Desde luego el anciano Guardián dejó su autoridad en manos de otro Padre, y D. Carlos, aunque cansado y enfermo, consumó un sacrificio más, resolviéndose á salir de su retiro con riesgo de que conociera el mundo su existencia y sus desgracias.

Los dos amigos organizaron un plan de servicio y protección á los coléricos.

El departamento más amplio del monasterio, quedó convertido en hospital y una botica recibió los fondos suficientes para despachar las medicinas que pidiesen los pobres.

Sin temor al contagio, el joven y el anciano andaban día y noche por los barrios más distantes visitando á los infelices apestados.

El Padre llevaba un libro, y su compañero una caja con medicinas; el primero daba consuelos y esperanzas; el segundo remedios y monedas; el uno hablaba de Dios y de la eternidad y el otro prometía á los moribundos recoger á sus padres decrépitos y á sus hijos abandonados.

El religioso era visto por el pueblo como enviado de la Providencia, y el Padre Félix, como todos le llamaban, fué declarado un médico excelente.

El nuevo hospital se llenaba con los enfermos que recogían sus activos fundadores y los que iban de todas partes, resultando sorprendentes las curaciones debidas á los cuidados y los gastos que se prodigaban.

Los pobres, los huérfanos, los enfermos y los miedosos que aun no estaban atacados de la peste, ocurrían en grupos al convento como lugar de refugio.

XXVII.