Como el valeroso don Quixote llegó á Madrid con Sancho y Barbara y de lo que á la entrada le sucedió con un titular.

Levantose el valeroso don Quixote de la Mancha la mañana siguiente bien reposado, por haberlo hecho la noche; y llamando á Sancho, mandó adereçase á Rocinante y palafren de la Reina con su rucio, echandoles de comer y ensillandoles mientras el huesped aprestaba el almuerzo que la noche antes habian concertado les aprestase. Hizose todo asi; y almorzando bien de unos pasteles y pollos, rematadas las cuentas y pagadas, subió don Quixote en Rocinante como tenia de costumbre, y la reina Barbara, tapada (con harto cuidado de los de la posada, que procuraban verle la cara, si bien les fue imposible), en su mula, ayudada para ello de Sancho, el cual, repantigandose en el rucio, salió tras su amo y la Reina de la posada y lugar con harta prisa; y fue tanta la que se dieron en el camino, que á las tres y media de la tarde llegaron junto á Madrid, á los caños que llaman de Alcala, habiendo salido della á más de las nueve. Viendo don Quixote el calor que hazia, por consejo de Barbara se determinó apear en el prado de san Hieronimo á reposar y gozar de la frescura de sus alamos, junto al caño Dorado, que llaman, do estuvieron todos hasta más de las seis, con descanso dellos y de las cabalgaduras, paciendo ellas, y durmiendo sus amos á ratos, y á ratos platicando; pero llegadas las seis, como sintiesen la gente que iba saliendo al ordinario paseo del Prado, determinaron subir á caballo y entrarse en la corte; y á la que iban cruzando la calle, viendo don Quixote tanta gente, caballos y carroças, caballeros y damas como alli suelen acudir, se paró un poco, y volviendo la rienda á Rocinante, dió en pasear el Prado sin dezir nada á nadie, apesarados Barbara y Sancho de su humor, y siguiendole por ver si le podrian poner en razon y dandose al diablo viendo que llevaban ya tras si de la primer vuelta más de cincuenta personas, y que se les iban allegando muchos caballeros de los que por alli paseaban, admirados y llenos de risa de ver aquel hombre armado con lança y adarga, y á leer las letras y ver las figuras que en ella traia, por no saber á que proposito traia aquello. Iba don Quixote tanto más ufano cuantos más se le llegaban, é ibase parando adrede para que pudiesen leer los motes que traia en la empresa, sin hablar palabra: otros le daban la vaya cuando le veian con aquella figura y acompañado de la simple presencia de Sancho y de aquella muger atapada, vestida de colorado, atribuyendolo todo á disfraz y á que venian de mascara. Sucedió pues que yendo adelante don Quixote con este paseo y acompañamiento, sin que bastasen á ponerle en razon sus consortes, vió venir una rica carroça tirada de cuatro famosos caballos blancos, á la cual acompañaban más de treinta caballeros á caballo y muchos lacayos y pajes á pie: detuvose don Quixote luego que la vió, en mitad del camino por donde habia de pasar, puesto el cuento de la lança en tierra, esperando con gentil continente. Los que venian con ella, cuando vieron tanta gente junta que tomaba media calle, y vieron juntamente aquel hombre armado de todas pieças y con su grande adarga, se llegaron al que dentro venia, que era un titular grave, que habia salido á tomar el fresco, y le dixeron: Señor, alli abaxo se ve una grande tropa de gente, y en medio della está un hombre armado, con una adarga tan grande como una rueda de molino, y no sabemos, ni nadie sabe quien es ó á que proposito viene de aquella suerte. Cuando esto oyó el caballero, sacó la cabeça fuera de la carroça, y como le vió llegar ya cerca, dixo á un alguazil de corte que iba hablando con él, le hiziese placer de ir á saber que era aquello: fue á verlo, y apenas se apartó de la carroça cuando llegó á ella un lacayo del mismo señor y le dixo: Ha de saber vuesa señoria que aquel hombre armado que alli viene, le vi yo en Çaragoça habrá un mes, cuando fui á llevar el recado del casamiento de vuesa señoria á mi señor don Carlos, en cuya casa comi con su escudero un dia, despues de una famosa sortija que alli hubo en la cual fue convidado este armado, que es medio loco, ó no se como me lo diga; si bien dezian que es rico y honrado hidalgo de no sé que lugar de la Mancha; pero por haberse dado demasiado á leer los fabulosos libros de caballerias que andan impresos, teniendolos por verdaderos, ha quedado desvanecido de manera, que saliendo de su tierra, se le ha antojado que es caballero andante y que anda por tierras ajenas, de la suerte que se ve; y trae por escudero un pobre labrador de su mismo lugar, que es el que viene á su lado en un jumento, unica pieça, y muy gracioso, y grandisimo comedor. Y tras esto le fue contando todo lo que don Quixote habia hecho en Çaragoça con el açotado y lo de la sortija, y como el secretario de don Carlos se habia hecho el gigante Bramidan de Tajayunque, y que sin duda vernia ahora á buscarle á la corte para hazer batalla con él; porque de todo tenia bastantisima noticia el lacayo, por lo que los criados de don Carlos le habian referido. Maravillose mucho el caballero de lo que se le dezia de aquel hombre, y propuso luego llevarsele á su casa aquella noche con la compañia que traia, para divertirse con ellos. Estando en esto, volvió el alguazil á la carroça y dixo: Es, señor, aquel hombre una de las más raras figuras que vuesa señoria ha visto: llamase, segun dize, Caballero Desamorado, y trae en la adarga ciertas letras y pinturas ridiculas; y juntamente viene con él una muger vestida toda de colorado, la cual dize que es la gran Zenobia, reina de las Amazonas. Pues guien hazia allá la carroça, dixo el señor, y veremos qué es lo que dize. Ya que llegaban cerca dél, tiró don Quixote de la rienda de Rocinante, y llegose á un lado de la carroça, y puesto en presencia del caballero, dixo con voz arrogante, que lo oyesen los circunstantes: Inclito y soberano principe Perianeo de Persia, cuyo valor y esfuerço tuvo á costa suya bien experimentado el nunca vencido don Belianis de Grecia, vuestro mortal enemigo y competidor sobre los amores de la sin par Florisbella, hija del emperador de Babilonia, á quien en muchos y varios lugares diste bien que entender, haziendo con él singular batalla, sin hallarse entre los dos jamas ventaja alguna, asistiendo de vuestra parte el prudentisimo sabio Friston, mi contrario: yo, como caballero andante, amigo de buscar las aventuras del mundo y probar las fuerças de los bravos y valerosos jayanes y caballeros, he venido hoy á esta corte del rey Catolico, do habiendo llegado á mis oidos el gran valor de vuestra persona, y siendo tal cual yo he muchas vezes leido en aquel autentico libro, me ha parecido me seria mal contado si dexase de probar mi ventura con vuestro invencible esfuerço hoy aqui en aqueste Prado, delante de todos estos vuestros caballeros y de la demas gente que nos está mirando; y esto hago porque soy unico y singular amigo y aficionado al principe don Belianis de Grecia por muchas razones: la primera, por ser él cristiano y hijo tambien de emperador cristiano, y vos pagano, de las casas y casta del emperador Oton, gran turco y soldan de Persia; y la segunda, por quitar de delante á aquel grande amigo mio un estorbo tan grande como vos sois, para que asi con mayor facilidad pueda gozar de los sabrosos amores que con la infanta Florisbella tiene pues se ve y sabe clarisimamente que la merece mucho mejor que vos, á quien no faltaran otras turcas hermosas con quien podais casar; que no es posible dexe de haber muchas en vuestra tierra; y dexar á Florisbella para don Belianis de Grecia, mi amigo; y si no salis luego de vuestra carroça, y subis luego en vuestro preciado caballo, en poniendoos vuestras encantadas armas, para pelear conmigo, mañana publicaré delante de toda esta corte y de su rey vuestra cobardia y poco animo, despues de haber muerto al gigante Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre, y al hijo alevoso del rey de Cordoba: por tanto respondedme luego con brevedad, y si no, daos por vencido, y yo me iré á buscar otras aventuras. Maravillaronse todos de los disparates que habian oido dezir á don Quixote, y començaron á hablar sobre ellos unos con otros riendo dél y de su figura; pero Sancho, que habia estado muy atento á lo que su amo habia dicho, se llegó, caballero en su asno, junto á la carroça, diziendo: Señor Perineo, v. m. no conoce bien á mi amo como yo le conozco; pues sepa que es hombre que ha hecho guerreacion con otros mejores que v. m., pues la ha hecho con vizcainos, yangüeses, cabreros, meloneros, estudiantes, y ha conquistado el yelmo de Membrillo, y aun le conocen la reina Micomicona, Ginesillo de Pasamonte, y lo que más es, la señora reina Segovia, que aqui asiste; y aun es hombre que en Çaragoça acometió á más de docientos que llevaban un açotado, como ya sabran por acá: por tanto mire que tenemos mucho que hazer, y las cabalgaduras vienen cansadas; yo y la señora Reina vamos con alguna poquilla de hambre: dese pues por las entrañas de Dios por vencido, como mi amo le suplica, y tan amigo como de antes, y no busque tres pies al gato, pues si los desta tierra son como los de la mia, no tienen menos que cuatro: dexenos ir con Barrabas á nuestro meson, y v. m. y estos herejes de Persia, su patria, quedense mucho de noramala. El caballero dixo al alguazil que con él iba, le respondiese de su parte, y se le llevase aquella noche á su casa. El lo hizo, diziendo á don Quixote: Señor Caballero Desamorado, en extremo holgamos todos los circunstantes de haber visto y conocido hoy en v. m. á uno de los mejores caballeros andantes que en el felize tiempo de Amadis y en el de Febo hallarse pudieron en Grecia; y doy gracias á los dioses, pues siendo paganos nosotros, como denantes dixo, habemos merecido ver en esta corte al que tanta fama y nombre tiene en el mundo, y excede á todos cuantos hasta hoy hayamos oido visten duras armas y suben en poderosos caballos; por tanto, excelso principe, aqui el señor Perianeo aceta de muy buena gana la batalla con v. m.; no porque della pretenda salir con vitoria, sino para poderse alabar donde quiera que se hallare (dexandole empero v. m. con la vida) de haber entrado en batalla con el mejor caballero del mundo, y de quien el ser vencido resultará infinita gloria suya y lustre de su linage; pero la batalla, si á v. m. le parece, será el dia que esta noche concertaremos en su casa, en la cual él y yo hemos de recebir merced que vuesa alteza y toda su compañia se vayan á alojar, donde los regalará y servirá con mucho cuidado, en particular á la señora reina Zenobia, á quien desea en extremo conocer; y asi la ruega que, para que todos demos gracias á los dioses en ver su peregrina hermosura, sea servida de descubrir el rostro y quitar la nube que de aquesos sus dos bellos soles está puesta, para que su resplandor alumbre la redondez de la tierra, y haga detener al dorado Apolo en su luminosa esfera, admirado de ver tal belleza, bastante á darle nueva luz á él, pues es cierto vencerá la de su bella Dafne. Don Quixote se llegó á ella, diziendo que en todo caso descubriese el rostro delante del principe Perianeo de Persia; que importaba mucho. Rehusabalo ella, como discreta, cuanto podia; pero Sancho, que habia estado repantigado en el asno, sin quitarse jamas la caperuça, se llegó al estribo de la carroça y dixo: Señor pagano, yo y mi señor don Quixote de la Mancha, Caballero Desamorado por mar y tierra, dezimos que besamos á vs. ms. las manos por el servicio que nos haze en convidarnos á cenar á su casa, como lo hizo en Çaragoça don Carlos, que buen siglo haya; y digo que iremos de muy buena gana todos tres en cuerpo y en alma, asi como estamos; pero la señora reina Segovia desde alli donde está me haze del ojo, diziendo que no puede por agora descubrir la cara, hasta que se ponga la otra de las fiestas, que es muy mejor que la que agora tiene: por tanto v. m. perdone. En esto se llegó más cerca por el otro lado á la carroça don Quixote, tirando de la rienda á la mula de Barbara, á la cual, mal de su grado, traia ya descubierta la cara, más propria para hazer acallar niños por su mala cara, que para ser vista de gentes; á la cual como viesen todos los circunstantes tan fea y arrugada, y por otra parte con el chincharron mal zurcido y peor apuntado, no pudieron detener la risa; y viendo Sancho que el caballero de la carroça se la estaba mirando de espacio, y se santiguaba viendo su fealdad y locura de don Quixote, dixo: Bien haze v. m. de persinarse, porque no hay caso en el mundo mejor, segun dize el cura de mi lugar, para hazer huir á los demonios; que aunque la señora Reina no lo es por agora, podria ser, si Dios le diese diez años de vida sobre los que tiene, faltarle poco para serlo. El caballero, disimulando cuanto pudo, dixo á Barbara: Por cierto, señora reina Zenobia, que ahora digo muy de veras que todo lo que el señor Caballero Desamorado nos ha dicho de v. m. es mucha verdad, y que él se puede tener por dichoso en llevar consigo tanta nobleza por el mundo, para afrentar y correr á todas las damas que hay en él, especialmente en esta corte: por tanto v. m. nos diga de donde es, y adonde va con este valiente caballero, si es servida; porque esta noche v. m. y él y este buen hombre, que dize las verdades desnudas, han de ser mis huespedes y convidados. Barbara le respondió: Señor, si v. m. es servido, yo no soy la reina Zenobia, como este caballero dize, sino una pobre muger de Alcala, que vivo del trabajo de mi honrado ofizio de mondonguera; y por mi desgracia un bellaco de un estudiante me sacó, ó por mejor dezir, me sonsacó de mi casa; y llevandome á la de sus padres, con nombre de que se queria casar conmigo, me robó cuanto tenia en un pinar, dexandome atada á un pino en camisa; y pasando este caballero con cierta gente, me desataron y llevaron á Sigüença; y el señor don Quixote, que es el que viene armado (andaba en esto don Quixote enseñando á unos y á otros las pinturas de su adarga, ufano de que tantos le mirasen), á quien falta tanto de juizio cuanto le sobra de piedad, me hizo este vestido y me compró esta mula en que llegase á Alcala, llamandome por todos los lugares, caminos y ventas la reina Zenobia, y sacandome algunas vezes á las plaças para defender, como él dize, mi hermosura, siendo tal por mis pecados como vuesa señoria ve; y agora, queriendome quedar en mi tierra, me ha persuadido á que venga á la corte, donde dize que ha de matar á un hijo del rey de Cordoba, y á un gigante, que es rey de Chipre, y que á mi me ha de hazer reina de aquel reino; y yo, por no ser desagradecida á las mercedes que me ha hecho, he venido con él, con intento de volver lo más presto que pudiere á mi tierra. Y mire vuesa señoria si manda otra cosa; que me quiero ir; que parece que estos señores que estan presentes se rien mucho, y podrian dar ocasion á don Quixote con su risa á que, como loco, hiziese alguna necedad. Volvió en esto la rienda á la mula, y fuese para donde don Quixote estaba; y Sancho dixo al titular: Ya ve v. m., señor mio, como la señora Reina es una buena persona, á quien Dios eche en aquellas partes en que más della se sirva; y perdonenos si ella no tiene tan buen hocico como mi amo ha dicho y v. m. merece; pues suya es la culpa, suya es la gran culpa, porque yo le he dicho muchas vezes que por que no procuraba que aquel persignum crucis que tiene en la cara, se le dieran en otra parte, pues fuera mejor donde no se echara tanto de ver; y ella dize que á quien dan no escoge; por tanto, v. m. se venga luego; que ya se acerca la noche para cenar, y á fe que por la gracia de Dios no he menester yo agora más mostaça ni perejil para hazello famosamente, que el apetito que traigo. Con esto, sin más cortesia, començó á arrear su asno, y fuese para donde estaba Barbara y don Quixote con toda aquella gente, á la cual tenia suspensa con un largo razonamiento de Rasura y Lain Calvo, diziendo que les habia conocido, y que era gente muy honrada y para mucho; pero que ninguno dellos llegaba á su persona, porque él era Rodrigo de Vivar, llamado por otro nombre el bravo Cid Campeador. Oyole Sancho estas ultimas razones, y dixo: ¡Oh reniego de cuantos Cides hay en toda la cideria! ¡Venga, señor! Pecador soy yo á Dios; que estas pobres cabalgaduras estan de suerte que no pueden echar la palabra del cuerpo, segun estan de cansadas y muertas de hambre. ¡Que mal, oh Sancho, respondió don Quixote, conoces tú á este caballo! Yo te juro que si le preguntases, y él te supiese responder, cual quiere más, estar escuchando lo que yo digo de guerras, batallas y noblezas de caballeros, ó media hanega de cebada, que él diria que gusta sin comparacion más de que hable de aqui al dia del juizio, que no de comer ni beber; y es cierto se estaria dias y noches escuchandome con mucha atencion. Estando en esto, llegó un criado del titular diziendo á don Quixote: Señor Caballero Desamorado, mi señor le suplica se venga conmigo á su casa, porque quiere que v. m., la reina Zenobia y su fiel escudero sean sus huespedes y convidados esta noche y en todos los demas dias que á v. m. le plugiere, hasta que se remate el desafio á que le tiene aplaçado. Señor caballero, respondió don Quixote, con notable gusto iremos á servir al principe Perianeo: por tanto no hay sino guiar hazia allá; que todos iremos siguiendo.


CAPITULO XXX

De la peligrosa y dudosa batalla que nuestro caballero tuvo con un paje del titular y un alguacil.

El criado, don Quixote, Sancho y Barbara començaron á caminar hazia casa del titular que les habia convidado, con no poca admiracion de cuantos los topaban por las calles, ni menor trabajo del criado en dezir á unos y á otros el humor y nombre del armado, y calidad de la dama, y adonde y para qué fin los llevaba. Con esta molestia los entró en casa de su señor, y mandando dar recado á las cabalgaduras, los subió luego á los tres á un rico aposento, diziendo á don Quixote: Aqui, señor caballero, puede v. m. reposar, quitarse las armas y asentarse en esta silla hasta que mi señor venga; que no puede tardar mucho. A la cual respondió don Quixote que no estaba acostumbrado á desarmarse jamas por ningun caso, y menos en tierra de paganos, donde no sabe el hombre de quien se ha de fiar ni lo que puede facilmente suceder á los caballeros andantes, en deshonor del valor de sus personas. Señor, replicó el criado, aqui todos somos amigos, y deseamos servir á los caballeros de la calidad de v. m., y asi bien puede estar en esta casa sin cuidado ni recelo de contraria fortuna. Pero viendo que todavia porfiaba en no quererse desarmar, se fue diziendo hiziese su gusto y aguardase á que su señor viniese, dexandolos con un paje de guarda para mayor seguridad de que no saliesen de casa. Començose don Quixote á pasear por la sala, y viendose Barbara con buena ocasion y á solas para hablarle, lo hizo diziendole: Yo, señor don Quixote, he cumplido mi palabra en venir con v. m. hasta la corte; y pues ya estamos en esta, le suplico me despache lo más presto que pudiere, porque tengo de volverme á mi tierra á negocios que me importan; tras que temo, lo que Dios no quiera, que aquel alguazil que iba con el señor de la carroça, á quien v. m. llamaba principe de Persia, nos ha hecho traer á esta casa para saber quien es v. m. y quien soy yo; y es cierto que viendo como ando en compañia de v. m., ha de pensar que estamos amancebados, y nos haran llevar á la carcel publica, donde temo seremos rigurosamente castigados y afrentados; y v. m. creame, y guardese no le pongan en ocasion de gastar en ella ese poco dinero que le queda; y despues, cuando quiera, volviendo sobre si, meterse en su tierra, no se vea forçado á haber de mendigar: por eso mire lo que en este negocio debemos hazer, pues en todo seguiré de bonisima gana su parezer. Señora reina Zenobia, dixo don Quixote, yo se claramente que el caballero que iba en la carroça es el principe Perianeo de Persia, y el que llama alguazil es un escudero honrado suyo: por tanto pierda v. m. el miedo: estese conmigo, por me hazer placer, siquiera seis dias en esta corte; que despues yo proprio la volveré á su tierra con más honra que piensa. Par Dios, señor don Quixote, dixo Sancho estando en estas razones, que aquel que iba en la carroça, que nosotros llamamos pagano, oi dezir á no sé cuantos que era un no sé quien, si sé quien, hombre bonisimo y cristiano; y á fe que me lo parece, lo uno por su caridad, pues nos ha convidado á cenar y á comer con tanta liberalidad; lo otro porque si él fuera pagano, claro está que estuviera vestido como moro, de colorado, de verde ó amarillo, con su alfanje y turbante; pero él está, cual Dios le hizo y su madre le parió y v. m. ha visto, todo vestido de negro, y todos cuantos le acompañaban iban de la misma suerte; y más, que ninguno hablaba en lengua paganuna, sino en romance, como nosotros. Porfió á esto don Quixote con colera, diziendo: Pues aunque tú y la Reina digais lo que quisieredes, él es sin falta ninguna el que ya tengo dicho. Entonzes Barbara llamó al paje que estaba á la puerta, y le dixo: Diganos, señor mancebo, aquel señor que iba en la carroça por el Prado, acompañado de tanta gente, á quien este caballero y yo hablamos, ¿quién es? El paje le respondió quien era y su calidad, y como los habia mandado expresamente traer á su casa. ¿Y que nos quiere hazer? replicó Sancho; no nos veamos en otra tribulacion como en la que yo me vi en la carcel de Sigüença, tan cargado de piojos, que, aun de los que me quedan desde entonzes, podria hinchir media dozena de almohadas. Ninguna cosa pretende mi señor, respondió el paje, sino tener con vs. ms. algun buen rato de entretenimiento, y regalarles. Veni acá, paje, dixo don Quixote: ¿vuestro amo no se llama Perianeo de Persia, hijo del gran soldan de Persia y hermano de la infanta Imperia, competidor del nunca vencido don Belianis de Grecia? Riose muy de proposito el paje cuando oyó tantos disparates, y respondiole: Ni mi señor es principe de Persia ni turco, ni en su vida estuvo allá ni vió á don Belianis de Grecia, cuyo libro mentiroso tengo yo en mi aposento. ¡Oh paje vil y de infame ralea! dixo don Quixote: ¡y mentiroso llamas á uno de los mejores libros que los famosos gregos escribieron! Tú y el barbaro turco de tu amo sois los mentirosos, y mañana se lo haré yo confesar á él, mal que le pese, delante del Rey, con los filos desta espada. Digo, respondió el paje, que mi señor es muy buen cristiano, caballero de lo bueno, y conocido en España; y quien lo contrario dixere, miente y es un bellaco. Don Quixote, que tal oyó, metió mano á su espada y se fue, hecho un rayo, para el paje. El, en viendolo, se baxó por la ancha escalera á la calle, y saliendo á su puerta, dezia á vozes: Salga el bellaco que pone lengua en mi señor; que yo haré que le cueste caro. Y diziendo y haziendo tomó una piedra de la calle contra don Quixote, el cual salió tambien á ella armado como estaba; y con la espada en la mano y cubierto con su adarga, se fue contra el paje, el cual anticipandose en la ofensa, le tiró la piedra que tenia, con tal furia, que le dió con ella tal y tan desatinado golpe, que á no hallarle el pecho armado le pusiera la vida en contingencia. Al ruido y vozes que todos daban se llegó mucha gente; y como vieron aquel hombre armado con la espada y adarga, amenazando y aun arremetiendo al paje del conocido titular, no sabian que se dezir. Llegaron dos alguaziles con sus corchetes luego al corrillo, y viendo lo que pasaba, se le acercó el uno, é intentando quitarle la espada, le dixo: ¿Que hazeis, hombre de Barrabas? ¿Estais loco? ¡En tal puesto y contra paje de persona de prendas tales, cual es el dueño dél y de esta casa, meteis mano! Venga la espada luego, y venios á la carcel; que á fe que os acordareis de la burla más de cuatro pares de dias. No respondió palabra don Quixote, sino que echando un pie atras y levantando la espada, dió al bueno del alguazil una gentil cuchillada en la cabeça, de la cual le començó á salir mucha sangre. Viendo esto el herido alguazil, començó á dar vozes diziendo: ¡Favor á la justicia; que me ha muerto este hombre! Llegaronse al ruido mil corchetes y alguaziles y otras personas, metiendo todos mano á sus espadas contra don Quixote, el cual con mucha alegria dezia: Salga Perianeo de Persia con todos sus aliados; que yo les daré á entender que él y cuantos en esta casa viven son perros enemigos de la ley de Jesucristo. Y con esto arrojaba á dos manos cuchilladas á todas partes. El pobre Sancho estaba á la puerta mirando lo que su amo hazia, y dixo en voz alta: Eso si, señor don Quixote, no se dé por vencido á esos bellacos de turcos, que le llevaran al Alcoran, y le circuncidaran mal que le pese, y despues le pondran á los pies unas trabas de hierro, como á mi en Sigüença. En esto cargó tanta gente sobre nuestro buen hidalgo, que á pesar suyo le quitaron la espada, y agarrandole media dozena de corchetes, le ataron las manos atras. Acertó á pasar por alli, cuando andaba en esta refriega, que era al anochecer, un alcalde de corte en su caballo, el cual viendo tanta gente junta, preguntó qué era la causa de aquello, y uno de los circunstantes le dixo: Señor, una grandisima desvergüença; que un hombre armado de todas pieças ha entrado en esta casa, do vive, como v. m. sabe, tal titular, y ha querido matar en ella un paje suyo, y queriendole prender ciertos alguaziles por ello y la resistencia que les hazia, temerariamente ha dado á uno de ellos una muy buena cuchillada. ¡Mal caso! respondió el alcalde de corte; y llegando donde los corchetes tenian á don Quixote sin poderle llevar, segun se resistia, mandó que le dexasen; y asi le levantaron de tierra, y puesto en pie, atadas las manos atras, le dixo el alcalde, maravillado de verle de aquella suerte y con tanta colera. Veni acá, hombre del diablo: ¿de donde sois y como os llamais, que tanto atrevimiento habeis tenido en casa de dueño de tan ilustres cualidades? Don Quixote le respondió: Y vos, hombre de Lucifer, que eso preguntais, ¿quién sois? Lo que habeis de hazer es ir vuestro camino adelante mucho de noramala, y no meteros en lo que no os va ni os viene; que yo quien quiera que fuere, soy cien vezes mejor que vos y la vil puta que os parió, y os lo haré confesar aqui á vozes, si hubo en mi preciado caballo y tomo la lança y adarga que aquesta soez y vil canalla me ha quitado; pero yo les daré el castigo que su loco atrevimiento merece, en matando al rey de Chipre Bramidan de Tajayunque, con quien tengo aplaçada batalla delante del rey Catolico; y juntamente tomaré vengança del principe Perianeo de Persia, cuyas son estas casas, si no castigara la descortesia que los de su real palacio me han hecho, siendo yo Fernan Gonçalez, primer conde de Castilla. Maravillose el alcalde de corte de oir los disparates de aquel hombre; pero uno de los corchetes dixo: V. m., señor, crea que este hombre es más bellaco que bobo, y ahora que ha hecho el disparate y lo conoce, se haze loco para que no le llevemos á la carcel. Ahora sus, dixo el alcalde de corte, llevenle á ella, y ponganle á buen recado hasta mañana que salga á la audiencia y se vea su pleito. Con esto le començaron á asir los corchetes, resistiendose él cuanto podia. Sucedió pues que á esta hora, que ya eran cerca de las nueve, llegó el titular á la puerta de su casa con mucho acompañamiento, y como vió tanta gente junta en su calle, preguntó la causa, y llegandose á él el alcalde de corte, le contó cuanto aquel hombre armado habia hecho y dicho. En oyendolo, se rió mucho el titular dello, y refiriendo al alcalde lo que don Quixote era, y como por su orden le habian traido á su casa, le suplicó le soltase, dandoselo como en fiado; que él se obligaba á entregarsele siempre que le requiriese ó constase que no era lo que le contaba, obligandose juntamente á todos los daños y costas de la cura del alguazil y á satisfacerle bastantemente. Lo mismo le rogaron todos los circunstantes que le acompañaban, deseosos de pasar la noche con el entretenimiento que les prometia el humor del preso y de los que venian en su compañia. Viose obligado el alcalde, viendo los ruegos y seguridades que le daban gente tan principal, á condescender con su deseo; y asi mandó á los corchetes le soltasen y entregasen al dicho titular, el cual viendole libre, le dixo: ¿Que es esto, señor Caballero Desamorado? ¿Qué aventura es esta que le ha sucedido? Respondió don Quixote: ¡Oh mi señor Perianeo de Persia! No es nada: que como toda esta gente es gente bahuna, no he querido hazer batalla con ella, aunque creo que alguno ha llevado ya el pago de su locura. En esto llegó Sancho, el cual estaba de lexos mirando todo lo que su amo habia padecido; y quitandose la caperuça, dixo: ¡Oh señor principe! Su merced sea bien venido para que libre á mi señor destos grandisimos bellacos de alcaldes, peores que el de mi tierra, pues se han atrevido á quererle llevar agarrado á la carcel, cual si no fuera tan bueno como el rey y el papa y el que no tiene capa; que he visto el negocio de suerte, que si no fuera por v. m., creo que sin duda lo efectuaran y aun yo, á no temerles, les diera dos mil moxicones. Bien podeis creer, amigo, dixo el caballero, que si no lo fuera yo tanto del alcalde de corte como lo soy, y el respeto que él, como tal, me tiene, que lo pasara mal el señor don Quixote:—á quien asiendo de la mano tras esto, dixo: Venga v. m., señor principe de Grecia, y entre en mi casa; que en ella todo se hará bien, y los bellacos de sus contrarios seran castigados como merecen. Y despidiendose con mucho comedimiento de algunos de los que le acompañaban, como lo habia hecho ya del alcalde, se subió arriba con don Quixote y con Sancho. Quedaronse los corchetes hechos unos matachines en la calle sin su presa, y pasmados de ver que el titular llevase aquel hombre á su lado llamandole principe.


CAPITULO XXXI

De lo que le sucedió á nuestro invencible caballero en casa del titular, y de la llegada que hizo en ella su cuñado don Carlos en compañia de don Alvaro Tarfe.

En subiendo arriba, dió orden el señor á su mayordomo llevase á cierto cuarto á don Quixote, Barbara y á Sancho, y les diese bien y abundantemente de cenar; y habiendolo ellos hecho, y lo mismo él, mandó al mismo mayordomo le sacase en su presencia á Barbara, para dar principio al entretenimiento que pensaba tener él y los que habian cenado en su compañia, que eran algunos caballeros, con los dislates de don Quixote, confiando les daria cuenta de su principio y causa la dicha Barbara. Baxó pues ella, no poco turbada y medrosa de verse llamar á solas; y puesta en presencia de los caballeros, la dixo el que la habia hospedado: Diganos la verdad desnuda, señora reina Zenobia, de su vida y de la deste galan y valeroso caballero andante que tanto la cela y defiende. La mia, señores ilustrisimos, es la que tengo dicha en el Prado, breve y llena de altos y baxos, como tierra de Galicia. Barbara de Villalobos me llamo, nombre heredado de una agüela que me crió, buen siglo haya, en Guadalaxara; vieja soy, moça me vi, y siendolo, tuve los encuentros que otras, no faltandome quien me rogase y alabase, ni á mí me faltaron los ordinarios desvanecimientos de las demas mugeres, creyendo aun más de lo que me dezia de mi talle y gracia el poeta que me la celebraba; pues lo era el bellacon que á cargo tiene mi pudicicia: entreguesela, y entreguemele amandole, y mintiendo á las personas que me pedian de derecho cuenta de mis pasos. Supieronse presto en Guadalaxara los en que andaba; que no hay cosa más parlera que una muger, perdido el recato, pues en lengua, manos, pies, ojos, meneos, trage y galas trae escrita su propia deshonra: sintió mi agüela la mia á par de muerte, y murió presto del sentimiento: tuvele yo grande por ello, y más porque mi Escarraman me habia ya dexado. Hube de heredarla; vendi los muebles y hize todo el dinero que pude dellos, con que me baxé á Alcala, do he vivido más de veinte y seis años, ocupada en servir á todo el mundo, y más á gente de capa negra y habito largo; que en efecto soy naturalmente inclinada á cosa de letras; si bien las mias no se extienden á más que á hazer y deshazer bien una cama, á adereçar bien un menudo, por grande que sea, y sobre todo, á dar su punto á una olla podrida, y abahar de populo barbaro una escudilla de repollo, sopas y caldo. Lo demas de la desgracia ultima que me sacó de aquella vita bona, ya se lo tengo dicho á vuesa señoria en el Prado, y le he dado cuenta de cómo crei al socarron del aragones, que me dió á entender se casaria conmigo si, vendidos mis muebles, le seguia hasta su tierra; mejor le siga la desgracia, que él cumplió lo prometido: yo si que fui tonta, y asi es bien que quien tal haze que tal pague. Metiome en un pinar, y hurtome cuanto llevaba, dexandome aporreada y maniatada en camisa; pasó por alli este locazo mentecato de manchego con el tonto de Sancho Pança y otros que iban con ellos, y sintiendo mis lamentos, me desataron y ampararon, trayendome consigo hasta Sigüença, do me vistió don Quixote de la ropa que traigo, con que me veo obligada á acompañarle hasta que se canse de llamarme reina Zenobia, y de sufrir él y su escudero los porrazos é injurias que los he visto sufrir en Sigüença y en la venta vecina de Alcala, do el autor de tal compañia de comediantes les apuró de suerte, que por poco acabaran con sus desventuradas aventuras. Refirió tras esto cuanto en la venta y en Alcala les habia sucedido, hasta llegar al Prado, con un desenfado y donaire que á todos les admiró y provocó á risa. Mandaron para cumplimiento de la farsa baxar á don Quixote y á Sancho; y puestos ambos en su presencia, el uno armado y el criado encaperuçado, dixo el titular á don Quixote: Bien sea venido el nunca vencido Caballero Desamorado, defensor de gente menesterosa, desfazedor de tuertos y endilgador de justicias. Y asentandole junto á sí, y á Barbara á su lado, que no se quiso asentar de otra suerte, prosiguió, estando la sala llena de la gente de casa, que perecia de risa: ¿Cómo le va á v. m. en esta corte desde que está en ella? Denos razon de lo que siente de su grandeza, y perdoneme el atrevimiento que he tenido en querer alojar en mi casa personas de tan singular valor, cual son v. m. y la señora reina de las Amazonas, recebiendo la voluntad con que le sirvo, pues ella suple la falta de las obras. Esa recibo, respondió don Quixote, invicto principe Perianeo, y lo mismo haze la poderosa reina Zenobia, que aqui asiste honrando esta sala; y tiempo vendrá en que yo pague tan buenos servicios con ventaja, y será cuando yendo con el duque Alfiron persiano á la gran ciudad de Persepolis, le haga casar á v. m. á pesar de todo el mundo con su bella hermana, llamandome entonzes yo, por la imagen que traeré en el escudo, el Caballero de la rica Figura, pues será la que llevaré pintada al vivo en él, de la infanta Florisbella de Babilonia. Suplico á v. m., dixo el titular, que era hombre de gallardo humor, no toque esa tecla de la infanta Florisbella, pues sabe que yo ando muerto por sus pedazos; y hagame merced de que se quede este negocio aqui; que presto se averiguará la justicia de mi pretension en esta parte, entrando con v. m. en la batalla campal que tengo aplaçada. Su execucion insto, replicó don Quixote, y barras derechas. Salió Sancho Pança en oyendo esto, y dixo: Par diez, señor pagano, que v. m. es tan hombre de bien como yo haya visto en toda la Pagania otro, dexando aparte que es mal cristiano, por ser, como todo el mundo sabe, turco; y asi no querria pusiese la vida al tablero, entrando en batalla con mi señor; que seria mal caso viniese á morir á sus manos quien en su casa nos ha hecho servicio de darnos de cenar como á unos papagayos, tantos y tales guisados, que bastaban á tornar el cuerpo al alma de una piedra. ¿Sabe con quien querria yo que don Quixote mi señor hiziese pelea? Con estos demonios de alguaziles y porteros que nos hazen á cada paso terribles desaguisados, y tales cual es el en que nos acabamos de ver ahora, pues nos han puesto á amo y criado en el mayor aprieto que nos habemos visto desde que andamos por esos mundos á caza de aventuras; y si no fuera porque vino á buen tiempo v. m., mi señor se viera como en Çaragoça á medio açotar; pero yo le juro por vida de los tres reyes de Oriente y de cuantos hay en el Poniente, que si cojo alguno dellos en descampado y de suerte que pueda hazer dél á mi salvo, que me tengo de hartar de darle de moxicones, dandole moxicon por aqui y moxicon por alli, este por arriba y este otro por abaxo. Dezia esto Sancho con tal colera dando moxicones por el aire, como si verdaderamente se aporreara con el alguazil, dando mil vueltas al derredor, hasta que cayendosele la caperuça en el suelo, la levantó diziendo: A fe que lo puede agradecer á que se me cayó la caperuça; que á no ser esto, llevara su merecido el muy guiton, para que otra vez no se atreviera, ú otro tal cual él, á tomarse con un escudero andante tan honrado como yo, y de tan valeroso dueño como mi señor don Quixote. Rieron cuantos en la sala estaban de ver la necia colera de Sancho, al cual dixo el titular: Yo, señor Sancho, no puedo dexar de salir en batalla con el señor Caballero Desamorado de la cual saldré sin duda con vitoria, porque mi valor es conocido, y singular es el favor que cierto mago que tengo de mi parte me da siempre. Eso se verá, replicó don Quixote, á las obras á que me remito. Parecioles en esto á todos que era bien dar lugar á la noche, y levantandose de la silla el titular, dixo á don Quixote: Mire v. m., señor Desamorado, lo que emprende en emprender á pelear conmigo, y duerma sobre ello. Sobre una muy buena cama dormirá mejor mi señor, respondió Sancho, y yo y la señora reina, otro que tal. No faltaran esas, dixo el titular. Y mandando llevarlos á ellas, se fueron á acostar todos. Dos ó tres dias tuvieron los del palacio semejantes y mejores ratos de entretenimiento á todas horas con los tres huespedes, que jamas los dexaron salir de casa, conociendoles el humor y cuan ocasionados eran para alborotar la corte. Al cabo dellos quiso Dios que llegasen á ella don Carlos con su amigo don Alvaro, á quien por aguardar que convaleciese de una mala gana que le habia sobrevenido en Çaragoça, no quiso dexar don Carlos, y esta fue la causa de no haber llegado mucho antes. Alborotose y regocijose toda la casa con su venida; que la deseaban para celebrar y concluir el casamiento del dueño della todos; y al cabo de rato que estaban los huespedes en ella, acaso les dixo el titular como les daria muy buenos ratos de entretenimiento con tres interlocutores que tenia de lindo humor para hazer rediculos entremeses de repente; y diziendoles quien eran, y del modo que los habia hallado y llevado á su casa y lo que en ella con ellos les habia sucedido, holgaron infinito don Carlos y don Alvaro de la nueva, porque venian igualmente deseosos y cuidadosos de don Quixote, á quien despues de cenar mandaron salir, como solian, á la sala con Sancho y Barbara, de cuya vida ya habia dado el titulo tambien noticia á don Carlos y á don Alvaro, como ellos se la habian dado á él de cuanto les habia pasado en Çaragoça con él y su escudero Sancho, y en particular don Alvaro, que se la dió de los sucesos del Argamesilla. Determinaron los dos no darseles á conocer al principio; y calandose los sombreros, sentados al lado del titular, á la que se entraron por la sala los tres, reina, amo y criado, empezó á hablar del tenor siguiente el fingido Perianeo: Presto, valeroso manchego, mediré mi espada con la vuestra si perseverais en vuestros treze de no rendirmeos, dexando de favorecer á don Belianis de Grecia; y es cierto quedareis en la batalla infamemente vencido, pues tengo de mi parte aqui á mi lado el sabio Friston, mi diligentisimo historiador y gran agente de mis partes. Y diziendo esto, señaló á don Alvaro, el cual cubriendose lo mejor que pudo, se puso luego en pie entre don Quixote y Sancho (que Barbara ya ocupaba su ordinario asiento), y dixo con voz hueca y arrogante: Caballero Desamorado de la infanta Dulcinea del Toboso, á quien tanto un tiempo adoraste, serviste, escribiste y respetaste, y por cuyos desdenes hiziste tan aspera penitencia en Sierra Morena, como se cuenta en no sé que anales que andan por ahi en humilde idioma escritos de mano por no sé que Alquife: ¿eres tú por ventura don Quixote de la Mancha, cuya fama anda esparcida por las cuatro partes del mundo? Y si lo eres, ¿cómo estas aqui tan cobarde cuanto ocioso? Don Quixote, oyendo esto, volvió la cabeça diziendole: Respondele tú, Sancho, á este sabio Friston, porque no merece el oir la respuesta que pretende de mi boca, pues no me tiro ni pongo con gente que no tiene más de palabras, cual estos encantadores y nigromanticos. Quedó Sancho muy alegre de oir lo que su amo le mandaba, y poniendose frente á frente de don Alvaro, cruzados los braços, le dixo con voz furiosa desta manera: Soberbio y descomunal sabio, nosotros somos esos de las cuatro partes del mundo por quien preguntas, como tu eres hijo de tu madre y nieto de tus abuelos. Pues esta noche, replicó don Alvaro, tengo de hazer un tan fuerte encantamiento en daño vuestro, que llevando por los aires á la reina Zenobia, la porné en un punto en los montes Pirineos, para comerla alli frita en tortilla, volviendo luego por ti y tu escudero Sancho Pança para hazer lo mesmo de ambos. Por nosotros dezimos, respondió Sancho, que no queremos ir allá ni nos pasa por la imaginacion: si quiere llevar á la reina Segovia, hagalo muy en hora buena; que nos hará mucho placer en ello, y el diablo lleve á quien lo contradixese, pues no nos sirve de otra cosa por esos caminos mas que de echarnos en costa, que ya habemos gastado con ella en mula y vestidos más de cuarenta ducados sin lo que ha comido, y lo bueno es que quien despues se lleva la mejor parte, son los moços de los comediantes: solo le advierto, como amigo, que si ha de llevarsela, mire bien como la come; porque es un poco vieja y estará dura como todos los diablos; y asi lo que podrá hazer, será echalla en una olla grande (si la tiene) con sus berças, nabos, ajos, cebollas y tocino, y dexandola cocer tres ó cuatro dias, estará comedera algun tanto, y será lo mesmo comer della que comer de un pedazo de vaca, si bien no le tengo invidia á la comida. No pudo don Alvaro, oyendo esto, disimular más, viendo que todos se reian, y asi se fue para don Quixote los braços abiertos diziendole: ¡Oh mi señor Caballero Desamorado! deme esos braços, y mireme bien la cara, que ella le dirá como el que le habla y tiene delante es don Alvaro Tarfe, su huesped y gran amigo. Don Quixote le conoció luego, y abraçandole le dixo: ¡Oh mi señor don Alvaro! V. m. sea bien venido; ya me espantaba yo que el sabio Friston se desvergonçara tanto conmigo; pero no ha estado mala la burla que v. m. nos ha hecho á mí y á Sancho mi criado. Sancho, que oyó lo que su amo dezia á don Alvaro luego le conoció, hincandose de rodillas á sus pies, y puesta la caperuça en las manos, le dixo: ¡Oh mi señor don Tarfe! V. m. sea tan bien venido como lo fuera agora por esa sala una olla cual la que yo acabo de guisar de la reina Segovia, y perdoneme la colera; que como dixo que era aquel maldito sabio que nos queria llevar á los montes Pirineos, mil vezes he estado tentado con estos aunque pecadores puños cerrados, para cargalle de moxicones antes que saliera de la sala, confiado de que al primer repiquete de broquel me habia de ayudar mi señor don Quixote. Don Alvaro le respondió: Yo le agradezco mucho, señor Sancho, la buena obra que me queria hazer; pues á fe que no se las he hecho yo tan malas en Çaragoça en mi casa y en la del señor don Carlos, do les dabamos aquellos regalados platos que v. m. sabe. ¿Donde, replicó Sancho, está el señor don Carlos? Aqui está para serviros, respondió el mismo, levantandose de su asiento á abraçar á don Quixote, como realmente lo hizo, con igual retorno del y de su criado; y luego le dixo: No llegara á esta corte, señor don Quixote, si no fuera por apadrinarle en la batalla que ha de hazer con el rey de Chipre Bramidan, sacandole del mundo, pues me dizen dél está en medio de la plaça Mayor desafiando cada dia á cuantos caballeros la pasean, y venciendolos á todos, sin haber quien le resista: cosa que tiene al Rey y grandes del reino no poco corridos, y estan por momentos aguardando á que Dios les depare un tal y tan buen caballero, que sea bastante á vencer y cortar la cabeça á tan infernal monstruo. Don Quixote le respondió: Ya me parece, señor don Carlos, que los pecados y maldades del rey de Chipre, los cuales dan vozes delante de Dios, han llegado á su ultimo punto; y asi esta tarde sin falta se le dará el castigo que sus malas obras piden. Haga cuenta v. m., dixo Sancho, señor don Carlos, que hoy acabamos con ese demonio de gigante que tan cansados nos tiene, pero porque entienda mi señor don Quixote que no he recebido en vano el orden de escuderia, dixo, que yo tambien quiero hazer batalla delante de todo el mundo con aquel escudero negro que dicho gigante trae consigo, á quien yo vi en Çaragoça en casa del señor don Alvaro, porque me parece que no tiene espada ni otras armas ningunas, y que está de la manera que yo estoy; y asi digo que se las quiero tener tiesas, y hazer con él una sanguinolenta pelea de cozes, moxicones, pellizcos y bocados; que si es escudero él de un gigante pagano, yo lo soy de un caballero andante cristiano y manchego; y escudero por escudero, Valladolid en Castilla, y amo por amo, Lisboa en Portugal. ¡Mirad que cuerpo non de Dios con él y con la negra de su madre! Pues guardese de mí como del diablo; que si antes de entrar en la pelea me como media dozena de cabeças de ajos crudos, y me espeto otras tantas vezes del tinto de Villarobledo, arrojaré el moxicon que derribe una peña. ¡Oh pobre escudero negro y que bellaca tarde se le apareja! ¡Más te valiera haber quedado en Monicongo con los otros hermanos fanchicos que allá estan, que no venir á morir á moxicones en las manos de Pança: vs. ms. se queden con Dios; que voy á efetuarlo! Detuvole don Carlos diziendo: Aguardad, amigo, que aun no es hora de pelear, y descuidad, y dexad el negocio en mis manos. Eso haré de bonisima gana, replicó Sancho, y aun se las beso por la merced que me haze; que manos besa el hombre que las querria ver cortadas. ¡Oh Sancho! dixo don Carlos ¡tanto mal os he hecho yo, que querriades verme cortadas las manos! No lo digo por eso, respondió él, sino que me vino á la boca ese refran, como se me vienen otros; y antes plegue á Dios vea yo manos tan honradas envueltas entre aquellos benditos platos de alhondiguillas y pieles de manjar blanco, que estaban en Çaragoça, pues confio que me iria mal en ello. Volviose don Quixote, acabadas estas razones, al titular, diziendo: Aqui tengo, principe Perianeo, la flor de mis amigos, y quien dará noticia bastante de mi valor y hazañas á v. m., y le desengañaran de cuan temerario es en no rendirseme, desistiendo de la pretension de la infanta Florisbella, en bien de don Belianis, mi intimo familiar. ¿Pues pretende, respondió don Alvaro, este principe entrar con v. m. señor don Quixote, en batalla? Es tan grande su atrevimiento replicó él, que se quiere poner en cuentas conmigo: cosa que siento en el anima, porque no querria verme obligado á ser verdugo de quien tan honrada y cumplidamente me ha hospedado; pero lo que podré hazer por él, será, para que tenga más largo el plaço para deliberar lo que más le conviniere, entrar primero en batalla con el rey Bramidan de Tajayunque, y luego con el alevoso hijo del rey de Cordoba, en defensa de la inocencia de su reina madre. No es poca merced la que se nos haze á todos, le dixo don Carlos, en diferir esta batalla; que en efeto á todos nos importa se ahorren pesadumbres entre dos principes tan poderosos como es Perianeo y v. m., y con las largas confio componer sus pretensiones sin agravio de ninguna de las partes. Las del señor principe pagano, respondió Sancho, son tales, que me obligan á desearle servir aun en la misma pelea; y haziendolo desde aqui, le doy por consejo que no salga á ella sino es bien comido; que en fin la tarde es larga; y aun será acertado llevarse alguna cosa fiambre para mientras descansaren, por si acaso les diere gana de comer el cansancio: yo desde aqui le ofrezco llevarlo todo, si quisiere, sobre mi rucio, en unas alforjas grandes que tengo; y más, me ofrezco á mandar á mi amo cuando le haya vencido á su merced y le tenga derribado en tierra y esto para cortarle la cabeça, se la corte poco á poco, porque le haga menos mal. Agradeciole el principe Perianeo los buenos servicios que deseaba hazerle, y á su amo le acetó la dilacion de la batalla mostrando deseaba mucho su amistad, y que temia el haber de salir en campaña con él, supuesto el abono que de su valor daban don Carlos y don Alvaro, el cual dixo á todos: Pareceme, señores, que estos negocios quedan en buen punto; y asi razon será irnos á reposar; que harto tendremos que hazer mañana en dar aviso á toda la corte de la venida del señor don Quixote, y del fin que le trae á ella, que es el deseo grande que tiene de libertarla de las molestias del insolente rey Bramidan. Parecioles á todos bien la aguda traça de atajar la prolixa conversacion; y encaminandose cada uno para su cuarto, salieron todos de la sala. Apenas estuvo fuera della el pobre Sancho, cuando le cogieron los criados de don Alvaro y de don Carlos, á quienes conocia él bien, y preguntando del cocinero coxo, y dandose la bien venida entre si, le dixo uno de ellos: A fe, señor Sancho, que va v. m. medrando bravamente; no me desagrada que al cabo de sus dias dé en rufian; por mi vida que no es mala la moça; rolliça la ha escogido, señal de buen gusto; pero guardela de los gavilanes desta corte, y v. m. vaya sobre el aviso, no le coja algun alcalde de corte con el hurto en las manos; que á fe que no le faltaran docientos y galeras; que liberalisimamente se dan esas prebendas en la corte. No es mia la moça, respondió Sancho, sino del diablo que nos la endilgó en camisa en medio de un bosque; y de esa suerte y por el tanto la podran tomar vs. ms. siempre que quisieren; que la ropa que trae nuestro dinero nos cuesta; y juro non de Dios que si por ella me diesen, no digo docientos açotes y galeras, sino cuatro mil obispados, que la diera á Barrabas á ella y á todo su linaje, y que hiziera que se acordara de mi mientras viviera. En esto se le subieron á dormir á sus aposentos, haziendole dezir dos mil dislates á barato de los relieves que de la cena les habian quedado.