—¿Y la señora Princetot?

—La señora está en la iglesia, pero no puede ya tardar.

En efecto, acababa de hablar la criada cuando apareció la señora Miguelina en el umbral llevando en una mano su libro de rezos y tocada con una austera capota negra. A la vista de Delaberge un débil rubor coloreó su rostro siempre mate, y como si presintiese las intenciones de Francisco alejó a la criada dándole un recado para una vecina; después sus inquietos ojos dirigieron al inspector general una interrogativa mirada.

—¿Podemos estar solos un momento?—dijo Delaberge con voz grave.—Necesito hablarle.

—Pero...—objetó ella buscando una escapatoria.

—¡Es necesario!—insistió Francisco con mayor energía.

Había en su acento algo tan imperativo que ya no resistió más.

—Venga usted—murmuró con sorda resignación.

Y Delaberge la siguió por un corredor que llevaba a las habitaciones particulares de la familia y le hizo entrar en una pieza que servía al mismo tiempo de despacho y de comedor; con trémula mano encendió una bujía que iluminó vagamente las paredes, adornadas con estampas religiosas, con dos medianos retratos del Príncipe y de su mujer y con los diplomas de Simón, magníficamente encuadrados. Se quitó luego el sombrero, y por la primera vez pudo Francisco verla con la cabeza descubierta, mostrando su espesa cabellera gris ligeramente rizada.

—¡Hable usted!—dijo ella sentándose, pues la angustia la hacía temblar como una hoja en el árbol y apenas podían sus piernas sostenerla.