Acercose a nosotros tímidamente un hombre encapuchado, a quien veía yo desde poco antes rondar alrededor de nuestra hoguera, y al cual había tomado por uno de los tripulantes, pues no sabía que hubiese pastor alguno en la isla.

Era un viejo leproso, casi completamente idiota, atacado por no sé qué enfermedad escorbútica que convertía sus labios en un gran morro, que no podía mirarse sin repugnancia. Costó gran trabajo hacerle entender de qué se trataba. Entonces, levantándose con un dedo el labio enfermo, el viejo nos contó que, en efecto, desde su choza oyó aquel día, alrededor de las doce, un horrible crujido en las peñas. Como toda la isla estaba cubierta por el agua, no había podido salir, y sólo al siguiente día fue cuando, al abrir la puerta, pudo ver la costa llena de restos y cadáveres arrastrados hasta allí por el mar. Espantado, huyó a toda prisa hacia su barca, para ir a Bonifacio a buscar gente.

Tomó asiento el pastor, rendido de haber hablado tanto, y el patrón reanudó su discurso:

—Sí, señor; este pobre viejo fue quien nos avisó. Estaba casi loco de miedo, y desde entonces tiene la cabeza a pájaros. Lo cierto es que había motivo para ello... Figúrese usted seiscientos cadáveres amontonados sobre la arena, revueltos con astillas de madera y jirones de lona... ¡Pobre Ligera!... El mar la había molido de golpe y hecho trizas en tal forma, que el pastor Palombo apenas ha podido encontrar entre todos sus residuos con qué hacer una empalizada para su choza... En cuanto a los hombres, desfigurados casi todos, espantosamente mutilados... inspiraba compasión el verlos asidos unos a otros, en racimos... Allí estaban el capitán con uniforme de gala, el capellán con la estola al cuello; en un rincón, entre dos peñascos, un grumete con los ojos abiertos... parecía vivo todavía; ¡pero, no! Era cosa decidida que nadie se librara...

Al llegar a este punto, el patrón se interrumpió, gritando:

—¡Ten cuidado, Nardi, que se apaga la lumbre!

Nardi arrojó en el brasero dos o tres pedazos de tablones embreados, que se inflamaron, y Lionetti prosiguió:

—Lo más triste de esta historia es esto: Tres semanas antes de la catástrofe, una pequeña corbeta, que iba a Crimea, lo mismo que la Ligera, naufragó del mismo modo y casi en el mismo sitio; sólo que aquella vez pudimos salvar la tripulación y veinte soldados de ingenieros que iban a bordo... ¡Es claro, esos pobres tiralíneas no estaban en su elemento! Se les condujo a Bonifacio y permanecieron dos días con nosotros en la marina... Después que se secaron bien y se pusieron en pie, ¡buenas noches, buena suerte! ¡Regresaron a Tolón, donde volvieron a ser embarcados para Crimea!... ¿A que usted no adivina en qué buque?... ¡En la Ligera, señor!... Los vimos a todos veinte, tumbados entre los muertos, en el sitio donde nos encontramos ahora... Yo mismo conocí a un lindo sargento de finos bigotes, un pisaverde de París, a quien había hospedado en mi casa y que nos había hecho reír todo el tiempo con sus historias... Al encontrarlo allí, se me partió el corazón... ¡Ah, Santa Madre!...

Y, al decir esto, el honrado Lionetti sacudió, conmovido, la ceniza de su pipa y se arrebujó en su capotón, dándome las buenas noches... Durante algún tiempo, continuaron hablando a media voz los marineros... Después, una tras otra, se apagaron las pipas... No se pronunció una palabra más... Marchose el pastor viejo... Y yo me quedé solo soñando despierto, en medio de la tripulación dormida.

*
* *