A riesgo de ser traspasados por las balas, recogían heridos, enterraban muertos é iban á todas partes donde había rastro de sangre ó lamentos de agonía.

Ellos no eran adictos á partido alguno, miraban á los jefes como ministros de la cólera de Dios y á los soldados como ciegos instrumentos de justo castigo.

En honor de la verdad es preciso decir que ambos misioneros eran respetados y queridos por las dos facciones; tenían paso franco en las trincheras y los cuarteles, porque el ejercicio del bien goza privilegios de honor entre amigos y enemigos, desarmando la malignidad del corazón humano aun entre las hordas de salvajes.

Viendo que se prolongaba tanto aquella crisis terrible, los dos amigos intentaron conjurarla, para lo que tuvieron un mismo pensamiento.

El veterano de la Independencia creía ver la sombra de Morelos horrorizándose con tantos desastres y el joven abogado sentía desfallecimientos al contemplar el suicidio de su patria.

Seguro el uno con el prestigio de su pasado glorioso y el otro de su genio diplomático, y confiados ambos en las consideraciones que gozaban en los dos partidos, se dirigieron á sus jefes para proponerles una suspensión de hostilidades, en la cual se procuraría el avenimiento más honroso para ellos y benéfico á la población.

Los jefes opuestos eran hombres de buena voluntad, peleaban defendiendo el ideal que para ellos representaba la causa de los buenos y á la vez ya no querían más derramamiento de sangre.

XXXIV.

Por una y otra parte hubo consejos de guerra, para los que fueron invitados el sacerdote y el jurisconsulto.

Uno les hablaba de la paz, la prosperidad y la honra de la nación, conviniendo en que sería necesaria una reforma en las costumbres y las leyes; el otro pedía libertades, progresos, decretos generosos é instituciones benéficas.