CAPITULO XVI

En que Bracamonte da fin al cuento del Rico desesperado.

Estuvieron con atencion los canonigos y jurados al cuento, y don Quixote, aunque lo estuvo, daba de cuando en cuando asomos de querer salir con algo en contrapusicion de los malos consejos que los estudiantes dieron á Japelin cuando era novicio, ya en abono de su buena eleccion en haberse casado con muger hermosa, y particularmente en loa de su valor por haber pretendido seguir la milicia en prosecucion de la gobernacion de su tio; pero ibale á la mano á todo el venerable ermitaño que le tenia al lado. Pero como no lo estaba al suyo Sancho, no pudo obviar á que no saliese de traves cuando oyó la bellaqueria del soldado, y particularmente su poco estomago en no querer llevar el matalotaje que le daban los criados para acudir á las necesidades venideras; y asi dixo con una colera donosa: Juro á Dios y á esta cruz, que merecia el muy grandisimo bellaco más palos que tiene pelos mi rucio, y que si le tuviera aqui me le comiera á bocados. ¿Donde aprendió el muy grandisimo hi de puta á no tomar lo que le daban, siendo verdad que no está eso prohibido, no digo yo á los soldados y reyes, pero ni á los mismos señores caballeros andantes, que son lo mejor del mundo? En mi anima, que creo que ha de arder la suya en el infierno, más por ese pecado que por cuantas cuchilladas ha dado á luteranos y moriscos; pero no me espanto fuese el muy follon tan mal mirado y tan poco quillotrado, si como v. m. dize venia de Cambray; que juro á los años del gigante Golias que debe de ser esa la más mala tierra del mundo, pues segun dizen por las calles y plaças chicos y grandes, hombres y mugeres, no se coge en ella pan ni vino ni cosa que lo parezca, sino estopilla, de lo cual se quexan con un perpetuo ay, ay, que es señal que debe de ser malisima y que debe de causar torçon á cuantos la comen. Rieron destas boberias los canonigos y Bracamonte, pero no don Quixote, que con una melancolia y sentimiento digno de su honrado celo dixo: Dexate, Sancho hijo, de llorar el descuido y poca prudencia del soldado, y de si el ay, ay, ay que dizes se dize por la estopilla maldita que en Cambray se coge ó no; llora lagrimas de sangre por el agravio y tuerto fecho á aquella noble princesa, y por la ofensa y mancha que en la honra del famoso Japelin cayó por industria ó inconsideracion, ó por la maldad, que es lo más cierto, de aquel soldado, infamia de nuestra España, y deshonra de todo el arte militar, cuyo aumento procuran tantos nobles, y yo entre ellos, á costa de la hidalga sangre de mis venas; pero yo sacaré la alevosa de las suyas antes de muchos dias, si le topo, como deseo. Deste cuidado queda ya libre v. m. (dixo Bracamonte), como verá si me la haze de oir con paciencia lo que queda de la historia. Rogaron todos á don Quixote reprimiese su justa colera, y á Sancho le pidieron callase, sin meterse en dibuxos de averiguar lo que oiria; y prometiendolo ambos con mucha seguridad y algunos juramentos, prosiguió Bracamonte la tela de su cuento, diziendo: Ido el soldado con la cortedad referida, y cargado de miedo y vergüença, salió de su aposento el noble y descuidado Japelin, á la hora en que el bullicio de la gente de casa dió muestras de que era ya la de levantarse; y llegandose á la cama de su esposa á darle los buenos dias, y cuidadoso de saber como habia pasado la noche asegurandola de que con el contento de verse él en su cama y con heredero della no habia podido apenas sosegar. Riose su muger de la disimulacion que mostraba en sus razones y en tomarle la blanca mano, y mostrando un fingido enojo con su risa, le dixo, retirando hacia adentro el braço: Por cierto, señor mio, que sabeis disimular lindamente, y que anda ahora bien ligera esa lengua, que anoche tan muda tuvistes conmigo: idos de ahi con Dios, y no me hableis por lo menos hoy en todo el dia; que bien lo habré menester todo para desenojarme del enojo que tengo con vos tan justamente; y aun despues de pasado, os será menester me pidais perdon, y no será poco si os lo concedo. Riose Japelin del desvio, y cayendole en gracia, á pesar suyo la besó en el rostro, diziendo: Por mi vida, señora que me digais el enojo que os he hecho; que gustaré infinito de sabello, si bien ya, poco más ó menos, sospecho yo será porque habreis imaginado que he dormido dentro con compañia, en ofensa vuestra; y muera yo en la de Dios si jamas os la he hecho ni con el pensamiento; y asi, quiteseos del vuestro, os suplico, ese temerario juizio; que con él me ofendeis no poco. Por cierto (dixo ella de nuevo) que sabeis encubrir bien y negar mejor ahora lo que fuera justo negarais á vuestro apetito antes de ejecutalle tan sin consideracion; que si la tuvierais, no efectuara un hombre tan prudente y discreto como vos lo que tan contra toda razon os pedia vuestro desordenado deseo. Corrida estoy no poco de ver no lo esteis más de lo que lo estais de haber tenido atrevimiento de llegar á mi cama esta noche á tratar conmigo, sabiendo de la suerte que estoy; y siento muchisimo ver hayan podido tan poco con vos mis justos ruegos, que no bastasen á obligaros á que, volviendoos á vuestra cama, dexaseis de entrar en la mia con los excesos de aficion que la primer noche de nuestras bodas. Y añadiendo agravio á agravio, habeisme dexado sin hablar palabra; si bien doy por disculpa de vuestro silencio el justo empacho que os causó el atrevimiento. No ignoro, señor, direis nació él del sobrado amor que me teneis; y aunque esa parezca bastante disculpa, no la admito por tal, pues habiais de considerar el tiempo y indispisicion mía, teniendo algun respeto y sufrimiento á tan justo obstaculo; que no se perdia el mundo en ser continente siete ó ocho dias más, cuando mucho; pero pase esta, que os la perdona mi grande amor, con esperanças de enmienda en lo porvenir. No se puede pintar la suspension que cayó en el animo de Japelin cuando oyó á su esposa tales razones, y dichas con tantas veras y circunstancias; y como era de agudo ingenio, sospechó luego todo lo que podia ser, imaginando (como era la verdad) que el soldado español habria dormido solo, por inconsideracion del paje de guarda, el cual pensaba él le haria compañia en el aposento, sin dexarle á solas, y que asi, con la ocasion, que es madre de graves maldades, habria cometido aquel delito con artificioso silencio; y disimulando cuanto pudo, le dixo á la dama: No haya más, mis ojos, por vida de los vuestros; que del amor excesivo que os tengo ha nacido el desorden de que os quexais; pero yo os prometo á ley de quien soy, corregirme, y aun vengaros cabalmente de todo. Y volviendose á otro lado, dezia entre dientes, bramando de colera: ¡Oh vil y alevoso soldado! por el cielo santo juro de no volver á mi casa sin buscarte por todo el mundo y hazerte pedazos do quiera que te encontrare:—tras lo cual, disimulando con su muger con notable artificio, se despidió della fingiendo cierta necesidad precisa. Llamó luego aparte un moço, diziendole: Ensillame al punto, sin dezir cosa, el alazan español; que me importa ir fuera en él con brevedad. Mientras el caballo se ensillaba se acabó de vestir, y entrando en un aposento do tenia diferentes armas, sacó dél un famoso venablo. Violo la dama, y recelosa le preguntó que pensaba hazer de aquel venablo. Quierole (dixo él) inviar á un vecino nuestro que ayer me le pidió prestado. ¿Que vecino puede ser nuestro (replicó ella) que no tenga armas en su casa, y necesita de venir por ellas á la nuestra? En verdad, mi bien, que si no lo recebis por enojo, que me habeis de dezir para que es. El la respondió que no le importaba nada á ella el saberlo; pero que con todo lo sabria dentro de breves horas. Saliose tras esto fuera de la sala, demudado el rostro; y despidiendo un sospiro tras otro, se baxó la escalera abaxo, y se puso á pasear delante la caballeriza, aguardando le sacasen el caballo; y mientras el criado tardaba en hazello, dezia con rabioso despecho entre sí: ¡Oh perverso y vil español, que mal me has pagado la buena obra que te hize en darte alojamiento, que no debiera! Aguarda, traidor adultero á costa de la inocencia de mi engañada esposa; que te juro por las vidas della, de mi hijo y mia, que te cueste la tuya la alevosia: vuela, infame, y mueve los pies; que yo haré que los de mi caballo igualen al pensamiento con que voy en tu busca, con determinacion de no volver á mi patrio suelo hasta hallarte, aunque te escondas en las entrañas del mismo siciliano Etna. No habia bien dicho estas razones, cuando el criado, que las habia oido todas estando en la caballeriza, sacó della el caballo, en el cual subió Japelin como un viento, diziendole á él que se quedasen todos, sin acompañarle ninguno, pues no necesitaba de compañia en la breve jornada que iba á hazer; y tomando el venablo, salió de casa, dando de espuelas al caballo, hecho un frenetico, guiandole asi á la parte y camino que entendia llevaba el soldado, dexando maravillados á los criados de su casa la furia y repentina jornada con que la dexaba; si bien de las palabras que dezia haberle oido el que le ensilló el caballo, colegian iba tras el soldado por haberle hurtado algo de casa, ó por haber dicho al salir della algunas palabras deshonestas á su esposa, y que como tan celoso y noble, pretendia tomar vengança de quien con solo el pensamiento le agraviaba. El caballero, en fin, se dió tan buena maña en caminar tras el soldado, que dentro de una hora le alcançó, y calandose el sombrero antes de emparejar con él, porque no le conociese, en medio de un valle, sin que se recelase el soldado ni tener testigos á quienes poder remitir la disposicion de su violenta muerte, con la mayor presteza que pudo, sin hablar palabra, le escondió el robusto y agraviado Japelin la ancha cuchilla ó penetrante hierro del milanes venablo por las espaldas, sacandosele más de dos palmos por delante, á vista de los lascivos ojos que en su honestisima esposa puso, sin darle lugar de meter mano ni defenderse de tan repentino asalto. Cayó luego en tierra el misero español...—¡Oh, buena pascua le dé Dios y buen San Juan, dixo don Quixote! Ese sí que fue buen caballero: en verdad que puede agradecer á su buena diligencia el haberme ganado por la mano la toma de la vengança dese delito; que, si no, juro por la vitoria que espero presto alcançar del rey de Chipre, que la tomara yo dél tan inaudita, que pusiera terror hasta á las narizes de los miseros y nefandos sodomitas, á quien abrasó Dios. Pues á fe que si v. m., mi señor, no lo hiziera, que yo acudiera á mi obligacion (dixo Sancho), y que cuando eso de Sodoma y Gomorra, que v. m. dize, faltara, le ahogara yo con un diluvio de gargajos como aquel del tiempo de Noe. Pues no pára en esto, señores, la tragedia, dixo Bracamonte, ni la vengança que Japelin tomó del soldado; porque luego, tras lo dicho, se apeó del caballo, y sacando el venablo del cuerpo del cadaver, le volvió á herir con él cinco ó seis vezes, haciendole pedazos la cabeça y hechos con una crueldad inexplicable, pagando bien con muerte de las dos vidas (á lo que se puede presumir) y con fin tan aciago el pequeño gusto de su desenfrenado apetito, quedando alli revolcado en su propria sangre para exemplo de temerarias deliberaciones y comida de aves y bestias: el caballero, algo aconsolado con la referida vengança que de su ofensor habia tomado, se volvió poco á poco hazia su casa. En el tiempo que él tardó della, quiso la desgracia que su muger, viendo eran más de las diez y no le veia ni sabia adonde estaba, preguntó á un paje por él, y respondiole el indiscreto criado luego, le dixo: Señora, mi señor ha ido fuera á caballo, con un venablo en la mano, más ha de dos horas, sin criado alguno y no podemos imaginar adonde ni adonde no; solo sé que iba demudadisimo de color y dando algunos pequeños suspiros, mirando al cielo. Llegaron, estando en estas razones, el moço de caballos, una criada y la ama que criaba el niño, y la dixeron: V. m., mi señora, ha de saber que hay algun grande mal, porque mi señor ha estado paseandose á la puerta de la caballeriza todo el rato que yo tardé (dixo el moço) á ensillarle el caballo suspirando y quexandose de aquel soldado español que esta noche durmió en la cama y aposento del paje de camara, llamandole (aunque pensó que nadie le oia) perverso y vil traidor y adultero á costa de la inocencia de su engañada esposa; tras lo cual juró por su vida, la de v. m. y de su hijo de hazerle pedazos, siguiendo hasta alcançarle; pero no le oí jamas quexar de v. m.; antes me parece que en sus razones la iba disculpando; tras lo cual, en sacandole el caballo, subió en él, y salió de casa como rayo, en busca suya. Cuando la noble flamenca oyó los ultimos acentos desta sospechosa nueva, cayó sobre la almohada, de los braços de la criada que la habia levantado, y sentado en la cama, con un mortal desmayo; y volviendo en sí al cabo de breve rato, començó á llorar amargamente, sospechando (como era asi) que aquel que la noche antes habia llegado á su cama sin duda habia sido el soldado español, con quien, como ella misma tenia confesado á su marido, habia cometido adulterio teniendole por su esposo. Començó pues con esta imaginacion á maldezir su fortuna, diziendo: ¡Oh traidora, perversa y adultera de mí! ¿Con que ojos osaré mirar á mi noble y querido esposo, habiendole quitado en un instante la honra que en tantos años de proprio valor y natural nobleza heredado tenia? ¡Oh ciega y desatinada hembra! ¿Como es posible no echases de ver que el que con tanto silencio se metia en tu honesto lecho no era tu marido, sino algun aleve tal cual el falso español? ¡Desdichada de mí! ¿Y con que cara osaré parecer delante de mi querido Japelin, pues no hay duda sino que no seré creida dél por más que con mil juramentos le asegure de mi inocencia, habiendo dado lugar á que otros pies violasen su honrado talamo? Con razon, dulce esposo mio, podrás quexarte de mí de aqui adelante, y negarme los amorosos favores que me solias hazer en correspondencia de la fe grande que siempre he profesado guardarte; pero ya justamente (pues he desdicho de mi fidelidad, aunque tan sin culpa cuanto sabe el cielo) seré aborrecible á tus ojos, pesada á tus oidos, desabrida á tu gusto, enojosa á tu voluntad, é inutil finalmente á todas las cosas de tu provecho. Vuelve presto, señor mio, si acaso has ido á matar al adultero español: con el mismo venablo con que le castigares traspasa este desconocido y desleal pecho; que pues fuí complice en el adulterio, justa cosa es iguale tambien con él en la muerte: ven, digo, y toma entera vengança de mi desconcierto, con la seguridad que puedes tener de quien, por muger y culpada, no sabrá hazerte resistencia. Pero no es bien aguarde que tú vengas á vengarte ni á castigar con el hierro del venablo el mio, sino que es justo que yo te vengue de suerte que digas lo estás al igual de mi alevosia y de la ofensa hecha. Y diziendo esto la desesperada señora (que lo estaba de pasion, colera y corrimiento), saltó de la cama, mesandose las rubias y compuestas trenças, y esmaltando sus honestas mexillas con un diluvio de menudo y espeso aljofar que de sus nublados ojos salia; y poniendose un faldellin, se començó á pasear por la sala con tan descompuestos pasos, acompañados de sospiros, sollozos y quexas por lo hecho, que no bastaban á consolarla todos los de casa; antes su pena les tenia á todos necesitados de consuelo, por lo mucho que les enternecia. Estando pues de la suerte que digo, turbados ellos, el marido ausente, el adultero muerto, y ella fuera de sí, se salió al patio á vista de todos; y despues de haber hecho una nueva repeticion de las quexas dichas, se arrojó de cabeça en un hondo pozo que en medio del patio habia, sin poder ser socorrida de los que presentes estaban, haziendosela dos mil pedazos: de suerte que cuando llegó al suelo el cuerpo, habia ya llegado su alma libre dél en bien diferente lugar del en que yo querria llegase la mia á la hora de mi muerte. Aumentaronse las vozes y gritos de los de casa con el nuevo y funesto espectaculo; y con la turbacion, unos acudian á mirar el pozo, otros á dar gritos á la calle, con los cuales se alborotó toda: de suerte que en un instante se vió la casa llena de gente afligida toda, y toda ocupada ó en consolar á los de ella ó en echar sogas y cuerdas, aunque en vano, pensando podria ser socorrida quien ya no estaba en estado de poderlo ser. Entre esta universal turbacion sucedió llegar á su casa el desdichado Japelin, ignorante de la desgracia que acababa de suceder en ella; y maravillado de ver tantas personas juntas en su patio, unas de pie sobre el brocal del pozo, otras al derredor dél, y todas llorando, entró con su caballo y el venablo ensagrentado en la mano; y preguntando que habia de nuevo, llegaron los criados de la casa, dando una mano con otra y arañandose la cara, diziendo: ¡Ay, mi señor, que acaba de suceder la mayor desgracia que los nacidos hayan visto! pues mi señora, sin que sepamos por que, quexandose de aquel maldito español que esta noche durmió en casa, llamandose engañada y adultera, y diziendo palabras que moviera á compasion á una peña, arrancandose á puños los cabellos, se echó, sin que la pudiesemos remediar, de cabeça en este hondo pozo, donde se hizo pedazos antes de llegar al suelo. El caballero, en oyendo tal, se quedó atonito sin hablar palabra por grande rato; y de alli á poco, vuelto en sí, se arrojó del caballo, y teniendose en el suelo, empeçó á lamentarse amargamente, suspirando y arrancandose con dolor increible las barbas, diziendo en presencia de todos: ¡Ay muger de mi alma! ¿Que es esto? ¿Como te apartaste de mí? ¿Como me dexaste, serafin mio, solo y sin llevarme contigo? ¡Ay esposa mia y bien mio! ¿Que culpa tenias, si aquel enemigo español te engañó fingiendo ser tu amado marido? El solo tenia la culpa; pero ya pagó la pena. ¡Ay prenda de mis ojos! ¿Como será posible que yo viva un dia entero sin verte? ¿Adonde te fuiste, señora de mis ojos? Aguardaras siquiera á que yo volviera de vengarte, como agora vengo, y mataraste despues; que yo te acompañara en la muerte, como lo he hecho en vida. ¡Ay de mí! ¿Que haré? ¡Triste de mí! ¿A donde iré ó que consejo tomaré? Pero ya le tengo tomado conmigo. Y diziendo esto, se levantó muy furioso, y metiendo mano á la espada, dezia: Juro por Dios verdadero que el que llegare á estorbarme lo que voy á executar ha de probar los filos de mi cortadora espada, sea quien se fuere. Llegose tras esto al brocal del pozo, haziendo una grandisima lamentacion, diziendo: Si tú ¡oh muger mia! te desesperaste sin razon ninguna, y tu anima está en parte adonde no puedo acompañarla si no te imito en la muerte, razon será y justicia, pues tanto te amé y quise en vida, que no procure estar eternamente sino en la parte en que estuvieres; y asi, no temas, dulcisima prenda mia, que tarde en acompañarte. Como la gente que presente estaba, que no era poca y entre quien habia muchos caballeros y nobles de la ciudad, oyeron lo que dezia, porque no sucediese alguna desgracia se llegaron á él á darle algun consuelo, el cual estuvo escuchando echado de pechos sobre el brocal del pozo; y volviendo la cabeça de alli á un rato, vió cerca de sí á la ama que criaba su hijo, llorando amargamente con el niño en los braços; llegandose á ella con una furia diabolica, se le arrebató, y asiendole por la faja, dió con él cuatro ó seis golpes sobre la piedra del pozo, de suerte que le hizo la cabeza y braços dos mil pedazos, causando en todos esta desesperada determinacion increible lastima y espanto; si bien con todo, ninguno osaba llegarsele, temiendo su diabolica furia. Con lo cual començó tras esto á darse de bofetadas, diziendo: No viva hijo de un tan desventurado padre y de madre tan infeliz, ni haya tampoco memoria de un hombre cual yo en el mundo. Y diziendo esto, començó á llamar á su muger y á dezir: Señora y bien mio, si tú no estás en el cielo, ni yo quiero cielo ni paraiso, pues donde tú estuvieres estaré yo consoladisimo, siendo imposible que la pena del infierno me la dé estando contigo; porque donde tu estás no puede estar sino toda mi gloria. Ya voy, señora mia, aguarda, aguarda. Y con esto, sin poder ser detenido de nadie, se arrojó tambien de cabeça en el mismo pozo, haziendosela mil pedazos, y cayendo su desventurado cuerpo sobre el de su triste muger. Aqui fue el renovar los llantos cuantos presentes estaban; aqui el levantar las vozes al cielo, y el hinchirse la casa y calle de gente, maravillados cuantos llegaban á ella de semejante caso. A las nuevas dél, vino luego el gobernador de la ciudad, y informado del desdichado suceso, hizo sacar los cuerpos del pozo, y con parecer del obispo, los llevaron á un bosque vecino á la ciudad, donde fueron quemados, y echadas sus cenizas en un arroyo que cerca dél pasaba. En verdad que merece, dixo Sancho, el señor Bracamonte remojar el gaznate, segun se le ha enjugado en contar la vida y muerte, osequias y cabo de año de toda la familia flamenca de aquel malogrado caballero: yo reniego de su vengança, y mi anima con la de san Pedro. No dize mal Sancho, dixo uno de los canonigos; porque muy de temer es el fin triste de todos los interlocutores desa tragedia; pero no podran tenerle mejor (moralmente hablando) los principales personages della, habiendo dexado el estado de religiosos que habian empeçado á tomar, pues, como dixo bien el sabio prior al galan cuando quiso salirse de la religion, por maravilla acaban bien los que la dexan. En verdad, dixo don Quixote, que si el señor Japelin acabara tan bien su vida cuanto honrosamente acabó la del adultero soldado, que diera por ser él la mitad del reino de Chipre, que tengo de ganar; pues como muriera, no desesperado como murió, sino en alguna batalla, quedara gloriosisimo; que en fin un bel morir tutta la vita onora. Quiso Sancho salir á contar otro cuento, y impidieronselo los canonigos y su amo, diziendo que despues le contaria; que ahora era bien, guardando el decoro á los habitos religiosos de aquel venerable señor ermitaño, darle la primer tanda. Y asi le suplicaron la aceptase, contandoles algo que fuese menos melancolico que el cuento pasado, y que no pusiese como él las almas de todas las figuras en el infierno; porque era cosa que los habia dexado tristisimos; si bien todos alabaron al curioso soldado de la buena disposicion de la historia, y de la propriedad y honestidad con que habia tratado cosas que de sí eran algo infames. Excusose el ermitaño cuanto pudo, y viendo era en vano, con pretesto de que nadie interromperia el hilo de su historia, empeçó la siguiente, diferente en todo de la pasada, y más en el fin.


CAPITULO XVII

En que el ermitaño da principio á su cuento de los Felizes Amantes.

Cerca los muros de una ciudad de las buenas de España hay un monasterio de religiosas de cierta orden, en el cual habia una, entre otras, que lo era tanto, que no era menos conocida por su honestidad y virtudes, que por su rara belleza: llamabase doña Luisa, la cual, yendo cada dia creciendo de virtud en virtud, llegó á ser tan famosa en ella, que por su oracion, penitencia y recogimiento mereció que siendo de solos veinte y cinco años, la eligiesen por su perlada las religiosas del convento, de comun acuerdo, en el cual cargo procedió con tanto exemplo y discrecion, que cuantos la conocian y trataban la tenian por un angel del cielo. Sucedió pues que cierta tarde, estando en el locutorio del convento un caballero llamado don Gregorio, moço rico, galan y discreto, hablando con una deuda suya, llegó la Priora, á quien él conocia bien por haberse criado juntos cuando niño, y aun querido algo con sencillo amor, por la vecindad de las casas de sus padres; y viendola él, se levantó con el sombrero en la mano, y pidiendola de su salud, y suplicandola emplease la cumplida de que gozaba en cosas de su servicio, le dixo ella: Esté v. m., mi señor don Gregorio, muy en hora buena, y sepamos de su boca lo que hay de nuevo, ya que sabemos de su valor con la merced que nos haze. Ninguna, respondió él, puede hazer quien nació para servir hasta los perros desta dichosa casa: ni sé nuevas de que avisar á v. m., pues no lo seran de que de las obligaciones que tengo á mi prima nacen mis frecuentes visitas, y la que hoy hago es á cuenta de un deudo que le suplica en un papel le regale con no sé que alcorzas, en cambio de ocho varas de un picotillo famoso ó perpetuan vareteado que le envia. Bien me parece, dixo la Priora; pero con todo, v. m. me la ha de hazer á mí de que, en acabando con doña Catalina, se sirva de llevar de mi parte este papel á mi hermana; que basta dezir esto para que sepa en que convento, pues no tengo más que la religiosa, de la cual aguardo ciertas floreras para una fiesta de la Virgen que tengo de hazer, con obligacion de que ha de dar orden v. m. en que se me traigan esta tarde con la respuesta; que por ser el recado de cosa tan justificada, y v. m. tan señor mio casi desde la cuna, me atrevo á usar esta llaneza. Puede v. m., respondió el caballero, mandarme, mi señora, cosas de mayor consideracion; que pues no me falta para conocer mis obligaciones, tampoco me faltará, mientras viva, el gusto de acudir á ellas; que más en la memoria tengo los pueriles juguetes y los asomos que entre ellos dí de muy aficionado servidor dese singular valor, de lo que v. m. puede representarme. Riose la Priora, y medio corriose de la preñez de dichas razones, con que se despidió luego, diziendo lo hazia por no impedir la buena conversacion, y porque le quedase lugar de hazerle la merced suplicada, cuya respuesta quedaba aguardando. Apenas se hubo despedido ella, cuando don Gregorio hizo lo mismo de su prima, deseosisimo de mostrar su voluntad en la brevedad con que acudia á lo que se le habia mandado. Fue al monasterio do estaba la hermana de la Priora, cuyas memorias fueron representando de suerte á la suya su singular perfecion, hermosura, cortesia de palabras, discrecion, y la gravedad y decoro de su persona, juntamente con la prudencia con que le habia dado pie para que, sirviendola en aquella niñeria, la visitase, que con la bateria deste pensamiento se le fue aficionando en tanto extremo, que propuso descubrille muy de proposito el infinito deseo que tenia de servilla, luego que volviese á traelle la respuesta. Llegó con esta resolucion al torno del convento de la hermana; llamola, diole el papel y prisa por su respuesta, y ofreciosele cuanto pudo; y agradeciendo su termino doña Ines (que este era el nombre de la hermana de la Priora), diole la deseada respuesta á él, y á un paje suyo las curiosas flores de seda que pedia, compuestas en un açafate grande de vistosos mimbres. Volvió luego, contentisimo con todo, don Gregorio á los ojos de la discreta Priora, y llegando al torno de su convento y llamandola, pasó al mismo locutorio en que la habia hablado, por orden della, no poco loco del gozo que sintió su animo, por la ocasion que se le ofrecia de explicarle su deseo en la platica, que de proposito pensaba alargar para este efecto, como quien totalmente estaba ya enamorado della. Apenas entró en la grada el recien amartelado mancebo, cuando acudió á ella la Priora, diziendole: A fe, mi señor don Gregorio, que haze fielmente v. m. el ofizio de recaudero, pues dentro de una hora me veo con las deseadas flores, respuesta de mi hermana, y en presencia de v. m., á quien vengo á agradecer como debo tan extraordinaria diligencia. Señora mia, respondió él, por eso dize el refran: Al moço malo ponedle la mesa y enviadle al recaudo. Está bien dicho, replicó ella; pero ese proverbio no haze (á mi juizio) al proposito; porque ni á v. m. tengo por malo ni en esta grada hay mesa puesta, ni es hora de comer; si no es que v. m. lo diga (que á eso obligan esas razones) porque le sirva con algunas pastillas de boca ó otra niñeria de dulce; y si á ese fin se dirige el refran, acudiré presto á mi obligacion con grande gusto. No ha dado v. m. en el blanco, respondió don Gregorio; que sin que hable de pastillas ni conservas, sustentaré facilmente se halla y verifica en este locutorio cuanto el refran dize. ¿Como, respondió doña Luisa, me probará v. m. que es mal moço? Lo más facil de probar, dixo él, es eso, pues malo es todo aquello que para el fin deseado vale poco; y valiendolo yo para cosas del servicio de v. m., que es lo que más deseo, y á quien tengo puesta la mira, bien claro se sigue mi poco valor; y no teniendole, ¿que puedo tener de bondad, si ya no es que la de v. m. me la comunique, como quien está riquisima della y de perfeciones? Gran retorico, dixo la Priora, viene v. m., y más de lo que por acá lo somos para responderle; que, en fin, somos mugeres que no vamos por el camino carretero, hablando á lo sano de Castilla la Vieja; aunque, con todo, no dexaré de obligarle á que me pruebe como se salva lo que dixo, que dexó la mesa puesta cuando fue con el papel que le supliqué llevase á mi hermana, ya que aparentemente me ha probado que es mal moço. Eso, señora mia, respondió él, tambien me será cosa poco dificultosa de probar; porque donde se ve el alegria de los convidados y el contento y regocijo de los moços pereçosos, juntamente con el concurso de pobres que se llegan á la puerta, se dize que está ya la mesa puesta y que hay convite; lo mismo colegí yo del gozo que sentí cuando merecí ver esa generosa presencia de v. m., que se me ofrecia con ella, pues vi en ese bello aspecto, digno de todo respeto, una esplendidisima mesa de regalados manjares para el gusto, pues le tuve y tengo el mayor que jamas he tenido, en ver la virtud que resplandece en v. m., pan confortativo de mis desmayados alientos, acompañada de la sal de sus gracias, y vino de su risueña afabilidad; si bien me acobarda el cuchillo del rigor con que espero ha de tratar su honestidad mi atrevimiento, si ya esa singular hermosura, despertador concertado dél, no le disculpa. Quedosela mirando sin pestañear, dichas estas razones, saltaronseles tras ellas algunas lagrimas de los amorosos ojos, harto bien vistas y mejor notadas de doña Luisa, á cuyo coraçon dieron no pequeña bateria; aunque disimulandola, y encubriendo cuanto pudo la turbacion que le causaron, le respondió con alegre rostro, diziendo: Jamas pensara de la mucha prudencia y discrecion de v. m., señor don Gregorio, que, conociendome tantos años ha, pudiese juzgarme por tan bozal, que no llegue á conocer la doblez de sus palabras, el fingimiento de sus razones y la falsedad de los argumentos con que ha querido probar la suficiencia de mi corto caudal; mas pase por agora el donaire (que por tal tengo cuanto v. m. ha dicho); y pues tiene en esta casa prima de las prendas de doña Catalina, que le desea servir en extremo, no tiene que pretender más, pues cuando lo haga no sacará de sus desvelos sino un alquitran de deseos dificiles de apagar si una vez cobran fuerça, pues la mesma imposibilidad les sirve á los tales de ordinario incentivo, en quien se ceban, pues de contino el objeto presente, que mueve con más eficacia que el ausente á la potencia muestra la suya cuando lucha con los imposibles que tenemos las religiosas. Con esto (pues v. m. me entenderá como discreto) pienso he bastantisimamente satisfecho á las palabras y muestras de voluntad de v. m.; y con ello se despide la mia; pero no de que me mande cosas de su servicio, más conformes á razon y de menos imposibilidad; que haziendolo, podrá v. m. acudir una y mil vezes á probar las veras de mi agradecimiento; y cuando las ocupaciones de mi ofizio me tuvieren ocupada, no faltaran religiosas de buen gusto que no lo estén para acudir en mi lugar á servir y entretener á v. m. Habia estado don Gregorio oyendo esta despedida equivoca con estraña suspension, mirando siempre de hito en hito á quien se la daba; y desocupado de oir, respondió agradecia mucho la merced que se le hazia, pues cualquiera, por pequeña que fuese, le sobraba; pero que entendia quedaba de suerte con la llaga que la vista de sus blancas tocas y bellisimo rostro (manteles ricos de la mesa que de sus gracias habia puesto á su voluntad) le habia causado, que tenia su vida por muy corta si su mano, en quien ella estaba, no le concedia algun remedio para sustentarla. Despidiose la Priora tras esto dél, diziendole se reportase, y fiase lo demas del tiempo y de la frecuencia de las visitas, para las cuales de nuevo le daba licencia. Volviose don Gregorio á su casa tan enamorado de doña Luisa, que de ninguna manera podia hallar sosiego: acostose sin cenar, lamentandose lo más de la noche de su fortuna y de la triste hora en que habia visto el bello angel de la Priora, la cual luego tambien que se apartó dél se subió con el mismo cuidado á su celda, do començó á revolver en su coraçon las cuerdas razones que don Gregorio le habia dicho, las lagrimas que en su presencia y por su amor habia derramado, la aficion grande que le mostraba tener, y el peligro de la vida con que á su parecer iba si no le hazia algun favor; y el ser él tan principal y gentil hombre, y conocido suyo desde niño, ayudó á que el demonio (que lo que á las mugeres se dize una vez, se lo dize á solas él diez) tuviese bastante leña con ello para encender, como encendió, el lascivo fuego con que començó á abrasarse el casto coraçon de la descuidada Priora; y fue tan cruel el incendio, que pasó con él la noche con la misma inquietud que la pasó don Gregorio, imaginando siempre en la traça que tendria para declararle su amoroso intento. Venida la mañana, baxó luego con este cuidado al torno, y llamando una confidente mandadera, le dixo: Id luego á casa del señor don Gregorio, primo de doña Catalina, y dezidle de mi parte que le beso las manos, y que le suplico me haga merced de llegarse acá esta tarde; que tengo que tratar con él un negocio de importancia. Fue al punto la recaudera, cuyo recado recebió don Gregorio con el gusto que imaginar se puede, asentado en la cama; de la cual no pensaba levantarse tan presto, y dixo á la muger: Dezid á la señora Priora que beso á su merced las manos, y que me habeis hallado en la cama, en la cual estaba de suerte, que, á no mandarmelo su merced, no me levantara della en muchos dias, porque el mal con que sali de su presencia ayer tarde me ha apretado esta noche con increible fuerça; pero ya con el recado cobro la necesaria para poder acudir, como acudiré á las dos en punto, á ver lo que manda su merced. Fuese la mandadera, y quedó el amante caballero totalmente maravillado de aquella novedad, y no sabia á que atribuirla: por una parte consideraba el rigor con que el dia pasado le habia despedido; y por otra, el enviarle á llamar tan de prisa para comunicarle (como la mandadera le habia dicho) un negocio de importancia, le aseguraba ó prometia algun piadoso remedio. Aguardaba con sumo deseo el fin de la visita, y llegada la hora de hazella, fue puntualisimamente al convento; y avisando en el torno, y cobrada respuesta en él de que pasase á la grada, fue á ella, do estuvo esperando á que la Priora saliese, haziendosele cada instante de su tardanza un siglo; pero salió dentro de breve rato, risueña y con muestras de mucha afabilidad, diziendole, no sin turbacion interior: No quiere tan mal á v. m. como piensa, mi señor don Gregorio, quien le ha enviado á llamar en amaneciendo con tanto cuidado; pero hanmele causado tan grande las muestras de indisposicion con que v. m. se fue anoche, que temiendo no naciese ella del cansancio tomado en ir y venir del convento de mi hermana á este á mi cuenta, me ha parecido quedaba tambien á ella el saber, lo uno de su salud, y lo otro el divertille esta tarde de la pasada melancolia, causada de mi inadvertencia; que sin duda de la que debi tener en el hablar tomó v. m. ocasion para dezirme aquellas tan amorosas cuanto estudiadas razones con que pretendió darme á entender, á vueltas de aquellas fingidas lagrimas, le desvelaban mis memorias y enamoraban mis cortas prendas; pero no le ha salido mal el intento, si le tuvo de obligarme con eso á que le enviase á llamar, pues en efecto ha salido con él; y si ese ha sido el artificio motriz de aquel fingimiento, digame v. m. agora sin él, pues me tiene presente, su pretension; que para ello le da cumplidisima licencia mi natural vergüença, pues (como dizen) el oir no puede ofender; y hago esto porque, como me dixo v. m. al despedirse, habia yo de ser causa de su temprana muerte, no me ha parecido debia dar lugar á que el mundo me tuviese por homicida de quien tantas partes tiene, y es por ellas digno de vivir los años que mi buen deseo suplica á Dios le dé de vida, confiada en que no perderemos nada los desta casa en que la tenga larguisima quien tan bienhechor es della. Respondiole don Gregorio, cobrando un nuevo y cortes atrevimiento, diziendo: Ha sido tan grande, señora mia, la merced que hoy se me ha hecho y va haziendo agora, y hallome tan incapaz de merecerla, que me parece que aunque los años de mi vida llegasen á ser tantos cuantos prometen los nobles y religiosos deseos de v. m., no podia pagar en ellos, por más que los emplease en servicio de esta casa, la minima parte della; pero ya que no la puedo pagar con caudal equivalente, pagarela, á lo menos, con el que agora corre entre discretos, que es con notable agradecimiento y confesion de perpetuo reconocimiento; aunque quiero que v. m. entienda (y esto sabe el cielo cuanta verdad es) que si no acudiera con la brevedad que acudió con el recaudo y esperanças de su visita, ya no la tuviera yo, ni vida con ella, á la hora presente, segun me apretaba la pasion amorosa que las gracias de v. m. me causan; pero ya de aqui adelante pretendo mirar por mi vida, para tener siquiera qué emplear en servicio de quien tan bien sabe darmela cuando menos la confio; y porque acabe de conocer proseguirá v. m. el hazermela, quiero atrevidamente pedir otra de nuevo, confiado en lo que acaba de dezir, de que gusta de mi vida. Veamos, dixo la Priora, que cosa es, y conforme á la peticion, se podrá facilmente juzgar si será justo concederla ó no: diga v. m. Yo, señora, no pido nada, replicó él; que no querria me sucediese lo de anoche, de dar pesadumbre á v. m. Sin duda, dixo ella, que debe de ser, segun se le haze de mal el dezirlo, algun pie de monte de oro. No es, respondió don Gregorio, sino una mano de plata (que tales son las blanquisimas de v. m.) para besarla por entre esta reja. Aunque haya sido atrevimiento, señor don Gregorio, replicó la Priora, no dexaré de usar desa llaneza y libertad, por haberlo prometido;—y sacando de un curioso guante la mano, la metió por la reja, y don Gregorio, loco de contento, la besó, haziendo y diziendo con ella mil amorosas agudezas, y ella le dixo: Agora ¿estará v. m. contento? Estoylo tanto, replicó el nuevo amante, que salgo de juizio, pues con esto cobro nueva vida, nuevo aliento, nuevo gozo, y sobre todo, nuevas esperanças de que se lograrán más de cada dia las mias; y asi podré dezir está todo mi ser en la mano de v. m., en la cual, como pongo los ojos, pongo y pondré mientras viva mis deseos y memorias. Pues, señor don Gregorio, dixo doña Luisa, ya no es tiempo de disimulacion ni de que v. m. ignore que si me ama con las veras que finge, no haze cosa que no me la deba; y si he disimulado hasta agora, ha sido no con poca violencia de mi voluntad; pero forçabanla el ser muger y religiosa y cabeça de cuantas lo son en esta grave casa, y tambien que deseaba enterarme y ver si la perseverancia confirmaba los asomos del amor que con palabras y lagrimas me començó á mostrar; pero ya que mi ceguera me obliga á que crea lo que tan dificil es de averiguar, digo que soy contentisima de que todos los dias me visite, y aun le suplico lo haga, variando las horas para mayor disimulacion; y advierta v. m. hago más en confesarme ciega y amante, que en cuanto tras eso diere lugar á v. m., pues el mayor imposible que sentimos las mugeres es el haber de otorgar amamos á quien con sola esa confesion suele tomar animo para condenarnos á perpetuo desprecio y desesperados celos: ¡plegue á Dios no me suceda á mí asi! Libertad terná v. m. de hablarme sin impedimento; que el ser priora me da aquella y me quita estos; y crea v. m. que perseverando, pienso serle autora de mayores servicios; y baste por agora, y v. m. se vaya; que quedo confusisima de mi determinacion y de la poca fuerça que en mí siento para resistir á mayores baterias; y lo demas quede para otro dia. Despidieronse con esto, quedando los dos tan enamorados como dirá el suceso del verdadero cuento. Luego començaron á andar los recaudos, los billetes, y á frecuentarse las visitas, enviandose regalos y presentes de una parte y otra con tanta frecuencia, que ya daban de sí no poca nota; si bien, como todos veian la autoridad de la Priora, no reparaban tanto en ello como fuera razon. Duroles este trato por más de seis meses, hasta que, estando los dos un dia hablando en el locutorio, començó don Gregorio á maldezir las rejas, que eran estorbo de que él gozase del mejor bien que gozar podia y deseaba; y lo mesmo dezia ella; que era de suerte su amor, y estaba tan perdida por el moço, y tan otra de lo que solia, y era tan frecuentadora de billetes y ternuras, que hasta el mismo don Gregorio se espantaba de verla tal; y fue de manera, que ella fue quien dió principio á su misma perdicion, pues le dixo esa mesma tarde: ¿Es posible, señor, que mostrandome el amor que me mostrais, seais tan pusilanime y tan para poco, que no deis traça de entrar de noche por alguna secreta parte adonde podamos gozar ambos sin çoçobras el dulce fruto de nuestros amores? ¿No advertis que soy priora y que tengo libertad para poderlo hazer con el debido secreto? Yo, á lo menos, de mi parte, si vos os disponeis para ello, harto bien traçado lo tengo con mi deseo y facilitado con vuestra cobardia; y aun si no fuera ella tanta, podriais sacarme de aqui y llevarme adonde os diese gusto, pues vivo y estoy en todo dispuesta de seguir el vuestro. Maravillado don Gregorio desta determinacion, la respondió: Ya, prenda mia, os he dicho muchas vezes que estoy aparejado para todo aquello que fuere de vuestro entretenimiento y regalo; y asi, pues me enseñais lo que debo hazer, será el negocio desta manera. Yo tomaré dos caballos de casa de mi padre, recogiendo juntamente della todo el más dinero que pudiere, y vendré á la media noche por la parte del convento que mejor y más secreto os pareciere; y saliendo dél, subireis en el uno, yo en el otro, y asi nos iremos juntos á media posta á algun reino estraño, donde, sin ser conocidos, podremos vivir todo el tiempo que nos diere gusto; y vos, pues teneis las llaves del dinero, plata y depositos deste convento, podreis tambien recoger la mayor suma de cosas de valor que podais, para que vamos asi seguros de no vernos jamas en necesidad. Asi me parece bien, replicó ella, que se debe hazer. Quedaron desde luego de concierto de que su ida fuese á la una de la noche del siguiente domingo, despues de dichos los maitines, hora en que el galan sin falta estaria aguardando á la puerta de la iglesia con los caballos; que pues ella se quedaba las noches con las llaves de casa, facilmente podria abrir la sacristia, y salir por ella al dicho puesto por la puerta principal de la iglesia, con presupuesto de caminar la misma noche diez ó doze leguas á toda deligencia, para que cuando los echasen menos fuese más dificultoso el hallarlos. Con este concierto y con el de que don Gregorio le enviaria bien envueltos, como si fuese colgadura, unos curiosos vestidos de dama con que saliese, se despidieron; y en haziendolo, començó la Priora á dar orden en su partida, cosiendo en un honesto faldellin que habia de llevar debaxo, las doblas que pudo recoger, que no fueron pocas, poniendo en una bolsa otra gran cantidad de moneda de plata, para llevarla más á mano; de suerte que sacó del convento entre moneda y joyas más de mil ducados. La mesma prevencion hizo don Gregorio, el cual, contrahaziendo las llaves de ciertos cofres de su padre, sacó dellos más de otros mil ducados, sin otra gran cantidad de dineros que pidió prestados á amigos; que con la confianza de que era hijo unico y mayorazgo de caballeros de más de tres mil de renta, fue facil hallar algunos que se los prestasen. Llegado el concertado domingo, á las doze de media noche, hora de universal silencio por la seguridad que dan los primeros sueños, que, por serlo, son más profundos, se baxó don Gregorio con la aprestada maleta de lo que habia de llevar, á la caballeriza, y ensillando en ella dos de los mejores caballos, sin ser de nadie sentido se salió de casa, y fue al monasterio, do estuvo aguardando en la puerta de la iglesia á que su querida doña Luisa saliese, la cual, acabados los maitines, se volvió á su celda, y quitandose en ella los habitos, se vistió las ropas de secular que don Gregorio le habia enviado, y tenia en un arca, como queda dicho; y poniendo las de religiosa sobre una mesa, y dexando alli una bien larga carta escrita de la causa que sus amores le dieron para irse (como se iba) con don Gregorio, dexó, ni más ni menos, alli una vela encendida, con el breviario y rosario, de quien siempre habia sido devotisima, y por él lo habia sido en sumo grado de la Virgen, señora nuestra, toda su vida; y tomando tras esto un gran manojo de llaves, las cuales eran de toda la casa y de la iglesia, se salió de la celda lo más pasito que le fue posible, y se fue por el claustro, y baxó á la sacristia; y abriendola sin ser sentida, salió al cuerpo de la iglesia con las llaves en la mano; y habiendo de pasar al salir della por delante de un altar de la Virgen benditisima, de cuya imagen era particular devota, y le celebraba todas las fiestas suyas con la mayor solenidad y devocion que podia, á la que llegó delante della, se hincó de rodillas, diziendo con particular ternura interior y notable cariño de despedirse della, privandose del verla, porque era la cosa que más queria en esta vida: Madre de Dios y Virgen purisima, sabe el cielo y sabeis vos cuanto siento el ausentarme de vuestros ojos; pero estan tan ciegos los mios por el moço que me lleva, sin hallar fuerças en mí, con que resistir á la pasion amorosa que me lleva tras sí, voy yo tras ella sin reparar en los inconvenientes y daños que me estan amenaçando; pero no quiero emprender la jornada sin encomendaros, Señora, como os encomiendo con las mayores veras que puedo, estas religiosas que hasta ahora han estado á mi cargo: tenedle pues dellas, Madre de piedad, pues son vuestras hijas, á las cuales yo, como mala madastra, dexo y desamparo: amparadlas, digo, Virgen santisima, por vuestra angelica puridad, como verdadero manantial de todas las misericordias, siendo como sois la madre de la fuente dellas: de Cristo, digo, nuestro Dios y Señor. Volved y mirad, os suplico otra vez, en mi lugar, por estas siervas vuestras que aqui quedan, más cuidadosas de su limpieza y salvacion que yo, que voy despeñandome tras lo que me ha de hazer perder lo uno y lo otro, si vos, Señora, no os apiadais de mí; pero confio que lo hareis, obligada de vuestra inexplicable y natural piedad y de la devocion con que siempre he rezado vuestro santisimo rosario. Y dicha esta breve oracion, y hecha tras ella una profunda reverencia á la imagen, abrió el postigo de la iglesia, y abierto, se volvió á dexar las llaves delante del dicho altar de la Virgen, tras lo cual se salió á la calle, entornando tras sí la puerta. Apenas estuvo fuera della, cuando le salió al encuentro don Gregorio, que la estaba aguardando hecho ojos, y tomandola en braços (tras haberla tenido un breve rato entre los suyos amorosos haziendo desenvolturas que el recelo de no ser vistos le consintió), la subió en el caballo que le pareció más manso, con que començaron luego á caminar de suerte que los vino á tomar el dia seis ó siete leguas lexos de adonde habian salido; y en el primer lugar se proveyeron de todo lo necesario tocante á la comida, con fin de no entrar en poblado, si no fuese de noche, para hurtar asi el cuerpo á la mucha gente que tenian por sin duda iria en su busca. En efeto, señores, que aquella habia profesado y prometido castidad á Dios, y la habia guardado hasta entonzes con notables muestras de virtud, permitiendolo asi su divina Magestad por su secreto juizio y por dar muestras de su omnipotencia (la cual manifiesta, como canta la Iglesia, en perdonar á grandes pecadores gravisimos pecados), y por mostrar tambien lo que con él vale la intercesion de la Virgen gloriosisima, madre suya, y con cuantas veras la interpone ella en favor de los devotos de su santisimo rosario, la perdió por un deleite sensual y momentaneo, yendo á rienda suelta por el camino fragoso de sus torpezas, olvidada de Dios, de su profesion y de todos los buenos respetos que á quien era debia. Mas no hay que maravillarse hiziese esto, dexada de la mano de Dios, pues, como dize san Agustin, más hay que espantarse de los pecados que dexa de hazer el alma á quien desampara su divina misericordia, que de los que comete; que eso, dize David, vozean los demonios, enemigos de nuestra salvacion, al hombre que llega á tal miseria tomando animo por ello de perseguirle, y prometiendose vencerle en todo genero de vicios: Deus dereliquit eum: persequimini et comprehendite eum, quia non est qui eripiat. Continuaron su camino los ciegos amantes, con los justos miedos y sobresaltos que imaginar se pueden de quien anda en desgracia de Dios, algunos dias, sin parar jamas hasta que llegaron á la gran ciudad de Lisboa, cabeça del ilustre reino de Portugal. Alli pues hizo don Gregorio una carta falsa de matrimonio, y alquilando una buena casa, compró sillas, tapices, bufetes, camas y estrado con almohadas para su dama, con el demas ajuar necesario para moblar una honrada casa, comprando juntamente para el servicio della un negro y una negra: cargó tras esto de galas y joyas para adorno suyo y de su bella doña Luisa. Pasaron la vida muchos dias, acudiendo en aquella ciudad á todo cuanto apetecian sus ciegos sentidos, como fuese de entretenimiento, disolucion y fausto, sin perder fiesta ni comedia la gallarda forastera (que asi la llamaban los portugueses) de cuantas en Lisboa se hazian. Paseaba tambien sus calles don Gregorio de dia, ya con una gala y caballo, y ya con otro, gozando sin escrupulo ninguno de conciencia de aquella pobre apostata perlada, olvidado totalmente de Dios y sin rastro de temor de su divina justicia; porque, como dize el Espiritu Santo por boca de Salomon, lo que menos teme el malo cuando llega á lo ultimo de su maldad, es á Dios. Dos años estuvieron en Lisboa los ciegos amantes, gastandolos en la vida más libre y deleitosa que imaginarse puede, pues todo fue galas, convites, fiestas, y sobre todo juegos, á que don Gregorio se dió sin moderacion alguna.


CAPITULO XVIII

En que el ermitaño cuenta la baxa que dieron los Felizes Amantes en Lisboa por la poca moderacion que tuvieron en su trato.