Una semana después el guarda general se marchó a París, no sin sentir en el fondo de su espíritu como una vaga liberación.

Prometieron escribirse: ni uno ni otro cumplieron su promesa y un silencio absoluto cayó entre ellos. Delaberge, que no había puesto en aquella mujer sino los sentidos, fue olvidándola poco a poco, suponiendo que la señora Miguelina se consolaría rápidamente y pondría a otro en su puesto. Y muy pronto sus amoríos campesinos se le aparecieron como una de esas estrellas fugaces que nacen en un cielo de agosto, lo atraviesan y se apagan...

Las preocupaciones del oficio y del ascenso apagaron pronto en él hasta el menor recuerdo de aquella aventura juvenil. Años y más años pasaron, llevándose como un torrente sus deseos y sus energías hacia riberas que no eran precisamente las de la ternura.

Si alguna vez recordaba los episodios de sus principios en Val-Clavin no era sino para reírse desdeñosamente de ellos como hace el hombre maduro con las locuras de la juventud. Y he aquí que los azares administrativos le volvían a este pueblo perdido en el fondo de los bosques; he aquí que los detalles, el aire ambiente, la fisonomía del camino tantas veces hecho en otros tiempos, evocaban en su espíritu la imagen de la señora Miguelina, que él creía enterrada bajo el más absoluto olvido...

Pero la muerte tan sólo puede producir el verdadero y total olvido. Mientras andamos por los caminos de la vida, podemos hallarnos otra vez frente a frente con las personas y las cosas que habíamos para siempre borrado de nuestra memoria.

En París, apenas si alguna que otra vez pensó en la posibilidad de encontrarse de nuevo con su antigua amante; mas ahora, al aproximarse al pueblo en que la había conocido, Delaberge sintió nacer en su espíritu una vaga inquietud.

Sintió alarmarse la prudencia del funcionario, temiendo, en el caso de que la señora Princetot viviese todavía en Val-Clavin, verse expuesto a familiaridades comprometedoras para su carácter oficial. En verdad, decíase que veintiséis años pueden producir, aun tratándose de un pueblecillo, grandes y radicalísimos cambios. Entre las gentes que le conocieron en otro tiempo, muchos sin duda habrían desaparecido. Los hombres maduros de entonces serían ahora ancianos y habrían tomado su puesto los jovenzuelos de otros días, preocupándose muy poco por lo pasado. La misma señora Princetot tendría ya cincuenta y cuatro años, y es natural que la edad la hubiese hecho más discreta. Y aun podría suceder que ya no estuviese en el pueblo.

Ya bastante rico Princetot, vendió tal vez su hospedería y probablemente ni el recuerdo existía ya del famoso Sol de Oro...

Por lo demás, fácil sería adquirir noticias sobre este punto preguntando al cochero. Este, que llevaba con frecuencia viajeros de una parte a otra, conocería con seguridad los sucesos del país...

Precisamente habían llegado a lo más alto de la loma y comenzaban a descender hacia el verdeante valle. Subiendo de nuevo al carruaje, Delaberge preguntó al cochero: