—¿Adiós?—exclamó ella.—¿Es que se marcha usted de veras?

—No... No marcharé de Val-Clavin sino después de haber recibido la respuesta del ministerio... Esperaba poderla comunicar mañana a los usuarios, que han de reunirse en la alcaldía; sin embargo, esta reunión en nada modificará mis proposiciones y pienso que de aquí a muy poco podré comunicarlo a usted el satisfactorio arreglo del asunto.

—Entonces no diga usted esa triste palabra «adiós», pues hemos de vernos todavía.

—Ciertamente, no marcharé sin despedirme de usted y sin estrechar su mano.

Hablaba Delaberge con voz contristada y se disponía a salir.

Lo notó Camila Liénard y vio el aire de tristeza que oscurecía su rostro. Temió haberle involuntariamente herido al hablar de la vejez con excesivo desdén y, para destruir el efecto de su aturdimiento, redobló todavía su natural amabilidad.

—Si quiere—dijo Camila,—daremos un paseo por el parque y le acompañaré hasta una puertecilla que da al campo y que no alargará mucho su camino... Deme usted el brazo.

Delaberge obedeció y suavemente apoyada en él, trató la señora Liénard, a fuerza de amabilidades y de exquisitas atenciones, hacerle olvidar las palabras poco meditadas que hubiesen podido molestarle. Caminaron un buen trecho por una de las avenidas del parque, ya bañada por una media oscuridad, mientras los rayos del sol poniente doraban las altas copas de los árboles y moría la tarde en medio de los armoniosos cantos de los pájaros.

Ese acariciador contacto de un brazo femenino, esas delicadas atenciones que tanto se asemejaban a la ternura y se parecían a la indulgencia con que se trata de consolar a un niño, acrecieron todavía en Delaberge su interno sufrir: «No soy para ella nada—pensaba;—me acaricia lo mismo que se hace con un anciano...»

Llegaron junto a una puertecilla, que la yedra medio obstruía y que la señora Liénard pudo abrir apenas. Le acompañó todavía algunos pasos fuera del parque y después tendió al inspector general la mano.