Aquella comisión era nombrada por el Guardián y desde que lo fué el ilustrado Padre José, agregó á la colección de rosarios algunos libros de lectura y doctrina para los niños.

En ese año, con gran sorpresa de toda la comunidad, el buen Guardián se nombró á sí mismo invitando á D. Carlos para que lo acompañara.

El enfermo bajó la frente y obedeció.

Cuando los colectores salieron de la ciudad, ninguno de los dos pensó en hacer uso de la mula, lo cual hubiera sido imposible porque iba cargada con un fardo que contenía, sin contar con las reliquias, una regular cantidad de ropas, libros y medicamentos, así como también algún dinero puesto por D. Carlos, á quien parecía precisarle que se agotara su capital en obras de beneficencia.

El prelado iba por delante dirigiendo la carga y á veces leía en su breviario; D. Carlos tras él meditaba y sufría.

Era la primavera, el sol de la mañana brillaba sobre la frente de los viajeros, las montañas cubiertas de verdor, los campos sembrados con plantas de diversos climas y los caminos guarnecidos por doble hilera de árboles frutales, ofrecían sombra, frescura, mirajes y armonías.

IV.

El bondadoso padre se afanaba por levantar las fuerzas de D. Carlos con el ejercicio del camino, los buenos alimentos y la contemplación de la naturaleza.

Como el objeto de aquel viaje consistía en impartir la caridad más que en solicitarla, dispusieron apartarse de los caminos nacionales y de los lugares muy concurridos para visitar solamente las pequeñas poblaciones y las cabañas de los pobres donde son más notables las necesidades y se pueden curar mejor los dolores del pueblo.

Cuando veían en la orilla del camino algún mendigo pidiendo limosna, le daban un pan y un vestido; pero si estaba enfermo lo conducían al pueblo inmediato para que fuese curado á sus expensas.