Sapientia ædificavit sibi domum.

A los pies della estaba la Ignorancia, toda desnuda y llena de artificiosas cadenas hechas de hoja de lata, la cual tenia debaxo de los pies dos ó tres libros, con esta letra:

Qui ignorat, ignorabitur.

Al otro lado de la Sabiduria venia la Prudencia, vestida de un azul claro, con una sierpe en la mano, y esta letra:

Prudens sicut serpens.

Venia con la otra mano, como ahogando á una vieja ciega, de quien venia asido otro ciego, y entre los dos esta letra:

Ambo in foveam cadunt.

Pusose don Quixote delante de dicho carro, y haziendo en su fantasia uno de los más desvariados discursos que jamas habia hecho, dixo en alta voz: ¡Oh tú, mago encantador, quien quiera que seas, que con tus malas y perversas artes guias aqueste encantado carro, llevando en él presas estas damas y las dos dueñas, la una con cadenas desnuda, y la otra sin ojos y con violencia de su esposo, que procura no dexarla de la mano, siendo sin duda ellas, como su beldad demuestra, hijas herederas de algunos grandes principes ó señores de algunas islas, para meterlas en tus crueles prisiones! dexalas luego aqui libres, sanas y salvas, restituyendoles todas las joyas que les has robado; si no, suelta luego contra mí todo el poder del infierno; que á todos se las quitaré por fuerças de armas, pues que se sabe que los demonios, con quien los de tu profesion comunican, no pueden contra los caballeros griegos cristianos, cual yo soy. Pasara adelante don Quixote con su razonamiento; pero la gente de la catedra, viendo que aquel hombre armado hazia detener el carro y estorbaba que no pasase adelante, hizo se llegasen á él cuatro ó cinco del acompañamiento, pensando fuese estudiante que venia con aquella invencion; los cuales le dixeron: ¡Ah señor licenciado! hagase v. m., por hazernosla, á una parte y dexe pasar la gente; que es muy tarde. Pero respondioles don Quixote diziendo: Sin duda sereis vosotros ¡oh vil canalla! criados deste perverso encantador que lleva presas aquesas hermosas infantas; y pues asi es, aguardad; que de los enemigos los menos. Y metiendo en esto mano á su espada, arrojó á uno de aquellos estudiantes que venia en una mula, una tan terrible cuchillada, que si su cuerda prevencion en hurtarle el cuerpo, y la ligereza de la mula no le ayudaran, lo pasara harto mal: revolvió luego sobre otro que detras dél venia; y de reves acertó con tanta fuerça en la cabeça de su mula, que la abrió una cuchillada de un geme. Començaron al instante todos á gritar y alborotarse: cesó la musica; y corriendo, unos á pie, otros á caballo, hazia donde don Quixote estaba con la espada en la mano, viendole tan furioso, apenas nadie se le osaba llegar, porque arrojaba tajos y reveses á diestro y á siniestro con tanto impetu, que si el caballo le ayudara algo más, no le sucediera la siguiente desgracia. Fue pues el caso que, como vieron todos que en realidad de verdad no se burlaba, como al principio pensaban, començaron á cercarle, unos á pie, otros á caballo más de cerca, tirandole unos piedras, otros palos, otros los ramos que llevaban en las manos, y aun desde las ventanas le dieron con dos ó tres ladrillos sobre el morrion, de suerte[26] que á no llevarle puesto, no saliera vivo de la calle Mayor; y aunque la gente era mucha, la grita excesiva, y las piedras menudeaban, con todo se le llegaron diez ó doze de tropel, y asiendole uno por los pies, otro por el freno de Rocinante, le echaron del caballo abaxo, quitandole la adarga y espada de la mano; trás lo cual le cargaron de gentiles moxicones, y le ahogaran alli en efeto, si la fortuna no le tuviera guardado para mayores trances; pero debió su vida al autor de la compañia de comediantes con quien se encontró la noche pasada en la venta, el cual á las vozes y grita que tenia el pueblo, se llegó á el, yendose acaso paseando por debaxo los soportales de la calle Mayor; y viendo llevar aquel hombre armado entre seis ó siete arrastrando, sospechó que era don Quixote, como realmente lo era, que á la saçon le habian metido en una grande casa, donde hazia toda la resistencia que podia, aunque todo era en vano; y viendole tal el autor, y algunos de su compañia que con él iban, se apiadaron dél; y haziendo salir á puros ruegos fuera de la casa á todos los estudiantes que le maltrataron, se quedaron solos con él, y pasado el catedratico con su triunfante paseo adelante, y desocupada la calle de la gente que le seguia, se llegó el autor á don Quixote diziendo: ¿Que es esto, señor Caballero Desamorado? ¿Que aventura tan desgraciada ha sido esta, y que nigromantico le ha puesto en tal aprieto? ¡Es posible se hayan hallado encantos contra su valor! Pero paciencia y buen animo, pues aqui está otro más sabio mago, su grande amigo, el cual, á no hazerle lado, hiziera contra la ley de buena amistad, pero hesela hecho tan grande, que á no acudir con mi magico poder, sin duda acabara v. m. desta vez con las caballerias andantes. Alcese, ¡pecador de mí! que tiene los dientes bañados en sangre, y está sin adarga, sin espada y sin caballo; que todo se lo han llevado los estudiantes. Levantose don Quixote, y cuando reconoció al autor, le dixo alegre: Ya me maravillaba yo ¡oh sabio Alquife, mi buen historiador y amigo! que dexasedes de favorecerme en esta grande tribulacion y trabajo en que me he visto por la gran pereça de mi caballo, que mala pascua le dé Dios: por tanto, ¡oh sabio fiel! hazedmele tornar, ó dadme otro, para que vaya tras aquellos alevosos y los rete á todos por traidores é hijos de otros tales, y tome dellos la vengança que su soberbia y viciosa vida merece. En oyendole el autor, rogó á uno de sus compañeros que en todo caso fuese y traxese el caballo, adarga y espada de don Quixote, rescatandolo todo por cualquier dinero de donde quiera que estuviese. Fue el representante preguntando por ello; y sacando el caballo de un meson, la adarga y espada de una pasteleria, donde ya todo estaba empeñado, lo volvió al autor, y él á don Quixote, que se lo agradeció infinito, atribuyendolo todo al poder de su magica sabiduria; y preguntandole el mismo autor adonde estaban su escudero Sancho Pança y Barbara, le respondió que fuera del lugar, en un meson que está junto á la puerta de Madrid, los habia dexado. Pues vamos allá luego, dixo el autor; que yo por agora mando, y v. m. debe obedecerme; que importa mucho, Don Quixote respondió que por todo lo del mundo no le dexaria de obedecer como á persona tan sabia y en cuyas manos tenia ya puestas habia dos dias todas sus cosas. Hizo llevar el autor delante con un moço el caballo, lança y adarga de don Quixote, y á él le mandó que se fuese á pie en su compañia mano á mano hasta la posada, adonde le dexó encargado al mesonero, con orden que de ninguna manera le dexase salir á pie ni á caballo aquella tarde, y cumpliolo el huesped puntualisimamente. Cuando Sancho vió á su amo los dientes ensangrentados, le dixo: ¡Cuerpo de san Quintin, señor Desamorado! ¿No le he dicho yo cuatrocientas mil dozenas de millones de vezes que no nos metamos en lo que no nos va ni nos viene, y más con estos demonios de estudiantes? Apostemos que le han hinchido de gargajos, como á mi en Çaragoça: lavese, pecador soy á Dios, que tiene las narizes llenas de sangre. ¡Oh Sancho, Sancho, respondió don Quixote, y como aquellos follones que asi me han parado se lo pueden agradecer al sabio Alquife, mi amigo! Que si por él no fuera, yo hiziera tal carniceria dellos, que sus viejos padres tuvieran bien que enterrar, y sus mugeres que llorar todos los dias de su vida; pero ya vendrá tiempo en que paguen por junto lo de antaño y lo de hogaño. Respondió el mesonero oyendole: Por su vida, señor caballero, que no se meta con estudiantes; porque hay en esta universidad pasados de cuatro mil, y tales, que cuando se mancomunan y ajuntan, hazen temblar á todos los de la tierra; y dé gracias á Dios, pues le han dexado con la vida, que no ha sido poco. ¡Oh cobarde gallina, dixo don Quixote, y uno de los más viles caballeros que ciñen espada! ¿Y piensas tú que el valor de mi persona y las fuerças de mi braço y la ligereça de mis pies, y sobre todo, el vigor de mi coraçon, es tan pusilanime como el tuyo? Juro por vida de la reina Zenobia, que es la que hoy más precio, que solo por lo que has dicho, estoy por tornar á subir en mi caballo y entrar otra vez en la ciudad, y no dexar en ella persona viva, acabando hasta perros y gatos, hombres y mugeres, y cuantos vivientes racionales é irracionales la habitan, y despues asolalla toda con fuego hasta que quede, como otra Troya, escarmiento á todas las naciones, del griego furor. Sancho, traeme presto á Rocinante; que quiero que vea este caballero ó mesonero, ó lo que es, que sé poner por obra lo que digo, mejor que dezillo de palabra. Eso del caballo, respondió el mesonero, señor caballero armado, no llevará v. m. esta vez, porque el autor de la compañia de comediantes que está aqui me ha dexado encargado infinitamente que no se le diese por ningun caso, y por eso tengo cerrada con llave la caballeriza. ¡Que comediantes ó que nonada! replicó don Quixote: ¿puede haber en el mundo persona que vaya contra mi gusto? Yo os prometo que lo podeis agradecer á aquel sabio mi amigo que aqui me traxo, cuyo mandamiento no es razon que yo quebrante por ningun caso; que de otra suerte, hoy hiziera un hecho tal, que hubiera memoria dél para muchos siglos. Si hiziera, dixo el mesonero; pero por agora v. m. se entre á cenar; que haze reir mucho á la gente que está en la puerta, y se nos va hinchendo la casa de muchachos, de suerte que ya no cabemos en ella. Y con esto le asió de la mano y le subió adonde Barbara estaba, con la cual pasó graciosisimos coloquios, y no poco entremesados con las simplicidades de Sancho. Cenaron juntos bien y con gusto, y tras ello se fueron todos á reposar, y más don Quixote, que lo habia menester por los molimientos pasados en la venta y calle Mayor: solo hubo que al acostarse estuvo porfiadisimo en querer volver á hazer el brebaje, ó precioso balsamo que él dezia de Fierabras, para curar las mortales heridas que sentia en los dientes; pero fuele imposible hazerlo, porque dió el mesonero, conociendo su locura, en dezir no se hallaria en el pueblo cosa de cuantas pedia.


CAPITULO XXIX