—A las doce.
—Convenido. ¿Es hermosa?
—Como los ángeles.
Al oir los otros padres tan atrevidas y poco edificantes afirmaciones de su venerable superior, unos se santiguaron creyendo que había perdido la razón, otros se dirigían miradas maliciosas y casi todos cesaron de comer.
VIII.
El Padre Guardián condujo á su amigo á la celda que le había preparado; era una pieza pequeña de los altos, con el suelo recién pintado de rojo y las paredes de blanco.
Frente á la puerta de entrada se abría un balcón para el jardín.
En un ángulo había un lecho modesto y en el otro una gran mesa con un pequeño crucifijo de metal; junto á varios libros un vaso con agua y útiles para escribir.
Algunas sillas de pino y un sillón tapizado de piel obscura, completaban el ajuar.
Sobre una de las sillas se había colocado la caja de madera con adornos chinescos, que contenía el equipaje de D. Carlos.