—¡Pero se esconde usted para salir!
—¿Que yo?...
—Sí, usted... Ayer tarde salió usted del parque por una puertecilla... ¡Atrévase a negarlo!
—Ahora comprendo...
Estas últimas indicaciones recordaron a Delaberge el incidente que otros hechos más graves le habían hecho olvidar; recordó la huida de aquel hombre desconocido a través de los campos y que de tal modo se parecía a Simón.
Fue como un rayo de luz que iluminó la situación e hizo más inteligible para Delaberge la extraña conducta del joven Princetot... El pobre muchacho amaba a la señora Liénard. Con la viva intuición de los enamorados, adivinó los propósitos matrimoniales de un recién llegado que le parecía sospechoso y el demonio de los celos mordió en su corazón. Ya mal dispuesto contra ese intruso, había vigilado sus visitas a Rosalinda, le había sorprendido saliendo de la finca por una puerta de la que no se servían mucho sus propietarios y esto encendió en su alma la violenta enemistad que acababa de estallar furiosa en la reunión de la alcaldía.
Un sentimiento de honda pena, una lástima dolorida llenó todo el espíritu de Delaberge... ¡No le faltaba más que ser el rival de su propio hijo! Lo que en él había de sensibilidad generosa, adormecida por una larga práctica del egoísmo y por la costumbre de no vivir sino para sí, despertóse súbitamente en su corazón. Tuvo clara conciencia de sus responsabilidades y de la situación casi trágica en que se encontraba... Sintió que una profunda emoción le oprimía el pecho y le humedecía los ojos.
—De manera—murmuró con insegura voz—que era usted quien me espiaba...
—¡Sí, yo mismo!—afirmó Simón lanzando sobre su interlocutor una mirada de cólera y de reto.
Hubo un momento de silencio; después puso Delaberge su mano sobre el hombro del joven y repuso: