Y con Delaberge se encaminó hacia un emparrado, bajo el cual había algunas sillas de junco y una mesa; encima de ésta lucían sus brillantes colores dos pequeños jarrones llenos de agua.
Entonces comenzó el delicadísimo trabajo de arreglar los ramos. Francisco presentaba una a una las flores a la señora Liénard, quien las iba disponiendo artísticamente en los jarrones, combinando los matices y variando de sitio las flores según su forma y su tamaño. Poco a poco los iris violados, las blancas madreselvas y los miosotis iban surgiendo gentilmente de entre una corona formada de rosas y de narcisos.
Por debajo del emparrado se veía una parte de la terraza, bordeada de naranjos y un trozo de la fachada con sus ventanas abiertas, animado todo por el susurro de innumerables insectos, borrachos de sol.
Delaberge, muellemente enternecido, y sintiéndose expansivo, aun a pesar suyo, se atrevió a hacer una tímida insinuación:
—¡Esta Rosalinda es un paraíso!... Pero un paraíso en que se viva constantemente en compañía de sí mismo, puede a la larga hacerse monótono... ¿No ha pensado usted nunca en animar un poco esta soledad?
La señora Liénard fijó sus límpidos ojos en su interlocutor. Dejó caer de sus manos la rosa cuyas espinas iba quitando y, apoyándose de codos en la mesa, se quedó pensativa un momento. Se entreabrieron sus labios, como a punto de hacer una confidencia, mas en seguida cerráronse otra vez.
Hubo un corto silencio y volviendo a su labor de ir colocando con arte las flores en los jarrones, habló Camila de este modo:
—Sin duda cree usted, señor Delaberge, que es demasiado absoluto mi aislamiento... ¡Dios mío, también yo, algunas veces, lo creo así!... Y me pregunto si no haría mucho mejor modificando un poco mi existencia, aunque es ésta una pendiente hacia la cual no me agrada guiar mis ensueños... Y no obstante...
Hizo la señora Liénard un gracioso mohín y se calló.
Los dos jarrones estaban ya listos. La viuda se levantó, sacudióse las verdes hojitas que se le habían quedado adheridas en la falda y tomando uno de los jarros suplicó a Delaberge que tomase el otro, diciéndolo sonriente: