—Miguelina—comenzó diciendo Delaberge,—perdóneme que vuelva sobre tan doloroso asunto, pero un interés mayor lo exige así... No eran vanos sus temores; mi vuelta a Val-Clavin ha despertado la maledicencia y hace un momento me he encontrado en el camino con una mujer a quien usted conoce muy bien, la Fleurota.

Miguelina tembló, se contrajo todo su rostro y exclamó con voz llena de profunda alarma:

—¡Dios mío!... ¿Qué ha pasado?...

—La Fleurota me ha recordado maliciosamente los tiempos antiguos; tiene una lengua de víbora, pero ella sabe indudablemente muchas cosas y no es probable que me haya querido engañar... Pretende que Simón es hijo mío y no de...

Miguelina le interrumpió con gran violencia:

—¡Calle usted!... No diga estas cosas, pues no son sino viles mentiras.

—Usted solamente puede darme la certidumbre y yo le suplico que sea franca. ¿Cuál es la fecha exacta del nacimiento de Simón?

—No sé... No lo recuerdo bien—balbuceó la hostelera visiblemente turbada.

Adivinó Delaberge en la expresión de su rostro que aquella mujer preparaba una mentira con el objeto de desvirtuar sus presunciones y replicó severamente:

—Contésteme sin vacilaciones... Reflexione que puedo saber la verdad consultando el registro civil... ¿En qué época nació?