Comprendió ella que toda mentira había de ser inútil y contestó resignadamente.
—En 1859... El veinticinco de julio.
Delaberge permaneció un momento pensativo... Se había marchado de Val-Clavin a fines de octubre de 1858 y por aquellos tiempos encontrábase el Príncipe ausente.
—Precise bien sus recuerdos—murmuró ya convencido Delaberge—y vea cómo tengo razón para...
—¿Qué prueba esto?—repuso ella con irritación grande.—¿Se puede nunca saber si...?
—Existen otras presunciones. Simón se me parece y usted lo ve mucho mejor que nadie, pues ha hecho todo lo posible para evitar que nos viésemos... Temía usted que esta semejanza, pues no es imaginaria, me saltase a los ojos y confirmase mis sospechas... Simón nada tiene de aquél cuyo nombre lleva, mientras que todos sus rasgos recuerdan los míos cuando yo tenía su edad... Otras personas lo han observado igualmente y me lo han hecho ver... Yo le suplico, señora, que me diga toda la verdad.
Escondido el rostro entre sus manos, la señora Princetot movía negativamente la cabeza y se limitaba a repetir con obstinación.
—¡Ay, Dios mío!... ¡Dios mío!... ¿Por qué... por qué?...
Se defendía aún, pero mucho más débilmente.
—¿Por qué?—replicó Delaberge.—Porque tengo el derecho de saberlo, porque sus principios religiosos le obligan a decirme toda la verdad, y, finalmente, porque, si usted se empeña, recurriré a otros medios para esclarecer mis dudas...