Y sus ojos se dirigían con mayor complacencia cada vez hacia la señora Liénard. Decíase que la viuda tenía ya sus veintisiete años, que unía a un espíritu encantador, un corazón honrado, rectitud de juicio y gran sensibilidad; que sería a la vez una excelente ama de casa y una compañera ciertamente deseable. Y como si continuase en voz alta esta conversación interior, se inclinaba con ternura hacia su vecina, le prodigaba toda clase de finas atenciones y la hacía objeto de sus más exquisitas galanterías, cuya forma algo anticuada descubría que no habían servido mucho desde los tiempos de su juventud.
En su deseo de cumplimentar a la viuda, no veía que sus galantes cumplimientos ponían luces de disgusto en los ojos de Simón y que ensombrecían su buen humor.
Levantáronse de la mesa y pasaron a la terraza, en el momento en que el sol desaparecía tras los bosques de Montegrande. La señora Liénard se hizo traer una cafetera rasa y preparó por si misma el café. Cuando ofreció el azúcar al inspector general, éste le dio las gracias, diciendo que tomaba el café sin azúcar.
—¡Es raro!—exclamó aturdidamente la viuda.—Lo mismo que el señor Simón...
Esta semejanza de gustos con un joven que, durante toda la comida le había demostrado más hostilidad que simpatía, dejó frío e indiferente a Delaberge, que sentía contra Simón cierto rencor por su actitud llena de desconfianzas. Hablaron todavía un buen rato en la terraza, donde, en medio de un suave crepúsculo, esparcían las madreselvas su penetrante perfume; después, ya casi completamente oscurecido y cuando comenzó a mostrarse la luna por encima de los bosques, levantóse Delaberge para despedirse y Simón Princetot hizo lo mismo.
—¡Buenas noches, señores!—dijo la señora Liénard.—Juntos harán ustedes el camino... Señor Delaberge, puesto que se queda todavía una semana en Val-Clavin, espero que no olvidará usted el camino de Rosalinda...
Ya fuera de la verja, los dos caminaron un buen trecho bajo la bóveda de los fresnos, sin dirigirse una palabra. El mismo malestar que había helado los comienzos de la comida, parecía ponerles nuevamente taciturnos. Siendo ambos por temperamento nada comunicativos, amenazaba eternizarse esa frialdad, cuando Delaberge, molestado por su mismo silencio, se decidió a romperlo, diciendo:
—Señor Princetot, ya sé que es usted el adversario de la Administración a la que yo represento; pero, pues me hospedo en casa de su padre y acabamos de comer el pan sobre unos mismos manteles, no veo el motivo para que nos tratemos personalmente como enemigos. Por mi parte, tenga usted la seguridad de que yo llevaré al cumplimiento de mi misión el más conciliador espíritu, y si me parecen bien fundadas sus reclamaciones...
—Lo están, señor—interrumpió Simón, sin abandonar su frialdad;—solamente las personas extrañas al país y a sus necesidades...
—He de advertirle que no soy tan extraño al país como usted parece creer... He vivido aquí mucho antes de que viniese usted al mundo... ¿Qué edad tiene usted?