Ocupado el pensamiento en tales cavilaciones, un poquitín egoístas, atravesó Delaberge la avenida de los fresnos y llegó a la misma terraza, donde encontró a la señora Liénard formando un magnífico ramo con las flores de su jardín.

—Ya lo ve usted, señora—dijo saludándola,—cómo abuso de la libertad que me dio y vengo a pasar unos momentos en su compañía a título únicamente de vecino.

Camila Liénard le recibió con amable sonrisa y le tendió su morena manecita, cuya fina epidermis habían ligeramente rasgado las espinas de los rosales; y dijo la viuda:

—Estoy encantada de su visita y le pido solamente permiso para acabar este ramo... No tardaré mucho, pero es faena que no puedo aplazar... He visto que necesitaban ser cambiadas las flores que tengo en los jarrones del salón... Hay dos cosas que no puedo sufrir: las cintas descoloridas y las flores mustias.

—¿Puedo ayudarle?

—Ciertamente. Tome esas tijeras y tenga la bondad de cortar las flores que yo vaya designando.

Delaberge se puso alegremente al trabajo. A medida que ella le iba nombrando las flores las cortaba él dócilmente, alguna vez se equivocaba y la viuda le reñía... De pie en medio de los caminillos del jardín, al viento los cabellos, relucientes los ojos en la sombra de su sombrero de paja, la señora Liénard, apretando contra el pecho el ramo ya voluminoso de sus flores, le iba dando sus indicaciones con voz límpida y musical.

—Sobre todo, córteme largos los tallos... Deme esos narcisos... No, no, esas flores, ésas no lo son... Aquellas otras, blancas con el corazón anaranjado... ¿Cómo no conoce usted el narciso de los poetas?... No parece usted muy fuerte en la botánica de jardín, señor forestal.

Y ambos se reían. Delaberge se complacía en esa labor florida que compartía con la amable mujer. Sentíase rejuvenecido por el contacto de los fresquísimos pétalos de tantas y tantas flores, de todos colores y formas, subiéndosele a la cabeza los primaverales perfumes de las rosas, de los junquillos y de los iris... Cada vez que añadía una flor al brazado de la viuda, era para él una delicia rozar apenas los dedos de Camila por entre las hojas llenas de humedad.

—Basta—dijo ella al cabo de algunos minutos.—Ya tenemos bastantes flores. Ahora sólo falta ponerlas en los jarrones.