—En las islas Lavezzi, señor. Aquí fueron enterrados los seiscientos hombres de la fragata Ligera, en el lugar mismo en que se perdió hace diez años... ¡Pobre gente! No son muy visitados y menos mal que llegamos nosotros para decirles buenos días, puesto que ya estamos en él...

—Con mucho gusto por mi parte, patrón.

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¡Cuánta tristeza respira el cementerio de la Ligera!... Lo veo todavía, con su bajo tapial, su puerta de hierro oxidada y difícil de abrir, con centenares de cruces negras ocultas por la hierba. ¡Ni una corona de siemprevivas, ni un recuerdo, nada!... ¡Ah, infelices muertos abandonados, cuánto frío deben sentir en su tumba casual!

Un momento estuvimos allí arrodillados. El patrón rezaba en voz alta. Enormes goletas, únicos guardianes del cementerio, revoloteaban sobre nuestras cabezas confundiendo sus roncos gritos con los lamentos del mar.

Cuando concluimos de rezar, regresamos tristemente hacia el rincón donde había sido amarrada la barca. No perdieron el tiempo los marineros durante nuestra ausencia. Encontramos una gran hoguera llameante resguardada por un peñasco y la marmita que humeaba. Nos sentamos en corro, con los pies juntos a la lumbre, y bien pronto tuvo cada cual sobre sus rodillas, dentro de una cazuela de barro colorado, dos rebanadas de pan moreno con mucho caldo. Nadie habló durante la comida: estábamos mojados, teníamos hambre, y además la proximidad del cementerio... A pesar de todo desocupamos las cazuelas, encendimos las pipas y empezamos a charlar un poco. Como es natural, el tema de nuestra conversación fue la Ligera.

—Pero, dígame, ¿cómo ocurrió la catástrofe?—pregunté al patrón, quien con la cabeza apoyada en las manos, miraba la lumbre con aire pensativo.

—¿Que cómo ocurrió la catástrofe?—respondiome el bueno de Lionetti, suspirando con amargura.—¡Ah! señor, nadie del mundo pudiera decirlo. Todo lo que sabemos es que la Ligera, llena de tropas para Crimea, había zarpado de Tolón la víspera por la tarde, con mal tiempo. De noche todavía, empezó a arreciar el temporal. Viento, lluvia, mar alborotado como nunca. Por la mañana amainó un poco el viento, pero el mar continuaba tan fiero; y a todo esto, una maldita bruma del demonio, que no permitía distinguir un fanal a cuatro pasos. No puede usted formarse idea, señor, de lo traidoras que son esas brumas. Eso nada importa; nadie me quita de la cabeza que la Ligera debió perder el timón de madrugada; porque, por muy densa que fuera la bruma, sin una avería, el capitán no hubiese venido a estrellarse aquí. Era un experto marino, a quien todos conocíamos. Había mandado la estación naval de Córcega durante tres años y conocía la costa tan bien como yo, que no conozco otra cosa.

—¿Y a qué hora se supone que se estrelló la Ligera?

—Debió ser a mediodía; sí, señor, en pleno mediodía... Pero, ¡cáspita! con la bruma de mar, ese pleno mediodía no era más claro que una noche obscura como boca de lobo... Un aduanero de la costa me refirió que aquel día, habiendo salido de su caseta para sujetar los postigos, próximamente a las once y media, una racha de viento le llevó la gorra, y exponiéndose a ser llevado él mismo por la resaca, empezó a correr tras de aquélla a cuatro patas, a lo largo de la playa. Comprenderá usted que a los carabineros no les sobra la plata y una gorra cuesta cara. Pues bien, parece ser que al levantar un momento la cabeza nuestro hombre, vio, muy cerca de él, entre la bruma, un buque de alto bordo que huía a palo seco, sotaventeando las islas Lavezzi. Este buque marchaba con tanta velocidad, que el aduanero apenas tuvo tiempo de verlo bien. Sin embargo, todo hace suponer que sería la Ligera, puesto que media hora más tarde el pastor de las islas oyó en estas rocas... Pero justamente viene aquí el pastor de que le hablo a usted; él mismo podrá contarle el suceso... ¡Buenos días, Palombo!... Ven a calentarte un poco; no temas, hombre.