Camila convino en ello con toda franqueza. Aunque vivía muy independiente, no dejaba de tener parientes y amigos de rancio pensar, que sin duda se escandalizarían. En provincias, todavía les parecen a muchas gentes infranqueables las barreras que separan a las distintas clases de la sociedad; los perjuicios y las prevenciones persisten con mayor fuerza que en París; se conocen unos a otros demasiado para no ser esclavos del qué dirán. El día en que sus relaciones supiesen su matrimonio con el hijo de un hostelero, quedaría descalificada y se haría el vacío en su derredor... Su primera educación y la influencia del medio habían hecho al propio Delaberge muy formalista; tenía el culto de lo respetable y el espíritu de la jerarquía, y por eso comprendía tan bien los escrúpulos de la señora Liénard. En otra ocasión, tal vez los hubiera aún exagerado. Pero cuando se juzga en causa propia, se es menos rígido y muchas veces un deseo nos hace cambiar los más íntimos sentimientos.
El vivo interés que el inspector general sentía ahora por Simón le llevaba a transigir con sus antiguos principios y sin mucho miramiento pegó fuego a sus naves.
—Seguramente—dijo,—en las cuestiones de pura conveniencia hemos de tener en cuenta la opinión pública. Pero cuando se trata de unir para siempre la propia vida con la vida de otro, no se ha de escuchar sino la voz del corazón. Por otra parte, examinándolo bien, tal vez no están del todo justificadas las desaprobaciones que usted teme... Simón es un hombre superior, es muy querido y aun popular en todo el país, y si un día le tienta la política, no hay duda que puede abrirse camino hasta llegar al Parlamento. Si quiere utilizar sus excelentes cualidades en la Administración pública, yo le prometo ayudarle con todas mis fuerzas. En todo caso, paréceme que tiene suficiente voluntad y los méritos necesarios para llegar muy alto. Añada usted a todo esto, que sus padres son ricos y que adoran a su hijo. Si un día creen que su actual profesión es un obstáculo para su matrimonio, crea usted que no vacilarán en vender la hospedería y en vivir como burgueses, de sus rentas... Y entonces nada quedará ya de las suspicacias y prevenciones de sus amigos. La gente pone pronto buena cara a todo aquel que triunfa, y yo le aseguro a usted que Simón triunfará. Así, pues, no le preocupe la opinión de los demás: deje a un lado todo prejuicio, siga sus propias inclinaciones y ame usted a quien le ama.
—Gracias, señor Delaberge—respondió ella, premiándole sus consejos con una mirada llena de ternura;—tiene usted razón completa, y no escucharé sino la voz de mi corazón.
—Sea en buena hora... Es probable que venga Simón mañana o pasado para darle cuenta de la resolución recaída en el asunto de los deslindes... Recuerde usted bien que es noblemente orgulloso y muy reservado. Ayúdele usted a hacerle más expansivo... Es usted mujer, y estoy seguro de que sabrá arrancarle su secreto... Y ahora, señora mía—añadió levantándose,—voy a despedirme de usted... para mucho tiempo.
—¡Todavía no!... Antes que se marche quiero que visite por última vez los jardines de Rosalinda.
Le llevó hacia la terraza y cruzaron las anchas avenidas del jardín donde las flores ponían toques de encendido color y donde las madreselvas llenaban el aire con su penetrante perfume.
Como el primer día, se apoyó Camila suavemente en su brazo y le hizo admirar de una en una, sus plantas y sus flores. Visitaron el rústico emparrado bajo el cual habían hecho sus ramos un día y desde el que se disfrutaba de tan maravillosas perspectivas; siguieron un trecho por las orillas del riachuelo sobre cuyas tranquilas aguas inclinaban los sauces sus ramajes; no se detuvieron sino en la glorieta donde tuvo Delaberge la primera revelación del amor de Camila por el hijo de la señora Miguelina....
Este paseo iba recordando a Francisco sus desvanecidos ensueños de ternura y toda sus ilusiones muertas... Tenía para él la melancolía de los crepúsculos de otoño, y también el tibio perfume de un ramo de violetas medio mustias.
Cuando volvían por la avenida principal, donde florecían sus hermosos rosales, la señora Liénard arrancó una rosa de púrpura y la ofreció a Delaberge con una mirada llena del más profundo reconocimiento: