—¿Conoce usted Val-Clavin?

—Ciertamente, señor; en verano llevo a ese pueblo gran número de viajeros y también en tiempos de caza.

—¿Cuál es la mejor hospedería?

—¿La mejor?... No hay más que una que sea buena de verdad: el Sol de Oro... Las demás no son sino malas tabernas.

—¿Se está bien en la casa?

—Ya lo creo, y se come en ella divinamente... Las gentes de Langres van allí con frecuencia a pasar un día de campo... El Sol de Oro no es precisamente de ayer; hace ya más de treinta años que da muy buenos cuartos al Príncipe y a su esposa.

—¿Qué Príncipe?—exclamó Delaberge algo desorientado.

El cochero echóse a reír.

—Quiero decir el señor Princetot, pardiez... Es un apodo que le dan, tan rico es y tan poderoso... Le llaman el Príncipe y a su mujer la Princesa... Yo le aseguro a usted que son gente rica... La mitad del término es suyo. Princetot ha agregado a su casa una destilería, en la que gana el dinero que quiere, y no es poco decir... Sin embargo, continúan en su hospedería como si tuviesen necesidad de ella, ¿Qué quiere usted? La costumbre...

VI