—Deje que haga florecer sus manos... Por el camino aspirará usted el perfume de esta rosa y él le recordará mejor a su pequeña amiga de Rosalinda... Gracias, señor Delaberge, gracias... Ha sido usted muy bueno para mí... Bueno como un padre.

—¡Sí, como un padre!—murmuró Francisco, pensando, lleno de dolor, en que estas palabras encerraban la más cruel de las ironías.

Atrajo hacia sí a la señora Liénard, besó en silencio su frente purísima, y partió...

Lentamente hizo de nuevo el camino que había hecho una tarde en compañía de Simón. Vio el hermoso y robusto árbol que el joven con tan profunda pasión había estrechado entre sus brazos, y a su vez, impulsado por una infantil superstición, quiso abrazarlo también...

Al pasar cerca de los lavaderos en que la Fleurota le había tan brutalmente revelado su triste paternidad, apretó el paso y volvió hacia otra parte los ojos... Llegó con esto cerca del pueblo y se detuvo un momento junto al estanque inmóvil en cuyas aguas el sol del ocaso ponía irisados reflejos; dormía taciturna el agua en medio de los espesos cañaverales que el viento agitaba suavemente, meciendo con aires de compasión sus blancos penachos. Un coro de ranas elevábase de vez en cuando de entre los tallos verdeantes y rectos y después súbitamente se apagaba, dejando percibir en toda su intensidad el silencio de los campos. ¿Habrá llegado ya la respuesta del ministro?—pensaba Delaberge.—Si llega esta tarde, todo habrá concluido... y mañana marcharé.

X

La cocina del Sol de Oro tenía su habitual aspecto de todos los días. Perezosamente apoyado en los umbrales de la puerta, el Príncipe silbaba aguardando la hora de comer. El fuego era más vivo que nunca y la señora Princetot, preocupada con sus cacerolas, ni siquiera levantó los ojos al entrar Delaberge. La delgadísima criada, sentada ante la mesa, preparaba displicentemente una ensalada.

—¿No ha traído nada el cartero?—preguntó el inspector general.

—Sí que ha traído, señor Delaberge—respondió el Príncipe que, al fin, se decidió a abandonar los umbrales de la puerta.—Hay un telegrama para usted.

Con tardo paso, se dirigió hacia una pequeña vitrina, fijada en la pared y en la cual se guardaban las cartas que llegaban dirigidas a los viajeros. Abrióla y entregó a su huésped un pequeño pliego.