No cabía duda de que la viuda sentía una secreta inclinación por el hijo de Miguelina... ¿Cómo no lo había él adivinado ya desde el primer día, él que se preciaba de tan buen observador?... Cierto que su egoísta vanidad y su estúpida preocupación de representar tan bien su papel de enamorado le habían puesto una venda en los ojos. Se necesitaba ser fatuo para imaginarse que a su edad había de producir la menor impresión sobre la joven... La señora Liénard con su ingenua franqueza, acababa de darle una durísima lección de modestia.
Le vio ella hondamente preocupado y se atrevió a decir:
—Estoy segura de que me juzga usted en extremo extravagante.
—No, señora mía; cuanto acaba usted de decir es muy justo y muy sensato y le aseguro que su manera de pensar lo hace todavía más simpática a mis ojos.
—Entonces, ¿es usted de parecer que, si encontrara un día el ideal que acabo de esbozarle, podría tomarlo por marido sin hacer lo que se dice una tontería?
—Sin duda ninguna.
Exhaló Delaberge en un suspiro su última ilusión y se levantó.
—Es necesario que la deje; hablando, nos hemos olvidado de que se iba haciendo tarde.
—Es verdad—dijo ella;—el sol camina ya hacia el ocaso.
—Adiós, señora.