Imposible de todo punto leer en el camino aquel día. Llovía a torrentes, y la tramontana arrojaba el agua a cubos al rostro... Hice la caminata de un tirón, y después de andar tres horas, percibí a la postre ante mí los tres cipresitos en medio de los cuales guarécese del viento la comarca de Maillane.

No andaba ni un gato por las calles de la aldea; todo el mundo estaba en misa mayor. Al pasar yo delante de la iglesia, zumbaba el piporro, y vi relucir los cirios a través de las policromas vidrieras.

El poeta habita al final del término municipal; en la postrera casa a la izquierda, en el camino de Saint-Remy, una casita de un solo piso, con un jardín delante... Entro muy despacio... ¡No hay nadie! La puerta del salón está cerrada, pero oigo que detrás de ella andan y hablan en alta voz... Conozco muchísimo ese paso y esa voz... Me detengo un instante en el corredorcito enjalbegado con cal, puesta la mano en el pestillo de la puerta, muy emocionado. El corazón me palpita. ¡Qué impresión!

Ahí está. Trabaja... ¿Esperaré que termine la estrofa? ¡A fe mía, tanto peor! ¡Adentro!

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¡Ah, parisienses! Cuando el poeta de Maillane fue a visitar a ustedes para enseñar a París su Mireya, y vieron a ese Chactas con traje de ciudad, con cuello recto y sombrero alto, que le molestaba tanto como su gloria, creyeron que ése era Mistral... No; no era él. En todo el mundo no hay nada más que un Mistral, el que sorprendí yo el domingo último en su lugarejo, con el sombrero de fieltro de alas anchas en la oreja, sin chaleco, de chaquetón, con su roja faja catalana oprimiéndole los riñones, brillantes los ojos, con el fuego de la inspiración en las mejillas, hermoso con su dulce sonrisa, elegante como un pastor griego, y caminando ligero, con las manos en los bolsillos componiendo versos.

—¡Hola! ¿Tú aquí?—gritó Mistral, arrojándoseme de un salto al cuello.—¡Qué buena idea has tenido de venir!... Justamente, hoy es la fiesta de Maillane. Tenemos la música de Aviñón, toros, procesión, farándula; esto será magnífico... Mi madre volverá pronto de misa, almorzaremos y, después, a ver cómo bailan las muchachas bonitas.

Mientras me hablaba, miré emocionado ese saloncito de papel claro, que hacía mucho tiempo que no había visto y donde he pasado ya tan hermosas horas. Todo estaba igual. Siempre el mismo sofá de cuadros amarillos, los dos sillones de paja, la Venus de Milo, y la Venus de Arlés en la chimenea, el retrato del poeta por Hébert, su fotografía por Esteban Carjat, y en un rincón, cerca de la ventana, el escritorio, una humilde mesita de oficial del registro, completamente atestada de librotes viejos y de diccionarios. En medio de esa mesa de despacho, había un gran cuaderno abierto... Era Calendal, el nuevo poema de Federico Mistral, que verá la luz pública este año el día de Navidad. Hacía siete años que Mistral trabajaba en ese poema, y cerca de seis meses que escribió el último verso; sin embargo, todavía no se decide a separarse de él. Es claro, siempre hay una estrofa que concluir, una rima más sonora que encontrar... Aunque Mistral escribe en provenzal, pule sus versos como si todos pudieran leerlos en ese idioma y tenerle en cuenta sus esfuerzos de buen obrero... ¡Oh, valiente poeta! De Mistral hubiera podido también decir Montaigne: Acuérdense de aquél a quien, como le preguntasen por qué se tomaba tanto trabajo en un arte que sólo podía llegar a conocimiento de reducido número de personas, respondió: «Pocas necesito. Me basta una. Tengo suficiente con ninguna.»

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Tenía yo en las manos el cuaderno de Calendal, y hojeábalo profundamente emocionado... Una banda de pífanos y tamboriles resonó de repente en la calle delante de la ventana, y he aquí Mistral que corre al armario, saca de él vasos y botellas, coloca la mesa en medio del salón, y abre la puerta a los músicos, diciéndome: