Yo creo que la ancianidad penetra por los ojos y que envejecemos antes si vivimos con gente vieja...

Es mi parecer que solamente cuando no existe una gran diferencia de edad entre la mujer y el marido es posible la mutua estimación y benevolencia.

—¿Cree usted?—murmuró Delaberge.

Los rasgos de su rostro se alargaron y la luz que iluminaba sus azules ojos desapareció de pronto, como apagada por un soplo trágico.

—¿Le parece a usted que soy exigente?—preguntó ella al notar ese cambio de fisonomía.

—¡Tiene usted derecho a serlo!—repuso melancólicamente.

—Entiéndame usted bien; no doy importancia ninguna a lo que llaman figura brillante...

Levantó sus hermosos ojos hacia los verdes ramajes que se movían más allá de los ventanales, como si buscase en el ancho espacio la imagen del marido soñado y continuó con la mirada fija en los lejanos horizontes:

—No deseo ni un buen mozo, ni un hombre de mundo... Yo desearía que fuese joven mi marido, pero que su juventud estuviese hecha de entusiasmo, de ardor, de ternura... Que no tuviese nada de frivolidad, ni de las elegancias superficiales de los jóvenes de hoy. Me causan horror los hombres desocupados... Yo desearía que el marido de mi elección tuviese el espíritu lleno de nobles ambiciones, que tuviese sencillo el corazón y amase como yo el campo y sus grandes espectáculos... Que fuese orgulloso, que no debiese su posición ni a un título de nobleza ni al dinero, que la hubiese conquistado por sus propios méritos. Yo entonces le amaría por sí mismo, por su espíritu, por su fuerza de carácter, por su alma entusiasta escondida bajo apariencias de frialdad y aun de rudeza...

Abría ella su corazón con ingenua espontaneidad, parecía que soñaba en voz alta y, al escucharla visiblemente desencantado, adivinaba Delaberge que ese marido descrito con tanta precisión era menos imaginario de lo que la joven pretendía; en ciertos rasgos característicos, veíase claramente que ese ideal se parecía muchísimo a un joven que uno y otro conocían... a Simón Princetot.