Una llamarada de rubor coloreó las mejillas de la señora Liénard.
—¡Dios mío—dijo,—quizás soy demasiado expansiva!... Es mi defecto... Pero desde que cambiamos las primeras palabras en casa de la señora Voinchet, me sentí inclinada a una sincera confianza con usted. A ver si me explica usted por qué motivo ciertas personas nos atraen y nos hacen comunicativos... A primera vista, parece usted un hombre grave y reservado, y sin embargo, yo que soy una verdadera salvaje, me sentí en seguida bien a su lado. Había en sus ojos algo que me tranquilizaba y me alentaba a hablar. Yo me dije: He aquí un hombre recto, leal, serio; puedo, sin temor ninguno, confiarme a él...
—Casi tanto como al señor Simón Princetot—interrumpió riendo Delaberge.
—¿Se ríe usted?... Pues bien, el señor Simón se le parece a usted en lo moral, y también un poco en lo físico... ¿No lo ha reparado usted?
—No le he visto bastante para poderlo observar...
Recorrían entonces las grandes avenidas del parque y como el camino no era ya tan llano como antes creyó deber suyo ofrecer cortésmente su brazo a la señora Liénard; ésta lo aceptó sin cumplidos y así siguieron paseando hasta que la campana les avisó la hora de la comida; volvieron hacia la terraza y allí encontraron a Simón Princetot aguardándoles.
Al ver a la joven, apoyada en el brazo de Delaberge que iba atento y sonriente, Simón pareció sentir una impresión desagradable. Se oscureció su rostro y con una gran frialdad saludó de nuevo al inspector general. Pasaron todos al comedor y se sentaron a la mesa.
Comenzó la comida en medio de un frío malestar. Los dos hombres se observaban sin dirigirse la palabra y eran vanos los esfuerzos que hacía la señora Liénard para animar la conversación, pues ella deseaba sinceramente servir como de enlace entre sus dos invitados. Así, procuraba llevar al joven Simón a terrenos que le eran familiares. Hizo grandes elogios de su amor por las cosas del campo, le preguntó sobre sus estudios de selvicultura, de sus proyectos para el porvenir... El joven contestaba con sencillez y sobriamente. Cuando hablaba de economía agraria o forestal, demostraba conocer muy a fondo el asunto. Alguna vez en la conversación, le ocurrió tocar, aunque solamente de soslayo, ciertas cuestiones científicas o sociales, y su manera de tratarlas descubría en él una cultura muy extensa y sólida. Aun contradiciéndole y presentándole objeciones embarazosas, quedaba Delaberge sorprendido por la claridad y la precisión de todas sus réplicas: la señora Liénard no había exagerado. Corazón lleno de caluroso entusiasmo, firmeza de juicio, noble generosidad, todo eso se adivinaba oyéndole hablar. Y era realmente extraordinario en un joven que había nacido y se había educado en una hospedería de pueblo.
Mientras hablaba y desarrollaba sus ideas, con frecuencia opuestas a las del inspector general, éste estudiaba la fisonomía de su adversario y en vano buscaba en ella semejanzas con el matrimonio Princetot. En realidad, el joven no había salido a su padre ni aun a su madre. No tenía en los ojos ni la somnolencia maliciosa del Príncipe, ni tampoco la indolente languidez de su madre. Solamente sus cabellos castaños, espesos y ligeramente rizados, recordaban un poco la opulenta cabellera de la señora Miguelina. El tono de su voz era algo brusco y áspero, aspereza de manzana silvestre que no se dulcificaba un poco sino cuando contestaba a las preguntas de la señora Liénard. Con ella tomaba súbitamente su voz entonaciones afables, casi tiernas.
Con una mezcla de envidia y de inconsciente interés, contemplaba Delaberge a ese joven robusto, bien tallado, de mirada profunda y franca, de maneras simples y correctas, y pensaba aun sin quererlo: «He aquí un muchacho del que me gustaría ser padre». Después, dejándose llevar por la pendiente de sus ensueños matrimoniales, añadía para sí: «Todavía puedo tener hijos, no he de perder la esperanza; no falta sino la mujer, y yo sé de una, no lejos de aquí, con la que me casaría de buena gana...»