De las graciosas cosas que pasaron entre don Quixote y una compañia de representantes, con quien se encontró en una venta cerca de Alcala.
Caminando don Quixote con su compañia y con los dos estudiantes que arriba diximos, sucedió que llegando á poco más de dos leguas de Alcala, se les hizo á Sancho y á su amo tarde para poder entrar en ella de dia, como deseaban; y con la pesadumbre que esto le daba, dixo don Quixote á los estudiantes si habia algun lugar antes de Alcala, donde pudiesen hazer noche; y respondieron ellos que no, quiçá deseosos de que se quedasen en el campo ó desacomodados, añadieron que solo á un cuarto de legua de alli habia una venta, donde podrian pasar razonablemente la noche. Apenas oyó Sancho el nombre de venta, cuando se dió á todos los diablos, y dixo: Por las entrañas de la ballena de Jonas, mi señor don Quixote, le suplico que no vamos allá por ningun caso, pues las que estos señores llaman ventas, son los castillos encantados que v. m. dize, y adonde nos han aporreado invisiblemente los gigantes, duendes, fantasmas, jayanes, estantiguas ó folletos, ó como los llaman á los que nos han dado millares de vezes tanto que llorar y curar, cuanto saben mis escuderiles huesos; que los de v. m. han siempre mejor librado con el remedio de aquel precioso balsamo, cuya eficacia solo ha faltado para mí, que no soy armado caballero. No hizo caso don Quixote de los miedos y conjuros de su escudero, sino que animoso dixo: Venga lo que viniere; que para todo estamos dispuestos los caballeros andantes; y asi vamos allá en nombre de Dios. Apenas hubieron andado treinta pasos, cuando descubrieron la venta; y á la que llegaban á tiro de arcabuz della, habiendo hecho don Quixote hasta alli reflexion de lo que Sancho le habia dicho, le dixo: Agora me acabo de acordar, Sancho mio, de los grandes trabajos, infortunios, desasosiegos, trances, peligros y desastres que agora un año pasamos en los castillos semejantes á este que vemos, do nos alojamos á causa de estar en ellos secretamente escondido aquel sabio encantador mi contrario, el cual siempre ha procurado y procura hazerme todo el mal que ha podido y puede con sus malas y perversas artes; y lo peor es que tengo agora por sin duda que ha venido de nuevo á este castillo para hazerme en él algun grave daño, como acostumbra; aunque al cabo no han de poder más sus artes que el valor de mi persona. Lo que se puede y debe pues hazer para obviar este gran peligro, es que tú y mi señora la reina y estos dos señores estudiantes os vengais en pos de mí como en retaguardia, poco á poco; que yo quiero ir adelante, si es verdad, para ver todo lo que he sospechado. Sancho le replicó, diziendo: ¡Si v. m. me creyera al principio, no nos meteriamos en estas trabacuentas, y plegue á Dios no lo lloremos todos! Pero vaya delante, como dize v. m., en hora buena; que acá nos iremos tan detras dél como podremos, si bien no tanto como querriamos. Adelantose luego don Quixote un poco; y como viese cerca de la venta siete ó ocho personas vestidas de diferente mezcla, volvió luego turbado las riendas á Rocinante, y llegandose á los de su compañia, les dixo: Todo el mundo, señores, calle, y ojo á la puerta del castillo y á los vestiglos que en ella hay. Miraron todos hazia allá; y como los que en la venta estaban vieron venir un hombre armado de aquella suerte, y con grande adarga, cosa por alli poco usada, y que ya se adelantaba, y ya volvia atrás á hablar con una muger vestida de colorado, salieron á ver maravillados la novedad fuera de la venta, no siendo pocos los miradores, pues eran los de una compañia grave de comediantes, de los nombrados en Castilla, los cuales con su autor se habian determinado quedar alli aquella tarde á hazer algunos ensayos de comedias, para entrar con ellas esotro dia con buen pie en Alcala, teatro de consideracion y cuenta, por los agudos y extremados ingenios que á toda España le dan lustre. Pues como don Quixote los viese puestos en hilera y en su mira, y entre ellos su autor, hombre moreno y alto de cuerpo, que estaba delante de todos, teniendo en la mano una varilla y en la otra una comedia, que iba leyendo, començó á dezir: Agora echo de ver, amigo Sancho, las grandisimas mercedes que cada dia recibo de la sabia Urganda, mi benevola y fidelisima protectora, pues hoy me lo ha dado claramente á entender; que en esta fortaleça está aquel perverso encantador Freston, mi contrario, aguardandome con alguna estratagema ó engaño, con soberbio talante, entre duras cadenas, en su obscura mazmorra; pero ya que voy del caso bien advertido, me determino á acabar de una vez con él, si puedo, para que de aqui adelante pueda andar más seguro y libre por todas las partes del mundo que caminare. Y porque creas, Sancho, y vos, poderosisima reina, y vosotros, virtuosisimos mancebos, que digo verdad, ¿no veis entre aquellos soldados que en la puerta del castillo estan haziendo centinela, un hombre alto y moreno de cara, con una varilla en la mano derecha y en la izquierda un libro? Pues aquel es mi mortal enemigo, el cual ha venido á estorbarme la batalla que con el rey de Chipre, Bramidan de Tajayunque, tenia aplaçada, con fin de irse luego por el mundo baldonandome, y publicando de mí que no me atrevi de puro cobarde á llegar á la corte á verme con él, donde me aguardaba para la pelea; y si tal me estorbase con sus encantamientos, lo sentiria á par de muerte; por tanto, yo me determino de ir y ver si de alguna manera puedo quitar del mundo á quien tantos males y daños ha causado y causa en él. Los estudiantes, maravillados de los disparates de don Quixote, se le llegaron, quitados los sombreros, y el uno le dixo: Mire v. m., señor don Quixote, si es servido, en lo que dize y piensa hazer; que nosotros sabemos muy bien que esto es venta; y no fortaleça ni castillo, ni hay la guarda en ella de soldados que v. m. piensa; y la gente que está en su puerta es bien conocida en España, que son comediantes; y el que v. m. llama encantador, es su autor Fulano, y el otro del ferreruelo caido sobre el hombro, Zutano:—y asi fue nombrando casi todos por sus nombres, por conocerlos bien. De lo cual enojado don Quixote, replicó: Eso es lo que yo digo, á pesar de todos los que contradezirme quisieren; y otra vez afirmo que aquel grande es el dicho encantador mi contrario, que con aquella vara que tiene en la una mano, haze los cercos, figuras y caracteres en invocacion de los demonios, y con aquel libro que tiene en la otra los conjura, oprime y atrae á cuanto quiere, mal que les pese; y para que veais claramente ser verdad lo que digo, andad vosotros delante, y dezidle como sois pajes del Caballero Desamorado que aqui viene, y vereis lo que pasa. Ofrecieronse ellos á ir allá de muy buena gana; y llegados que fueron, contaron al autor y á su compañia todo lo que don Quixote era, y lo que había hecho y dicho por el camino y en Sigüença, y como llamaba reina Zenobia á Barbara, la bodegonera de la cuchillada de Alcala, bien conocida de todos, con quien se habia encontrado en el viage: de lo cual rieron el autor y sus compañeros bravamente, holgandose infinito de que se les ofreciese ocasion en que pasar el tiempo aquella noche. A la que estaban en esto, fue don Quixote acercandose poco á poco á la venta, y viendolo Sancho, baxó luego de su rucio para ver en que paraba aquello que su amo iba á emprender: también Barbara le rogó la baxase de la mula, pues estaba tan cerca de la venta; el cual lo hizo tomandola en braços; y como para hazello fuese forzoso juntar él su cara con la de Barbara, ella le dixo: ¡Ay, Sancho, y que duras y asperas tienes las barbas! Mal haya yo si no parecen cerdas de çapatero. ¡Jesus mio, y que trabajos tendrá la muger que durmiere contigo, todas las vezes que la besares! ¿Pues para que diablos, dixo Sancho, la tengo de besar? Beselas la madre que las hizo, ó Barrabas, que no tiene mocos; que para lo deste mundo yo no beso á nadie, si no es á la hogaça cuando la cojo por la mañana, ó á la bota cualquiera hora del dia. Ea, replicó Barbara, no se nos haga bobo, hermano; que á fe no le saben mal las mugeres; y, si me cogiese esta noche en la cama en que tengo de dormir sola, viniendose á ella quedito, y se me metiese entre las sabanas sin que persona lo sintiese, ¡mal año y que tal me pararia! De una sola cosa me pesaria en tal caso, y es que no osaria dar vozes por temor de don Quixote y los huespedes; que más vale pasar que gritar; y cuando algo hiziesemos, en fin estariamos á escuras y nadie lo habria de saber; que en fin está claro que yo por mi vergüença, y vos por ser hombre honrado, lo habiamos de callar. Sancho, que no entendió la música de Barbara, dixo: A fe que tiene razon; que cuando no dan vozes y estamos á escuras, duermo yo muy mejor y más á pierna tendida, y de suerte que no me recordaran con un millon de campanas destempladas. ¡Ay, amarga de mí, respondió Barbara, y que lerdo que eres! Menester es llevarte por el camino de los carros: dame la mano, ladron mio, que estoy entumecida y no me puedo tener en pies. Diosela Sancho, diziendole: Tomela con todos los diablos, y vayase poco á poco en eso de ladron; que sepa que no sufro burlas; y podrialo oir tal vez algun escriba ó fariseo de los muchos y maliciosos que hay en el mundo, y acusandome dello á la justicia, hazerme dar docientos açotes. Volvieron en esto la cabeça, porque vieron hablar en alta voz á don Quixote, el cual llegandose bien cerca de la venta, puesto el cuento del lançon en tierra, començó á dezir á los que estaban en su puerta desta manera: ¡Oh sabio encantador, tú, quien quiera que seas, que desde el dia de mi nacimiento hasta la hora en que estoy siempre has sido mi contrario, favoreciendo, como pagano que eres, á aquel ó aquellos caballeros que sabes que yo traigo acosados con mi fuerte braço, quitandoles la opinion que por el mundo tienen, alçandome con la fama dellos, siendo pregoneros de mis hechos y de su cobardia la misma que lo fue de los Alexandro, Cesares, Anibales y Scipiones antiguos! dime, perverso y luciferino nigromantico, ¿por que hazes tantos y tan grandes males en el orbe, contra toda ley natural y divina, saliendo por los anchos caminos y sus forçosas encrucijadas, acompañado de los descomunales jayanes que en esta tu fortaleça se fortifican, prendiendo, robando y maltratando á los amantes caballeros que poco pueden, y forçando á las fembras de alta guisa y dueñas de honor, que acompañadas de astutos enanos y diligentes escuderos, van por los caminos reales con algunas cartas de confidencia y joyas y preseas de estima, buscando á los caballeros á quien sus señoras tiernamente aman; y no solo no te avergüenças de hazer lo que digo, pero como inhumano y tirano cruel las metes en este castillo, y no para regalarlas y darles buen acogimiento, sino para metellas en crueles y obscuras mazmorras con otras muchas princesas, caballeros, pajes, escuderos, carrozas y caballos que en él tienes? Por tanto ¡oh sangriento, fiero é indomito gigante! sacame luego aqui sin replica ninguna toda la gente que digo, volviendoles á cada uno la oprimida libertad y cuantos tesoros con ella les has robado, y jura prostrado en tierra, en manos de la fermosa y sin par gran reina Zenobia que conmigo viene, de enmendar la mala vida pasada, y de favorecer de aqui adelante á dueñas y donzellas, y de desfazer juntamente los tuertos de la gente menesterosa; que con esto y con darte á merced, te dexaré por agora con la vida que tan justamente muchos años ha te habia de haber quitado; y si no lo quieres hazer, salgan luego á batalla conmigo todos los que en esa tu fortaleça tienes, á pie ó á caballo y con el genero de armas que quisieren, todos juntos, como es costumbre de la gente pagana y barbara, tal cual vosotros sois. Y no pienses que porque estás con ese libro y vara en las manos, cual encantador y supersticioso mago, que por más que lo seas, han de valer tus hechizos contra los filos de mi espada; porque conmigo traigo invisiblemente al sabio Alquife, mi coronista y defensor en todos mis trabajos, y á la sabia Urganda la desconocida, con cuya sciencia comparada la tuya, es ignorancia. Salid, salid presto, presto. Y con esto començó á revolver el caballo por acá y acullá, haziendo gambetas, de lo cual reian mucho los comediantes, á los cuales, como Sancho viese reir de tan buena gana, tras haberles dicho su amo las razones, á su parecer, tan dignas de amedrentarlos, les dixo en alta voz: Ea, soberbios y descomunales representantes, oprimidores de las vergonçosas infantas que estan ahi detras de vosotros haziendo humildes oraciones á los cielos para que las libren de vuestra tiranica representante vida, acabemos ya; y si os habeis de dar por vencidos á mi señor don Quixote de la Mancha, sea luego; porque queremos entrar en la venta yo y la señora reina de Segovia; que á fe que tenemos muy bien picados los molinos; y si no, aparejaos para enviarnos aqui algunos cuartales de pan, en cuya destroça nos ocupemos su magestad y yo, mientras mi señor la haze en vosotros en esta vecina guerreacion; ¡asi guerreado le vea yo en casa de todos los griegos de Galicia! Los representantes estaban tan maravillados, que no sabian que responder á los disparates del uno y simplicidades del otro; mas el autor, con cuatro ó cinco de los compañeros, se salió de la venta, y llegandose donde estaba don Quixote, le dixo: Señor caballero andante, estos señores estudiantes nos han informado del gran valor, virtud y fuerças de v. m., las cuales son tales, que bastan á sujetar, no solamente esta fortaleça ó castillo, donde ha más de sietecientos años que yo hago mi habitacion, sino al más fiero y bravo gigante que en toda la gigantesca nacion se halla: por tanto, yo y todos estos principes y caballeros que conmigo estan nos damos por vencidos, y rendimos vasallage á v. m., suplicandole se apee de ese hermoso caballo y dexe la adarga y lança, quitandose esas ricas armas para que sin su embaraço pueda v. m. recebir el debido servicio que estos sus criados le desean hazer; y viva seguro de que, aunque soy pagano, como mi morena cara y membrudo talle muestra, todavia solo tengo librados mis encantamientos para hazer mal á quien yo me sé. Venga v. m., entre, y cenará con nosotros, y verá como se huelga de habernos conocido; y entre segura tambien la señora reina Zenobia, alias Barbara; que gustaremos todos saber della cual de las yerbas le da más fastidio de noche, la ruda ó la verbena que se coge la mañana de san Juan. ¡Oh falso hechicero! respondió don Quixote. ¿Agora piensas con tus falazes y halagüeñas palabras engañarme, para que, entrando dentro de tu castillo fiado dellas, caiga en la trampa que á la entrada de su puerta me tienes armada, deseoso de hazer luego de mí á tu sabor? No me engañarás; que ya te conozco desde que en Çaragoça me encerraste con esposas en las manos y un grande tronco en los pies, en aquel duro calaboço que tú sabes, del cual me sacó el valeroso granadino don Alvaro Tarfe. Sancho, que habia estado escuchando lo que pasaba, se puso al lado de don Quixote diziendo, mirando de hito á hito al autor: ¡Oh hi de puta, paganazo! ¿piensa que aqui no le entendemos? A otro hueso con ese perro; que aqui todos somos cristianos, por la gracia de Dios, de pies á cabeça, y sabemos que tres y cuatro son nueve; que no somos bobos porque nos habemos criado en el Argamesilla, junto al Toboso; y si no quiere creernos, metanos el puño en la boca, y verá si le mamamos. Dese por vencido, digo, él y todos esos luteranos que le rodean, si no quiere que se nos suba el humo á las narizes: echemos pelillos en la mar, y con esto tan amigos como de antes. Don Quixote le dixo colerico, dando de espuelas á Rocinante: Quitate, Sancho, no hagas pazes con gente infiel y pagana; porque los que somos cristianos no podemos hazer con estos más que treguas, cuando mucho. Pues, señor, dixo Sancho poniendose delante de Rocinante, si ello es verdad que v. m. es tan cristiano como yo (que eso Dios lo sabe), que sé que lo soy desde el vientre de mi madre, pues desde él creo bien y verdaderamente en Jesucristo y en cuanto él manda, y en las santas iglesias de Roma, y en todas sus calles, plaças, campanarios y corrales, á pie juntillas, hagamos esas treguas que dize; que parece que es un poco tarde, y las tripas me andan ya espoleando el vientre de hambre. Quitate de delante de mis ojos, pecora, dixo don Quixote; quitate digo. Y en esto, baxando la lança, dió un apreton á Rocinante hazia el autor, el cual dexó venir, y hurtandole el cuerpo, le asió de la rienda del rocin, que al punto estuvo quedo como si fuera de piedra: acudieron al punto los demas compañeros, y uno le quitó la lança, otro la adarga, y otro asiendole del pie, le volcó por la otra parte; tras lo cual acudieron también tres ó cuatro moços de los que llaman metemuertos y sacasillas, que, agarrandole los unos por los pies y los otros por los braços, le llevaron á la venta mal de su grado, donde le tuvieron buen rato echado en el suelo, sin que se pudiese levantar. Las cosas que el triste Caballero Desamorado hizo y dixo viendose de aquella suerte, colixanlas los curiosos, de su condicion y braveza, pues ya la ternan penetrada de las primeras partes de su historia; que no se atreve el historiador desta, por ser tan extraordinarias y dignas de elegantisimas exageraciones, á referirlas. Lo que sé dezir es que el autor mandó á los moços le tuviesen de la suerte que estaba, sin soltarle de ninguna manera hasta que él volviese; y tras esto salió con algunos compañeros en busca de Sancho, á quien halló abraçado con Barbara, mesandose las espesas barbas, llorando amargamente por ver lo que su amo padecia; al cual dixo: Agora, don bellaco, me pagareis lo de antaño y lo de hogaño; levantaos; que no hay para mí lagrimas ni ruegos; porque pienso luego á la hora, en llegando con vos al castillo, desollaros muy bien, y cenarme en esta noche vuestros higadillos, y mañana asar todo lo demas de vuestro cuerpo y comermelo; que no me sustento yo de otra cosa que de carnes de hombres. Sancho, que oyó aquella cruelisima sentencia, luego se hincó de rodillas y cruzando las manos debaxo de la caperuça, començó á dezirle. ¡Oh señor pagano, el más honrado que hay en todas las paganerias! por las llagas del señor san Lazaro, que santa gloria haya, le ruego que tenga misericordia de mi; y si es servido, antes que me coma, mande v. m. dexarme ir á despedirme de Mari-Gutierrez, mi muger, que es colerica, y si sabe que v. m. me ha comido sin que yo me haya despedido della, me terná por un grandisimo descuidado, y no podré despues verle una buena cara: basta, que le prometo bien y verdaderamente de volver aqui para el dia en que v. m. mandare; y plegue á Dios, si faltare, que esta caperuça me falte á la hora de mi muerte, que es cuando más la habré menester. Amigo, respondió el autor, no hay remedio de ese negocio;—y levantando la voz dixo: ¡Hola! ¿á quien digo? criados, traedme luego aqui aquel asador de tres puas en que suelo espetar los hombres enteros, y asadme al punto á este labrador. El pobre Sancho, que tal oyó dezir, volvió la cabeça y vió á Barbara que estaba hablando con uno de los representantes, llena de risa, y dixola con increible dolor de su anima: ¡Ay, señora reina Segovia! ¡Compasion del pobre de Sancho, su leal lacayo y servidor, y mire la tribulacion en que está puesto! Y pues es tan impotente, ruegue á ese señor moro que me eche á aquellas partes en que más de mí se sirva; sólo no me mate. Entonzes llegó Barbara diziendo: Suplico á v. m., poderosisimo señor alcaide y noble castellano deste alcazar, remita por amor de mí esta vez á Sancho vida y miembros; que le debo buenos servicios, y salgo por fiadora de su enmienda, obligando, si no lo hiziere, todos sus bienes muebles y raizes, habidos y por haber, al castigo que ordenare v. m. darle. Respondiole el autor con gran boato y fingida colera: V. m., señora reina de la calle de los Bodegones de Alcala, me perdone; que de ninguna manera puedo dexar de acabar con este villano, si ya no es que, volviendose moro, siguiese el alcoran de nuestro Mahoma. Digo, respondió Sancho, señor turco, que creo en cuantos Mahomas hay de levante á poniente, y en su alcoran, de la suerte y como v. m. lo manda, y como lo permite y consiente nuestra madre la Iglesia, por quien daré la vida y anima y cuanto puedo dezir. Pues es menester, dixo el autor que con un cuchillo muy agudo os cortemos un poco del pluscuamperfecto. Respondió Sancho: ¿Qué pluscuam, señor, es ese que dize? que yo no entiendo esas algarabias. Digo, replicó el autor, que para que seais buen turco, es menester primero, con un cuchillo bien afilado, retaxaros. ¡Ah señor! Por las tenazas de Nicomemos, dixo Sancho, que v. m. no me corte nada de ahi, porque lo tiene tan bien contado y medido mi muger Mari-Gutierrez, que por momentos lo reconoce y pide cuenta dello, y por poco que le faltase, lo echaria luego menos, y seria tocarle en las niñas de los ojos, y me diria que soy un perdulario y desperdiciador de los bienes de naturaleza; y si á v. m. le parece, esto que me ha de cortar, no sea de ahi; porque, como digo, bien echa de ver que es menester todo en casa, y algunas vezes aun falta; sino cortenmelo de esta caperuça; que, aunque es verdad que hará falta en ella, todavia mejor se podrá remediar que esotro. Volvió en esto la cabeça[25] hazia atras por no poder disimular la risa que le causó la simplicidad de Sancho; y disimulando cuanto pudo, le dixo al cabo de un rato: Levantaos, señor moro nuevo, dad acá la mano, y mirad que de aqui adelante habeis de hablar algarabia como yo; que presto subireis á arraez, alfaqui y á gran bajan. Par diez señor, dixo Sancho, que aunque me hagan rabadan, querria más llegar primero á mi lugar á dar cuenta de mí á dos bueyes que tengo en casa, seis ovejas, dos cabras, ocho gallinas y un porquete, y á despedirme de Mari-Gutierrez en lengua moruna, y á dezirle como me he vuelto ya turco; que quiçás ella tambien se querrá tornar turca; pero hallo un inconveniente en si lo quisiere hazer, y es que no sé de adonde la podremos retaxar, porque no tiene debaxo del cielo de adonde. Respondió el autor diziendo: Eso no importa nada, porque ya la cortaremos el dedo pulgar de la mano derecha, y esto bastará. A fe, dixo Sancho, que ha dicho muy bien, porque ese dedo no le hará la falta que me hará á mí lo que me quiere cortar; que en efeto es muy mala hilandera; mas con todo he pensado de do será mejor circuncidarla, porque no le quite el dedo que dize; que todavia es bueno tenga cinco dedos en la mano, como Dios manda en las obras de misericordia. ¿De donde pues: preguntó el autor, la circuncidaremos? De la lengua, respondió Sancho, porque la tiene más larga que la del gigante Golias, y es la mayor parlera y repostona que hay en todas las parlerias y tierras de papagayos. Con esto se volvieron á la puerta de la venta, adonde tenían al buen hidalgo don Quixote los moços del hato, sentado en una silla, desarmado y asido de suerte, que no le dexaban menear; y viendole el autor, dixo á Sancho: Hermano, ya veis como está vuestro amo; es menester que le digais como ya sois moro, y le persuadais á que tambien él lo sea si quiere librarse de la tribulacion en que está puesto, porque si no, dentro de dos horas nos le comeremos asado en el asador en que pensabamos asaros á vos.—Dexeme v. m. á mí, dixo; que yo le haré tornar moro por la posta. Pusose delante de don Quixote el autor diziendole: ¿Qué es, caballero? ¿Cómo va? Al fin habeis venido á parar en mis manos, de donde primero que salgais, habeis de tener las barbas tan largas, que os arrastren por el suelo, y las uñas de pies y manos tan grandes como unos colmillos de elefante; tras que os vereis comido de ratones, lagartos, chinches, piojos, pulgas, moscas, mosquitos, tabanos y otras asquerosas sabandijas; y maniatado con una gruesisima cadena en una lobrega carcel, con otros de vuestro jaez, que alli estan con grillos á los pies y esposas en las manos hasta que acaben sus tristes y desventuradas vidas. Don Quixote le respondió diziendo: No pienses ¡oh sabio contrario mio! que tus locas y vanas palabras y perjudiciales obras han de ser bastantes á hazerme quebrantar un punto lo que debo guardar como verdadero caballero andante, ni amedrentarme en el debido sufrimiento á los vecinos trabajos y tribulaciones que me amenaçan, pues estoy cierto que por discurso de tiempo, y al cabo, cuando mucho, de sietecientos años he de quedar libre deste tu cruel encantamiento, en que contra toda ley y razon, por solo tu gusto, me tienes puesto; y no desespero ¡oh inhumano encantador! de que antes del dicho plaço algun principe griego novel me saque de aqui, pues uno habrá que saldrá de Constantinopla de noche, sin despedirse de nadie de la corte y sin que lo sepan sus padres, espoleando de su honor, y alentado con el consejo de un grande y sapientisimo mago, amigo suyo; y despues de haber pasado grandisimos trabajos y peligros, y haber ganado mucha honra por todos los reinos y provincias del universo, llegará aqui á este fortisimo castillo, y matando los fieros gigantes que por prevencion tuya su entrada defiendan como guardas della y de la puente levadiza que le fortifica, matará tambien á los dos rapantes grifos, inhumanos porteros de su primera puerta; y entrando en el primer patio, y no sintiendo rumor ni viendo persona que se le oponga, se sentará, de cansado, en el suelo un rato, y luego oirá una furiosa voz que, sin saber quien la pronuncia, le dirá: Levantate, principe griego; que en aciaga hora y para tu daño entraste en este castillo;—y apenas habrá acabado de dezillo, cuando saldrá un ferozisimo dragon echando fuego por la boca y ponçoña por los ojos, con las uñas crecidas más que dagas vizcainas, y con una cola tan aguda y larga como un acicalado montante, con la cual todo cuanto encontrare echará por el suelo; pero matandole el dicho principe, ayudado de su favorable y benevolo sabio con invencibles socorros, se deshará á la postre todo este encantamiento; y entrando vitorioso otra puerta más adentro, se hallará en un apacible jardin lleno de varias flores, poblado de amenisimos, fructiferos y aromaticos arboles, cuyas copas poblaran cisnes, calandrias, ruiseñores y mil otras diferencias de jucundisimas aves, fertilizandole mil arroyos, dificultosas de discenir sus aguas si son de cristal ó leche; en medio del cual se le aparecerá una hermosisima ninfa vestida de una rozagante ropa sembrada de carbunclos, diamantes, esmeraldas, rubies, topacios y amatistas; la cual, dandole con rostro benevolo con la una mano un manojo de llaves de oro, y poniendole con la otra en la cabeça una guirnalda de agno casto y amaranto, desaparecerá tras una celestial musica; y luego dicho principe con las llaves de oro llegará á abrir las mazmorras, dando libertad jucundisima á todos los presos y presas dellas, y á mí el postrero, pidiendome por merced le arme por mis manos caballero andante y le admita por inseparable compañero: lo cual, concediendoselo yo todo, obligado de su hermosura, discrecion y esfuerço, iremos por el mundo despues innumerables años juntos, dando fin y cima á cuantas aventuras se nos ofrecieren.
CAPITULO XXVII
Donde se prosiguen los sucesos de don Quixote con los representantes.
Admirados quedaron en sumo grado los comediantes de ver el estraño genero de locura de don Quixote, y los disparates que ensartaba; pero Sancho, que habia estado escuchando detras del autor todo lo que su amo habia dicho, le dixo: Pues, señor Desamorado, ¿como va? Acá estamos todos por la gracia de Dios. ¡Oh Sancho! dixo don Quixote, ¿qué hazes? ¿Hate hecho algun mal este nuestro enemigo? Ninguno, respondió Sancho; si bien es verdad que me he visto ya casi con un asador en el rabo, en que queria este señor moro asarme para comerme; pero hame perdonado por ver me he tornado moro. ¿Qué dizes, Sancho? dixo don Quixote: ¡moro te has tornado!¿Es posible que tan gran necedad has hecho? Pues pesie á las barbas del sacristan del Argamesilla, respondió Sancho, ¿no fuera peor que me comiera, y que despues no pudiera ser moro ni cristiano? Calle; que yo me entiendo; escapemos una vez de aqui; que luego despues verá lo que pasa. Entonzes el autor, apiadandose de las congojas y trasudores en que veia á don Quixote, cansados ya de reir los estudiantes, Barbara y toda la compañia, dixo: Agora sus, señor caballero, no es ya tiempo de más disimular ni de traer encubierto lo que es razon que se descubra; y asi habeis de saber, señor don Quixote, que yo no soy el sabio vuestro contrario de ninguna manera; antes soy un grande y fiel amigo vuestro, y cual tal siempre y en todas partes he mirado y miro por vuestros negocios mejor que vos proprio, y agora por probar vuestra prudencia y sufrimiento he hecho todo lo que habeis visto: por tanto, dexenle todos luego, y huelgue y repose en este mi castillo todo el tiempo que le pareciere; que para tales principes y caballeros como él le tengo yo aparejado; y dadme ¡oh famosisimo caballero andante! un abraço; que aqui estoy para serviros, y para no hazeros daño alguno, como pensastes; y advertid que el venir aqui vos y la gran reina Zenobia ha sido todo guiado por mi gran saber, porque os importa infinito á vos y á vuestros servidores llegueis á la gran corte del rey Catolico, en la cual os aguardan por momentos un millon de principes, y de do habeis de salir con grande aplauso y vitoria. Soltaronle en esos los moços, y el autor le abraçó, y con él los compañeros hizieron lo mismo. Cuando don Quixote se vió suelto, asombrado de como él le tenia por nigromantico, y lo que le habia dicho, teniendolo todo por verdad, se levantó, y abiertos los braços, se fue para él diziendo: Ya yo me maravillaba ¡oh sabio amigo! que en tan grande trabajo y tribulacion como en la que agora me habia puesto, dexasedes de favorecerme con vuestra prudentisima persona y eficazes ardides: dadme esos braços, y tomad los mios, desmembradores de robustos gigantes, y verdugos expertos de enemigos vuestros y mios. Con esto todos le volvieron á abraçar con nuevas muestras de alegria, y llegandose la muger del autor á ver el rostro de aquel loco, á quien todos abraçaban, le dixo, considerada su ridicula figura: Señor caballero, yo soy hija de aqueste grande sabio su amigo: mire v. m. que si en algun tiempo hubiere menester su favor, ó si algun gigante ó mago me llevare encantada, que no dexe de favorecerme en todo caso; que aqui mi padre se lo pagará:—y aun (dixo otra de las representantes, que estaba aparte riendo) le dexará entrar de balde en la comedia, con solo medio real que le ponga en la mano. Respondió don Quixote: No es menester, soberana señora, encargarme á mi lo que á vuestro servicio toca, teniendo yo tantas obligaciones á vuestro sabio padre; pero creedme, que aunque todo el universo se conjurase contra vuestra beldad, y todos cuantos sabios y magos nacen en Egipto viniesen á España para tocaros en un solo pelo de la cabeça, que yo solo, dexado aparte el gran poder de vuestro padre, bastaria, no sólo para defenderos y sacaros á pesar suyo de sus manos, sino para poner en las vuestras sus alevosas y falsas cabeças. En esto le llamó el autor diziendo: Señor caballero, ya la cena está aparejada y las mesas puestas; y asi v. m. se sirva de venirnosla á honrar en compañia mia y destos señores, porque despues tenemos que hazer un negocio de importancia. Esto dixo porque pensaba ensayar en cenando una comedia que habian estudiado para Alcala y la corte. Estaba Sancho maravillado de ver á su amo libre de aquella prision, y tan alegre, que llegandose al autor le dixo: ¡Ah señor sabio! esto de tornarme yo moro, ya que su merced nos ha dado á conocer su valor, ¿ha de pasar adelante? porque en Dios y en mi conciencia me parece que no lo puedo ser de ninguna manera. Respondiole el autor diciendo: ¿Pues por que no lo podeis ser? Porque quebrantaré, dixo él, cada dia la ley de Mahoma, que manda no comer tocino ni beber vino; y soy tan bellaco guardador deso, que en viendolo á mano, no dexaré de comer y beber dello si me aspan. A esto respondió un clerigo que acaso se halló en la venta: Si v. m., señor Sancho, ha prometido á este sabio mago volverse moro, no se le dé nada de la promesa, pues yo, en virtud de la bula de compesacion, le absuelvo asi della como de lo hecho; y lo puedo hazer en su virtud, con sólo darle de penitencia que no coma ni beba en tres dias enteros; y advierta que con sólo cumplir esta leve penitencia se quedará tan cristiano como antes se estaba. Eso, señor licenciado, no me lo mande, respondió Sancho, pues no digo tres dias, pero aun tres horas no me atreveria á cumplir esa penitencia, aunque supiese que me habian de quemar, no haziendolo: lo que v. m. me puede recetar, si le parece, es que no duerma con los ojos abiertos, ni beba con los dientes cerrados, ni traiga el sayo baxo la camisa, ni haga mis necesidades atacado. Estas cosas, aunque tienen su dificultad, yo le doy palabra de cumplillas, en Dios y mi conciencia. Llegaron tras estas razones á sentarse á cenar á la mesa; y antes de hazello, estando todos al rededor della en pie y quitados los sombreros, començó el clerigo á echar la bendicion en latin, y començaron á cenar; y dixo el autor: Sepan vs. ms., señores, que la causa por que Sancho no se quitó la caperuça á la bendicion, es porque aun le han quedado las reliquias de cuando era moro, si bien es verdad que aun está por retaxar y circuncidar; pero he dilatado el hazello, porque lleno de lagrimas me rogó denantes que le retaxase, si era forçoso hazello, de la caperuça, y no de la parte en que de ordinario se ejecuta la circuncision, por ser esa la de que su muger estaba más celosa, y de quien le pedia más cuenta. Y tras esto fue contando todo lo que con él le habia sucedido; y acabando de hazello con la cena, levantados ya los manteles, prosiguió volviendose á don Quixote, y diziendole como para hazerle fiesta en aquel su castillo habia mandado hazer una comedia, en la cual entraba tambien él, y la que le dixo que era su hija. Don Quixote se lo agradeció con mucho comedimiento; y sentandose en el patio de la venta en compañia de Barbara, del clerigo, de los dos estudiantes, y de Sancho y de los de la posada, començaron á ensayar la grave comedia de El testimonio vengado, del insigne Lope de Vega Carpio, en la cual un hijo levanta un testimonio á la Reina su madre en ausencia del Rey, de que comete adulterio con cierto criado, instigado del demonio, y agraviado de que le negase un caballo cordobes en cierta ocasion de su gusto, guardando en negarle orden expreso que el Rey su esposo le habia dado. Llegando pues la comedia á este paso, cuando don Quixote vió á la muger del autor, á quien él tenia por su hija, tan afligida, por hazer el personage de la Reina, á quien se levantaba el testimonio, y por otra parte advirtió que no habia quien defendiese su causa, se levantó con una repentina colera, diziendo: Esto es una grandisima maldad, traicion y alevosia, que contra Dios y toda ley se haze á la inocentisima y castisima señora reina; y aquel caballero que tal testimonio le levanta, es traidor, fementido y alevoso, y por tal le desafio y reto luego aqui á singular batalla, sin otras armas más de las con que agora me hallo, que son sola espada. Y diziendo esto, metió mano con increible furia, y començó á llamar al que levantaba el testimonio, que era un buen representante, el cual riendose con todos los demas de la necia colera de don Quixote, se puso en medio con su espada desnuda, diziendole que aceptaba la batalla para la corte delante de su magestad, con solos veinte dias de plaço; y mirando si hallaba alguna cosa por alli que dalle en gaje, vió arrimada á un poste de la venta una albarda, y sobre della un ataharre, y tomandole medio riendo, se le arrojó diziendo: Alçad, caballero cobarde, esa mi rica y preciada liga, en gaje y señal de que sea nuestra batalla delante de su magestad para el tiempo que tengo dicho. Don Quixote se abaxó y la tomó en la mano; y como vió que del hazello se reian todos, dixo: No es de valientes principes reirse de que un traidor y alevoso como este tenga animo para hazer batalla conmigo; antes habian de llorar, viendo á la señora reina tan afligida, aunque su ventura ha sido no poca en haberme hallado yo presente en tal trance, para que semejante traicion no pase adelante. Y volviendo la cabeça dixo á Sancho: ¡Oh mi fiel escudero! toma esta preciada liga del hijo del Rey, y metela en nuestra maleta hasta de hoy en veinte dias; que tengo de matar á este alevoso principe que tal testimonio ha levantado á mi señora la Reina. Sancho la tomó y dixo á su amo: ¿Para que quiere v. m. que metamos este ataharre en la maleta entre la ropa blanca, estando tan sucio? Dele al diablo; que yo le ataré en la cincha del rucio, y alli irá hasta que topemos cuyo es. ¡Oh necio! dixo don Quixote, ¡y eso llamas ataharre! Pues ¿que diablos, dixo Sancho, es, sino ataharre? ¿No ves, animalazo, replicó don Quixote, que es una riquisima liga del hijo del Rey, como lo dizen estos rapacejos de oro, de cada uno de los cuales cuelga una esmeralda ó un rubi ó un diamante? Lo que yo veo aqui, respondió Sancho, si no estoy borracho, es una empleita de esparto con dos cordeles á los cabos, harto sucios, y sirve de ataharre de algun jumento. ¿Hay tal locura semejante, dixo don Quixote, como la de este escudero, que una liga de tafetan doble, encarnado, diga que es ataharre? Digo, respondió Sancho, una y docientas vezes que es tan ataharre como mi agüelo: no tiene que porfiar. Maravillaronse todos de la porfia del amo y del criado sobre el ataharre; y llegando el autor, le tomó en la mano diziendo: Señor Sancho, mire v. m. bien lo que dize y abra los ojos; que este ataharre, para lo deste mundo es liga, y de grandisimo valor; para lo del otro, no digo nada. Ello será lo que yo digo, respondió Sancho; que no soy ciego, y tengo gastados más ataharres destos, que hay estrellas en el limbo. En esto salió un labrador de la caballeriza, cuya era la albarda y ataharre, y llegandose á Sancho le dixo: Hermano, dad acá mi ataharre; que no está ahi para que vos os alçeis con él. Holgó Sancho infinito de oir esto; y volviendose lleno de risa á los circunstantes, les dixo: ¡Bendito sea Dios, señores, que estaran contentos! A fe que agora, aunque les pese, han de confesar mi buen juizio, pues ven que acerté de la primera vez que este era ataharre, cosa en que jamas supieron caer tantos y tan buenos entendimientos. Y diziendo esto, dió el ataharre al labrador, lo cual viendolo don Quixote, se llegó á él, y tirando reciamente, se le quitó diziendo: ¡Ah villano soez! ¿y de cuando acá fuiste tú digno de traer una tan preciada liga como esta, ni todo tu çafio linage? Tras lo cual se le iba á meter en la faltriquera; pero impedioselo el labrador, que no sabia de burlas, asiendole del braço, y porfiando don Quixote que se lo contradezia. El labrador, en fin, como era hombre membrudo y de fuerça, y esas le faltaban á don Quixote, por estar tan flaco, pudo darle un empellon tal en los pechos, que le hizo caer con él de espaldas, y saltandole encima, le quitó por fuerça el ataharre de la mano. Llegó Sancho en esto á ayudar á su amo, dando dos ó tres crueles moxicones en la cabeça al labrador, el cual revolviendo hecho un leon contra Sancho, le cinchó dos ó tres vezes el ataharre por la cara. La risa de los comediantes era notable, grande la prisa de los estudiantes en despartilles, notable la diligencia de Barbara en ayudar á levantar á don Quixote, cuya colera era infinita, y mayor el sufrimiento del pobre Sancho, el cual puesta la mano sobre las narizes, de las cuales le salia mucha sangre, por haberle alcançado el labrador con el ataharre en ellas, començó á ir furioso tras él hazia la caballeriza diziendo: Aguarda, aguarda, descomunal arriero, y verás si te hago confesar, mal que te pese, que eres mejor que yo, con ser un grandisimo bellaco, puto y hijo de otro tal. Don Quixote le dió vozes diziendo: Vuelvete, hijo Sancho, y dexale ir; que harto trabajo lleva consigo, pues como infame ha huido de la batalla sin osar atendernos; pero ¿qué ha de osar atender un sandio tal cual él es? Y ya te he dicho muchas vezes que al enemigo que huye, la puente de plata; y si nos lleva la preciada liga, no hay que espantar dello; porque muchos ladrones, yo he leido en libros, que han robado á caballeros andantes no sólo sus preciados caballos, sino tambien sus ricas armas, ropa y joyas. No me espanto del hurto, dixo Sancho; que avezado está v. m. á que ladrones se le atrevan á hurtar joyas preciosas; que ya en Çaragoça otro me hurtó de las manos, con las uñas de las suyas, las reales agujetas del ave fetrix, ó como se llama, que v. m. ganó por su buena lança en la sortija. Encolerizose don Quixote desta nueva, diziendo: Pues, ¿como villano, si tal pasó, no me lo dixiste luego alli, para que hiziera añicos, al ladron atrevido? Por ahorrar de pesadumbre á v. m., respondió Sancho, lo he callado, y por temor de que no le causase alguna pasacolera el enojo; pero baste el que he tenido por ello, y las lagrimas que me han costado las negras agujetas. Y diziendo esto començó á llorar, repitiendo: ¡Ay agujetas de mi anima! ¡desdichada de la madre que os parió, pues tal desgracia ha visto pasar por vosotras! No os olvideis, os ruego, por las entrañas de Cristo, deste vuestro fiel y leal servidor, pues yo mientras viviere no me olvidaré de vosotras ni de vuestra bonisima condicion. ¡Asi mal provecho le hagan al ladron vuestra dulzura y sabor! Acallole don Quixote, dandose por pagado de sus lagrimas y del perdon que tras ellas le pidió por la perdida; y saliendo de su asiento el autor, lleno de risa, le tomó por la mano y le dixo: V. m., señor caballero, lo ha hecho muy bien en esta batalla, y asi tras ella será razon nos vamos á acostar, por ser ya tarde y estar v. m. cansado; y quedese la comedia en este punto. Y llevandole con Sancho á un mal aposento que les habia prevenido, no se quiso salir dél hasta que los dexó á ambos acostados y cerrados, temiendo no echasen sus moços al pobre de Sancho una melecina de agua fria, como sabia lo tenian pensado. Llegada la mañana, se salió sin dezirles nada, por consejo de los estudiantes, el autor con toda su compañia, de la venta, y se fue para Alcala. Levantose algo tarde, por el cansancio de las pendencias pasadas, don Quixote, abriendole la puerta el ventero; y la primer cosa que hizo en despertar fue preguntar á Sancho por la reina Zenobia, y si la habian dado cama y todo recado la noche pasada, con la decencia que su real persona merecia. Yo, señor, respondió Sancho, como estuve tan ocupado en la sangrienta batalla que tuvimos con aquel que nos hurtó el ataharre ó liga, ó como es su gracia, no me acordé della más que si no fuera reina; pero á lo que entendi, dos moços de aquellos de los representantes la hizieron merced de llevarla consigo, con no poco gusto della, por no dar que dezir á malas lenguas. Estando en esto, subió Barbara con los estudiantes adonde estaba don Quixote y Sancho, diziendo: Muy buenos dias tenga la flor de los caballeros: ¿como le ha ido á v. m. esta noche? ¡Oh señora reina! respondió don Quixote, la v. m. perdone el descuido que con su real persona esta noche se ha tenido, porque la culpa tiene el negligente Sancho, que, teniendole mandado que ande siempre delante de v. m. para ver lo que se le antoja, mirandola á la cara, se ha descuidado, de puro molido de las batallas pasadas, segun agora me acababa de dezir. A esto respondió Sancho: Yo, señor, harto la miro á la cara; pero como la tiene tan bellaca, todas las vezes que la miro y la veo con aquel sepan cuantos en ella, me provoca á dezirle, «cocale, marta,» cancion que dezian los niños á una mona vieja que estos años atras tenia en la puerta de su casa el cura de nuestro lugar. ¡Malos dias vivas, respondió Barbara, y no llegues, bellaconazo, á los mios, plegue á Cristo! pero calla; que á fe no lo vayas á penar al otro mundo; que hartas pesadumbres sé yo dar de noche á otros más agudos que tú, y en manos está el pandero que le sabran bien tañer. Los estudiantes dixeron á Sancho: Señor Sancho, no moleste v. m. á la señora Reina, que sabe hazer lo que dize, mejor de obras que de palabras. ¿Para qué, diga, quiere verse alguna noche volando por las chimeneas entre vasares, platos y asadores, donde se vea y se desee, y llore el no haber querido obedecerla? Pues si ella, respondió Sancho, me haze volar por los vasares, yo me quexaré á quien por toda su vida le haga bogar en las galeras. ¿Pues no ve v. m., replicó el uno de los estudiantes, que las mugeres no reman? ¿Y que se me da á mí que no remen? respondió Sancho; basta que si ella no remare, á lo menos servirá de dar refresco á la chusma; que para eso yo sé que no le faltará gracia; y estando alli con más comodidad, podrá parecerse de veras en todo á las nubes, ya que por muger en algo les haya de parecer. ¿Pues en qué, dixo el estudiante, les ha de parecer, ó como les parece en todo? Respondió Sancho: En que cargará en la mar, como hazen las nubes, lo que despues á pura fuerça de truenos y relampagos, descargará en lluvia sobre la tierra; que eso hará si se empreñare en el agua, pues á fuerça de gritos y suspiros, habrá despues de vaziar su cargaçon; que en lo demas, llano es que todas las mugeres se parecen á las nubes, de las cuales por experiencia sabemos donde y como descargan, lo mismo que ignoramos donde y como se entró en ellas. Rieron los estudiantes y la misma Barbara de la astrologa aplicacion de Sancho; pero don Quixote, que no tenia de risible más que la nariz y potencia remota, dixo con despego y zuño á Barbara: La v. m. no haga caso ya más de lo que dixere este necio, pues lo es tanto, que jamas dirá sino badajadas: lo que por agora importa es que tratemos de partir de aqui; porque hoy pretendo entrar en la corte, si no es que se me ofrezca en contrario alguna forçosa ocupacion y peligrosa aventura que me detenga en Alcala. Y llamando al huesped, remató con él las cuentas con solo agradecerle el hospedaje, y fuele facil salir de su venta él y sus compañeros con tan ligera paga, por haberla ya hecho cumplida por todos el autor de la dicha compañia, apiadado de la locura de don Quixote y simplicidad de su escudero, y dandose por pagado con los malos ratos que les habia dado, y buenos y entretenidos que él y su compañia habian recebido. Subió don Quixote en Rocinante, armado como solia, Sancho en su rucio, y Barbara en su mula, quedandose los estudiantes atras, por estar ya tan cerca de Alcala, do por su honra no quisieron entrar acompañados de compañia tan ocasionada para vayas y fisgas y matracas, como la de don Quixote, á quien dixo Barbara en començando á caminar: Señor caballero, v. m. me la ha hecho muy grande en haberme traido desde Sigüença hasta aqui, y en haberme vestido, dado de comer y cabalgadura, como si fuera una hermana suya; pero si v. m. no me manda otra cosa, yo determino quedarme aqui en Alcala, que es mi patria, do si en alguna cosa le pudiere servir, lo haré, mandandome con la voluntad que diran las obras. Señora reina Zenobia, respondió don Quixote, mucho me maravillo de oir tal resolucion á persona tan discreta, y que ha hecho tantos, tan grandes y peligrosos caminos por reinos incognitos solo por hallarme, obligada de la fama de mi valor y persona. ¡Como es posible que agora que tiene mi compañia, que tanto ha deseado y procurado, que la quiera asi dexar, no reparando en lo mucho que he hecho y pienso hazer en su servicio, ni en las desgracias que se le pueden ofrecer, atreviendosele sus enemigos y rebeldes vasallos, sin el respeto debido al gran valor de su persona, viendola fuera de mi amparo y lado! Por evitar pues estos y otros mayores inconvenientes que se le pueden ofrecer, suplico á la v. m. cuan encarecidamente puedo, se venga conmigo hasta la corte; que no pasaremos della en muchos dias, atento que sabiendo los grandes mi llegada, es fuerça me detengan, regalandome á porfia por honrarse de mi lado y aprender cosas militares; y alli verá v. m. lo que en su servicio hago; y despues que hubiere muerto al rey de Chipre, Bramidan de Tajayunque, con quien tengo aplaçada la batalla, y al otro hijo del rey de Cordoba, que ayer levantó aquel grave falso testimonio á su madre, quedará á la eleccion de v. m. el irse á Chipre ó quedarse en la corte de España; y asi por amor de mí se ha de hazer lo que agora suplico. Sancho, que oyó lo que don Quixote habia dicho á Barbara, se llegó á él con mucha colera diziendo: Par diez, señor, que yo no sé para que quiere que llevemos con nosotros á la señora Reina; mucho mejor será que se quede aqui en su lugar; que tanto nos ahorraremos. ¿Para que queremos llevar con ella costa sin ningun provecho? ¡Gentil carga de basura para entrar cargados de ella en la corte! Dela á Lucifer y no la ruegue más; que el ruin, cuando le ruegan luego se ensancha; y no nos faltará sin ella la misericordia de Dios. ¡Mirad que cuerpo, non de Judas Escariote, con ella y con quien le parió y nos la dió á conocer! Pues á fe que si se me suben las narizes á la mostaça y comienço á desbotricar, que no sea mucho, estandose en su tierra, que la haga echar por la boca y narizes más mocos y gargajos que echa un ahorcado en el rollo. Estanle aqui haziendo á la muy cotorrera mil regalos y servicios, llamandola reina y princesa, siendo lo que ella se sabe, como aquellos estudiantes han dicho, ¡y agora se nos haze de pencas! Paguenos la saya y sayuelo colorado y la mula y lo que nos ha hecho de costa, y adios, que me mudo; ó como dize Aristoteles, alon, que pinta la uva; y á fe que si yo fuera que mi señor, que se lo habia de quitar todo á moxicones, pues no me conoce bien. ¡Oh villano! dixo don Quixote, y ¿quien te mete á tí con la señora Reina? ¿Mereces tú, por ventura, descalçarle su pequeño çapato? ¡Pequeño! respondió Sancho: en Sigüença me dixo suplicase á v. m. la comprase un par de çapatos, y preguntandole yo cuantos puntos calçaba, me respondió que entre quinze y diez y nueve, poco más.—¿Pues no ves, insensato, que las amazonas son gente varonil, y como andan siempre en las lides, no son tan delicadas y hermosas de pies como las damas de la corte, que se estan en sus estrados regaladas y ociosas, con que son más tiernas y femeniles que las valerosas amazonas? Con no poca resolucion replicó Barbara á las malicias de Sancho, de que estaba ofendida, diziendo: No pensaba, señor don Quixote, pasar de aqui; pero por saber que doy á v. m. contento y hago rabiar á este bellaco de Sancho, quiero llegar hasta Madrid, y alli servir á v. m. en cuanto me mandare, á pesar deste villano harto de ajos. ¿Villano? respondió Sancho; villano sea yo delante de Dios; que para lo deste mundo importa poco serlo ó dexarlo de ser; pero es grandisima mentira dezir eso otro, de que estoy harto de ajos, pues no comi esta mañana en la venta sino cinco cabeças dellos que el ladron del ventero me dió por un cuarto: ¡miren si me habia de hartar con ellas! Mas dexando esto aparte, digame por su vida, señora reina, ¿cual es peor? ¿haber estado ella esta noche con aquellos dos moços de los comediantes, y almorzar con ellos esta mañana una gentil asadura frita, bebiendose con ella dos azumbres de vino, como dixo el ventero que ha hecho su merced, ó comer yo cinco cabeças de ajos crudos? Hermano, respondió Barbara, si estuve con ellos no fue por hazer mal á nadie; que libre soy como el cuclillo, y no tengo marido á quien dar cuenta, gracias á Domino Dio: et vivit Domine; que más lo hize porque hazia un poco de fresco que no por bellaqueria, como vos sospechais, que sois un grandisimo malicioso. ¿Malicioso me llamais? replicó Sancho; á fe que no me lo osarades vos dezir detras como me lo dezis delante; pero vaya; que más longaniças hay que días, y bien sabemos aqui mamarnos el dedo, aunque bobos.
CAPITULO XXVIII
De como don Quixote y su compañia llegaron á Alcala, do fue libre de la muerte por un estraño caso, y del peligro en que alli se vió por querer probar una peligrosa aventura.
Todo su cuidado ponia don Quixote en que la reina Barbara le honrase en la entrada que pensaba hazer en la corte, y en que no hiziese caso de los atrevimientos de su escudero; y asi le dixo: Suplico á v. m., altisima señora, no repare en cosa que le diga este animal, sino que disimule con él, como yo hago, dexandole para quien es, siquiera porque lo habemos menester por estos caminos; y pues ya estamos en Alcala, pareceme marchemos por aqui poco á poco detras destas murallas, sin pasar por medio del lugar, que es grande y poblado de gente de cuenta; y pareceme será acertado tambien que v. m. se cubra el rostro con ese precioso volante hasta que pasemos de la otra parte, por lo que es conocida de todos; que puestos en ella, nos podremos quedar, si nos pareciere, en algun meson secretamente esta noche, y á la mañana entrarnos con la fresca en Madrid. Hizose asi, y á la que començaron á rodear el muro, volviendo la cabeça Barbara á Sancho, le dixo: Ea, señor galan, seamos amigos, y no haya más enojos conmigo por su vida; que yo le perdono todo lo pasado. ¿Amigos? respondió Sancho; antes seré amigo de un diablo del infierno que della, aunque todo se es uno. Pues por el siglo de mi madre, dixo Barbara, que hemos de hazer las amistades antes que lleguemos á Madrid. Pues por el siglo de mi rucio, replicó Sancho, que primero me vuelva Poncio Pilatos que sea su amigo. Barbara le dixo: ¡Ea ya, leon! y Sancho le respondió: ¡Ea ya, sierpe! Pero don Quixote, que vió la enemistad que Sancho y Barbara tenian y los remoquetes que se iban echando por el camino, dixo: Agora sus, Sancho, tú ¿no eres mi escudero, y no te tengo yo de pagar tu salario, como tenemos entre los dos concertado, sirviendome en todo bien y puntualmente? Pues en virtud de dicho concierto quiero y es mi voluntad que agora, sin replica ninguna, seas amigo de mi señora la reina Zenobia; que yo tomo á mi cargo hazer esta noche un famoso convite á su merced y á ti, en señal y firmeça de las futuras y perpetuas amistades, pues no es bien que seamos tres y mal avenidos. Por cierto, mi señor, replicó Sancho, que cuando no sea por otra cosa más de por ese convite que v. m. dize, lo habré de hazer; aunque fuera razon que, guardando mi punto, aguardara se pusieran de por medio personas de cuenta á rogarmelo, cual son media dozena de canonigos de Toledo, ó á lo menos unos cuantos cardenales; pero vaya, pues v. m. lo manda. Ea, señora reina, arrojeme acá esas manos, si bien las quisiera más de vaca bien cocidas y con su perejil; que sobre mí que me hizieran harto más provecho. Diole Barbara la mano riendo, y al darsela le dixo: Tomad, amores, esta mano de reina; que yo fio que más de dos principes escolasticos de los de la corte alcaladina, en que esta noche habemos de dormir, preciaran harto recebir este favor. Como don Quixote les vió dadas las manos, se fue un poco adelante, imaginando en su fantasia lo que habia de hazer en la corte con la reina Zenobia, y batallas del gigante y del hijo alevoso del rey de Cordoba, y cómo se habia de dar á conocer á los reyes y grandes: lo cual le hazia ir tan absorto y fuera de sí, que no advertia en que á Sancho venia diziendo Barbara: De aqui adelante, amigo Sancho, nos hemos de querer con el extremo que dos buenos casados se aman, pues ha sido el padrino de nuestras pazes el señor don Quixote; y en confirmacion dellas, quiero que durmamos esta noche dambos en el meson donde llegaremos; que el coraçon me dize no dexará de correr fresco que me obligue á procurar cubrirme con gusto con alguna manta, como la del pelo de v. m., mi señor Sancho: verdad es que imagino será menester rogarselo poco, pues tiene más de bellaco que de bobo. No entendió Sancho á Barbara de ninguna manera, y asi le respondió: Lleguemos una vez con salud al meson, y cenemos en señal de nuestras amistades, con el cumplimiento que mi amo nos tiene prometido; que en eso de la manta no faltaran dos y aun tres; que yo se las pediré al huesped para que las eche v. m. en su cama, cuanto y más, que no haze agora tanto frio que obligue á procurallas. Como Barbara vió que no le habia entendido, le dixo hablando más claro: Pues, Sancho, si vuestro amo ha de alquilar dos camas, una para mi y otra para vos, ¿no será mejor que nos ahorremos el real de la una cama, para comprar con él un gentil plato de mondongo y un cuartal de pan, con que os pongais hecho un trompo, y vaya el diablo para ruin? A fe que tiene razon, respondió Sancho: ahorremos sin que mi amo lo sepa ese real de la una cama; que yo dormiré sobre un poyo del meson; que para mí, tan bien me dormiré alli como acullá, á trueque de que nos demos, como dize, una buena pançada con ese real. Viendo Barbara la rudeza de Sancho, no quiso tratarle más de aquella materia; y asi alargaron el paso tras don Quixote hasta que le alcançaron, el cual, en viendolos junto á sí, les dixo: Pareceme que es tarde para poder hoy llegar á Madrid, y que no será malo nos quedemos esta noche aqui en Alcalá, y mañana proseguiremos nuestro camino; que bien podrá v. m., señora reina, estar encubierta, cerrada en un aposento, tapado el rostro cuando le sirvan á la mesa, por no ser conocida. Ella le dixo que hiziese lo que fuese servido; que en todo acudiria á lo que fuese de su gusto; y llegaron en esto á un meson fuera de la puerta que llaman de Madrid, y entrando todos en él, dixo don Quixote á Sancho que llevase las cabalgaduras á la caballeriza y las diese recado, y al huesped pidió un aposento secreto y bien adereçado, do mandó acompañase luego á la reina Zenobia; y quedandose él paseando por el patio sin desarmarse, oyó tocar á deshora con mucho concierto cuatro trompetas, y despues dellas un ronco son de atabales; lo cual oido por nuestro buen caballero, le causó notable suspension, con la cual estuvo atentisimamente escuchando, sin saber que cosa fuese; y al cabo de rato, despues de haber hecho en su fantasia un desvariado discurso, llamó á Sancho y le dixo: ¡Oh mi buen escudero Sancho! ¿oyes por ventura aquella acordada musica de trompetas y atabales? Pues has de saber que es señal de que hay sin duda en esta universidad algunas celebres justas ó torneos para alegrar el festivo casamiento de alguna famosa infanta que se habrá casado aqui; á las cuales habrá acudido un caballero extrangero, cuyo nombre no es aun conocido, por ser mancebo novel; pero no obstante su poca edad, en el principio de sus famosas fazañas ha ya vencido á todos los caballeros desta ciudad y á los que de la corte han acudido á ella y á sus fiestas, si ya no ha venido á celebrarlas; y esto es lo más cierto; ó algun bravo jayan que, habiendo vencido y derribado á todos los mantenedores y aventureros, se ha quedado por absoluto señor de todas las joyas de dichas justas, y no hay caballero ahora, por valiente que sea, que se atreva á entrar segunda vez con él en el palenque, de lo cual estan los principes tan pesarosos, que darian cuanto dar se puede porque Dios les deparase un tal y tan buen caballero que baxase la soberbia deste cruel pagano, con que dexase alegre toda la tierra, y las fiestas fuesen consumadamente perfetas. Por tanto, Sancho mio, ensillame luego á Rocinante; que quiero ir allá y entrar con gallardia y gracia por la plaça, pues maravillados de mi presencia los que ocupan sus dorados balcones, altos miradores y entoldados andamios, levantaran entre sí un alegre murmullo, diziendo: Ea, que Dios sin duda ha deparado venga este gallardo caballero extrangero á volver por la honra de los naturales, viendo que ninguno dellos ha podido resistir á los incomparables brios deste fiero jayan. Tocaran en esto todas las trompetas, chirimias, sacabuches y atabales, al son de los cuales se començará mi bueno y esforçado caballo á engreir y relinchar, deseoso de entrar en la batalla; con que callaran todos, y yo poco á poco me iré llegando al cadahalso adonde estan los juezes y caballeros; y haziendo hincar dos ó tres vezes de rodillas delante dellos á mi enseñado caballo, les haré una cumplida cortesia, haziendole dar despues terribles saltos y gallardos corvetes por la ancha plaça: llegandose luego á la parte donde estará el fiero jayan, el cual reconocido por mí, me acercaré adonde estaran las astas de duro fresno, y tomando dellas la que mejor me pareciere, y llegandome cerca del dicho jayan, sin hazerle cortesia alguna le diré: Caballero, si te parece, yo querria entrar contigo en batalla; pero con condicion que fuese ella á todo trance, que es decir que uno de los dos haya de quedar por general vencedor de las justas, quitando al otro la cabeça, y presentandola á la dama que mejor le pareciere; es cierto que, como él es soberbio, ha de responder que sea asi. Tras lo cual, volviendo yo luego las riendas á Rocinante para tomar la parte del sol que más me tocare, començaran á sonar las trompetas, al son de las cuales arrancaremos como el viento los dos valerosos guerreros; y él no errará el golpe; porque, dandome en medio de la adarga sin poderla pasar, me hará con la fuerça dél torcer un poco el cuerpo, volando las pieças de la lança por el aire; pero yo, como más diestro, le daré por medio de la visera con tal fuerça, que, siendole sacada de la cabeça, caerá del atroz golpe en tierra por las ancas del caballo; si bien, como es ligero, se pondrá luego otra vez en pie, y se vendrá para mí con la espada en la mano; y yo, por no hazer la batalla con ventaja, abaxaré de mi caballo en el aire, no obstante que muchos lo juzgaran á locura; y metiendo mano á mi cortadora espada, començaremos entre los dos el porfiado combate; mas él, no pudiendo atender á mis golpes, me rogará que descansemos un poco, por verse algo fatigado; aunque yo, sin atender á sus ruegos, tomaré la espada á dos manos, y levantandola con un heroico despecho, la dexaré caer con tal furia sobre su desarmada cabeça, que acertandole de lleno, se la abriré hasta los pechos, dando del cruel golpe tan horrenda caida en tierra, que hará estremecer toda la ancha plaça, y aun venir al suelo más de cuatro barreras y tablados. Los gritos de la gente seran muchos, la alegria de los juezes grande, el contento de todos los vencidos caballeros extremado, el aplauso del vulgo singular, é inaudita la musica que sonará en exaltacion de mi buen suceso; y desde entonces pasaran cosas por mi, que dé bien que hazer á los historiadores venideros el escribirlas y exagerarlas. Por tanto, Sancho, presto sacame á Rocinante. Sancho, con harto dolor de su coraçon, por ver se iba dilatando la deseada cena, fue á ensillarle, y entre tanto que lo hazia, se llegó el mesonero á don Quixote, al cual habia estado oyendo todo aquel largo y desvariado discurso, y le dixo: Señor caballero, v. m. se podrá desarmar; que viene cansado; y digame lo que quiere cenar; que este muchacho está aqui, que traerá buen recado. ¡Por Dios, dixo don Quixote, que estais bien en el caso! Veis lo que pasa en la plaça, la deshonra de vuestra patria y la afrenta de vuestros caballeros, y que yo voy á remediarlos, ¡y ahora me salis con cena! Digo que no quiero cenar, ni comer bocado hasta honrar con mi persona esta universidad, y matar todos aquellos que lo contradixeren; que es vergüença, y muy grande, que un jayan solo rinda y sujete á una ciudad como esta: por tanto, andad con Dios, y mirad si viene mi escudero con el caballo. El mesonero le dixo: Perdone v. m.; que yo pensé que lo que contó denantes á su criado era algun cuento de Mari-Castaña ó de los libros de caballerias de Amadis de Gaula; pero si v. m. quiere ir armado asi como está á honrar al catedratico, se lo agradeceran mucho todos. ¡Qué catedratico ó qué nonada! respondió don Quixote. Tres ó cuatro que á la puerta se habian detenido, viendo aquel hombre armado, le dixeron: Si v. m. ha de ir al paseo, bien puede; que ya es hora, pues llegará en esta el catedratico al mercado; que aqui no hay justas ni jayanes de los que v. m. ha dicho, sino un paseo que haze la universidad á un dotor medico que ha llevado la catedra de medicina con más de cincuenta votos de exceso, y llevan delante dél, por más fiesta, un carro triunfal con las siete virtudes y una celestial musica dentro, y tal, que si no fue la que se llevó el año pasado en el paseo del catedratico que llevó la catedra de prima de teologia, jamas se ha visto otra igual; y las trompetas y atabales que v. m. oye, es que van ya pasando por todas las calles principales, con más de dos mil estudiantes que con ramos en las manos van gritando: Fulano victor. A pesar de todo el mundo, á pesar vuestro y de cuantos contradezir lo quisieren, replicó don Quixote, es lo que tengo dicho. Sacó Sancho en esto el caballo, y subiendo don Quixote en él, estaba tal y tan cansado, que aun hiriendole con el duro acicate, apenas se podia menear, y no dexaba casa en la cual no procurase entrarse. Sancho quedó con Barbara en un aposento, la cual, como arriba diximos, procuraba no ser conocida de persona alguna en Alcala. Caminó nuestro caballero por aquellas calles poco á poco, yendo siempre hazia la parte que sentia el sonido de las trompetas, hasta tanto que encontró la bulla de la gente en medio de la calle Mayor; la cual, cuando vieron aquel hombre armado y con la figura dicha, pensaban que era algun estudiante que por alegrar la fiesta venia con aquella invencion; y poniendose él frontero del carro triunfal que delante del catedratico iba, viendo su gran maquina y que caminaba sin que le tirasen mulas, caballos ni otros animales, se maravilló mucho, y se puso á escuchar despacio la dulce musica que dentro sonaba. Iban delante de los musicos en el mismo carro dos estudiantes con mascaras, con vestidos y adorno de mugeres, representando el uno la Sabiduria, ricamente vestida, con una guirnalda de laurel sobre la cabeça, trayendo en la mano siniestra un libro, y en la derecha un alcazar ó castillo pequeño, pero muy curioso, hecho de papelones, y unas letras goticas que dezian: