Las avanzadas se aproximaron al grado de poder insultarse arrojando alaridos de fiera; las piezas de artillería se pusieron frente á frente y empezó el combate de hermano contra hermano.
Un fuego nutrido de fusilería resonaba sin cesar por todas partes infestando el aire, y los cañonazos disparados de Santo Domingo enviaban muy lejos la destrucción y la muerte.
Al mismo tiempo el cólera continuaba diezmando la población.
El soldado que no rodaba al golpe de la metralla caía herido por la peste.
La mujer hambrienta que se había salvado del cólera é iba buscando el pan de sus hijos, debería morir atravesada por una bala fratricida.
Por un resto admirable de humanidad en ambos partidos, convinieron aquellos asesinos disciplinados, en no hacer fuego sobre los indefensos transeuntes que corrían buscando á los médicos; éstos, para distinguirse, iban á caballo de día, y de noche portaban una linterna.
Sin embargo de aquellas precauciones, no faltaron víctimas del deber y de la caridad; varias veces los cadáveres llevados al panteón recibieron balazos á través de su féretro, como si no hubiera sido certero el golpe que la muerte les había dado en el corazón.
XXXIII.
El Padre José y su noble compañero, llegaron á convertir el monasterio en casa de asilo y hospital de sangre.