"Este amor insensato es un fuego deletéreo, un elemento corrosivo que me martiriza sin consumirme. Ya oprimido de invencible tristeza ó agobiado por tenaz misantropía quiero huir de mí mismo y á veces pido y lloro en el templo como si me hubieran robado la última esperanza de mi salvación."

Su voz se ahogó en un sollozo y arrojándose en los brazos del anciano, apenas pudo decirle:—¿Que hago, Padre? ¿Qué hago?

El sabio Guardián que conocía maravillosamente el corazón humano, abrazó al pobre joven y permaneció en silencio esperando únicamente la acción de la Providencia.

Era ya de noche cuando los dos amigos abandonaron aquel lugar; alejándose trémulos y mudos, fueron á perderse como dos sombras á través de una calle de álamos que terminaba en la escalera del claustro.

TERCERA PARTE.

I.

El Padre José con sus atenciones y consejos había logrado salvar á su amigo de las garras de la muerte, pero muy pronto se persuadió de que no podría curarse la fiebre de su alma.

Ni el prestigio de la virtud, ni los consuelos de la religión eran bastantes para conjurar las tempestades que se alzaban en la conciencia de D. Carlos; su corazón estaba herido de muerte.

La persuasiva elocuencia de aquel anciano que leía en el fondo de las almas, se estrellaba en el loco excepticismo del joven esclavizado y consumido por la eterna melancolía de su pensamiento.