casas habian recogido de limosna, quedaran la noche que llegaron, sin cenar. Aqui fue el llorar, hecha otro hijo prodigo, de la afligida doña Luisa, y el considerar la abundancia que tenia en el monasterio de donde era priora; aqui el arrepentirse de haber salido tan inconsideradamente dél con don Gregorio, con tan grave ofensa de Dios y tan en deshonra de los linajes de entrambos; aqui, finalmente, el solloçar por la perdida de la irrecuperable joya de la virginidad. Pasó la noche, en efeto, la aburrida señora lamentando con estraño sentimiento su desventura, tanto, que el afligido don Gregorio no le osaba hablar; antes corridisimo y melancolico, se estaba escuchandola en un rincon del mismo aposento; y si algo dezia, era tambien endechas y pesares por los que padecia y esperaba padecer, sin esperanças de poder volver en toda su vida á su tierra, en la cual era rico y regalado mayorazgo: con cuya consideracion y con la que tenia del sentimiento de sus padres, deudos y amigos, arrancaba de rato en rato un doloroso suspiro del centro de su afligida alma, con que enternecia las piedras, maldiziendo su desconcierto, ciega determinacion, locos amores y á los infernales gustos, y finalmente la primer vista de quien habia sido causa total de tan fatales principios y del fin peligroso que ellos las vidas de su cuerpo y alma amenazaban. Pasada la noche en estas ocupaciones y sentimientos, y venida la mañana, entró en el hospital un caballero mancebo, á quien tocaba reconocer aquella semana que gente habia entrado y dormido en él; que para no dar lugar á que se poblase de vagamundos tenia esta cuerda providencia aquella ciudad, de tener administradores que por semana visitasen los peregrinos y se informasen de sus necesidades; y llegandose á doña Luisa, luego que la vió moça y hermosa, aunque mal vestida, le preguntó que de donde era; y respondiendo ella con muestras de vergüenza que de Toledo, replicó él si conocia á tales y tales personas bien señaladas en dicha ciudad: respondió la dama luego que no, porque habia mucho tiempo que habia salido de allá. Estando en esta platica, se les juntó don Gregorio, diziendo: Esta muger, señor mio, es natural de Valladolid, y es mi esposa. ¿Pues para que, dijo el caballero, es menester mentir aqui? Muestrenme acá la carta del casamiento; porque, si no son marido y muger, seran muy bien castigados. Sacó luego su carta falsa don Gregorio, y enseñosela, de la cual el caballero quedó satisfecho, y les preguntó que adonde caminaban; porque alli no podian estar más de solo un dia. Respondió don Gregorio que venian á aquella ciudad de asiento para vivir en ella. ¿Pues que ofizio teneis? replicó el administrador. Respondiole que no tenia ofizio; pero que su muger era labrandera, y queria alli, habiendo comodidad, enseñar á labrar algunas niñas. De suerte, dixo el caballero, que ella os ha de sustentar á vos: harto trabajo tendreis ambos: con todo, por amor de Dios os llevaré hoy á mi casa, y os daré en ella de comer hasta buscaros alguna comodidad con que vos y vuestra muger, que parece honrada, podais vivir en esta tierra. Mandó tras esto á un paje que los llevase á su casa: agradecieronselo mucho ellos; y por el camino, preguntando por las prendas de quien tanta merced les hazia, respondió el paje que era un mancebo rico y tan caritativo, que hazia los más de los dias muchas limosnas; y asi, que confiasen que él sin duda les buscaria adonde pudiesen vivir, y aun si fuese menester les pagaria el alquiler de la casa; nueva fue esta que les dió á ambos notable contento. El caballero les buscó, en saliendo del hospital, una razonable posada en que vivian unas costureras, y les hizo dar alquiladas una buena cama y algunas alhajas de casa, saliendo él á pagar el alquiler de todo cuanto los huespedes para quien habia de servir, no le pagasen. Hecha esta diligencia, se fue á mediodia á su posada, en la cual les hizo dar bien de comer, y en comiendo, les llevó él proprio á la que les habia buscado, donde le besaron las manos por ello y por un real de á ocho que les dió de limosna, con que pasaron aquella noche razonablemente. A la mañana començó doña Luisa á preguntar á aquellas vecinas que quien le daria que labrar; porque ella no conocia á nadie en aquella ciudad; las cuales la respondieron: Nosotras, con ser naturales de aqui y hazer, como dizen, pajaritos de nuestras manos, morimos de hambre: mirad que hareis, señora, vos venida de ayer acá. A la fe, hermana mia, que habeis llegado á muy ruin puesto para ganar de comer, como os enseñará la experiencia. Con todo eso, para dos ó tres dias, dixo la una, yo os daré con que ganeis siquiera para pan. Agradecioselo ella, y començó á labrar en cierta obra que le puso en las manos, quedandose don Gregorio en la cama, pensando pasar mejor la hambre en ella que paseando. Esa mesma mañana se llegó el caballero, despues de haber visitado el hospital, á saber de los dos forasteros; y hallando acostado á don Gregorio, le dixo: ¿Que es, gentil hombre? ¿Como va? ¿Adonde está vuestra muger? Bien hasta agora me va, respondió el, y ahi con la vecina está mi muger, por quien pregunta v. m., á quien suplico no se espante de no hallarme levantado; que el no tener andrajo de çapatos me obliga á ello. No será tanto esa la causa, dijo el administrador, cuanto poltroneria. Y volviendo las espaldas, se salió á ver á doña Luisa, y sentandose en un taburete junto á ella, se la puso á mirar de proposito á las manos y rostro; y reparando en sus facciones y en la modestia con que estaba, le pareció la más hermosa muger y más digna de ser amada que en su vida hubiese visto. Aficionosele luego; que es imposible dexe la voluntad de amar á aquello que se le representa vestido de bondad, hermosura ó gusto; y rendido ya á sus partes, le preguntó con muestras de aficion por su nombre y la causa por que habia dexado su patria. Respondió ella sin levantar el rostro, con alguna turbacion, que se llamaba doña Luisa, y que por haber sucedido cierta desgracia á su marido en Valladolid, habian salido ambos huyendo á uña de caballo (cosa que le pesaba confesar, y que por no hazerlo, habia dicho al principio que eran de Toledo), y habiendo dado cabo en Lisboa, habian vivido alli dos años, en el cual tiempo habian gastado no poca suma de dinero que consigo habian traido. Por cierto, señora doña Luisa, que siento en el alma (dixo el caballero) veros empleada en quien tan poco os merece, como este picaronazo de vuestro marido, pues por una parte os veo hermosa y discreta, y considero por otra que él os ha de consumir y gastar lo poco que aqui ganaredes: con todo si quereis hazer por mí lo que os suplicare, os juro á fe de caballero de remediaros y favoreceros á ambos en cuanto pudiere, pues no puedo negar sino que os he mirado con buenos ojos, y de suerte estan los mios enamorados de los vuestros, que ya vivo con deseo intenso de serviros y agradaros en cuanto pudiere; y asi, desde luego os suplico me mandeis todo lo que fuere de vuestro gusto; que á todo acudirá el mio, sin querer mis fieles deseos más premio que verse admitidos de vuestra memoria, pues con solo esa gloria juzgaré verme en la mayor que puedo desear. No perdais, bellisima forastera, la ocasion que á vuestras desdichas ofrece en mis dichosos cuidados la fortuna, y advertid no es cosa que os pueda estar mal el hazerme merced. Agradezco cuanto puedo, señor, respondió ella, la que ese valor me ofrece, sin haberle yo servido ni merecido; pero siendo muger casada y estando mi marido presente, en gravisimo yerro y peligro caeria si le ofendiese; y asi por esto, y, lo más principal, por lo que debo á Dios y á mi misma, suplico á v. m. desista de tal pretension; y en cuanto no tocare á ella, mandeme; que en todo verá mi debido agradecimiento. Miradlo, señora, bien, dixo el mancebo; que yo me encargo en dar orden como vuestro marido no lo sepa ni entienda; y veis aqui por agora ese doblon para que ceneis esta noche; que dobles os los daré las que vinieren, como gusteis emplearlas en darme gusto, y no le tendré hasta que mañana me deis la respuesta que deseo; y me le puede solo causar el ser ella cual mi fe merece y esa beldad asegura. Constreñida doña Luisa de la necesidad, que es poderoso tiro para derribar las flacas almenas de la mugeril vergüença, tomó el doblon, dandole por el no pocas gracias ni pocas esperanças con recebirle, pues siempre quien lo haze se obliga á mucho. Levantose tras esto el administrador, y llamó aparte á la vecina más vieja de la casa y le dixo: Si acabais con doña Luisa que corresponda á mis ruegos y acete mis ofertas, os prometo, á ley de quien soy, de daros una saya de famoso paño, sin otras cosas de consideracion; pero eso rogadselo y persuadidselo con las mayores veras que pudieredes; y si salis con la empresa, venid volando con la nueva á mi casa; que della llevareis al punto las ofrecidas albricias. Asegurole la astuta tercera serlo con las veras que dirian las obras; y llegandose el caballero, oida esta respuesta, á la descuidada dama, le asió la mano y se la besó, sin que lo pudiese ella impedir, partiendose luego. Començó, tras su ida, la solicita vieja á persuadir eficazmente á la perplexa señora, por saber ella más de estos ensalmos que de los salmos de David; y fue de suerte la bateria que le dió, que convencida della doña Luisa, le vino á responder que, como el negocio fuese secreto, procuraria servir cuanto pudiese á aquel caballero, con tal que él hiziese tambien por ella lo que le habia ofrecido: encargose la vieja, agradecida á la respuesta, de tratar el negocio con igualdad y satisfaccion de ambas partes, como el efeto mostraria. Entrose doña Luisa en su cuarto, por ser hora de comer, do contó punto por punto á don Gregorio cuanto con el caballero le habia pasado; el cual le respondió que, atento que padecian extrema necesidad y que era imposible remediarla por otro camino, que condescendiese con su gusto; que para todo daba su consentimiento y daria el lugar necesario, con tal que le sacase cuanto pudiese, asi en dineros como en joyas, fingiendo siempre temor y recelo, y encargandole el secreto. Ya en esto habia ido corriendo la vieja á ganar las albricias del enamorado caballero; y teniendolas, y concertado con ella tratase con doña Luisa, se viesen la siguiente noche donde y como ella mandase, se efetuó todo asi; porque, fingiendo don Gregorio salirse de la ciudad, dió ella entrada en su propria casa al caballero, el cual durmió con ella aquella y otras noches, dandole dineros y todo lo necesario para su sustento y reparo, con que pudieron ambos vertirse razonablemente. Publicose el negocio, con escandalo del pueblo; que de ver el toldo de la dama, la bizarria de don Gregorio y la familiaridad con que trataba con el caballero, frecuentando las entradas de casa el uno del otro (que todo lo allanó el gusto del natural y necesidad del forastero), nació el echar de ver todos tenia tienda la forastera de entretenimientos, la cual aumentó la ocasion de la murmuracion con el engalanarse, ponerse á la ventana y gustar de ser vista y visitada, todo con consentimiento de don Gregorio; que ya no se le daba nada del medrar á costa de la votada honestidad (pero profanada escandalosamente) de la ciega religiosa, de quien de nuevo començaron á picarse otros tres mancebos ricos de la ciudad, admitiendo sus presentes billetes y recados la dama, sin reparar en comprarlos á costa de su honra. Llegó el negocio á termino que una noche, encontrandose todos en su calle, trabaron celosos una tan cruel pendencia, que della salió muerto un hijo de vecino principal: prendió luego la justicia por indicio á todos los de la riña, depositando á doña Luisa en casa de un letrado; y al cabo de un mes que corrió la causa, no pudiendose averiguar quien fuese el homicida, los sacaron á todos en fiado, dandoles la ciudad por carcel. Don Gregorio fue quien peor libró, pues salió el postrero della, con sentencia de destierro perpetuo de Badajoz y su tierra; y hubiera de salir á la vergüença por las calles, si la buena diligencia del administrador, su amigo, no lo remediara con dinero: diole, en viendole libre, todo lo que fue necesario para salirse de la ciudad y irse á la de Merida, do le aconsejó se entretuviese regalando un par de meses, mientras él en ellos negociaba se le alçase el destierro, ofreciendole se encargaba de mirar en ellos por doña Luisa como si fuera su propria hermana. Acetó de muy buena gana don Gregorio el partido, porque vió en él la puerta abierta para hazer lo que pretendia, que era dexar á doña Luisa, de quien ya estaba cansado, y arrepentido de la locura que habia hecho de encargarse de tan impertinente carga; temiendo, si perseveraba en tal vida, no lo viniese á ser él de algun burro por las calles publicas de algun pueblo, ó de alguna horca si se descubria su delito: con todo, disimuló con ella, de quien se despidió encargandole el recato y honestidad, y la deligencia en procurar se le alçase el destierro, ó se fuese tras él á Merida, do la esperaria, si no se podia negociar. Toda esta platica pasó delante del administrador, que gustaba ya de verle ausente, no menos que la dama, que deseaba lo mismo por tener más libertad para sus disoluciones: todos, en efeto, deseaban una misma cosa, aunque por diferentes fines. Tomó don Gregorio de mano de su amigo más de quinientos reales, y con ellos y muy bien vestido se salió de Badajoz á pie para Merida, ciudad que dista poco della. Par Dios, dixo Sancho, que eso de badajos y esotro que por su mal olor no lo oso nombrar, declaran bien cuan gran puerco y badajo era ese don Gregorio, que dexó la monja entre tantos cuervos ó demonios: el tuerto desa pobre señora, mi señor don Quixote, será bien deshazer, pues ganariamos en ello las catorze obras de misericordia; y más le digo, que si quiere ir luego allá, le acompañaré de muy buena gana, aunque sepa perder ó dilatar la posesion del gobierno de la gran insula y reino de Chipre, que me toca por linea recta en virtud de la palabra de v. m. y de la muerte que ha de dar al soberbio Tajayunque, su rey, cuyo guante traigo bien guardado en esta maleta. No se le encaxaba mal á don Quixote el consejo de Sancho, y ya con él se le començaban á levantar la mollera, de suerte, que si los circunstantes, que gustaban infinito de saber el fin del cuento, no le apaciguaran con buenas razones, echara el bodegon por la ventana, y se fuera luego de alli, dexandoles en porreta; pero diziendole el soldado Bracamonte que en acabando de oir donde y como quedaba aquella señora, le daba palabra de irle á acompañar en tan santa empresa (pues no teniendo noticia más clara de sus cosas y sucesos, no le parecia acertado hacer la jornada, porque podria ser que cuando ellos llegasen á Badajoz ya ella estuviese en otra parte), se sosegó don Quixote, y ofreció grata atencion á todo, obligandose á hazer la tuviese tambien su escudero. Con esto, y con agradecerselo todos, y rogar tras ello al discreto ermitaño prosiguiese tan suspensa historia, seguro de que, aunque larga, no les cansaba, la prosiguió diziendo:
CAPITULO XIX
Del suceso que tuvieron los Felizes Amantes hasta llegar á su amada patria[20].
No se fue don Gregorio á Merida, como habia prometido al caballero y á doña Luisa, sino á Madrid, donde por la babilonia de la corte facilmente se encubre y disimula cualquier desdichado; y como él lo era tanto, vino á parar con toda su nobleza en servir á un caballero de habito, mudado el nombre, sin acordarse más de su dama que si jamas la hubiera visto, la cual le pagó con la mesma moneda á los primeros dias de su ausencia, empleandolos todos en nuevos gustos y en tratar de estafar á cuantos podia, teniendo por blanco solo el interes; pero conociendo todos el suyo, començaron á hazer alto, divulgandose entre ellos la baxa ley y libertad de la forastera; por lo cual, viendose sin muñidores, y sobre todo, viendo que le hazia algunos malos tratamientos el administrador, enfadado de su ingratitud y disolucion, cayó en la cuenta del peligro en que estaba su alma y cuerpo. Advirtió tambien luego como, habiendo tantos dias que don Gregorio faltaba, jamas le habia escrito, siendole facil el hazerlo estando en Merida, por la vecindad, y forçoso el procurarlo por las obligaciones que le tenia, si como hombre, en fin, no hubiera mudado de intento y dexadola, como lo tenia por sin duda lo habia hecho. Començó á cavar en la consideracion de su mal estado tras esto, y Dios á obrar secretamente en su conocimiento, como aquel que la queria dexar por exemplo de penitentes y de lo que con su divina misericordia puede la intercesion de su electisima Madre, y finalmente, de lo que á ella la obligan los devotos de su santisimo rosario con la frecuentacion de tan eficaz y facil devocion; que se encendió de suerte su espiritu en amor y temor de Dios, que empezó á deshazerse en lagrimas, apesarada de las ofensas cometidas contra su Magestad, confusa por no saber como ni en quien hallar remedio ni consejo; que tan cargada estaba de desatinos. Advirtieron su llanto algunos de sus galanes, y deseando enxugarsele, le preguntaban la causa con gran cuidado y deseo de saberla; pero era en vano, porque ya aspiraba la reconocida señora á superior consuelo; y asi, despidiendoles lo mejor que pudo (que no le fue facil, por ser las arremetidas de los amartelados más fogosas en prosecucion de lo que despues de amado han procurado dexar, y más si ven desvio en el gusto), propuso, alumbrada de Dios, volverse á su ciudad y presentarse en ella secretamente á un caballero deudo suyo, y descubrirle todo el suceso de su vida, con fin de que él la ayudase á ir sin ser conocida, á Roma, á procurar alli, echada á los pies de Su Santidad, algun modo para volver á su monesterio ó á otro cualquiera de su misma orden, con fin de tener donde enmendar, como deseaba, la infernal vida que hasta entonzes habia tenido. Con este pensamiento, y encomendandose de coraçon á Maria sacratisima, madre de piedad y fuente de misericordia, recogiendo cuanto dinero tenia, y haziendo de sus vestidos y alhajas todo lo que pudo, se vistió de peregrina con sombrero, esclavina, bordon y un grueso rosario al cuello y alpargatas á los pies; y cubierta deste penitente trage, arrebozado el rostro, se salió una noche obscurisima de Badajoz, tomando la derrota hazia su tierra, acompañada solo de suspiros, lagrimas y deseos de salvarse, desviandose cuanto le era posible de los caminos reales, y procurando caminar casi siempre las noches, en las cuales entraba en las posadas de menos bullicio á tomar dellas lo más necesario para su sustento, saliendose luego al campo. No le faltaron algunos trabajos y desasosiegos de gente libre en el camino; pero vencioles á todos su modestia y sacudimiento, y sobre todo la santa resolucion que la eficaz gracia le habia hecho hazer de no ofender más á su Dios en toda su vida, aunque la supiera perder mil vezes á manos de un millon de tormentos. Padeció tambien hambre, sed y frio, por ser tiempo en que le hazia grande el en que caminaba, y por la misma causa le molestaron las aguas y arroyos; pero acompañabase en ellos de la gente más pobre que hallaba, hasta pasarlos, á quien despues daba buenas limosnas. Hazia las jornadas cortas, por el cansancio y tiempo, siendo esto la causa de que fuese tan largo el que gastó en el camino, pues tardó en llegar á su tierra más de cuatro meses, visitando en ellos algunos pios santuarios que le venian á cuento. Quiso ya el cielo apiadarse della y dar fin á su prolixa jornada; y asi llegando á la ultima, antes de entrar en su ciudad, á la que descubrió, y reconoció el campanario de su monasterio, fue tal el sentimiento que hizo postrada en tierra, que no hay lengua ¡oh discretos señores! que lo acierte á pintar. Resolviose en lagrimas, y resolvió juntamente de quedarse alli en el campo hasta el anochecer, por entrar á media noche, para mayor seguridad. Hizolo asi, y llegado el plaço, començó á enderezar los turbados pasos hazia la casa del deudo de quien pensaba valerse; pero llegando á pasar por delante su monasterio (que no se si la obligó tanto á ello la necesidad cuanto el cariño y deseo de ver sus paredes; pero no debió de ser lo uno ni lo otro, sino inspiracion de Dios para que tuviese su viaje el feliz fin que se sigue) al punto que daban las onze, y emparejando con el mismo postigo de la puerta de la iglesia, la vió abierta; y asombrada de semejante caso, començó á dezir entre sí: ¡Valgame Dios! ¿que descuido ha sido este de las monjas ó del sacristan que tiene cargo de cerrar la iglesia? ¿Es posible que se hayan dexado abierto el postigo de su puerta? Mas ¿si acaso han robado algunos ladrones los frontales y manteles de los altares ó la corona de la Virgen, que ha de ser de plata si no me engaño? Por mi vida, que tengo de llegar pasito (aunque aventure en ello la vida, pues en dichosa parte la perderé cuando aqui la pierda), y mirar si hay alguna persona dentro, y avisar, por si ha sido descuido de quien tiene cargo de cerrarle. Metió en esto la cabeça hazia dentro con gran tiento, y estuvo un rato escuchando; pero no sintiendo ruido, ni viendo más que dos lamparas encendidas, una delante del Santisimo Sacramento, y otra delante del altar de la Virgen benditisima, estuvo suspensa una gran pieça, sin que osase determinase á entrar, temiendo no estuviese alguna monja rezando acaso en el coro, y viendola alli, hiziese algun rumor por do se viese en peligro de ser conocida, y por consiguiente rigurosamente castigada; pero no obstante este miedo, se resolvió á seguir la primera deliberacion, aunque fuese con el riesgo de la vida. Entró tras esto osadamente, y pasando por delante del altar de la Virgen, tropeçó en un gran manojo de llaves que delante dél estaban en el suelo, del cual suceso maravillada, se abaxó para verlas y levantarlas con notable turbacion; y apenas lo hubo començado á poner por obra, cuando la devotisima imagen de la Virgen la nombró por su nombre con una voz como de reprehension, de la cual quedó tan atemorizada doña Luisa, que cayó medio muerta en tierra; y prosiguiendo la Virgen sacratisima, le dixo: ¡Oh perversa y una de las más malas mugeres que han nacido en este mundo! ¿como has tenido atrevimiento para osar parecer delante de mi limpieza, habiendo tú perdido desenfrenadamente la tuya á vueltas de tantos y de tan sacrilegos pecados como son los que has cometido? ¿De que suerte, di, ingrata, soldarás la irreparable quiebra de tan preciosa joya? ¿Y con que penitencia, insolentisima profesa, satisfarás á mi amado Hijo, á quien tan ofendido tienes? ¿Que enmienda piensas emprender ¡oh atrevida apostata! para volver por medio della á recuperar algo de lo mucho que tenias merecido, y has perdido tan sin consideracion, volviendo las espaldas á las infinitas misericordias que habias recebido de mi divinisimo Hijo? Estaba en esto la afligidisima religiosa acobardada de suerte que ni osaba ni podia levantar el rostro, ni hazer otra cosa sino llorar acerbisimamente; pero la piadosa Virgen, consolandola despues de la reprehension, no ignorando la amargura y el dolor de su animo, incitandola á verdadera penitencia, le dixo: Con todo, para que eches de ver que es infinitamente mi Hijo más misericordioso que tú mala, y que sabe más perdonar que ofenderle todo el mundo, y que no quiere la muerte de los pecadores, sino que se conviertan y vivan, le he yo rogado por tu reparo (obligada de las fiestas, solemnidades y rosarios que en honra mia celebraste, festejaste y me rezaste cuando eras la que debias), sin que tú lo merezcas; y él, como piadosisimo que es, ha puesto tu causa en mis manos; y yo, por imitarle en cuanto es hacer misericordias, deseando verificar en ti el titulo que de madre de ellas me da la Iglesia, como á él se la da de padre de tan grande atributo, he hecho por ti lo que no piensas ni podrás pagarme aunque vivas dos mil años y los emplees todos en hazerme los servicios que me solias hazer en los primeros años de tu profesion. Acuerdate que cuando desta casa saliste, ahora haze cuatro años, pasando delante deste mi altar, me digiste que te ibas ciega del amor de aquel don Gregorio con quien te fuiste, y que me encomendabas las religiosas desta casa, tus hijas, para que mirase por ellas como verdadera madre, cuando tú les eras madastra; y que las rigiese y gobernase, pues eran mias; tras lo cual arrojaste en mi presencia esas mismas llaves del convento que en la mano tienes. Entiende pues que yo, como piadosa madre, he querido hazer para confusion tuya lo que me encomendaste; y asi has de saber que desde entonzes hasta ahora he sido yo la priora deste monasterio en tu lugar, tomando tu propia figura, envejeciendome al parecer al compás que tú lo has ido haziendo, tomando juntamente tu habla, nombre y vestido; con que he estado entre ellas todo este tiempo, asi de dia como de noche, en el claustro, coro, iglesia y refitorio, tratando con todas como si fuera tú propria: por tanto, lo que ahora has de hazer, es que tomes esas llaves, y cerrando la puerta de la iglesia con ellas, te vayas por la sacristia y demas pasos por donde te saliste, á tu celda, la cual hallarás de la propria forma y manera que la dexaste, hallando hasta tus habitos doblados sobre el bufete; pontelos en llegando, y guarda esos de peregrina en la arca; y advierte que hallarás tambien sobre la propria mesa el breviario y la carta que dexaste escrita, sin que nadie la haya abierto ni leido, y la vela encendida junto á ella. En efeto, hallarás todas las cosas, por mi piadosa diligencia, en el estado en que las dexaste, sin hallar novedad en alguna, y sin que se haya echado de ver tu falta ni la del dinero que has desperdiciado: vete, por tanto, á recoger antes que despierten á maitines, y enmienda tu vida como debes, y lava tus culpas con las lagrimas que ellas piden; que lo mismo han hecho cuantas tras tan graves pecados han merecido el ilustre nombre de penitentes que les da la Iglesia. Quedó la en que estaba doña Luisa, acabando estas razones la celestial Princesa de todas las hierarquias, llena de un olor suavisimo; y ella contrita y tan consolada en su espiritu, cuanto corrida de haber obligado á la Madre del mismo Dios á serlo de sus subditas; pero obedeciendo á su celestial mandato, recelosa de que no se llegase la hora de los maitines, se levantó del suelo, cubierta de sudor y lagrimas, y haziendo una profunda inclinacion á la preciosisima imagen y otra al Santisimo Sacramento, y tomando las llaves, cerró la puerta de la iglesia, y se fue á su celda por los mismos pasos que habia salido della, en la cual lo halló todo del modo que lo habia dexado y la Virgen le habia dicho. Pusose, en entrando dentro, sus habitos, guardando en el arca los de peregrina, y apenas lo habia acabado de hazer, cuando tocaron á maitines; y enjugandose el rostro, tomó el breviario y estuvo aguardando hasta que vino la monja que solia llamarla, la cual, tomando el candelero de la mesa, como cada noche tenia de costumbre, se fue delante alumbrando hasta el coro, donde estuvo aguardando de rodillas (con no pequeña turbacion, por aparecerle sueño cuanto veia) á que se juntasen las religiosas; y en habiendolo hecho, hizo la señal acostumbrada, tras que començaron los maitines; y acabados ellos y la oracion que de ordinario suelen dezir, se volvieron á salir todas, y se fueron á sus celdas al postrer señal de la Priora, la cual tambien hizo lo proprio, acompañandola con luz á la suya la mesma religiosa que la habia sacado della. Cuando se vió sola començó de nuevo á derramar lagrimas, parte de dolor por sus culpas, y parte de agradecimiento por la nunca oida merced que la misericordiosisima Maria le habia hecho; y haziendole una breve oracion llena de fervorosos deseos y celestiales conatos, descolgó de la cabeçera de su cama unas gruesas diciplinas que solia tener en ella, y tomandolas se dió con ellas por espacio de media hora una cruelisima diciplina sin ninguna piedad, por principio de la rigurosa penitencia que pensaba hazer todos los dias de su vida, de aquel sacrilego y deshonesto cuerpo, de cuya roja sangre quedó el suelo esmaltado en testimonio del verdadero dolor de sus pecados. Acabado este penitente acto, abrió una arca, de adonde sacó un aspero cilicio que solia ponerse en las cuaresmas cuando era la que debia, hecho de cerdas y esparto machacado, el cual le tomaba desde el cuello á las rodillas, con sus mangas justas hasta la muñeca; pusose juntamente debaxo de una cadenilla que en la mesma arca tenia, que le daba tres vueltas, y apretandosela con todo rigor al delicado cuerpo, dezia: Agora, traidor, me pagarás los agravios que al espiritu has hecho: no esperes, lo poco que la vida me durare, otro regalo más que este, y agradece á la madre de afligidos y fuente de consuelos, Maria, y á su clementisimo Hijo que no te hayan enviado á los infiernos á hazer esta penitencia, donde fuera sin fruto, forçosa y tan eterna, que durara lo que el mismo Dios, sin la esperança del perdon y remedio que agora tienes en la mano, teniendole tan poco merecido. Y saliendose luego de su celda, se volvió otra vez al coro, donde estuvo pasando el santisimo rosario delante de la misma imagen que la habia hablado, hasta la hora de prima, la cual acabada, hizo al instante llamar al confesor del convento, con quien hizo una general confesion con no vistas muestras de dolor y arrepentimiento, contandole todo el suceso de su vida y las abominaciones y pecados que contra su divina y inmensa Magestad habia cometido los cuatro años que habia estado fuera del convento: refiriole juntamente el milagro y merced que por la devocion del rosario, la Reina de los cielos, su patrona, le habia hecho, supliendo su falta y acudiendo á todas sus obligaciones, movida de su virginea piedad, salvandole la honra en que no se echase de ver su falta. El secreto del milagro encargó tras esto cuanto fue posible, para mientras le durase la vida al confesor, el cual quedó sumamente maravillado de su grandeza, y lleno de ternura y devocion en el espiritu, cosa que le aseguraba de la verdad del caso; y pasmabase cuando consideraba habia merecido su indignidad confesar y comulgar por su mano, no una, sino muchisimas vezes, á la puridad, ante quien y en cuya comparacion no la tienen los más puros angeles del cielo. Con todo, quiso ver el rostro de la penitente perlada y certificarse de que era ella misma, y no demonio (como temia) que en figura suya le queria engañar; y vistas sus lagrimas y enterado de la verdad, la consoló cuanto pudo, y animó para la continuacion de la empezada penitencia y devocion del santisimo rosario; y perseveró ella en todo, haziendose mil ventajas cada dia á sí misma, de suerte que las que la veian con tanta repentina mudança, en el retiro de gradas, asistencia continua á la oracion, y mortificacion y ordinario curso de lagrimas, estaban pasmadas, por no saber la causa, como la sabian ella y su confesor, con que se confesaba los más de los dias, recebiendo el Santisimo Sacramento muy á menudo. Perseveró en estos exercicios toda la vida; y al cabo de meses que los continuaba, quiso Dios apiadarse de su perdido galan, como lo habia hecho della, tomando por medio un sermon que acaso oyó á un religioso dominico de soberano espiritu, en una parroquia de la corte, que moviendo el cielo la lengua en él, se engolfó á deshora en las alabanças de la Virgen y en las misericordias que habia hecho y hacia cada dia con infernados pecadores, por la suave devocion de su benditisimo rosario, trayendo en consecuencia desto el sabido milagro del desesperado hombre que, habiendo hecho donacion de su alma al demonio con cedula escrita y firmada de su mano y sangre, por la dicha devocion fue libre de todo, y acabó su vida, perseverando en ella, santisimamente, tras una bien premeditada y llorosa confesion general de todos los cometidos desatinos. Cayó en la cuenta de los suyos el ciego de don Gregorio luego que oyó el doto sermon; y acordandose tambien de lo mucho que acerca del celestial poder del rosario le habia dicho diversas vezes su doña Luisa; premeditando las razones del predicador, y confiriendolas con las que de su dama en esta parte le traxo Dios á la memoria, le pareció que arrimandose á la frecuentacion de tan soberano rezo, hallaria en él braço que le sacase del cieno de sus torpezas, y otra escala, cual la de Jacob, con que pudiese llegar al cielo, por más entumecido que estuviese en la fragosa y mal cultivada tierra de sus bestiales apetitos: propuso tras esto irse al religioso convento de la Virgen de Atocha y confesarse luego con el santo predicador, cuyo nombre sabia, por haberlo preguntado á su compañero al baxar del pulpito. Efectuolo eficazmente; que no es pereçosa la divina gracia ni admite tardanzas: fue al convento, entrose en la iglesia, postrose delante la imagen milagrosa de la Virgen, derritiose, puesto alli, en lagrimas: pedia perdon á Dios, piedad á su Madre, y ayuda á ambos para enmendar los yerros de la pasada y hazer dellos una general confesion. Alzose luego; entrose en el claustro, pidió por el predicador, y puesto en su presencia, empeçaron sus ojos á dezirle lo que su lengua no acertaba: con todo, cuando las lagrimas le dieron lugar, le dixo: ¡Remedio padre! ¡Socorro, varon de Dios, para esta alma, que es la más mala de cuantas la misericordia y caridad inmensa de Jesucristo ha salvado! Entrose al instante el predicador á su celda, y apenas estuvo dentro, cuando, postrado á sus pies, empeçó á hazer con acerbo llanto una confesion general de sus excesos, tal, que estaba el confesor igualmente compungido, confuso y consolado de ver tal trueco en un moço de los años y prendas de aquel, consolole cuanto pudo, animandole á la continuacion de sus propositos y del rezo del santo rosario, cuya era tan feliz mudanza. Y asegurandole del perdon de sus culpas y de la largueza de las perpetuas misericordias que Dios, con celestial regocijo de todos los cielos y sus angeles, ha usado y usa de cada dia con los pecadores recien convertidos de verdadero coraçon, le envió absuelto, consolado y lleno de mil santos propositos y fervores; y no fue el menor el con que propuso de ir á Roma á visitar los santos lugares, besar el pie á Su Santidad, y obtener, para mayor bien suyo, su plenisima absolucion. Volvió, al salirse del convento, á hazer oracion á la Virgen, y hecha con las demostraciones del agradecimiento que tan gran merced como la que acababa de recebir[21] se volvió á la villa, y en ella trocó luego sus vestidos por unos de peregrino, hechos de sayal basto; y sin despedirse de su amo ni de persona, empezó á caminar hazia Roma, do llegó cansado, pero no menoscabado el fervor con que emprendió tan santa peregrinacion. Cumplió en aquella grandiosa ciudad con cuanto los deseos que le habian llevado á ella pedian, y obtenido el fin dellos, dió la vuelta hazia su tierra, deseando saber, con aquel disfraz y sin ser conocido, de sus padres; que bien seguro iba de no poderselo ser, segun iba de flaco, macilento, triste y desfigurado, asi de los trabajos del camino, como de las penitencias que iba haziendo en él; y no fue la menor el sufrimiento con que llevó las vexaciones que ciertos salteadores le hizieron en un peligroso paso. Entró al cabo de dias, cubierto de confusion, lagrimas y sobresalto, en su amantisima patria, y lo primero que hizo, llegado á ella, fue irse á pedir limosna al torno del convento de do sacó la Priora, queriendo fuese teatro del primer acto de su penitencia en su patrio suelo el mismo que lo habia sido del que dió principio á su tragica perdicion y ciego desatino. Dieronle facilmente honrada limosna las caritativas torneras, y en recebiendola, se llegó á la misma mandadera que le habia llevado el primer recado de doña Luisa la mañana en que se principiaron sus locos amores, y preguntole quien era priora de aquella casa; y diziendole ella que doña Luisa lo era años habia, porque continuaban las religiosas en reelegirla siempre, no sin gusto de sus superiores, por su gran virtud,—¡Doña Luisa, replicó él atonito, dezis que es priora! ¿Como es posible? Ella es, digo, añadió la muger, sin duda. Que os burlais de mí, porfió él, he de pensar, pues quereis persuadirme es priora desta casa doña Luisa, de quien he oido dezir estaba muy lexos de poderlo ser. Doña Luisa, respondió ella, es, ha sido y será priora muchos años, á pesar de cuantos invidian su virtud y aumento, pues no faltan muchos que lo hazen. Baxó la cabeça don Gregorio con la confusion y perplexidad que pensar se puede, sin osar replicar más con la muger, que ya conocia se iba encolerizando en defensa de su señora, temiendo por una parte no le conociese en la voz, y por otra, que descuidandose, no descubriese algo de lo mucho que con la Priora le habia pasado; y asi, saliendose de alli, se fue por diferentes partes de la ciudad, fuera de sí y pidiendo igualmente limosna y el nombre de la priora de tal convento, y dandole unos y otros la misma respuesta que le habia dado la mandadera, por salir del todo de la confusion en que se veia, determinó irse de rondon á casa de sus padres, para echarse alli con la carga, como dizen, y descubriendoseles, fiar, como era justo hazerlo, dellos el paso de tan grave suceso. Entró por sus puertas, y al primer criado que vió en ellas preguntó si le darian limosna los dueños de la casa, y respondiendole que si harian, que eran muy caritativos marido y muger, le replicó se sirviese dezirle sus nombres y si tenian hijos; y sabido dél, por la respuesta vivian sus padres, aunque afligidisimos por la ausencia de un solo hijo que tenian, y se les habia ido sin saber donde, con quien ni por que, por el mundo, y que lo que más les entristecia era no saber si vivia ni en que parte habia dado cabo, para poderle remediar; saltaronsele las lagrimas de los ojos á don Gregorio con la respuesta, y volviendo el rostro á la otra parte, y enxugandolas y disimulandolas cuanto pudo, dixo de nuevo al criado: ¿Llamabase por dicha el hijo destos señores don Gregorio? Porque si tenia ese nombre, es sin duda un soldado que he conocido en Napoles en el cuartel de los españoles; y si seria; que por las señas que él me daba de sus calidades, y de que era unico mayorazgo en este lugar, y de la disposicion de las casas de sus padres (que todo me lo comunicaba, por ser muy mi camarada), estas han de ser las dellos, y el de quien hablo, su hijo; y sabrase presto si es él, si hay quien me diga si se fue deste lugar con alguna muger de calidad. No estaba yo aun en servicio desta casa cuando él faltó della, ni le conocí; pero sé que su nombre era, como dezis, don Gregorio; y que no hizo otra baxeza ni se tiene dél otra quexa que haberse llevado algun dinero prestado de amigos, aunque ya todo lo han pagado sus padres; que de dos caballos que á ellos les llevó y otra gran cantidad de moneda, nunca han hecho caso, porque en fin todo habia de venir á ser suyo.—Pues, amigo, por las entrañas de Dios os ruego que digais á esos señores si gustan de hazerme limosna, siquiera por lo que pienso haber conocido á su hijo. ¡Y como si os la haran de bonisima gana! dixo el criado: yo fio que no solo eso hagan por vos, sino que os regalarán muy mucho y tendran á merced de que les deis nuevas de prenda que tanto quieren; y asi, aguardadme, os ruego, mientras subo volando á darles el aviso y recado. Subiose, dicho esto, el criado arriba, sin curarse, con el contento, de mirar en el rostro al peregrino; que si lo hiziera, fuera imposible no leyera en su turbacion y lagrimas que él mismo era su señor y el mayorazgo de la casa.
CAPITULO XX
En que se da fin al cuento de los Felizes Amantes.
No habia bien subido á dar el aviso el criado á sus amos, cuando se arrepintió don Gregorio dello; porque, como venia con intencion de saber de solo de la vida dellos, y sin darseles á conocer irse luego á meter religioso en la mesma religion en que lo era la Priora, para hazer alli una condigna penitencia con que en parte satisfaciese sus graves culpas, pareciole que todo se lo impidiria lo que habia empezado á intentar. Con la melancolia que esto le causó, y deseando obviar los inconvenientes que de ver á sus padres se le podian seguir, volvió las espaldas para retirarse de la puerta; pero apenas lo habia començado á hazer, cuando ya el criado estuvo en ella á buscarle, y los padres salieron á la ventana á llamarle. No se pudo excusar de entrar el turbado peregrino en su casa; y haziendolo, y subido arriba en una cuadra, le rogaron los venerables viejos se sentase en una silla, y poniendosele cada uno á su lado, le hizieron mil preguntas del don Gregorio que habia dicho al criado habia conocido y tratado en Napoles, haziendole tras cada una un millon de ofrecimientos. Dezianle con no pocas lagrimas: ¡Ay, hermano mio, y que dieramos por haber visto como vos ese unico y amantisimo hijo nuestro, absoluto señor de nuestra hacienda y total causa del llanto con que pasamos la vida! ¿Está bueno? ¿Tiene que comer? ¿Sirve ó es soldado? ¿Hase casado ó que vida tiene quien tan sin piedad es verdugo de las nuestras? Estaba don Gregorio cuando oia estas razones más muerto que vivo de ternura y sentimiento; pero, disimulando cuanto pudo les dixo: Lo que dél ¡oh ilustres señores! os puedo dezir, es que, segun me comunicó, ha padecido infinitos trabajos desde que salió de vuestra casa y obediencia; pero ¿cuando los dexó de dar al cielo al hijo que, saliendo de la que debe á sus padres, ofende su valor, lastima sus canas, menoscabando su propria salud, fuerças y reputacion? Digolo porque en todo sé que ha padecido don Gregorio mucho, y creo que volviera de buena gana á vuestros ojos si lo permitiera la vergüença que se lo impide. ¿De que la ha de tener Gregorio, replicó la madre, pues en su vida ha hecho baxeza ni hay en la ciudad quien se pueda quexar dél? No significaban sus razones (añadió el peregrino) cuando me hablaba, eso; antes siempre colegí dellas se habia ausentado por alguna aficion que tenia á no sé que religiosa, á quien él llamaba doña Luisa; y temí algunas vezes no hubiese escalado por ella el convento ó sacadola dél, segun andaba de receloso de cuantos le podian conocer. La mejor seña que nos podiais dar, dixo el padre, de que el que habeis conocido es nuestro hijo, es dezirnos nombraba él á doña Luisa; porque es una religiosa gravisima deste lugar, y priora ha años de tal convento; á quien él visitaba á menudo; pero habeisle hecho agravio á ella y á su valor en pensar cosa de su persona que desdiga della y de la virtud singular que profesa. Cuando don Gregorio oyó el abono que sus padres daban de la Priora, en confirmacion de lo que toda la ciudad habia dado della, y reparó por otra parte en la ternura y sentimiento con que hablaban dél, se demudó de suerte, que, dandole un parasismo mortal, quedó como muerto reclinado á la silla. Acudieron de improviso los padres á darle algo confortativo, pensando era desmayo de hambre el que le habia tomado; y quitandole el sombrero que tenia calado, y desabrochandole con piedad cristiana; reparando en el rostro la madre, que hazia este ofizio y le enxugaba el sudor dél, le conoció, y levantó los gritos al cielo, diziendo: ¡Ay, hijo de mis ojos, y que disfraz es el con que que has querido entrar en esta tu propria casa! El padre, que oyendo los gritos de la madre, percibió llamaba de hijo al peregrino, se llegó, tan desmayado como él lo estaba, á mirarle, y conociendole, ayudó tambien á las endechas de la madre, diziendo: ¿Que peregrina invencion ha sido esta, Gregorio mio, de querer disimulartenos, dandotenos á conocer tan por rodeos? ¿Pensarias hazer con tus padres, sin duda, lo que con los suyos hizo san Alexo? Mas no creo tal, pues tan lexos está de parecerse á aquel santo quien tan sin ocasion ni violencia de casamientos ha usado tan peregrino rigor. Alborotose luego la casa, corriendo las nuevas de la vuelta de don Gregorio por el barrio, y antes que él volviese del desmayo en sí, estaba rodeado de criados y vecinos; y corrido, cuando volvió á cobrar sus sentidos, de ver la publicidad de su vuelta, abraçó á sus padres, postrandoseles luego á sus pies y pidiendoles le dexasen reposar á solas, despidiendo los circunstantes, pues bastaba hubiesen sido testigos de su corrimiento y del perdon que les pedia por los enojos causados. Fueronse cuantos esto le oyeron, contentos de ver lo quedaban los padres, los cuales luego dieron tambien orden en que se acostase y reposase. Hizolo, y preguntando á su madre en la cama cuanto habia que no se habia visto con la Priora, supo della que tres dias, y como, hablandole en la conversacion dél, y representandole el sentimiento con que vivian todos en su casa por su ausencia y no saber si era muerto ni vivo, habia en ella vertido no pocas lagrimas y despedido del pecho algunos lastimosos suspiros, indicio claro del sincero amor que le tenia, y de lo que sentia su perdicion. Más le crecia el asombro á don Gregorio cuando estas cosas oia; porque, como no sabia el milagro, y estaba cierto por otra parte de su maldad y de lo que con la Priora le habia acontecido, pareciale todo sueño, y que era ilusion del demonio el pensar verse en casa de sus padres y vuelto tan á su salvo en su patria; y asi á ratos con la vehemencia desta imaginacion se suspendia de suerte que no acertaba á responder. Con todo, rogó á su madre, despues de haber reposado algunos dias, le hiziese merced de llegar al convento y verse con la Priora, dandole aviso de su vuelta y de como habia sido con habito penitente de peregrino, despues de haber estado en Roma á pedir absolucion á Su Santidad de las moçedades que habia cometido en los años que habia faltado de su casa, en cuyo conocimiento habia venido por sus oraciones, á lo que creia, y por haber oido un sermon de las alabanças del santisimo rosario y de las misericordias que por su devocion hazia la Virgen benditisima en grandisimos pecadores. Rogola juntamente instase con ella le diese licencia en todo caso para ir á besarle las manos y darle cuenta de los sucesos de su persona, sola aquella vez, pues en hazello ó dexarlo de hazer estaba su consuelo y quietud. Fue la madre luego á hazer la visita, encargadisima de sacar la licencia que deseaba su hijo, cuyo alivio procuraban ella y todos los demas deudos, por ver cuanto necesitaba dello la melancolia con que le veian. Habló, en llegando al convento, á la Priora; y cuando la hubo dado las referidas nuevas y recado, vió en las lagrimas que de contento derramó tras él (que á eso atribuia la madre de don Gregorio las que doña Luisa derramaba de confusion y vergüença), el gozo que mostraba de su vuelta y mudanza; y alegre de ver que ya por su instancia permitia le hablase (enterada primero della de cuan otro venia de la fuente de indulgencias y perdones que da Dios á los pecadores por manos de su supremo vicario, cosas todas que se las aseguraba ser asi el enviarle á dezir el mismo don Gregorio venia de Roma; lo cual y el entender juntamente que habia alcançado tan grande misericordia por el mismo medio que ella, del santisimo rosario, fueron bastantes causas para obligarla á concederle sin escrupulo la licencia que le pedia para llegar á hablarla el dia siguiente; porque siempre el coraçon le dixo habia de ser tan feliz el fin desta segunda visita, cuanto le habia sido nocivo el de la primera), volviose la madre con esta respuesta contentisima á su casa, y con razon, pues en ella llevaba, aunque sin entenderlo asi, la medicina que más convenia al consuelo de su hijo y á su salvacion; el cual, deseandola con las veras que lo suele hazer aquel á quien Dios abre los ojos del alma, pasó la noche toda en oracion, suplicando á su divina Magestad, por la puridad de su santisima Madre, cuyo rosario nunca se le cayó de las manos, se sirviese de darle en la esperada visita el espiritu, para cosas de edificacion de su alma, que convenia tuviese quien en aquel puesto en que se habia de ver, tan desatinado habia andado. La misma oracion hizo en su coro la santa Priora, y preparandose, venida la mañana, ambos con recebir los divinos sacramentos de la confesion y Eucaristia, se pusieron, llegando el plaço, en el locutorio, do se habian de ver con iguales deseos de saber el uno el suceso del otro. No tiene, señores, mi ruda lengua palabras con que explicar bastantemente la turbacion de las con que se saludaron al primer encuentro los dos felizes amantes; porque, en viendose el uno al otro (si es que las lagrimas les dexaron mirarse), se turbó él y encalmó ella de suerte que por muy gran rato no supieron ni de sí ni de adonde estaban. Las galas con que don Gregorio entró á verla, con un vestido de paño liso, sin gorbion alguno, el sombrero puesto en los ojos, sin espada ni más compañia que bonisimos deseos y unas planchas grandes de hoja de lata, hechas rallo, en pecho y espaldas, y una cruz entre la ropilla y jubon, con rosario y horas en la faltriquera; sacando la Priora el adorno que queda dicho se puso la primera noche que llegó al convento, y con que en ella dió principio á su rigurosa penitencia. Puestos pues de la suerte dicha, cuando la suspension y llanto les dió lugar, empezó él á dezirle: Por la cruz en que remedió mi eterno Dios pecadores tales cual yo soy, y por las lagrimas, afrentas y angustias con que en ella espiró, y por las que al pie de tan salutifero arbol sintió su purisima Madre, que por serlo tanto, pudo ser solo su hechura de su omnipotencia, os pido me digais ¡oh religiosa señora! si sois vos la priora doña Luisa que cuatro años ha con vuestra vista me cegastes, perdistes y enamorastes de suerte que, loco, desatinado y sin temor de Dios, me resolvi en sacaros de aqui y llevaros á Lisboa y á Badajoz, cometiendo las ofensas y sacrilegios contra el cielo, que solo un merecido infierno puedo; y si acaso sois la que pienso, dezidme tambien como yendoos conmigo os quedastes acá, y quedandoos acá os fuistes conmigo; que cierto estoy (¡y ojalá no lo estuviera tanto!) que os vi, hablé, amé y solicité y saqué del convento, sin temor de hazer á vuestro estado y profesion la ofensa que se siguió por postre de tan infernales principios; porque veo me aseguran cuantos de vos pregunto por otra parte (cosa que vuelvo loco), que jamas habeis faltado de esta casa; antes dizen que siempre la habeis regido con notables exemplos y mil virtuosas medras. Yo soy don Gregorio el malo, el sacrilego, el aleve, el traidor, y finalmente el peor de los hombres y el igual á Lucifer en los pensamientos, pues los puse en quien era esposa de mi mismo Dios, cielo suyo y niñas de sus ojos. A la Virgen bendita del Rosario debo el conocimiento de mis culpas, pues dexandoos (si sois la que pienso, y no fantasma) en Badajoz, y dando cabo en la corte, descuidado de mi bien, mereci un dia oir acaso un sermon de uno de los apostoles que la predicacion de su santo rosario tiene Maria en el mundo; en que pintando las misericordias que por tal devocion haze su clemencia, pintó mi ceguera y dibuxó mi perversa vida, dando juntamente remedio á todos mis males; que todo lo hizo predicando un milagro y la eficacia de la dicha devocion. Senti tras sus palabras la de la divina gracia, pues supe confesarme luego y dexar la corte del rey de España, y buscar la de quien es vicario de aquel por quien los reyes reinan y en cuyo servicio consiste solo el verdadero reinar; alcanzé absolucion de aquella santa silla; y volviendo peregrino á saber, disfraçado, de mis padres, y á saber la nota y escandalo que de vuestra persona y de la mia habia en esta ciudad, he hallado en ella que en boca de todos sois vos la santa, la recogida y exemplar, sin haberseos notado falta ni ausencia; siendo yo solo el que os he pintado y saben los cielos y vos (si sois la que pienso) y mi misma conciencia, que es el más riguroso fiscal y quien me trae á sombras de tejado de temor de la divina justicia, de quien solo pienso escapar recogido en el templo de la divina misericordia, mediante la intercesion de quien es madre dellas. Acabó en esto la lengua de don Gregorio las razones, y començaron de nuevo sus ojos á confesar sus yerros y á mostrar el sentimiento que tenia dellos. Consoladisima quedó la Priora cuando hubo oido del autor de sus desventuras el conocimiento que tenia dellas, y más cuando supo que le habia venido tan grande bien por las manos clementisimas de quien habia vuelto por su honra y suplido su falta en el gobierno los años que, dexada de Dios, habia seguido desenfrenadamente sus apetitos y las sendas de su condenacion. Y consolandole y dandole cuenta de sus sucesos y de lo que debia á Maria benditisima, y como pensaba pagarle en parte tan grande deuda con una verdadera y perpetua penitencia de sus culpas y un privarse de verle jamas á él, le rogó fuese el que debia, mirase por su alma y huyese del mundo cuanto le fuese posible y de vanas conversaciones y platicas; que le daba palabra ella de hazer lo mismo, como tambien se la daba de callar el suceso mientras viviese; pero no muerta, pues antes de morir le pensaba dexar escrito en manos de su confesor, con orden de que le divulgase el mesmo dia para gloria de Dios y recomendacion de la celestial aurora de tal misericordia. Ofreciole don Gregorio hazer las mismas diligencias, y de no quedar en el mundo, sino entrarse en un retirado convento de su propia orden, do pagase su sensualidad el debido escote de los excesos pasados, á fuerça de ayunos y disciplinas; y tras celebrar él con mil alabanças de la Virgen y un millon de asombros y admiraciones la merced milagrosa y favor inaudito que su infinita clemencia habia usado por la devocion del santo rosario con la Priora y con él mesmo, se despidió del convento para nunca más llegar á él, y della para jamas verla; y lo proprio hizo ella, pidiendose ambos con lagrimas perdon reciproco, y las oraciones el uno del otro. Continuó siempre, como queda dicho, la Priora sus mortificaciones, consoladisima de la conversion de don Gregorio, dando por ella iguales gracias á la Virgen que por la suya propria, á quien le encomendó toda su vida. Volviose de alli él á su casa, do estuvo algunos dias asentando cosas; y comunicada al cabo dellos á sus padres su devocion, y representandoles las obligaciones que tenia de consolarse con haberle visto vuelto vivo, les pidió su bendicion y licencia para ser religioso, pues lo debia á Dios y á su Madre, rogandoles ahincadamente se la diesen, y tuviesen á bien tomase tan divino estado; tras lo cual tambien les rogó dexasen sus bienes despues de sus dias á pobres, que son los verdaderos depositos y en quien mejor se guardan, pues en su poder jamas se menoscaban las haciendas. Alcançaronlo todo dellos sus lagrimas y raro espiritu; con que se fue contentisimo á ser religioso en la misma ciudad, profesando en la religion que tomó, con notables demostraciones de virtud; y llegando por ellas á ser perlado de su convento, quiso Dios acabase sus dias, ordenando juntamente el cielo fuese el de su muerte en el mesmo en que fue la de la Priora y á la misma hora; y haziendo cada uno antes de espirar una devotisima platica á su comunidad, murieron con notables señales de su salvacion, recebidos todos los divinos sacramentos. Hallaronse en poder de los confesores de ambos, luego que espiraron, las relaciones de los amores, sucesos, conversiones, milagros, y de los favores que la Virgen les habia hecho; y publicandose el caso y verificandose, acudió toda la ciudad á ver sus santos cuerpos, que estaban hermosisimos en los feretros. Hizoseles sumptuosisimo entierro, invidiando todos la buena suerte de los padres de fray Gregorio, los cuales tuvieron honradisima y consoladora vejez con su feliz fin. Llegado el de su vida dellos, repartieron su hacienda en los conventos de la Priora y de su hijo, con exemplo de todos, muriendo cargados de años y de buenas obras. De los de la santa Priora no digo nada, porque asi ellos como la otra hermana que tenia religiosa murieron mucho antes que ella.