—¡Pronto, pronto, una silla!—grita la vieja a su niña.

—¡Abre los postigos!—dice el viejo a la suya.

Y agarrándome cada cual por una mano, lleváronme de un trote a la ventana, abierta de par en par, para contemplarme mejor. Acercan los sillones, me instalo entre ambos en una silla de tijera, colócanse detrás de nosotros las dos niñas de azul, y comienza el interrogatorio.

—¿Cómo está? ¿Qué hace? ¿Por qué no ha venido a vernos? ¿Está contento?

Y patatín, y patatán. Todo esto durante dos horas.

Contesté del mejor modo posible a todas las preguntas, diciendo acerca de mi amigo los detalles que conocía, inventando descaradamente los que ignoraba, y guardándome, sobre todo, de confesar que jamás había reparado en si cerraban bien sus ventanas, o de qué color era el papel de su cuarto.

—¡El papel de su cuarto! Es azul, señora, azul pálido con guirnaldas.

—¿Verdad?—exclamaba conmovida la pobre vieja.

Y dirigiéndose a su marido, agregaba:

—¡Es tan buen muchacho!...