Meditando sobre todo eso, Delaberge volvió a su mesa de trabajo, releyó su informe, examinó de nuevo las notas puestas en los planos y doblando cuidadosamente todos esos papeles, los metió en un sobre.
Quiso llevar él mismo el pliego a correos, y luego, cuando ya lo hubo dejado en manos de la receptora, regresó despacio a la hospedería. Al llegar al corredor del primer piso oyó ruido en su cuarto cuya puerta había quedado sin cerrar. Intrigado por ello la empujó bruscamente y vio a la señora Miguelina ocupada en arreglar los muebles de la habitación. Había creído, sin duda, que tardaría en volver algunas horas y, aprovechando la ocasión, había querido atender a la limpieza y arreglo de aquella magnífica «sala roja». La súbita aparición de Delaberge le causó tal sorpresa, que dejó caer el plumero que tenía en la mano y se puso intensamente pálida.
—No se moleste por mí, señora Princetot—dijo Delaberge mientras cerraba tras de sí la puerta.
Ese encuentro, que él no había buscado, le embarazaba un poco; pero luego pensó que, después de todo, el encuentro habría de ser inevitable y que si era entre ellos necesaria una explicación siempre había de ser preferible aprovechar la ausencia del Príncipe y de su hijo.
—Dispense, señor Delaberge—repuso la hostelera, con voz no muy segura.—Creí que estaba usted en el bosque, de otro modo no me hubiera atrevido...
Delaberge vio su palidez, sus labios crispados, su espanto. Seguía murmurando la pobre palabras ininteligibles y se apoyaba para no caer en el repecho de la chimenea, sin atreverse a levantar los ojos. Sintió Delaberge una profunda lástima...
—No tiene usted necesidad de excusa alguna, señora—dijo entonces con entonación más amable.—Por el contrario, grande ha sido mi satisfacción al encontrarla aquí, pues, desde mi llegada, apenas si he podido verla un momento... Precisamente tenía mucho interés en felicitarla por su excelente hijo, con quien tuve el gusto de trabar conocimiento ayer...
—¡Ah!... ¿Le ha visto usted?—murmuró muy débilmente Miguelina.
Y un temor ansioso alteró más todavía la expresión de su rostro, como si el encuentro de aquellos dos hombres hubiese sido para ella una desgracia, o como si viese en ello el presagio de una inminente catástrofe. Separó sus manos, que tenía cruzadas sobre el pecho y con gesto desmayado cayeron pesadamente sus brazos a lo largo del cuerpo...
Su exclamación llena de un inexplicado temor y su desmayada actitud extrañaron mucho al inspector general. Manifestábase en su rostro y en toda su persona aquel desaliento, aquella profunda consternación que experimenta aquel que ve de pronto, paralizados por la desgracia, sus más nobles esfuerzos. Delaberge no podía comprender cómo y por qué el solo anuncio de su entrevista con Simón había asustado de tal modo a aquella mujer. Supuso que la señora Princetot se alarmaba sin duda a causa de la enemiga que su hijo manifestaba a la Administración forestal y temiendo que esto le había de causar algún disgusto. Para tranquilizarla añadió: