—¡No es completamente malo!

Y con esta seguridad, los pájaros reanudan su canto, las fuentes vuelven a correr y las flores a embalsamar el aire, como si aquel señor no estuviese allí. Impasible en medio de toda aquella agradable algarabía, el subprefecto invoca en su corazón a la Musa de los comicios agrícolas, y lápiz en ristre, declama con voz de ceremonia:

—Señores y queridos administrados...

—Señores y queridos administrados—declama el subprefecto, con su voz ceremoniosa.

Interrumpido por una carcajada, vuelve la cabeza y no ve más que un gran picoverde que lo mira riéndose, de patas en el sombrero apuntado. El subprefecto se encoge de hombros e intenta reanudar su discurso; pero el picoverde lo interrumpe, gritándole desde lejos:

—¿Para qué sirve eso?

—¡Cómo! ¿Para qué sirve eso?—dice el subprefecto, enrojeciendo y, echando con un ademán a aquel pájaro insolente, prosigue a más y mejor:

—Señores y queridos administrados—prosigue a más y mejor el subprefecto.

Y he aquí que en aquel momento se yerguen hacia él las flores desde la punta de sus tallos, y le dicen con dulzura:

—Señor subprefecto, ¿no advierte usted el gratísimo perfume que exhalamos?