—Continúo abusando... Pero es usted tan amable que no temo ser indiscreta.
—Tiene usted razón, señora—replicó galantemente Delaberge;—tráteme como un amigo... Siento únicamente que se limiten mis servicios a tan poca cosa... Quisiera poder pagar mucho mejor mi deuda de reconocimiento hacia usted, tan hospitalaria, tan benévolamente amable con un pobre desterrado como yo. Si alguna vez le parece su casa un poco solitaria, es ésta al menos una soledad deliciosa, mientras que la hospedería del Sol de Oro no es más que un fastidioso desierto.
Habían entrado ya en el salón.
—Entonces—repuso la señora Liénard, tomando de sus manos el jarrón—cuando se sienta demasiado triste allá abajo, véngase aquí unos momentos.
—¿Me permite usted que vuelva?... Entonces, márchome enteramente feliz.
Creyó conveniente no prolongar más su visita y se dispuso a despedirse.
—¡Hasta bien pronto!—le dijo ella tendiéndole con amable vivacidad su mano.—Hasta mañana, si quiere usted. Sí, venga usted mañana: tal vez... tal vez tenga un consejo que pedirle.
Y salió Delaberge de la casa, animado por la esperanza de una tan próxima visita y también por la perspectiva de esa misteriosa confidencia que la viuda quería hacerle.
II
Al día siguiente de aquel en que Delaberge había ayudado a la señora Liénard al arreglo de sus jarrones, Simón Princetot, terminado el almuerzo, atravesó la cocina del Sol de Oro y se dirigió hacia la escalera que conducía a la habitación roja. Había ya puesto el pie sobre el primer escalón cuando la señora Miguelina que le seguía con mirada ansiosa, le preguntó: