A toda hora y de todas partes, incluyendo las casas de los ricos, eran llamados aquellos ministros de la beneficencia, no siempre para curar el mal inevitable, pero sí para decir una palabra consoladora en el umbral de la tumba.
Así trascurrieron algunas semanas y el cólera seguía, pero la cólera del cielo no estaba satisfecha; la ciudad culpable necesitaba para su expiación otra pena más, que no fué tan grande pero igualmente aterradora.
Vino la guerra con sus venganzas y sus horrores; ese vértigo de sangre y de furor, esa lucha insensata con que Dios ha castigado á la descontenta humanidad, desde los tiempos de Caín y de sus hijos.
Un cañonazo disparado del cerro de la Soledad, al anochecer de un día lluvioso, anunció que había llegado la hora de la matanza.
Cerrábanse las puertas de las tiendas y las casas, hombres y mujeres corrían para ocultarse donde les era posible, los clarines tocaban generala, los empleados civiles y militares se dirigían al fuerte de Santo Domingo y prontamente quedaron las calles desiertas y los mercados vacíos.
Sólo se oía el ruido de las armas de algún ayudante de órdenes, que pasaba violentamente y el andar precipitado de los que conducían al campo santo el ataúd de algún colérico, no de otro modo que si huyera la muerte de la muerte misma.
Poco después dejóse ver desde las azoteas el ejército sitiador, que compuesto de algunos batallones, avanzaba sobre la ciudad por el lado del Oeste, compacto, silencioso y brillante como una gran serpiente de colores con escamas de acero.
XXVIII.
Las revoluciones que no tienen por objeto libertar á un pueblo, son abortos de la falsa política y el malestar de la sociedad.
En su infancia las naciones lo mismo que los individuos, cometen lamentables locuras; detestan hoy lo que adoraron ayer y vuelven á pedirlo para después abandonarlo.