Arrancó por fin una ramilla de madreselva y la fue desmenuzando poco a poco entre sus rosados dedos.

—Sea usted franca y dígame si he leído bien en su corazón.

—Creo... que sí—murmuró la viuda sin mirarle.

—Y ahora, ¿desea usted que le diga el nombre de ese joven?

—No—murmuró levantando hacia él sus húmedos ojos; después añadió aturdidamente, con una vivacidad en que se descubría a la vez su contento y su angustia:—Usted le ha visto... El es quien le ha hablado de mí...

—No, él tiene demasiado orgullo para confiarse así a un extraño.

—Entonces...—exclamó impetuosamente la señora Liénard.—¿Cómo ha podido adivinar usted?...

—Seguramente conoce usted—dijo sonriendo Delaberge,—aquel dicho de su país: «Los enamorados llevan sobre sí una planta cuyo perfume embalsama los caminos por donde pasan». Cuando mi primera visita, este perfume embalsamaba Rosalinda entera, y al regresar a Val-Clavin, acompañado del señor Princetot, adiviné que llevaba consigo la planta y que florecía por usted.

El rubor cubría las mejillas de la señora Liénard, sus labios sonreían y brillaban sus ojos con luces del alba, pero no podía articular ni una palabra. Por única respuesta, con gentil movimiento de gratitud tendió sus dos manos a Delaberge, quien las guardó un momento entre las suyas.

—No—prosiguió diciendo.—Simón Princetot no me ha hecho confidencia alguna... Mis palabras no tienen otro motivo que el vivísimo y simpático interés que siento por usted, señora mía... Volvamos ahora a sus escrúpulos. En realidad, si duda usted y vacila en seguir su propia inclinación, no es sino por el temor de lo que han de decir las gentes...