Se asombraba el Padre José de los estragos causados por aquel infortunio que destruía violentamente una existencia tan estimable.

Condolido de sus inmensos dolores, aprovechaba toda oportunidad para recordar al joven abogado, cómo había podido triunfar de sus pasiones oponiendo el perdón al agravio; haciéndole admirar la sublimidad de la virtud y el poder de los sacrificios que á veces no consuelan, pero siempre honran, terminaba de esta manera:—El amor es una quimera inagotable, que ha hecho derramar muchas lágrimas á la humanidad, ya como el ángel que abre las puertas de la gloria ó como una sierpe que se enrosca en el corazón. Nuestro deber principal es saber sufrir. El hombre ultraja pero el tiempo castiga y Dios perdona á todos, Él sólo sabe su hora providencial en que descansan los corazones oprimidos y nunca se olvida de recompensar al que ha satisfecho sus deberes.

II.

Mas todo era en vano; D. Carlos, insensible á los discursos del Padre José, con el corazón frío y lastimado, guardaba silencio y sólo algunas veces, alzando su frente melancólica, respondía con estos conceptos, ya repetidos ó modificados según la intensidad de su abatimiento:—La experiencia es inútil para dirigir las pasiones. ¿De qué sirve remover las cenizas de un corazón que no puede revivir? Me estremezco sintiendo hasta qué grado de miseria puede bajar el espíritu del hombre cuando pospone el pensamiento de la divinidad al profano amor de la criatura. Yo creí que calmado el dolor vendría la indiferencia, después el olvido y el descanso; pero el amor es más grande que la muerte. A veces creo que el cielo me ha quitado la razón. De nada me ha servido acogerme á la sombra del claustro. Cuando la vida ya no tiene vaguedad no hay porvenir. La fuerza del deber y la voz de la conciencia no consiguen más que prolongar las agonías de mi alma. Estoy pasando días inútiles sobre la tierra. Mi corazón fundido en lágrimas oculta un inquieto fuego que me devora y devoraría todo lo que amo y todo lo que aborrezco. Quisiera beber hasta el fondo en la copa del olvido y no sé qué hacer ni Ud. podría decírmelo porque eso es el secreto de Dios.

Como el Padre José había conseguido la paz del corazón á costa de infortunios, no perdonaba medios para curar á D. Carlos; pensó, de acuerdo con el médico, llevarlo fuera de la ciudad, porque respirando el aire puro del campo y viendo nuevos horizontes, era de esperar que serían menos frecuentes las agitaciones de su alma.

Para el efecto preparó una estratagema piadosa y comprometedora.

Era costumbre en aquel convento enviar á los pueblos cercanos, en ciertas épocas del año, una comisión formada de dos miembros de la comunidad para conseguir limosnas que ayudaban á sostener los gastos del culto.

En días señalados partían los colectores á sus expediciones; uno de ellos, el más respetable, iba en una mula y el otro á pié; ambos llevaban rosarios, cruces y reliquias para corresponder á los donantes; á pocos días volvían con la mula cargada de comestibles y algún dinero, dispuestos á emprender un nuevo viaje.

III.