—No debes reírte... Vienen a darme la alborada... Soy concejal.

La gente invadió el saloncillo. Pusieron los tamboriles sobre las sillas, la vieja bandera en un rincón, y circuló el vino trasañejo. Después de consumir algunas botellas a la salud de don Federico, de conversar gravemente acerca de la fiesta, de si la farándula será tan bonita como el año anterior, de si serán bravos los toros, vanse los músicos a dar la alborada a casa de los demás regidores. En ese momento llega la madre de Mistral.

En un momento ponen la mesa; un hermoso mantel blanco y dos cubiertos. Yo conozco la costumbre de la casa: sé que, cuando Mistral tiene convidados, su madre no se sienta a la mesa... La pobre anciana no habla más que el provenzal, y pasaría grandes angustias si tuviera que conversar con franceses... Por otra parte, hace falta en la cocina.

¡Santo Dios, con qué comida más suculenta me obsequiaron aquella mañana! Un trozo de cabrito asado, queso de monte, mostillo, higos, uvas moscateles; todo ello rociado con ese exquisito Château-neuf de los Papas, de un color rojo tan precioso en los vasos...

A los postres, voy a buscar el cuaderno del poema y lo pongo en la mesa delante de Mistral.

—Habíamos convenido en salir—dijo sonriéndose el poeta.

—¡No, no! ¡Calendal! ¡Calendal!

Mistral transige y con su voz musical y dulce, llevando el compás de los versos con la mano, empieza la lectura del primer canto:

De una zagala loca de amor,
Ahora que ha dicho la desventura,
Cantaré, Dios mediante, un hijo de Cassis,
Un desgraciado pescador de anchoas...

Fuera oíase el tañido de las campanas tocando a vísperas, estallaban los cohetes en la plaza, pasaban y volvían a pasar pífanos y tamboriles por las calles. Mugían los toros de Camargue, conducidos para la lidia.