—Sí, pasé ayer con su hijo algunas agradables horas en Rosalinda...
Un doloroso suspiro se escapó de los labios de Miguelina y esto aumentó todavía la sorpresa de su interlocutor. Se detuvo un momento, y después prosiguió:
—Regresamos juntos a Val-Clavin y, durante el camino, pude convencerme de que la señora Liénard no me había exagerado las brillantes cualidades de Simón. Es un muchacho de espíritu recto y de corazón noble. Aunque adversario de la Administración forestal, espero que seremos buenos amigos... Estoy contentísimo de haberle conocido.
Estas palabras, lejos de tranquilizar a la señora Princetot, parecieron aumentar todavía su espanto; había de nuevo juntado sus manos y se las retorcía nerviosamente. Al mismo tiempo, vio Delaberge que las lágrimas humedecían los ojos de la hostelera.
—¿Qué tiene usted?—continuó.—Diríase que mis palabras le causan pena... Sentiría con toda el alma que involuntariamente...
Se acercó un poco más a la hostelera y con su voz más afectuosa murmuró dulcemente:
—Vamos, Miguelina, ¿por qué no tiene usted confianza en mí?... Yo no soy ciertamente un extraño... Recuerde que en otros tiempos...
Quiso tomarle amistosamente las manos y ella le rechazó con el gesto indignado de una mujer arrepentida a quien se tratase de inducir a nueva tentación.
—¡Calle usted!—murmuró suplicante.—Me da vergüenza oír hablar de aquellos tiempos.
—¿Por qué?—replicó Delaberge, extrañado de una tan extremosa castidad.—En nuestra edad, señora, ya no hay peligro alguno... Y además, si cometimos en otros tiempos el error de ser demasiado jóvenes, fue aquello un pecado del que ya no queda hoy el menor rastro.