—¿Será cierto?... Me alegro mucho, pues ya me sentía avergonzada de no haberle hablado sino de mí y casi me arrepentía de haber estado contándole tan minuciosamente las quimeras que rebullen en mi loca cabeza.
—¿Es que no son en realidad sino quimeras?
Camila Liénard se ruborizó y abrió inmensamente sus hermosos ojos. Delaberge prosiguió:
—En ese retrato que hizo usted del marido soñado, pienso que no es imaginario todo... Puede que haya en alguna parte un ser real en quien usted pensase... inconscientemente, cuando me iba enumerando las cualidades de su ideal.
—No... no, yo se lo aseguro; yo no sé...
—Pues bien, esta última noche, he pensado tanto en todo esto que he acabado por leer muy claramente en el fondo de su corazón.
—¡Vaya!...—murmuró la dama afectando tomarlo a broma.—En ese caso, sería usted mucho más hábil que yo misma... ¿Y qué es lo que ha leído usted en mi corazón?
—Probaré de explicárselo... Se ha encontrado usted con alguien hacia el cual se siente secretamente atraída y al que cree enteramente digno... Si no escuchase más que su propio gusto, iría usted espontáneamente hacia él... Pero ese joven... porque es joven—añadió con un poco de tristeza,—aunque es su igual por la inteligencia y por el corazón, no pertenece a la misma clase social que usted, y se siente detenida por escrúpulos convencionales; teme usted que sus amigos, que las personas de su propia sociedad condenen la elección y condenen el suyo como un matrimonio desigual...
IX
Mientras Delaberge hablaba, la señora Liénard había vuelto un poco su rostro y con una de sus lindas manos hurgaba nerviosamente en las flores de un jarrón que tenía a su alcance.