—Usted no es mi amigo—replicó con dureza el joven.

—Deseo serlo de todo corazón y me sorprende su hostilidad. Sin embargo, no creo haberle dado motivo para que me trate como enemigo, desde la tarde en que juntos volvimos de Rosalinda.

Esta alusión a Rosalinda, lejos de calmar al hijo de Miguelina, pareció aumentar todavía su irritación.

—¡Detesto el disimulo!—exclamó.—Me prometió usted aquel día obrar lealmente y con justicia respecto a los usuarios, y me ha engañado usted...

—¡No me acuse a la ligera!—repuso Francisco con una mansedumbre que no impresionó a su interlocutor.—Le repito que he escrito ya al ministro y no tiene usted derecho a condenarme sin saber en qué sentido lo hice... ¿Por qué motivo no me concede usted su confianza y me niega los días de plazo que le pido?

—¿Por qué?—replicó Simón, dejándose llevar por el ardor juvenil que no podía ya contener.—Porque he adivinado sus intenciones, porque sé lo que se propone con su perpetua dilación... ¡Esto le permite prolongar su estancia aquí y multiplicar sus visitas a Rosalinda!

Delaberge le miró con honda estupefacción y de nuevo se sintió dolorido por la enemiga que brillaba en sus ojos.

—Me extraña—dijo con acento de reproche—que mezcle usted a la señora Liénard en nuestra discusión.

—¡Ah!—murmuró sarcásticamente el joven Princetot.—¿Esto le extraña?... Aunque sabe usted disimular muy bien, le desagrada conocer que ha visto alguien su juego y ha descubierto el motivo de sus equívocas asiduidades.

—Mis asiduidades nada tienen de misterioso—repuso el inspector general, levantando con indiferencia los hombros,—y no tengo razón ninguna para esconderme cuando voy a Rosalinda.