—¡Oh, sí, es un buen muchacho!—repetía el otro lleno de entusiasmo.
Y mientras que yo hablaba había entre ellos movimientos de cabeza, sonrisitas maliciosas, guiños de ojos, aires de valor entendido. O bien, el viejo que se aproximaba a mí diciéndome:
—Hable usted más fuerte. Es un poco sorda.
Y ella por su parte:
—Le suplico que hable algo más alto. Es un poco teniente.
Yo alzaba entonces la voz, y dábanme los dos las gracias con una sonrisa, y entre esas lánguidas sonrisas con que se inclinaban hacia mí, pretendiendo ver en el cristal de mis ojos la imagen de su Mauricio, conmovíame el encontrar yo mismo aquella imagen, vaga, velada, casi imperceptible, cual si viese a mi amigo sonreírseme, entre una bruma, en las lejanías.
*
* *
El viejo yérguese repentinamente en el sillón.
—¿A que no adivinas en qué estoy pensando, Mamette? ¡Quizá no habrá almorzado!
Y Mamette, trastornada, levantando los ojos al cielo, exclama: